Para la periodista, vivir con guaruras es un precio alto por continuar en la investigación de los asuntos de seguridad nacional. En México en llamas, su último libro, da cuenta de los estragos del sexenio acabado

Foto: Antonio Cruz

Aunque no se queja, la vida no es fácil para la periodista Anabel Hernández. Su mundo es el reportaje conseguido en el filo de la información, en esa línea difusa donde nadie quiere hablar y pocos quieren ver, mucho menos verse.

Vivir con guaruras en forma permanente, atravesar esos días en que quisiera, como cualquiera, echarse a volar con su familia a un sitio donde nadie la amenace, es un precio muy alto que la autora de La familia presidencial, Fin de fiesta en Los Pinos, Los cómplices de presidente y Los señores del narco paga para investigar y luego informar sobre temas que influyen mucho más de lo que nos animamos a admitir en nuestra vida cotidiana.

Por mencionar un hecho que dio la vuelta al mundo y que se descubrió gracias al escrutinio y la fe en el oficio de Anabel,  podríamos citar el caso de las famosas toallas de Los Pinos, durante el gobierno de Vicente Fox y su nunca bien ponderada esposa Martha Sahagún.

La ropa de baño de Marthita quedará en la historia como el espejo por donde se mira un México ahogado en la ignominia desde tiempos inmemoriales y que se niega a cambiar la corruptela dominante con una pertinacia difícil de entender y de explicar.

Y no porque este país, inmensamente prodigioso, no se merezca la transparencia, el desarrollo, la prosperidad a que sus riquezas naturales y culturales lo obliga o porque su gente, mucha de ella de la calidad moral y profesional de nuestra entrevistada, no haya aspirado con fe prístina dar vuelta el destino de oprobio a que la han condenado los sucesivos gobiernos corruptos.

Sencillamente, los cambios no vienen. Se retrasan. Y el tan mentado tercer milenio que para muchas naciones significó la posibilidad de soñar con adelantos científicos impresionantes, la constatación de que viviremos en muchas partes del mundo más y mejor, en nuestro país selló la vuelta al pasado con el regreso del PRI y un país que 12 años de la derecha menos propositiva y más corrupta de que se tenga memoria dejó en llamas.

Precisamente, del que acaba de abandonar Felipe Calderón Hinojosa versa el reciente libro de Hernández. México en llamas, editado por Grijalbo a pocos días de que el Presidente panista dejara su sillón en Los Pinos. Implica una continuidad en la línea de investigación a la que Anabel se ha entregado en los últimos años, convirtiéndose con ello  en la sombra endiablada de Calderón y de su mano derecha, el ex titular de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) federal Genaro García Luna.

Reportera fundadora de Reforma (1993-1996) y Milenio (1999-2002), en 2002 ganó el Premio Nacional de Periodismo por su investigación acerca del llamado toallagate. En 2003, la  Unicef le dio un reconocimiento por una serie de reportajes sobre la esclavitud sexual infantil en Estados Unidos.

En marzo de 2012, en París, Francia, la Asociación Mundial de Periódicos y Editores de Noticias (WAN-IFRA) le otorgó el Premio Pluma de Oro de la Libertad, el cual dedicó simbólicamente a todos los periodistas mexicanos cuya voz fue cercenada por la muerte, la desaparición forzada o la censura, así como a aquellos que diariamente cumplen con la tarea de informar y denunciar al costo que sea.

EL PODER DE LA FIGURA PRESIDENCIAL

La primera conclusión que deja la lectura de México en llamas es el poder que todavía tiene en nuestro sistema de gobierno la figura presidencial. Por el trabajo de investigación de Anabel, quien no duda en comparar la personalidad déspota del Presidente saliente con la del tristemente célebre emperador romano Nerón, uno cae en la cuenta de que sólo al final de su mandato la gente del PAN comenzó a cuestionarle algunas cosas a Felipe Calderón.

Durante todo el sexenio, en cambio, el mandatario tuvo cancha para gobernar a su antojo, sin debatir ni consultar, ensimismándose cada vez más hasta terminar sus últimos días de gobierno en la soledad más absoluta.

“Creo que uno de los principales problemas estructurales de México es justamente que estamos en un sistema presidencialista y que nunca se modificó, pese a la mal llamada transición. La verdad es que no creo que ni siquiera hayamos llegado a la transición, pero en fin. Lo cierto es que se terminan 71 años de gobierno del PRI, luego entra Vicente Fox, después Felipe Calderón, pero la realidad es que la estructura del Estado nunca cambió y el poder presidencial jamás fue acotado”, dice Anabel Hernández en entrevista con Sin Embargo MX.

– Tus labores de investigación te han llevado a plantarte frente a un hombre cuya sola mención le da miedo a cualquiera. ¿Cómo te sientes al ser esta especie de sombra negra en la vida profesional de Genaro García Luna?

