POR LINALOE R. FLORES

“No vuelvas a levantarme la voz. A mí me respetas”, dijo Manuel Espino Barrientos y colgó el teléfono. Era dirigente del Partido Acción Nacional (PAN) en Sonora. En el país, el debate nacional sobre el Fobaproa alcanzaba los bemoles en esos meses calientes de 1996. El sol de Hermosillo entredoraba su oficina.

Felipe Calderón Hinojosa, entonces presidente nacional del PAN, le había gritado por primera vez. Y a Espino las razones le parecían tan pequeñas, sin la menor importancia y hasta injustas.

En los días recientes, Calderón le había pedido que dirimiera la pugna entre un regidor y un dirigente municipal panista en cierta entidad de la sierra. Con la memoria nítida sobre el episodio, Espino cuenta que el asunto era nimio.

–No vale la pena, Felipe. Dejemos que se arreglen solos.

–Pero te ordené que resolvieras ese problema–, le diría con ese tono áspero con el que empezaba a ganarse la fama de hombre visceral, misma que lo distinguió en la siguiente década dentro del PAN.

–Mira, presidente, tú traes los problemas del Fobapora. Ese es un escándalo nacional como para ocuparte de un problemita que no vale la pena en el comité estatal. Es un asunto personal, Felipe–, insistió Espino.

–Pero yo te ordené que lo resolvieras…

–Tú me mandaste a resolver un problema del partido y ya lo estoy resolviendo, si ese es el problema que te interesa que resuelva, mando a otro.

Vendrían más desencuentros. Más gritos. Otros pleitos. Como aquél, cuando Juan Camilo Mouriño, con la investidura de secretario de Gobernación, le pidió que abandonara la secretaría general del PAN en 2008.

“Me ofreció a cambio la Embajada de España. No acepté. Hablé con Felipe en tono de queja. Y me dijo: “¿Por qué no?”.

Manuel Espino se encuentra en su despacho de la organización “Volver a empezar”, una plataforma desde la cual dirige a panistas disidentes que no obtuvieron candidaturas en 2009 por “una decisión presidencial”.

Recrea episodios del pasado, cuando advertía que el autoritarismo de Felipe Calderón iba in crescendo. Habla con moderación y bebe agua. Vuelve a sus recuerdos originales:

“Me parecía muy indignante. Y yo le dije a Felipe: cuando yo termine la presidencia del PAN, me invitas a ser el embajador y me voy con mucho gusto, pero no me ofrezcas la embajada a cambio de renunciar y dejar que ustedes hagan con la presidencia del PAN lo que quieran. Querían designar candidatos, dirigentes; vaya, controlar al partido y someterlo al gobierno… De eso no tengo duda”.

Actuar de otra manera ponía en riesgo al blanquiazul, cree este político nacido en Durango en 1959, identificado con el grupo de ultraderecha El Yunque y ahora expulsado del PAN por “exceso de libertad de expresión”.

La relación de 15 años de Manuel Espino y Felipe Calderón Hinojosa quedaría marcada por el velo del encono y luego, por el de la reconciliación. Y ese vaivén pondría a cada uno en diferentes posiciones. Ese 2006, Felipe Calderón Hinojosa asumiría como Presidente de la República. Por su parte, el nombre de Manuel Espino se convertiría en el caso más emblemático de un actuar implacable del primer mandatario en el interior del partido.

–¿Usted está fuera del PAN debido a la personalidad de Felipe Calderón?

–De eso no cabe la menor duda

El mundo en sus espaldas

En este sexenio no se ha respetado al PAN. Esta falta de respeto se manifiesta de diferentes maneras. Evidentemente en la mano del Presidente en el partido para el nombramiento de presidentes y de candidaturas”.

–Manuel J. Clouthier

Motejado por antiguos colaboradores como el “Atlas” porque carga al mundo en sus espaldas sin admitir ayuda, el presidente Felipe Calderón Hinojosa –el hombre ensimismado, que ordena la misma tarea a más de una persona para asegurar que se haga con corrección– no ha dejado de lado al Partido Acción Nacional en cuatro años de gobierno.

Desde la silla principal del país, tomó decisiones que modificaron la vida panista. Con candidaturas únicas, detonantes de la disidencia de hombres representativos como Ricardo García Cervantes y Santiago Creel Miranda, dos alfiles del equipo calderonista ocuparon la presidencia nacional del partido de 2007 a 2010. Germán Martínez Cázares, quien fuera secretario de la Función Pública, lo presidió de 2007 a 2009. En el cargo lo sustituyó César Nava, ex secretario particular del primer mandatario, de 2009 a 2011.

