Un coche del Departamento de Policía de Atlanta arde durante una manifestación contra la violencia policial en Atlanta. Foto: Mike Stewart, AP.

Estados Unidos se encuentra en llamas. El tejido social de lo que fue (o quizás todavía sea) una potencia mundial está roto. Muestra de ello son las manifestaciones masivas y la violencia sin precedentes que se ha desatado en diferentes ciudades de la Unión Americana desde la semana pasada y que divide al país como nunca antes yo lo había visto. Sin exagerar, y considerando los momentos más difíciles en la historia de esa nación, sólo puedo pensar en los turbulentos años 1960’s y en la Guerra de Secesión. Disturbios extremadamente violentos, incendios provocados y saqueos generalizados desembocaron finalmente en la declaración de toque de queda en varias ciudades estadounidenses y en el despliegue de la Guardia Nacional y elementos de la Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (CBP, por sus siglas en inglés) para reforzar la respuesta policiaca ante una situación que pareciera estar fuera de control.

Las imágenes en medios de comunicación formales y redes sociales son perturbadoras. Equipos antimotines, macanas, gas lacrimógeno, bombas molotov, grafiti, ladrillos, vidrios rotos, saqueos a establecimientos diversos, patrullas destruidas, propiedades incendiadas, heridos e incluso muertos, forman parte de las escenas de un mundo que parece distópico. Como dicen algunos, estas imágenes se asemejan al final de la película del Guasón (Joker 2019). El Presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, a través de su canal favorito de comunicación, la plataforma de Twitter, llama a responder con violencia a los disturbios y el día de ayer dice que designará a ANTIFA (que es un término abstracto para denominar a grupos que se consideran anti-fascistas o anarquistas) como una organización terrorista.

Los orígenes de esta ola de violencia—que desencadena en una aparente distopía de película de Hollywood—parecen ser multifactoriales, pero tienen su origen en la esclavitud, la segregación y el racismo estructural que marcan la historia de los Estados Unidos de América. La muerte de George Floyd, ciudadano afroamericano, a manos de la Policía de Minnesota fue la gota que derramó el vaso. El inicio de las protestas masivas responde a un acto abominable que refleja claramente el abuso policial histórico en Estados Unidos, que se ensaña con la comunidad afroamericana principalmente. Y así, en plena pandemia por el COVID-19—y a pesar de las órdenes de quedarse en casa que se mantienen en algunos estados—miles de manifestantes salen a la calle a expresar su descontento de diversas maneras (violentas y no violentas). Al mismo tiempo, aparecen grupos de saqueadores y provocadores que destruyen e incendian propiedad privada, monumentos y establecimientos comerciales.

Las reacciones frente al saqueo y la destrucción que siguen al asesinato de George Floyd a manos de la policía en Minneapolis son diversas. Algunos apoyan estas manifestaciones aludiendo al racismo estructural y al abuso policial de raíces profundas que prevalecen en la Unión Americana. Otros, que se identifican como anarquistas o anti-fascistas, también las justifican en el marco de su total desaprobación a la autoridad en un sistema que consideran ilegítimo. Por otro lado, hay quienes rechazan determinantemente cualquier tipo de protesta violenta, y otros que la consideran manipulada por fuerzas extranjeras o contrarias al gobierno trumpista. Inclusive se habla de la posible infiltración de estos movimientos por fuerzas del Estado, con el objeto de generar terror y justificar la represión a través de la contrainsurgencia o una respuesta de corte “proto-fascista”. Se ha hablado incluso de una posible intervención rusa o de la supuesta participación de las Fundaciones de la Sociedad Abierta (Open Society Foundations) del siempre invocado por Putin y los conservadores estadounidenses: George Soros.

En medio de este caos y de las múltiples acusaciones y noticias falsas que circulan en los medios de comunicación y las redes sociales, es imposible en este momento identificar bien el origen de las movilizaciones. En un país extremadamente fragmentado, la desinformación y la incertidumbre parecen nublarlo todo. Pero lo que no se pone en duda es el hecho de que el actual sistema en la Unión Americana opera sólo en beneficio de unos cuantos y divide claramente a la sociedad en base a clase y a raza. Dicho sistema se reproduce en un círculo vicioso de represión, explotación y abuso policial contra las minorías raciales.

Existe en definitiva una demanda legítima que alimenta la protesta social en los Estados Unidos. No se puede alegar manipulación o infiltración completa en un movimiento al que se adhieren quienes buscan justicia en un país donde prevalecen el racismo y la desigualdad. Según la experiencia histórica y distintas teorías políticas, los cambios radicales de sistema y las revoluciones no pueden darse sin el enfrentamiento violento entre los dominantes y los dominados. Según el pensamiento marxista, el cambio en el modo de producción requiere forzosamente de una lucha de clases. Puedo entender las aspiraciones de algunos radicales. También comprendo el pensamiento del anarquista que se opone a cualquier tipo de autoridad en un sistema en el cual, para ellos, todo está mal.

No obstante las genuinas aspiraciones de quienes participan o apoyan las protestas—pacíficas o violentas y por todos los medios necesarios (by all means necessary)—el cálculo parece demasiado arriesgado. La situación parece grave. Existe la posibilidad de una respuesta ultra-represiva por parte de los aparatos del Estado, así como la supresión de garantías individuales en nombre de la ley y el orden. El Presidente de Estados Unidos pareciera estar en estos momentos en sintonía con esta posible respuesta. No obstante lo difícil que resulta entender el fenómeno que se presenta hoy en día en Estados Unidos, las protestas generalizadas parecieran, a primera vista, contener algunos elementos de las guerras asimétricas. Pienso en específico en lo que se conoce en la jerga castrense como “revolución molecular disipada” y que se trata de una coacción violenta de grupos pequeños, la cual parece justificar una reacción no-convencional por parte del Estado. Al mismo tiempo, la situación me hace recordar las tácticas contrainsurgentes inspiradas en las prácticas del ejército estadounidense durante la Guerra Fría, las “medidas activas” de los rusos o la “estrategia de la tensión” italiana (strategia della tensione) de los denominados “años de plomo”.

No obstante lo anterior, pienso en todo y no entiendo nada. No puedo posicionarme con la información tan limitada que poseo hoy y sin haber realizado una investigación profunda de estos acontecimientos. He seguido el fenómeno en medios y redes sociales todos los días desde que comenzaron las protestas. Después de lo que he revisado, me confunde la desinformación, y sólo guardo la imagen de una distopía. Estados Unidos se encuentra quizás más dividido que nunca en la era contemporánea. Lo más irónico del asunto es que las divisiones parecen ser alimentadas, en primer lugar, por el propio presidente de ese país.

Y una vez más, recordando el mundo distópico en la cinta de el Guasón (o Joker para los estadounidenses) pienso también en Casandra, princesa de Troya y heroína de la mitología griega. Casandra predijo la caída de Troya en un momento en el que esto parecía increíble. La caída del imperio yanqui ya no es tan increíble. En el marco de lo que parece ser ahora un mundo multipolar, Estados Unidos sufre una grave crisis de liderazgo que divide a su sociedad desde dentro. Si viviera Casandra ahora, quizás podría anticipar la caída de un imperio que se consolidó como único a finales siglo veinte. Los poderes hegemónicos tienen siempre un principio y un fin; sucedió anteriormente con la China Imperial, después con la Unión Soviética y quizás sea la hora de los Estados Unidos de América.