– Mira, desde que empecé a ejercer el Periodismo, desde esto hace ya 20 años, nunca me he planteado la existencia de figuras intocables. Desde muy joven investigaba, por ejemplo, los grupos de delincuencia organizada en Tepito, los distribuidores de drogas en diferentes vecindades. Nunca me he dicho: esto es muy peligroso, entonces no hay que hablar de esto. En el sexenio de Vicente Fox fui la primera periodista mexicana que indagó sobre las corruptelas en la casa presidencial. Como periodista, la libertad te la otorgas no la pides, no te autocensuras y todo lo investigas. Eso te lleva, claro, a personas tan siniestras y tan oscuras como efectivamente es Genaro García Luna.

– Desde los tiempos de Durazo que no había un funcionario policial tan cuestionado…

– Yo diría que Genaro García Luna opaca totalmente la figura corrupta de Arturo Durazo. Éste era un policía corrupto, compadre del Presidente de la República, José López Portillo, pero que sólo tenía una actuación muy limitada en el Distrito Federal. Las fechorías de Durazo se cometían sólo en la capital, a diferencia de García Luna, quien ocupó todo el territorio mexicano para afianzar sus nexos con el narcotráfico y para poner a 35 mil policías al servicio del crimen organizado.

– Otra de las cosas que deja muy claro tu libro es la falta de compasión de Felipe Calderón, este no poder decir hasta aquí, cuando ves que muere y muere gente…

– Felipe Calderón va a pasar a la historia como uno de esos terribles hombres que han manchado de sangre el mundo. Hombres como Pinochet, como Hitler, absolutamente enajenados e indolentes. Hombres que hasta al final, en su barbarie, creen internamente que tienen la razón, que está bien lo que hacen. Felipe Calderón es absolutamente inmisericorde. Aun en esos momentos terribles, cuando por ejemplo en el Castillo de Chapultepec, las madres llorando, desgarradas de dolor, le pedían justicia para sus hijos desaparecidos, la respuesta era el regaño. De hecho, regañó hasta al poeta Javier Sicilia cuando éste fue a hablarle de la muerte de su hijo. La gran farsa de Felipe Calderón es permitir el homicidio de mexicanos para proteger a un grupo criminal, no porque quiera combatir al narcotráfico.

– En tu libro hablas del poder omnímodo del Chapo Guzmán, sin embargo, hay periodistas mexicanos que relativizan el poder de este narcotraficante, destacando por ejemplo el poder de grupos de blanqueo mucho más influyentes que el Chapo… ¿Esto es así?

– Ojalá el Chapo Guzmán fuera una caricatura, porque eso sería indicio de que México está mejor, pero no es así. Creo que si bandas como las de los Zetas fueran una caricatura o un instrumento del Estado, nuestro país estaría menos mal, por decirlo así. La gravedad de lo que vive México es que estos personajes, estos poderes, son auténticos y hacen valer su poder con dinero y balas. En estos últimos seis años en particular, la cruzada de Calderón para combatir a los enemigos del Chapo y a la vez proteger al Chapo, convirtió a esta organización criminal en una de las más poderosas del mundo. El Chapo Guzmán existe porque el gobierno mexicano se hizo su cómplice. En ese sentido, como periodista, para mí es más nota aquellos que están al servicio del Chapo siendo funcionarios públicos que el Chapo en sí.

– Es el poder que quiere que veamos al Chapo como una caricatura…

– Por supuesto y de eso se habló mucho en las jornadas de periodistas en la FIL Guadalajara. Juan Villoro fue muy claro al respecto. Él habla como por un lado existen las investigaciones sobre el narcotráfico, los desaparecidos, la gente que quedó con familiares asesinados y sin justicia y por el otro cómo esta violencia ha generado una moda. La de la narcoliteratura. Una moda donde personas que sin tener ni siquiera talento usan el tema del narco para darles aún más poder a los criminales.

SIN MISERICORDIA, SIN REFLEXIÓN

Si la lectura de México en llamas pinta la figura de un hombre solitario, con muchos problemas personales y profesionales, incapaz de tener empatía con el dolor del prójimo, también da a Felipe Calderón la categoría de un gobernante imposibilitado de dar marcha atrás en una acción de gobierno, totalmente inerme frente al ejercicio de la reflexión.

En la visión de Anabel Hernández esta situación obedece a la conciencia del ex Presidente panista, es decir, “Felipe Calderón sabía perfectamente lo que hacía y por eso va a pasar a la historia como uno de los hombres más siniestros de la contemporaneidad. El tiempo me dará la razón”, asegura la periodista.

– ¿Crees entonces que sabía lo que hacía y no le importaron las consecuencias?