La administración navista se distinguió por la proclividad a las alianzas que implicaron negar postulaciones en los comicios de 2010. Dos de las candidaturas negadas fueron la de Manuel J. Clouthier, en Sinaloa, y la de Gerardo Buganza, en Veracruz.

En asunto aparte, la Comisión de Orden de Sonora expulsó a Manuel Espino por violar los estatutos. De acuerdo con el político, el motivo fue su disputa con el Presidente, crispada cuando él aceptó la presidencia de la Organización Demócrata Cristiana de América en 2006.

“En este sexenio no se ha respetado al PAN”, exclama Manuel J. Clouthier, el hijo de “El Maquío”. “Esta falta de respeto se manifiesta de diferentes maneras. Evidentemente en la mano del Presidente en el partido para el nombramiento de presidentes y de candidaturas”.

Académicos y correligionarios creen que el acaparamiento de responsabilidades emana de una personalidad demostrada por Felipe Calderón desde el inicio de su carrera política en los ochenta, cuando lo llamaban “el niño azul” debido a su juventud y se cobijaba en el aprendizaje de Carlos Castillo Peraza.

“Él asume las cosas, ciertamente hay gusto, hay vocación, pero al final considera de una manera muy particular y algunas veces –yo se lo he dicho y seguramente mucha gente– de una manera muy exagerada, la cuestión de la carga de las cosas. Felipe cree y lo cree con toda humildad incluso, no es cosa de protagonismo, que él debe solucionar el problema de México. O sea, él dice “me gusta”, “quiero”, “sería bueno”, “tal vez convenga”, pero “debo”, y eso a veces es una carga para él. Carga eso”.

Quien hizo tal análisis fue Cecilia Romero, comisionada del Instituto Nacional de Migración hasta 2010 y hoy secretaria general del PAN. Son palabras dichas en 2005 al periodista Salvador Camarena para un perfil político de Calderón como suspirante a la Presidencia de la República.

Visto en el ámbito nacional, el personaje político que encarna Felipe Calderón no ha cedido un ápice en el ejercicio del poder. “Es autoritario como gobernante”, lo adjetiviza el investigador de la Escuela de Humanidades del Tecnológico de Monterrey, José Fernández Santillán. “Muestra una tendencia natural a dominar, llámese el partido político, el gobierno federal o la Cámara de Diputados. Y por supuesto la contienda presidencial”.

“Sostengo que tiene complejo napoleónico; es decir, de chaparro”, dice el diputado Manuel J. Clouthier. “No hay ‘chapo’ que no sea aguerrido. Y en esa lógica tiene complejo de chaparro. Creo que le tiene miedo al talento. Creo que sus colaboradores han entendido que tiene una necesidad de rodearse de “Yes Man”, de gente que le diga “Sí, señor” y entonces le tienen miedo”.

“Altanero, prepotente y grosero”, lo califica Espino.

Entrega la curul, Clouthier

Cuando Julio Castellanos, diputado federal por Michoacán, le pidió a Manuel J. Clouthier la curul en 2010 le dijo con tono seco: “Necesitamos esa curul para apoyar al Presidente”.

Clouthier respondió: “No me voy a ir” y continuó en el sitio como si nada hubiera ocurrido.

Manuel J. Clouthier, hijo de “El Maquío” quien contendió en 1988 por la Presidencia de la República, había dicho en 2010 que el presidente Felipe Calderón no había tocado Sinaloa en la guerra emprendida por su gobierno contra los grupos de narcotraficantes.

Palabras más, palabras menos, el legislador expuso en una entrevista con el semanario Proceso que en Sinaloa lo que reinaba era el miedo. A los del crimen organizado y al poder coludido. A ambos como uno solo. Y entonces, usó la frase coloquial para describir ciertas temporadas en el norte del país: “Los están dejando trabajar”.

No era la primera vez que escuchaba que “al Presidente no se le dice que no”. Manuel J. Clouthier se opuso a la reforma fiscal. “Y entonces me mandaron un emisario para decirme que yo tenía que apoyar al Presidente. Respondí que yo no era puta”.

Con un mate en la mano y de perfil al Parque México de la colonia Condesa en el DF, se da un respiro: “No traigo la exclusiva. No soy el único”, insiste.

¿Quién apoya a Calderón?

