La escritora argentina ama el género y cree que muchos escritores hicieron lo propio el estilo, por caso Ray Bradbury o Stephen King, que tiene muchos relatos en tal sentido. Sin embargo, mucha descripción social y la familia como objeto de estudio luego de los quiebres por las consignas de los ’60 constituyen la obra de Mariana. Hay algo más del género, aunque ella considera que “hay que ampliarlo, renovarlo”.

Ciudad de México, 12 de agosto (SinEmbargo).- Lo primero que le preguntamos a Mariana Enríquez si no siente que hay una subestimación cuando se califica a su obra como “cuentos de terror”. Ella no piensa eso. Ama los cuentos de terror y cree que al género “hay que ampliarlo, hay que renovarlo”.

Su reciente libro Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama) es testimonio no sólo de acciones de terror por parte de sus protagonistas, sino de una atmósfera que rodea a los personajes, desde el sistema social cuando describe Constitución, un barrio bajo de Buenos Aires, hasta el malhumor y la costumbre de familias que viven ajenas a sus sueños, a su idea de confort.

Tiene una idea de relaciones, de hijos sin hijos, de una literatura honda, que vaya más allá. La muestra es que la autora tiene éxito no sólo en su lugar de origen, sino en varios países adonde se ha presentado.

Nacida en 1973, publicó su primera novela a los 21 años, Bajar es lo peor y hace poco ha editado una novela fantástica Este es el mar.

Su obra ha recibido un aplauso unánime. “Toma un rasgo que reconocemos en Cortázar y lo exacerba: lo podrido y maléfico de la vida cotidiana, la rajadura por la que se filtra un fondo de irracionalidad donde chapotean cuerpos entregados a sus excreciones y palpitaciones”, ha dicho Beatriz Sarlo.

Nacida en 1973, publicó su primera novela a los 21 años, Bajar es lo peor. Foto: Cortesía Vito Rivelli

–Las cosas que perdimos en el fuego excede los cuentos de terror

–Para mí, en nuestro idioma el tema del género no se escribe demasiado, entonces hay bastantes cruces. Hay cruces que yo hago en mis cuentos que tienen que ver con lo político, con lo social, con cosas así, que habitualmente no aparecen en los cuentos de terror o que tienen menos entrada.

–Yo me preguntaba si no era un poco perjudicial para ti que se viera tu obra como genérica

­–A mí me encantan los cuentos de terror y creo que pertenecen a un género que hay que ampliarlo, tener un desarrollo nuevo en nuestro idioma, me parece que el cuento latinoamericano, en español, van más para estos cuentos, para esas cosas que hacen Samanta Schweblin, Luciano Lamberti, un montón de gente que está trabajando el cuento extraño, siniestro, no necesariamente haciendo cuentos de terror según el concepto anticuado. Hay muchas variantes, mis favoritos son los cuentos de Shirley Jackson, Ray Bradbury, los cuentos de Stephen King…

–Me sorprendió mucho el tema social que tiene el primer cuento, dedicado a Constitución y como lo que pasa sucede en la mente de la protagonista, más que en el presente

­–Ese cuento es un crimen real, al norte de Argentina, lo trasladé porque tenía ganas de hablar de Constitución, que me parece un lugar que tiene de por sí un ambiente muy particular. Me parece un barrio marcado, de alguna manera. El terror subyacente nace de la falta de amparo de la gente que vive ahí. Como una extensión de las ciudades, un terror sobrenatural, sino el terror que producen la magia negra, las religiones populares. Son elementos que me pueden absorber. Cuando pienso en Carrie, pienso en bullying, en una masacre escolar, no me interesa que tenga telepatía.

