El conmovedor diario de Carrie Fisher, El diario de la princesa, sobre lo que sucedió dentro y fuera del rodaje de La guerra de las galaxias. Una atrevida mirada, a veces dolorosa, a veces hilarante, de la mente de una actriz de 19 años en medio de Hollywood.

Ciudad de México, 12 de agosto (SinEmbargo).- Cuando Carrie Fisher descubrió los diarios que había escrito durante el rodaje de La guerra de las galaxias, la primera película de la trilogía Star Wars, le asombró descubrir unos ingenuos poemas de amor y unas cándidas reflexiones que apenas reconocía. Hoy Carrie Fisher ha pasado a la historia como actriz e icono pop, pero en 1976 solo era una chica de diecinueve años perdidamente enamorada de su compañero en la pantalla, Harrison Ford.

Con extractos de sus cuadernos manuscritos, El diario de la princesa es el recuerdo íntimo y revelador de lo que sucedió dentro y fuera de uno de los sets de rodaje más famosos de todos los tiempos. Pero Fisher también reflexiona sobre la fama y el absurdo de una vida inventada por la realeza de Hollywood. La sinceridad de sus palabras convierte este libro en las conmovedoras memorias de la inolvidable princesa Leia Organa.

El libro está editado por Ediciones B. Foto: Cortesía Ediciones B

Fragmento del libro El diario de la princesa, de Carrie Fisher, publicado con autorización de Ediciones B

Corría el año 1976…

Se estrenaban en televisión las series Los Ángeles de Charlie, Laverne & Shirley y Family Feud.

Steve Wozniak y Steve Jobs fundaban Apple en un garaje.

La FDA, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, prohibía el colorante rojo n.º 2 al descubrirse que provocaba tumores en la vejiga de los perros.

Howard Hughes moría a los setenta años debido a una insuficiencia renal mientras volaba en su jet privado rumbo a un hospital de Houston. Tenía una fortuna de dos mil millones de dólares y pesaba cuarenta kilos.

Se publicaba Entrevista con el vampiro, la primera novela de Anne Rice.

Israel rescataba a los ciento dos pasajeros de Air France secuestrados en el aeropuerto de Entebbe, en Uganda.

Isabel II enviaba el primer e-mail real, el IRA hacía estallar bombas en Londres y los Sex Pistols y la Bohemian Rhapsody de Queen alcanzaban un enorme éxito.

Claudine Longet, la ex mujer de Andy Williams, mataba “accidentalmente” de un disparo a Spider Sabitch, su amante esquiador.

Un congresista de Pennsylvania ganaba la nominación por duodécima vez pese a haber muerto dos semanas antes.

Caitlyn Jenner, que por entonces aún era Bruce, se hacía con la medalla de oro en decatlón olímpico y obtenía el título de “la mejor atleta del mundo”.

Estaban ocurriendo tantas cosas…

En África estallaba la primera epidemia de ébola, reinaba el pánico por la gripe porcina y, en un contaminado hotel de Filadelfia, un brote de legionelosis acababa con la vida de veintinueve personas.

Un golpe militar destituía en Argentina a la presidenta Isabel Perón.

Sal Mineo moría apuñalado y fallecían Agatha Christie y André Malraux, aunque no juntos.

Saul Bellow ganaba el premio Pulitzer por El legado de Humbolt y el Nobel de Literatura por toda su obra.

El Hijo de Sam asesinaba a su primera víctima.

Los disturbios de Soweto suponían el principio del fin del apartheid en Sudáfrica.

Se formaba el grupo de rock que se convertiría en U2.

La Asociación de Tenis de Estados Unidos prohibía a la transexual Renée Richards disputar el Open de Estados Unidos.

Network nos brindaba la icónica diatriba de Howard Beal: “Estoy absolutamente furioso y no pienso seguir soportando esto” y Paul Simon ganaba el Grammy al Álbum del Año por Still Crazy After All These Years.

Jimmy Carter derrotaba a Gerald Ford, incluso tras afirmar en una entrevista para la revista Playboy que, en el fondo, le volvían loco las mujeres.

