El escritor y crítico Henry James se quejaba de lo difícil que era encontrar en la literatura nuevas formas de contar relatos de fantasmas. Hasta que en 1898 demostró que esto es posible con la publicación de Otra vuelta de tuerca, una novela en donde hay menos espacio para lo sobrenatural que para lo psicológico.

Más de un siglo después, este relato sigue inquietando a los fanáticos del género. Muestra del impacto de su libro es la serie de Netflix La Maldición de Bly Manor, creada por Mike Flanagan, precisamente inspirada en las páginas de James.

Por Olmo Balam

Ciudad de México, 31 de octubre (LangostaLiteraria).- Puede que no sea tan fácil ahora, con tantos focos, pantallas de celulares y otras fuentes de luz que rompen la noche. Pero en el encanto de leer un libro junto a una vela encendida sigue habitando Otra vuelta de tuerca, novela famosa entre otras cosas por ser el relato canónico de fantasmas en una mansión victoriana.

Su autor, Henry James, se quejaba de lo difícil que es encontrarle nuevas formas a las historias de espantos, un género clásico de la literatura anglófona, tan propenso a los lugares comunes, la repetición y, lo que era peor a ojos de un novelista tan elegante y cuidadoso, la inconsecuencia.

Y aunque en la amplia bibliografía del escritor estadounidense hubo múltiples relatos dedicados a lo fantasmal, ese giro tan deseado lo lograría con esta novela en donde hay menos espacio para lo sobrenatural que para lo psicológico. Sí, el escenario de Otra vuelta de tuerca es una mansión gótica en medio de la nada, de pasillos que se hacen eternos durante la madrugada y algo espeso que a falta de vocabulario llamamos luz. Pero son otros los elementos que nos convencen de la existencia de los fantasmas (pues ellos existen, aunque no lo queramos).

La novela comienza con un grupo de burgueses sin otra cosa que hacer durante el encierro navideño que contar cuentos de terror noche tras noche. Uno de ellos lee un relato que desde el primer momento está marcado por las ausencias. Su autora, cuyo nombre nunca se revela, está muerta y lo único que queda es el testimonio manuscrito de cómo llegó a la mansión de Bly a cumplir una labor muy específica: la de cuidar a Flora y Miles, dos niños cuyos padres murieron y quedaron a cargo de un tío que, si bien ha aceptado adoptarlos, se niega a hacerse cargo de su educación escolar y emocional.

La institutriz tiene terminantemente prohibido contactar con el tío, a riesgo de perder su trabajo y, lo que ella teme más, su simpatía. La única interlocutora de esta chica es la señora Grose, ama de llaves veterana al servicio de la mansión. Pronto la institutriz se enterará de que tuvo dos predecesores en su puesto, un hombre y una mujer de clase baja que convivieron y se amistaron con los niños durante varios meses, antes de morir en circunstancias extrañas. Los niños, aunque infantiles, parecen haber aprendido de sus tutores previos algo más que su manera casi adulta de hablar…

Fuera de ese planteamiento del problema (pues a Henry James le gustaba pensar sus novelas también como investigaciones), no hay mucho más que contar desde la certeza. Nada de lo que se pueda decir al respecto replica la ambigüedad que James le imprime a los personajes, las situaciones y, en especial, aunque no de manera preponderante, a la atmósfera, una amalgama de claros y oscuros.

De ahí que este libro haya sido objeto de polémicas y de interpretaciones contradictorias desde su publicación en entregas semanales allá por 1898, cuando salió por capítulos en una especie de “netflix finisecular”.

Para tratar de aproximarse a la experiencia de leer en la oscuridad, es como si el lector de Otra vuelta de tuerca estuviera escudriñando el brillo del barniz sobre una pintura al óleo, y se encontrara con que eso mismo –en este caso la habilidad y exactitud en el estilo de James– fuera lo que impide ver tanto la oscuridad como la iluminación de ese cuadro. En esa pintura hipotética, imagen idílica de la lectura (y hay muchas inspiradas en esta novela), veríamos a la institutriz a la luz de una vela frente a su ejemplar de Amelia, de Henry Fielding. Y alrededor de ella, una negrura donde cada quien vería cosas distintas.

El dilema que estableció James en este libro que él llamaba a secas “un relato”, a tale, queda felizmente irresuelto hasta nuestros días. ¿Quién cree más en los fantasmas cuando se cuenta una historia de miedo: el narrador o los personajes? A James seguramente le hubiera encantado saber que, más de un siglo después, su relato sigue inquietando escépticos y convencidos por igual, pues todas las madrugadas del mundo esperan a los lectores de Otra vuelta de tuerca.

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