Es 2004. El 71% de los panistas apoya a Santiago Creel como candidato del PAN a la Presidencia de la República. Su contrincante más cercano tiene 9 por ciento. Es Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, quien acaba de renunciar como secretario de Energía, tras 15 meses de administración durante los cuales se han diluido por completo las esperanzas de una reforma energética. Para esa contienda interna, también han alzado la mano Alberto Cárdenas y Francisco Barrio.

A Creel –ex secretario de Gobernación– el único que le hace ruido es Calderón. Fuera del gabinete y con una relación distante del presidente Vicente Fox, Calderón va y viene por el país. Utiliza la Fundación Desarrollo Humano Sustentable y ofrece conferencias sobre política.

El niño azul, el hijo de los doctrinarios, aquel coordinador criticado por no hacer equipos, el jefe al que le cuesta delegar, el dirigente más joven del PAN, ha decidido entrar en la contienda para ser Presidente de la República.

Ha renunciado a su cargo en el gabinete después de haber sido regañado en público. Quien lo reprendió fue el presidente Vicente Fox. Y el motivo ha sido una comida de adhesión en Jalisco, que él no pudo controlar.

Fox ha aprovechado una conferencia con Álvaro Uribe, su homólogo colombiano, para decirle a Calderón que aquello fue un acto imprudente, fuera de lugar y de tiempo. Calderón ha escrito una carta en la que hace públicas las razones de su fin como secretario de Estado.

El destino está echado al aire. ¿Quién está con Creel? ¿Quién apoya a Calderón?

Se han ido ya dos de sus colaboradores cercanos: Luis Correa Mena, secretario de Acción Gubernamental, y Adrián Fernández, titular de Organización. El primero es estratega de Santiago Creel y el segundo se dedica a dar entrevistas sobre la personalidad de su ex jefe. Del lado de Creel también está Gerardo Buganza, quien opera en Veracruz.

El destino se intrincará para los tres: Luis Correa Mena resultará acusado ante un MP de tráfico de influencias en la administración de la basura en Mérida, durante la alcaldía de César Bojórquez en 2011; Gerardo Buganza renunciará al PAN cuando no obtenga la candidatura para contender en las elecciones de Veracruz en 2010, y Adrián Fernández logrará una diputación, muy lejos de quien fuera su jefe.

Partido y gobierno atados

El gobierno de Vicente Fox intentó romper la subordinación del partido al gobierno federal. Un botón de muestra fue la conformación del gabinete mediante el servicio de “head hunters” para equilibrar la presencia de panistas. En el último tercio del gobierno, este panorama se modificó cuando 20 funcionarios dejaron su trabajo y dieron paso a miembros del PAN, como el mismo Felipe Calderón en la Secretaría de Energía, en el sitio de Ernesto Martens.

En el segundo sexenio de la alternancia política, el vínculo del presidente de la República con el partido que lo llevó al poder se muestra casi irrompible. Corresponde a una herencia de cultura política que parece –en un destino manifiesto- no tener retorno.

“Y es que el PAN se ha convertido en un asidero para Felipe Calderón”, suelta Manuel J. Clouthier, diputado federal por Sinaloa. “Felipe necesita un asidero para golpear la mesa. Eso es el PAN para Calderón”.

Más allá del ejercicio de poder autoritario, el vínculo del PAN con el gobierno significa que la historia no ha virado.

“Esta subordinación del PAN al Presidente es un rasgo inocultable de autoritarismo. Las viejas formas no han desaparecido. El PAN es más heredero del PRI que el actual PRI. El PRI aprendió a gobernarse sin ser gobierno. Y el PAN, no ha tenido esa oportunidad”, describe el investigador del Tec de Monterrey, Fernández Santillán.

Tiésforo Nava, observador político de la Universidad Autónoma Metropolitana, expone que 70 años de autoritarismo priísta arrojaron una cultura con la que Felipe Calderón no logró romper. “Los presidentes emanados del PRI eran profundamente autoritarios. No tenían que rendir cuentas a nadie. Los informes eran una simulación. Los presidentes emanados del PAN, han profundizado en esa política: lo que hoy sucede no surgió de la nada”.

Pero Manuel Espino, quien impugnó su expulsión del PAN ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, plantea que esa herencia es una contradicción: “El PAN se propuso el cambio y no se logró”.

Eso es –insiste Clouthier– precisamente lo que sucedía en el viejo régimen y no lo que el PAN promueve, y no lo que el PAN defiende. Entonces se ha generado un mimetismo del poder, del PAN y el PRI con el viejo régimen. Se ha permitido la mano del presidente con demasiado peso en el partido.

–¿Por qué?

–Porque al mexicano le brota el priista que todos llevamos dentro.