Nacían Ryan Reynolds, Benedict Cumberbatch, Colin Farrell, Rashida Jones, Alicia Silverstone, Rick Ross, Anna Faris, Peyton Manning, Audrey Tatou, Ja Rule y Reese Witherspoon. George Harrison era declarado culpable por plagiar He’s So Fine en My Sweet Lord.

El running back O. J. Simpson, de los Buffalo Bills, jugaba el mejor partido de su vida, recorriendo doscientos cincuenta metros y anotando dos touchdowns contra los Detroit Lions.

Fallecía Mao Zedong.

La Corte Suprema restablecía la pena de muerte, declarando que dicho castigo no era especialmente cruel ni extraordinario.

The Band ofrecía su concierto de despedida en San Francisco.

Elizabeth Taylor y Richard Burton se separaban tras cuatro meses de matrimonio, precedidos por dieciséis meses de divorcio.

Estados Unidos celebraba su bicentenario.

Imagino que lo comprendéis. Fue un año estupendo y, al igual que todos los años, sucedieron un montón de cosas. La gente trabajaba en la tele o en el cine, escribía canciones que gustaban más que otras canciones; había algunos que destacaban en el mundo del deporte y, como siempre, murieron muchas personas famosas y con talento. Pero mientras todo eso sucedía, ocurría algo importante (y tantas décadas después, mira por dónde, sigue ocurriendo): Star Wars.

En 1976 estábamos en Londres rodando el primer título de la saga y ningún miembro del reparto podía imaginar lo mucho que cambiarían nuestras vidas cuando la película se estrenase al año siguiente.

Pasemos a 2013. Estaban ocurriendo cosas bastante similares, solo que con mayor rapidez e intensidad. Y George Lucas anunció que la franquicia de Star Wars volvía a empezar y que el reparto original actuaría en el nuevo filme.

Me sorprendió, en la medida en que a uno le sorprende algo cuando tiene más de cuarenta años. Me refiero a que alguna vez había pensado (y no mucho, la verdad) que rodarían más películas de la saga, pero dudaba que yo apareciera en ellas. Y entonces resultó que sí. ¡Aleluya!

Y ello a pesar del hecho de que no me entusiasmase verme en pantalla (ni siquiera me fascinó a la edad en que supuestamente debía hacerlo): ahora existía el 3D, la alta definición y cosas por el estilo, así que todas tus arrugas y tus carnes marchitas quedaban en evidencia. Si cuando era joven no me gustaba, no iba a gustarme ahora. El problema era que sería incapaz de ver la nueva secuela, al menos como parte del reparto. Pero qué más daba, ¡alguien podía contármela!

Si actuaba en el nuevo filme de la saga tendrían que pagarme algo, pese a que una sombra de duda podía proyectarse poco a poco sobre ese hecho hipotético basado en parte en la historia de Star Wars. (Ni hablar de merchandising, ¡pero quizás esta vez consiguiera un poco!)

En cualquier caso, todos queríamos figurar en la película, y cualquiera podía ser eliminado fácilmente de la lista. Bueno, tal vez no tan fácilmente, pero podían descartarnos si nos poníamos muy exigentes en cuanto a lo que queríamos cobrar. Y en este caso, cuando hablo en plural me refiero a mí.

Carrie Fisher como la Princesa de Star Wars. Foto: Cortesía de Ediciones B

Lo cierto es que, por más que haya bromeado sobre Star Wars durante años, me gustaba haber actuado en esas películas. Sobre todo por ser la única chica en una obra de fantasía donde todos los demás eran hombres. Fue divertido hacerlas y una anécdota de una importancia inimaginable.

Me gustaba ser la princesa Leia. O que la princesa Leia fuese yo. Con el tiempo nos fusionamos en una sola persona; no creo que nadie pueda pensar en Leia sin que yo merodee también por sus pensamientos. Y no estoy hablando de masturbación. Así que la princesa Leia somos dos, en plural.