–Pensaba en vivir afuera, pero adentro. Cuando Lala dice que no vives ahí, que vives de prestado

­–Bueno, eso es una cuestión de clase. A mí el tema de la clase que me interesa trabajarlo mucho, en literatura. Curiosamente me resulta un tema de género, en el sentido de que si piensas en los cuentos de horror, piensas en los castillos, en las casas lujosas, en la clase alta. El aporte de todos estos elementos que tienen que ver con la clase, los considero realmente eso, un aporte. Yo nací en Lanús, al sur de Gran Buenos Aires, ahora vivo en Parque Chacabuco y una cosa que me atrae de las ciudades son estas grandes áreas muy poco transitadas por alguna gente de la ciudad. Constitución, por ejemplo, es un barrio secreto, en algún sentido. Tengo una mirada un poco entrenada para ver ciertas cosas. Hablaba hace poco con una periodista brasileña y me decía que ella venía a Buenos Aires buscando Madrid, París, yo decía: ¡qué loco! Para mí es una ciudad europea que no existe, pero esa ciudad imaginada no existe más, tengo una mirada muy de intersticios.

–Me pasa vivir en México, en un lugar súper popular, sentirme como la protagonista que “me sé mover” y sentir que todas las ciudades son universales

­–Son cuentos que tienen una clase súper local, hay algo de las ciudades, de los procesos, de las formas de las ciudades, que todos los que vivimos en grandes ciudades del mundo reconocemos.

“Ahora hice una novela que está circulando en Argentina, Este es el mar, más en el terreno de lo fantástico”. Foto: Cortesía Silvana Sergio

–Hablas de la sociedad, pero también hablas de la familia, de los niños

–Los niños los trabajo mucho en mis cuentos. Me resulta muy hipócrita el discurso que tenemos con respecto a los niños, cuando decimos que el niño es lo mejor del mundo y sin embargo vemos constantemente en situaciones de desamparo, chicos maltratados, chicos abusados, chicos que terminan siendo niños malos. Niños victimizados pero al mismo tiempo ásperos, complicados, no se puede confiar totalmente. Quería que tuviera ese filo, de una inocencia rasgada.

–El adulto no sabe cómo enfrentar a un chico

–Exacto, lo deja sólo a la buena voluntad y no es así. Quería que estas cosas le sucediera a mujeres, descartando un poco la idea de que una mujer es naturalmente empática con el niño, una circunstancia un tanto peligrosa porque le niegas a una persona tener una relación libre o no con un chico, tenía ganas de separar un poco el par mujer/niño que me parece bastante anacrónico.

–Pensaba en la familia, con los sueños de los ’60 totalmente destruida, pensaba en la cineasta Lucrecia Martel, en tus cuentos…

–Lucrecia Martel –a pesar de que sea en otro medio- me parece una narradora extraordinaria, con la que yo tengo o espero tener un aire de familia muy particular, sus universos me encantan. Yo tengo familia del norte argentino, hay cierta opacidad que ella pone en las relaciones y que yo reconozco. Los cuentos de Samanta Schweblin, de Luciano Lamberti, marcan esas entidades rasgadas. La sociedad argentina me parece bastante conservadora en lo político, pero muy liberal en la sociedad. Cuando se debatió el matrimonio homosexual y finalmente se consigue, uno podría pensar que hubo escándalo después, pero no pasó nada. Hay algo de la sociedad argentina que tiende a ser un poco más abierta. Lo de los matrimonios, lo de las familias celulares, no me parece que esté tan marcado acá. Para nuestra generación hay una total libertad de hablar de la complejidad de esos vínculos, de lo tóxico y venenoso que pueden resultar esos vínculos y hablarlo de una manera mucho más sincera.

–Pienso mucho en los padres de tus cuentos, aburridos, malhumorados

–Sí, son padres muchas veces de la crisis, que tienen hijos adolescentes que están completamente en otra, preocupadísimos de sacar la historia adelante. Hay una cuestión de abismo entre padres e hijos que produjo la crisis y que en diferentes capas sociales se da de maneras diferentes. En la clase media se da en la distancia de los padres súper ocupados o los padres ociosos, cuando los hijos comienzan a tomar el rol de adultos, son los que deben garantizar el futuro…

Es candidata al Premio Gabriel García Márquez. Foto: Cortesía Nora Lezano

­–¿Cómo ves la historia de ser candidata en el Premio Gabriel García Márquez?

–Uy, yo odio un poco los premios. Si es un premio a mí sola, dicen algo así como Mariana se merece esto, bienvenido, pero estar con otros montón de escritores, compitiendo, me resulta un tanto incómodo. Es gratísimo que a uno lo elijan en cualquier selección y más con la compañía que hay.