La última vez que vi a Sergio Pitol en la calle fue en la primavera de 2016, en compañía de Margot Glanz y Mario Bellatin. Fue uno de esos encuentros fantásticos –definiendo el término al estilo Roger Caillois como un evento que irrumpe y trastoca la realidad-. Sobre la calle 5 de mayo, del pueblo cafetalero de Coatepec, me acerqué a darle un abrazo y surgió la imagen fresca de la veces en que Sergio pasaba a saludarnos a “Caballito azul”, la pequeña librería que en esa misma vía, César Silva y yo manteníamos.

Por Magalí Velasco

Ciudad de México, 1 de julio (SinEmbargo).- Terminó 2016 y yo preguntaba por aquí y por allá sobre la salud de Sergio y las dos hospitalizaciones que sufrió; las respuestas que recibí fueron que no se le permitían las visitas, que era complicado acercarse y que, incluso, no abrían la puerta de su casa.

Desde enero de este año 2017, la pintora y entrañable amiga de Pitol, Leticia Tarragó, deseaba visitarlo; sin embargo, con el panorama que le dibujé, también desistió.

Una mañana de junio, mientras conducía mi auto, quise escuchar “La Reina de la noche”, de Mozart, adoro esta aria y más desde que un día, en voz de mi amiga soprano Cynthia Toscano, el techo de madera de mi casa vibró al igual que todos los que previamente le habíamos rogado para que cantara.

Aquella mañana de junio, dentro de mi auto y con ópera a todo volumen, pensé que no sabía nada en absoluto de este arte y que lo poquito que sé se lo debo a la literatura de Sergio Pitol y a mi amiga, la soprano. Pensé también en lo triste que me resultaba no ver más a mi maestro, no poder expresarle cuánto lo extraño y cuánto lo aprecio. Entonces vino la idea de, cual enamorado, ir a hasta el quicio de su casa y ofrecerle una “diurnata” de opera.

De inmediato le llamé a Mario Muñoz, me importaba su opinión, le encantó la idea y me recordó que un par de años atrás Alfonso Colorado organizó un petit concierto en la casa del escritor, cuando aún podían reunirse los famosos sábados de ópera. El plan creció y sumó a otras personas que al igual que yo, deseaban darle un abrazo a través de la voz y la música, principalmente, de Mozart, su favorito.

Sergio Pitol, un hombre que se dedicó a escribir y a leer. Foto: Leticia Tarragó

Hace un año, exactamente, murió mi abuela. Ahí estuvimos, mi madre y yo, sosteniendo su mano hasta el último estertor. La madrugada de su fallecimiento me quedó claro que nadie debe irse solo y este acompañamiento hacia el umbral puede abarcar años, meses y días. Con todo el ánimo, Rodolfo Mendoza, Nidia Vincent, Bety Corral, Mercedes Lozano, Alfonso Colorado, Leticia Mora, Mario Muñoz, Agustín del Moral y otros amigos con quien nos une la literatura y el cariño a Sergio, me instaron a contactar a la tutora del DIF y solicitar su anuencia y la de la familia para llevarle música a Sergio.

Hoy sábado 1 de julio, con todo y la tupida lluvia, a las 13:00 hrs. un grupo reducido pero significativo, llegamos a la casa del maestro. Toqué, me recibió otra sobrina Pitol y la Dra. Eos López Romero, me explicaron amablemente que por la salud y edad del maestro ver gente o recibir emociones –alegres o no- lo exaltaban y no era pertinente.

Les comuniqué que la idea original era permanecer todos afuera de la casa, respetar el símbolo de la serenata porque no queríamos invadir y porque entendíamos perfectamente lo que significa para alguien mayor tener impresiones fuertes. La idea original era que las notas llegaran a él, así, sin más, como sus palabras e ideas llegaron a nosotros.

Sin embargo, por cuestiones del clima, solicité que únicamente los músicos entraran a la sala. Me fue permitido subir a sus recámara y saludarlo. Veinte años atrás había estado en ese estudio amplio y acogedor a la vez, una tarde en que mi maestro me recibió con sonrisa y café y paciencia para que le dejara el engargolado de mis primeros cuentos.

Hoy, Sergio estaba sentado en un reposet, con una frazada en las piernas y una fina bufanda gris al cuello, despierto, alerta. Le dije quién era, que lo quería mucho, que me alegraba de verlo, y él sólo me miró con esa expresión que lo acompañaba desde hace algunos años. Laura Demeneghi me pidió que Leticia Tarragó acompañara a su tío durante el concierto y que comunicara que cualquiera podía visitarlo otro día, agendando la cita, de uno en uno y registrándose en el cuaderno que permanece a la entrada de la casa. Hicieron pasar al pianista y a los cantantes y al final terminamos todos dentro de la sala, llovía a cántaros.

La pintora Tarragó estuvo junto a su amigo y otrora vecino, los treinta minutos que duró el regalo. El concierto comenzó: las mezzosopranos Gabriela Beltrán y Marcela Vargas, el barítono Mariano Fernández y la soprano Cynthia Toscano, interpretaron arias de diversas ópera de Mozart entre ellas, Le Nozze di Figaro. La casa vibraba y estaba segura de que esas notas llegaron directo al cuerpo y al alma de nuestro querido maestro. La última aria, “La reina de la noche”, perteneciente a la Flauta Mágica de Mozart, la cantó Toscano y entonces sí, varios no aguantamos la emoción que creció cuando Leticia Tarragó, al salir de la casa, nos contó que ella en todo momento le sujetó la mano, que su amigo estaba tranquilo, luego dormitó un poco, “y es que Sergio siempre se quedaba dormido en todos los conciertos, así era”, dijo Leti, pero que cuando “La reina de la noche” estremeció las estructuras de todo y de todos, Pitol abrió los ojos y sonrió con esa sonrisa con la que será recordado.

Sergio Pitol, Premio Cervantes 2005. Foto: Leticia Tarragó

Abrazos, gracias, besos, fotos y videos, por unos instantes la casa permaneció abierta, las ventanas abiertas; por unos instantes creímos que nuestra presencia, energía, vibra, llámese como se guste llamar, de alguna manera quedaría en su hogar y lo reconfortaría.

Un hombre que vivió para leer y que los libros lo hicieron escritor. Un hombre que honró el arte, lo bello, el valor de la amistad, el valor de la inteligencia. No hay nada que podamos hacer frente a la ley de la vida, la vela se extingue pero la luz permanecerá. En una de las paredes de la “Caballito azul”, yo pegué la frase que me es de las más entrañables de Sergio Pitol:

“Uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.

PD: Acabo de recibir un correo electrónico de parte de la tutora del DIF Dra. Eon López y de parte también de la familia, para agradecer el gesto a todos los que estuvimos y para comunicar que la casa está abierta para recibir nuevas propuestas que nazcan del corazón en beneficio de Don Sergio.