En definitiva, ¡podría pagar mis gastos, tal vez no todos, pero sí una parte! Quizá no de inmediato, pero sí en poco tiempo. Podría comprarme un apartamento, o al menos volver a comprar cosas innecesarias, ¡y en cantidades muy innecesarias! ¡Pronto incluso volvería a tener una cuenta en Barneys! ¡La vida era bella! Es decir, la vida pública: piscinas, estrellas de cine…

¡Y así, damas y caballeros, fue como empezó mi nueva aventura en Star Wars! ¡Como un flashback de ácido, solo que intergaláctico, actual y esencialmente real!

¿Quién creéis que habría sido si no hubiera sido la princesa Leia? ¿Soy la princesa Leia o ella es yo? Encontrad el punto medio y os acercaréis a la verdad. Star Wars era y es mi trabajo. No puede despedirme y jamás podré dejarlo… Además, ¿por qué debería hacerlo? (Esa es una pregunta tanto retórica como real.)

Hoy, mientras revisaba unas cajas que contienen viejos escritos míos, encontré los diarios que escribí cuando rodaba la primera película de la saga, hace cuarenta años. Permanece en antena.

Mi vida antes de Leia

Dos años antes de La guerra de las galaxias (que con el tiempo pasó a llamarse Episodio IV: Una nueva esperanza), actué en una película llamada Shampoo, protagonizada y producida por Warren Beatty, y dirigida por Hal Ashby. Yo interpretaba el papel de la hija cabreada y promiscua de Lee Grant, que acababa acostándose con el amante/peluquero de su madre: la estrella de la película era Warren, por supuesto. Fue él quien, junto con el guionista Robert Towne, me contrató para interpretar aquel papel.

En esa época lo último que quería hacer era meterme en el mundo del espectáculo, una ocupación veleidosa que te exponía al desasosiego y la humillación, como esos tentempiés recalentados que sirven durante las proyecciones de las películas. Dicho desasosiego estaba alimentado por el descenso casi imperceptible de la popularidad a lo largo del tiempo. Primero, empiezas interpretando pequeños papeles en películas comerciales, después —si es que ocurre aquello que todos los actores están esperando— llega el éxito. De la noche a la mañana te conviertes en una estrella.

Me perdí el vertiginoso ascenso de mis padres. Aparecí en escena cuando Debbie Reynolds, mi madre, aún actuaba en buenas películas de gran presupuesto de la Metro Goldwyn Mayer. Pero a medida que crecí y, muy lentamente, empecé a comprender cómo funcionaba todo, me di cuenta de que aquellas películas ya no eran como las de antes. El contrato de mi madre expiró cuando estaba al final de la treintena. Recuerdo que la última película para los estudios MGM en la que actuó, con cuarenta años, era de terror y se titulaba ¿Qué le pasa a Helen? Estaba a años luz de distancia de Cantando bajo la lluvia y Shelley Winters, su coprotagonista, la asesinaba de un modo un tanto desconsiderado al final de la historia.

Poco tiempo después, mi madre empezó a actuar en clubes nocturnos de Las Vegas, entre ellos el desaparecido Desert Inn. Yo también trabajaba en su espectáculo, cantando “I Got Love” y “Bridge Over Trouble Waters”. Significaba un gran paso adelante desde el instituto. Todd, mi hermano menor, me secundaba a la guitarra y las coristas que acompañaban a mi madre bailaban y cantaban detrás de mí (algo que, en ciertos momentos de mi vida, deseé que siguieran haciendo).

Después mi madre recorrió los teatros de Estados Unidos con una versión distinta de ese espectáculo, y más adelante presentó un musical en Broadway. En aquel entonces yo era una de las coristas que había detrás de mi madre, que es donde suelen estar las coristas. Continuó presentando su espectáculo durante los siguientes cuarenta años… con incursiones en programas televisivos y películas (muy especialmente en Las manías de mamá, de Albert Brooks).

