Leopoldo Maldonado
Un nuevo realismo mundial y la disyuntiva mexicana
23/01/2026 - 12:01 am
"Si México suscribe que democracia, derechos humanos y pluralidad son valores estructurales en el nuevo orden mundial, tiene que reflejarse en cómo se gobierna".

En el Foro Económico Mundial de Davos 2026, el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, lanzó un desafío frontal al statu quo geopolítico. Su diagnóstico fue terminante: “el viejo orden mundial basado en normas ya no va a recomponerse” y las grandes potencias están utilizando la integración económica como un instrumento de subordinación, no de cooperación. Eso fue una advertencia para el resto del mundo, una llamada a las “potencias medias” a actuar juntas antes de convertirse en meros peones de los intereses concentrados por Estados Unidos, China y Rusia.
Carney, cuyo enfoque ha sido descrito como una suerte de “liberalismo nacional” que combina universalismo liberal con defensa de soberanía e intereses nacionales, señaló que los países que tradicionalmente han orbitado bajo la protección de hegemonías globales deben ahora cooperar desde su propia fuerza si quieren evitar quedar a merced de decisiones unilaterales. Su frase más citada —“si no estás en la mesa, estás en el menú”— resume con crudeza la realidad emergente de un mundo donde el poder dominante redefine reglas, alianzas y prioridades.
La ruptura del orden previo —y la negativa a volver a él— marca un punto de inflexión en la narrativa global. Carney no sólo cuestionó la nostalgia por un sistema internacional ya deshilachado sino que aceptó que era una ficción en la que todos decían creer. Por eso instó a actuar desde la realidad del poder y los valores. Su planteamiento propone coaliciones basadas en intereses compartidos, respeto a la soberanía, a la integridad territorial y a los derechos humanos como fundamento de un nuevo multilateralismo funcional.
En México, este mensaje fue recibido con apoyo oficial. La Presidenta Claudia Sheinbaum calificó el discurso de Carney como “muy a tono con los momentos actuales”, destacándolo como una reflexión pertinente sobre la transformación del orden internacional.
En tiempos de repliegues autoritarios y nacionalismos excluyentes, Carney planteó que la soberanía no se defiende aislándose ni concentrando poder, sino fortaleciendo consensos democráticos dentro y fuera de las fronteras. Su mensaje fue: sin valores, el poder se degrada; sin pluralidad, la estabilidad es ilusoria
Si México suscribe —al menos en el discurso— que democracia, derechos humanos y pluralidad son valores estructurales en el nuevo orden mundial, ello tiene que reflejarse en la manera en que se gobierna, se dialoga y se construyen acuerdos internos. En ese contexto, la idea de un pacto nacional cobra sentido. Pero ¿qué pasa cuando en el interior somos un país tensionado por la desigualdad, la violencia, impunidad, la concentración de poder, la fragilidad institucional y la polarización política?
Por eso no todos los pactos son iguales. Ahí está la disyuntiva de fondo que el gobierno tendrá que resolver. Un pacto de corte corporativo y clientelar, construido de forma vertical, con actores seleccionados por su lealtad política y orientado a blindar al poder, es una fórmula conocida en la historia mexicana. Una de carácter autoritario, que reduce la pluralidad a una retórica vacía y convierte el disenso en obstáculo.
El otro camino es más complejo pero se alinea con los valores que Carney reivindicó y que la Presidenta dijo compartir. Un pacto plural, incluyente y genuinamente nacional que implica reconocer la legitimidad de la crítica, fortalecer contrapesos, y asumir que la democracia no es sólo ganar elecciones, sino administrar el conflicto sin suprimirlo y “cargar los dados” en la disputa por el poder. Es un pacto que no homogeneiza y que tiene un fuerte basamento en la diversidad y las libertades democráticas.
México puede aspirar a jugar un papel relevante en un mundo que se reconfigura, pero esa aspiración se debilita si hacia dentro se consolida una deriva autoritaria, concentradora y poco tolerante con la diferencia. Se debilita aún más si las alianzas con poderes fácticos legales e ilegales solamente reproducen violencia, corrupción, impunidad, y por lo tanto, más desconfianza hacia las instituciones. Amén que ese tipo de alianzas son pretexto perfecto para los discursos y actitudes violentas de Trump hacia México.
No hay coherencia posible entre defender la pluralidad democrática en el exterior y erosionarla en casa. Si la Presidenta cree, como dijo Carney, que los valores democráticos importan, tendrá que demostrarlo en el ejercicio cotidiano del poder. Ahí, y no en los foros globales, se juega la credibilidad del proyecto.
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