No somos cómplices de la destrucción, somos víctimas de una realidad sistémica y de quienes la han construido. Foto: Saúl López, Cuartoscuro.

La humanidad enfrenta muy diversas crisis globales, sistémicas, que no podrán sobrepasarse con la suma de decisiones individuales. El sistema que ha dominado a la mayor parte de la humanidad, quedan muy pocas sociedades fuera de él, nos induce a una forma de vida que compromete el futuro de nuestros hijos, de nuestros nietos. Existen llamados a que tomemos decisiones con mayor consciencia ambiental para adquirir alimentos que han sido producidos sin dañar la tierra, manteniendo su fertilidad, sin contaminar, para generar menos basura, para reciclar, para no usar el automóvil y transportarnos en transporte público o bicicleta, para usar energías renovables, etcétera. Y, como es imposible seguir todas estas recomendaciones, podemos pensar que somos cómplices de la destrucción. La misma lógica podemos aplicar cuando hablamos de la explotación del trabajo que hay detrás de los productos, del llamado “esclavismo moderno” con el que se producen las grandes marcas de ropa, de aparatos electrónicos.

El sistema ha estado determinado por un mercado que incentiva la destrucción del medio ambiente y la explotación de los trabajadores, llevando a una enorme desigualdad y a comprometer el futuro de las siguientes generaciones. Un mercado que favorece la obsolescencia programada de los productos para que se compre la gran novedad del momento y en un par de años sea inservible. La primera clave está en que los bienes comunes como la tierra, el aire y el agua, que nos pertenecen a todos, a nosotros y a las siguientes generaciones, son impactados por los intereses particulares que buscan el beneficio económico inmediato. Estos intereses destruyen, contaminan, degradan estos bienes comunes vitales para la subsistencia.

Los costos de los productos y servicios se establecen en base a esa lógica, la de la destrucción y la explotación. Los más baratos son los que destruyen y explotan, los que conservan y respetan los derechos, son más caros. El sistema favorece lo primero desde el momento que los bienes comunes son entregados a los intereses particulares, son enajenados, cooptados por esos intereses. Este es el resultado de la prominencia del individualismo sobre lo colectivo, de la ganancia privada aplastando el bienestar colectivo. De la supremacía del género masculino y de la raza blanca.

Si quiero que la pasta de dientes que encuentro en el mercado no me lleve a tirar un empaque que durará decenios en el medio ambiente y se convertirá en microparticulas que terminarán por entrar en las cadenas alimentarias, si deseo que el teléfono celular que uso me dure 5 años sin que comience a fallar de forma irremediable a los 3 y tenga que tirarlo para comprar otro, si busco ropa que me garantice que fue elaborado con respeto a los derechos de los trabajadores y no con el trabajo moderno esclavo: será imposible en la mayoría de los casos que lo logre y, en otros, seguramente no podré pagarlo. Reconociendo que hay alternativas accesibles, pero no en todo y en todos los lugares.

Por qué un productor de hortalizas orgánicas, que mantiene la fertilidad de la tierra, debe pagar una certificación, sin encontrar apoyos financieros en programas gubernamentales para producir; mientras un gran productor que aplica grandes cantidades de plaguicidas y herbicidas para producir en inmensas extensiones de tierra, degradándola, no tiene estos gastos y si recibe subsidios del gobierno.

Hace unos días, al referirme a la necesidad de hacer prevalecer el bienestar común sobre las ganancias privadas, un empresario me respondió como si estuviera proponiendo un régimen comunista que diera todo el poder al Estado. La pregunta es: ¿Acaso las inversiones privadas no pueden ser establecidas en un marco que favorezcan el bienestar colectivo? . Lo que lleva a un lado u otro los efectos de la producción (daños o beneficios al bienestar común), sea particular o colectiva, es el marco que regula los mercados. Robert Reich, exsecretario del trabajo de Clinton, expone cómo la lógica de desregulación que se dio de manera radical a partir de las administraciones de Reagan en Estados Unidos y de Thatcher en el Reino Unido, ha sido una afrenta al propio capitalismo. Reich plantea que hay que salvar al capitalismo de las grandes corporaciones que han llegado a apoderarse de los gobiernos para permitirse actuar sin ningún control a sus efectos sobre el medio ambiente, el trabajo, la justicia social.

Reich plantea que el capitalismo había ofrecido, hasta antes de la etapa neoliberal, una mejora en salarios, en acceso a la educación, en acceso a la salud, en acceso a la vivienda y que había avanzado en ciertas regulaciones ambientales. Al menos eso pudo observarse en las naciones de altos ingresos y algunos efectos similares en naciones de ingresos medios. Sin embargo, esos avances se han venido abajo con el aumento del poder de las grandes corporaciones, debilitándose o desapareciendo las regulaciones que podrían proteger esos bienes comunes y los derechos de trabajadores y ciudadanos.

La visión de Reich puede ser justa para procesos en países centrales pero en las llamadas naciones de la periferia, antes del neoliberalismo, desde el colonialismos, ya se habían heredado formas de explotación de la mano de obra y de los recursos naturales a ritmos acelerados y con consecuencias catastróficas dirigidos por grandes corporaciones extranjeras.

El tema en el fondo es que este sistema no sólo representa una amenaza a ese capitalismo del que habla Reich, está acabando con la democracia en sí, con la posibilidad de que los ciudadanos determinen el rumbo de la sociedad. Y no se trata de elecciones, se trata de tener la información necesaria desde la perspectiva de los bienes comunes para evaluar la dirección a tomar. La desgracia es que el sistema ha penetrado con su ideología, a través de los medios de comunicación dominados por los intereses corporativos, en la percepción de los ciudadanos. Los ciudadanos no se cuestionan o no se venían cuestionando esta lógica de la supremacía de los intereses económicos privados por encima de los comunes, los colectivos. No se cuestionaban cómo este sistema se relaciona con la pérdida de su bienestar.

En los Estados Unidos, esa pérdida del bienestar es la que llevó a que Trump ganara las elecciones. Y las ganó porque la ideología individualista había penetrado tan fuertemente en esos sectores de la población que Trump supo aprovecharla, manipularla, aunque sus políticas agudizaran esa pérdida de bienestar. Esta ideología es la que no permite ver que el bienestar es colectivo, hasta que se caen los sistemas de salud, de educación, de la posibilidad de permeabilidad social.

Es la crisis del planeta, las profundas y crecientes desigualdades, la crisis del propio sistema económico y político, lo que abre la posibilidad, la última oportunidad, para que los ciudadanos recuperen la visión colectiva, la consciencia de la necesidad de encaminar la producción y los mercados bajo una visión de regeneración de la tierra, como nuestro espacio común; bajo una visión de la igualdad, como nuestro espacio de construcción social.

No somos cómplices de la destrucción, somos víctimas de una realidad sistémica y de quienes la han construido. Sin embargo, de no hacer nada para esta regeneración del planeta y la sociedad, nos convertimos en sus cómplices.