Eddie Fisher, mi padre, actuó en clubes nocturnos hasta que dejaron de pedírselo, y cuando no se lo pedían se debía, en parte, a que como cantante melódico ya no era relevante, y, en parte, a que se mostraba más interesado por el sexo y las drogas. Inyectarte anfetaminas durante trece años puede estropear cualquier carrera; preguntad por ahí.

De vez en cuando lograba firmar un contrato por un libro o… En realidad, eso era todo. Nadie podía correr el riesgo de contratarlo para cantar, pues era muy capaz de no presentarse y su voz estaba muy afectada por su estilo de vida libertino. Además, la gente no estaba dispuesta a perdonarle que hubiera abandonado a mi madre por Elizabeth Taylor, y eso hizo que durante el resto de su vida lo consideraran un sinvergüenza.

Un día, cuando yo tenía unos doce años, estaba sentada en el regazo de mi abuela —algo que no fue buena idea a ninguna edad, dado que Maxine Reynolds era cualquier cosa menos cariñosa—, cuando de repente esta le preguntó a mi madre:

—¿Compraste esas entradas para Annie que te pedí?

—Lo siento, mamá —contestó mi madre—. ¿Hay algún otro espectáculo que te gustaría ver?

Maxine dirigió una mirada suspicaz a mi madre, sin pronunciar palabra. (Mi abuela solía mirar de tres maneras: con suspicacia, con hostilidad y con tres tipos de decepción; activa, vívida y condescendiente.)

—Lo siento, mamá —repitió mi madre—. Al parecer, este mes las entradas para Annie ya están agotadas. Lo he intentado en todas partes.

Mi abuela apretó los labios, como si oliera algo desagradable. Después resopló y, en tono de profunda decepción, masculló:

—En esta ciudad, ser Debbie Reynolds solía tener cierta importancia. Ahora ni siquiera puedes conseguir un par de miserables entradas para un espectáculo.

Estrujé a mi abuela de manera involuntaria, como si así pudiera eliminar todos los futuros comentarios desdeñosos surgidos de su pequeño cuerpo. Fueron episodios como este los que me hicieron decidir que nunca formaría parte del mundo del espectáculo.

Cuando Carrie Fisher hizo Shampoo, con Warren Beatty. Foto: Cortesía Ediciones B

Entonces, ¿por qué accedí a visitar el plató de Shampoo sabiendo que en esa película podía haber un papel idóneo para mí? Quién sabe… Quizá quería, de algún modo, sentirme deseada por Warren Beatty. En todo caso, a los diecisiete años no parecía una opción profesional, o tal vez me estuviera engañando a mí misma. Dios sabe que no sería la última vez. No hace falta tener sentido del humor para engañarte a ti misma, pero tenerlo resulta útil para casi todo lo demás, en especial para las peores cosas. Y actuar en esa película no era una de ellas.

Por fin, conseguí el papel de Lorna, la hija de Jack Warden y Lee Grant, en Shampoo. Básicamente, solo aparecía en una escena y era con Warren, quien interpretaba el papel del peluquero y amante de mi madre (y de todas las demás). A mi personaje le disgustaba su madre y jamás había ido a la peluquería; es decir, no se acostaba con su peluquero.

¿Acaso el hecho de que Lorna no fuese a la peluquería constituía un modo de rebelarse contra su madre? Es posible. ¿Intentar seducir al peluquero de su odiada madre suponía una manera de joder a esta? Sin duda. ¿Lorna se habría arrepentido si su padre lo hubiese descubierto? Tal vez. O tal vez no. Vosotros escogéis.

En la película aparezco en una pista de tenis vestida con ropa de deporte, sosteniendo una raqueta y de pie junto a un tenista profesional que le da a la pelota mientras yo observo la llegada de Warren. Le informo de que mi madre no está en casa y lo acompaño a la cocina, donde le pregunto si se está tirando a mi progenitora y si quiere comer algo. Le digo que jamás he ido a una peluquería y que no me parezco en nada a mi madre y luego le pregunto si quiere irse a la cama conmigo. La escena acaba con mi proposición indecente y después aparezco en la habitación, cubriéndome con el fular tras el coito.