– Sabía que proteger a un cartel de la droga y utilizar el poder del Estado para atacar a los carteles enemigos del Chapo iba a generar violencia. No le importó la muerte de miles y miles de mexicanos. Sabía que al llegar a Michoacán, iba a correr sangre. La idea de llegar a Michoacán no era acabar con el crimen, sino abrir la plaza para que el Chapo Guzmán y el Cartel de Sinaloa se apoderaran del estado. Sacar al Ejército a las calles de Tamaulipas no tenía como objetivo acabar con la violencia, sino limpiar el terreno para que quedara sólo un criminal. Sabía que la policía que mandó a Ciudad Juárez estaba al servicio del Cartel de Sinaloa y que iba a desatar una masacre cuando se enfrentara a La Línea. Claro que lo sabía. No le importó, porque el negocio del narco durante el sexenio que acaba de terminar fue más importante que la vida de los mexicanos.

– ¿Sientes que hay indiferencia de cierta gente frente a la enorme cantidad de víctimas que dejó este sexenio?

– Lo que me parece es que falta todavía analizar muchas cosas. Falta el análisis de periodistas, de sociólogos, de economistas. No creo que haya indiferencia desde el momento en que el PAN no volvió a ganar las elecciones. Esa muestra de repudio electoral revela que no hay indiferencia, de que la gente se dio cuenta de lo que pasó. Estos seis años de gobierno dejan a una sociedad totalmente aterrorizada ante el crimen organizado, aterrorizada ante el Ejército que cuando fue sacado a las calles en vez de otorgar más seguridad infundió más miedo. Aterrorizada frente a la policía federal que en lugar de proteger a la gente la secuestraba, como el caso de Alejandro Martí. La nuestra es una sociedad inmovilizada por el miedo. La poca gente que decidió salir de sus casas para reclamar por sus muertos como Marisela Escobedo, como Nepomuceno, como los Le Barón en Chihuahua, pagaron con su vida. Hubo un escarmiento por parte del crimen organizado y el gobierno federal que consistió en el que se mueve, se muere.

– ¿Crees que Felipe Calderón llegará al Tribunal de La Haya?

– Esperaría primero que pisara un juzgado en nuestro país. Es obligación del gobierno de Enrique Peña Nieto, si quiere restablecer en algo la confianza de la ciudadanía en las instituciones, empezar por juzgar a Felipe Calderón. Hubo, además, gran complicidad de los medios de comunicación, como Ciro Gómez Leyva y el grupo Milenio que, inexplicablemente, todavía defienden la gestión de Genaro García Luna, cuando a todas luces se ve el fracaso de dicha acción.

– Una de las cosas más dolorosas del fin del sexenio fueron los anuncios publicitarios donde Calderón, con recursos públicos, hablaba de las presuntas maravillas de su gobierno, como si se refiriera a un país imaginario, inexistente…

– Calderón es un hombre con muchas limitaciones personales que además tiene una grave tendencia al alcohol. Es un hombre que se enajena de manera muy fácil de su realidad. Empezando por su realidad personal, íntima. Un hombre que incluso fue miserable con su propia esposa, Margarita Zavala. ¿Qué podían esperar los mexicanos de alguien semejante? Lleno de contradicciones: ser de derecha y católico, pero al mismo tiempo beber mucho y tener vicios terribles, ser tan corrupto, son cosas que evidentemente dañaron de manera estructural la personalidad de Felipe Calderón. Detrás de un gran tirano siempre hay un hombre lleno de complejos, incapaz de ver su propia realidad y dispuesto a hacerle el mal a los demás.

– ¿Dirías que fue más malo que Díaz Ordaz?

– Por supuesto, absolutamente. El sexenio de Díaz Ordaz fue marcado por un evento en su gobierno. Calderón replicó ese evento sangriento todos los días de su mandato.

– En este contexto, ¿qué esperar del nuevo gobierno mexicano?

Foto: Antonio Cruz

– Creo que México vive una encrucijada de la que no vamos a salir pronto. Para empezar, no debemos olvidar que sólo el 17 por ciento de los mexicanos votó por el PRI. Estamos ante el gobierno más débil en la Historia de nuestro país. Lo cierto es que los grupos criminales no se van a ir a dormir a su casa porque ya terminó el gobierno de Calderón. Y lo cierto también es que no podemos dar ningún paso hasta que no se haga un verdadero diagnóstico de país. Peña Nieto ha propuesto una serie de reformas, pero no nos dice cómo encontró el país cuando asumió su gobierno. Qué México le dejó Felipe Calderón. ¿Qué encontró en la Secretaría de Seguridad Pública para querer disolverla? El tema de la violencia sigue estando y las reformas de Peña Nieto son sólo maquillaje.