Es muy probable que no os hayáis preguntado por qué llevaba un fular. Pues porque yo, Carrie, tenía el pelo corto —como cuando has ido a la peluquería— y por lo tanto debía llevar una peluca para demostrar que jamás me ponía en manos de un peluquero. Así que llevaba el fular para que la peluca no pareciera tanto una peluca. La otra pregunta importante que quizá no os hagáis es si llevaba un sujetador debajo de la ropa de deporte (y si no era así, ¿por qué no lo llevaba?).

La respuesta es sencilla: Aggie, la diseñadora de vestuario, le preguntó a Warren —estrella, coguionista y productor de Shampoo— si quería que yo llevara sujetador. Warren echó un vistazo a mis pechos.

—¿Lleva uno en este momento?

Permanecí ahí como si mis pechos y yo nos encontrásemos muy lejos de allí.

—Sí —contestó Aggie.

Warren apretó los labios y me miró con expresión pensativa.

—Veamos cómo queda sin sujetador.

Seguí a Aggie hasta mi caravana tipo jaula de hámster y me lo quité. Después me sometí al escrutinio de Warren, quien volvió a estudiar mi torso con aire impasible.

—¿Y esto es sin? —preguntó.

—Sí —respondió Aggie, soltando un gemido.

—Pues rodemos sin —dictaminó, ordenó, conminó Warren…

Mis pechos y yo regresamos a mi caravana con Aggie y el tema quedó zanjado. Podéis contemplar mis pechos sin sujetador en Shampoo en YouTube (o en LubeTube), también mi aspecto en-el-espaciosin-nada-de-ropa-interior en la primera película de Star Wars y el bikini metálico (para matar a Jabba) en la tercera (hoy paradójicamente conocidas como Episodios IV y VI).

Solo tardamos unos días en rodar mis dos escenas en Shampoo y luego volví a casa con mi madre y mi hermano menor, Todd, confiando en que no seguiría viviendo allí mucho tiempo más, porque para mí, que me había convertido en la-chica-más-guaydel-planeta, ya estaba bien.

Jamás he vivido una prueba como la que hice con Terrence Malick, el director de Días del cielo. Recuerdo quedarme sentada charlando con él durante más de una hora. Gracias a Dios no hablaba solo yo, aunque creo que él trataba de conocerme y de descubrir cómo era. Al fin y al cabo, no fui yo quien lo convocó a una reunión para hablar de una película que yo estaba rodando.

Recuerdo que le conté demasiadas cosas sobre mí, una costumbre que no dejaría de crecer con los años, pero de adolescente aún no poseía un repertorio de anécdotas demasiado amplio. Por entonces, una de las mejores estaba relacionada con Rip Taylor, el cómico —que actuó junto con mi madre en un espectáculo en Las Vegas—, y Lynn, su secretario gay.

Yo estaba enamorada de Lynn. Era guapo, llevaba un pañuelo alrededor del cuello y era realmente fino y delicado, como si bastase que soplaras sobre él para que flotase como una pluma en el aire. Lynn solía llamarme su “manzana del amor” y nos liábamos en el autobús del equipo.

Si en vez de actuar en espectáculos con mi madre hubiese ido al instituto, habría podido dar salida a mis sentimientos y vivir una vida de adolescente. Pero como no estaba viviendo dicha vida, no dejaba de enamorarme de hombres gais.

Además de Lynn, estaba Albert, que era bailarín en Irene, un espectáculo de Broadway en el que también actuaba Debbie. Era atractivo y gay (aunque, según mi opinión de profana, nadie hubiese dicho que lo era), y solíamos liarnos en los vestuarios. Mi madre lo sabía, así que ¿de qué iba todo eso? Yo solo tenía quince años, era menor de edad, y un día me dijo:

—Si quieres acostarte con Albert, te observaré. Así podré darte instrucciones.

No quiero ser injusta. En aquel tiempo mi madre estaba realmente perturbada; su vida se estaba desmoronando e intentaba apuntalarla a base de amor maternal, aunque fuera un tanto excéntrico.

No existen muchos momentos ideales para ventilar esa clase de intimidades, de manera que estoy bastante segura de que Terry Malick se enteró de mi lío con Lynn, Albert y mi madre. Parecía la clase de persona interesada en cualquier historia extraña que te atemorizara y te hiciera sentir sola. En sus películas había mucha improvisación, de modo que quizás esas entrevistas fueran su manera de determinar si sus actores se sentían cómodos en su propia piel. (Yo me siento muy cómoda en mi propia piel. Solo me gustaría que a veces no hubiese tanto espacio alrededor para sentir dicha comodidad.)

Tuvimos varias reuniones parecidas antes de que Malick me hiciera leer mis diálogos con John Travolta. En esa época, John era famoso por su papel en la comedia de situación Welcome Back, Kotter. Parecía seguro que obtendría el papel protagonista en Días del cielo y, durante las escasas ocasiones en que ambos leímos nuestros diálogos juntos, nuestra química fue fantástica. Como dos vasos que contienen un líquido inflamable, ambos burbujeábamos… cómodamente. Si John protagonizaba Días del cielo, ¿sería yo la coprotagonista? ¡Las cosas pintaban bien!

Sin embargo, por algún motivo, John no pudo actuar en la película, por lo que quedó descartado y Richard Gere ocupó su lugar. También leí con él; limitémonos a decir que nuestro burbujeo no era compatible, razón por la que quedé descartada y Brooke Adams ocupó mi lugar. Por el momento, mi potencial carrera como actriz más o menos seria llegó a su fin. Sería necesario algo más que un pequeño papel en The Blues Brothers para que la gente dejara de pensar en mí como la princesa Leia.

Días del cielo fue una película maravillosa y tal vez me hubiera “desleiaficado” un poco, pero la cruz (muy muy ligera, lo admito) con que tendría que cargar siempre sería que me conocieran como la princesa Leia y no como “la chica que estaba perfecta en una de las primeras obras maestras de Terry Malick”.

Hice audiciones para otras películas (Grease y Dos pillos y la heredera) y después solicité matricularme en dos escuelas de arte dramático de Inglaterra. La Royal Academy of Dramatic Art me rechazó, pero la Central School of Art and Drama —entre cuyos alumnos destacaban Laurence Olivier, Harold Pinter y las hermanas Redgrave— aceptó mi ingreso.

Eso era lo que yo había estado esperando egoístamente: la oportunidad de dejar de vivir en la misma casa o el mismo país que mi recientemente divorciada y empobrecida madre. Como gratificación, obtuve una experiencia real como actriz, algo que jamás había tenido, en parte porque aún no estaba muy segura de que quería serlo. Pero tal vez fuese algo que podía hacer sin un título o acreditación de ninguna clase: un trabajo en el que me pagarían un sueldo que me permitiría salir al mundo e iniciar lo que, risiblemente, llegaría a llamar “mi propia vida”.

Cuando empecé a estudiar en la Central School of Art and Drama tenía diecisiete años y era la alumna más joven de la escuela. Era la primera vez que vivía sola; por fin me había separado de mi madre (no me molestaba que me mantuviese, pero no quería convivir con ella) y me había instalado en un apartamento que le subalquilaba a un amigo, donde no decepcionaría a nadie…, y si por algún extraño motivo alguien se sentía decepcionado, no me importaría, porque no estaba emparentada con él o ella.

Carrie Fisher (1956-2016) fue una actriz mítica por su papel como princesa Leia Organa en la primera trilogía de La guerra de las galaxias. Pero su brillante carrera incluyó muchas otras películas, entre ellas y. Como autora, escribió cinco novelas (una de ellas adaptada al cine con Shirley MacLaine y Meryl Streep como protagonistas) y dos libros de memorias. La experiencia de Fisher con las adicciones y las enfermedades mentales, y su disposición a hablar de ello, la convirtió en una solicitada conferenciante. es su último libro publicado.