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Ricardo Ravelo

01/10/2021 - 12:05 am

Tijuana: Juez sepulta homicidio y libera a criminales

El caso tiene el tinte de una venganza organizada para asesinar a Palma Acosta, un empresario y abogado fiscalista, quien fue estrangulado y golpeado con una cadena. Sin embargo, sus presuntos homicidas alteraron la escena del crimen para que el asesinato pareciera un suicidio.

El Juez José Guadalupe Sigala, de Baja California. Foto: Especial.

Tras el asesinato del empresario Jonathan Palma, el pasado 12 de septiembre, el Juez José Guadalupe Sigala Andrade tomó partido por los criminales: desestimó las pruebas objetivas –dictamen, necropsia, entre otras– que acreditaba que Palma había sido estrangulado por sus agresores, entre ellos Raúl Palma Cervantes, quien se declaró culpable. Aún así, sólo le imputó el delito de homicidio simple.  A dos mujeres –Gisela Aideé Cervantes y Edith Márquez, copartícipes en el crimen– las dejó libres. Lo que los familiares del occiso denuncian es la corrupción del Juez y el desaseo para manejar el caso. Ya está denunciado ante las autoridades, pero temen que haya impunidad.

En Tijuana, Baja California, una noche de convivencia entre cuatro personas –Jonathan Antonio Palma Acosta, su novia Gisela Aideé Cervantes Castro, el hermano de ésta, Raúl Omar Cervantes y Edith Márquez Ñol, concuña del primero– terminó en tragedia el 12 de septiembre último.

El caso tiene el tinte de una venganza organizada para asesinar a Palma Acosta, un empresario y abogado fiscalista, quien fue estrangulado y golpeado con una cadena. Sin embargo, sus presuntos homicidas alteraron la escena del crimen para que el asesinato pareciera un suicidio.

Distante de la legalidad, el Juez del caso, José Guadalupe Sigala Andrade, se mostró más hábil como novelista de ciencia ficción que como adalid de la ley porque, contra los resultados de los peritajes, necropsia y hechos contundentes, el juzgador construyó una historia de fantasía para dejar en libertad a dos de los presuntos autores materiales. Los familiares del occiso denunciaron al Juez. De proceder la denuncia, el juzgador podría ser sancionado.

Esta es la historia:

La fiesta se realizó en la casa de Jonathan Antonio Palma, localizada en Santo Tomás 5412, Loma Agua Caliente, en la ciudad fronteriza de Tijuana, Baja California. Las cuatro personas, familiares todos ellos, empezaron a beber alcohol aparentemente en exceso. Con el paso de las horas las pasiones, viejos pleitos y hasta los celos salieron a relucir. Esto caldeó los ánimos entre Palma Acosta y su novia Gisela Cervantes, quienes no llevaban una buena relación. El conflicto los dividía con frecuencia.

Marco Antonio Palma Acosta, hermano del occiso, no estuvo presente aquel día trágico. Conocedor de los pormenores del hecho, sin embargo, cuenta en entrevista que él y la señora Lorena Angélica Acosta –su madre– se encontraban en la Ciudad de México.

A las 8:00 de la mañana del día siguiente –recuerda– su mamá recibió una llamada telefónica. El misterio brotó como neblina. Era la voz de Gisela Cervantes, novia de Jonathan, quien llamaba para decirle que le había pegado a su hijo en la nariz y tenía hemorragia.

Jonathan Antonio Palma. Foto: Especial.

También dijo que Jonathan estaba en completo estado de ebriedad y que había intentado abusar sexualmente de Edith Márquez, la concuña de Jonathan, lo que posteriormente se puso en duda en la reconstrucción de los hechos. El hermano de la víctima también comentó que, cuando su madre hablaba por teléfono, a través del auricular se escuchó que el hermano de Gisela –Raúl Omar Cervantes– dijo en voz alta: “Ya vámonos”. Todo aquello causó confusión, dijo, y dio pie a la sospecha de que algo grave había ocurrido.

–¿Y qué hicieron? –se le pregunta a Marco Antonio Palma.

–Le llamamos a nuestros conocidos y localizamos a Guillermo Canett, un vecino; él vive cerca de la casa, y le pedimos que fuera a ver qué pasaba. Lo hizo. Él nos dijo que, en efecto, había escuchado mucho ruido en la casa de mi hermano y nos confirmó que le habían pegado a Jonathan. En ese momento eran como las 6:15 de la mañana del día 12 de septiembre.

Explica: “Cuando llegó a la casa, el vecino gritó: Gisela, Gisela…, y ella salió del cuarto con mucha sangre en la ropa, según nos dijo Guillermo, quien subió a la recámara de mi hermano y lo encontró tirado en el piso con la cadena del perro enrollada en el cuello”. Los tres familiares que acompañaban a Jonathan dijeron que éste se quiso suicidar.

La reconstrucción de los hechos da cuenta que Gisela descubrió que Jonathan, en completo estado de ebriedad, intentó abusar sexualmente de su concuña Edith Márquez; otro dato indica que Gisela, su hermano Omar Cervantes y Edith, en confabulación, planearon asesinar a Jonathan porque la novia del occiso estaba enferma de celos y había llegado al límite.

Según el testimonio de la señora Lorena Angélica Acosta, madre de Jonathan, “Gisela utilizó como arma a su hermano Omar para asesinar a su hijo”. Añadió: “Ella era muy celosa con él, lo quería controlar en todo, le daba rabia que mi hijo saliera a cenar por asuntos de negocios y que no le compartiera detalles de sus temas o que no la incluyera en sus proyectos”. Los pormenores del crimen y el posible móvil comenzaron a desmenuzarse cuando Guillermo Canet –el vecino– llamó al sistema de emergencias 911. La policía acudió a la casa y al ver el cuerpo de Jonathan sin vida procedieron a detener a Gisela, Edith y Omar.

Según Marco Antonio Palma, los tres detenidos argumentaron ante la policía que mi hermano se suicidó, que ellos lo quisieron salvar y que no pudieron. La otra versión que soltaron fue que mi hermano quiso abusar sexualmente de su concuña y, por esa razón, lo asesinaron, aunque Palma asegura que no existe evidencia de abuso sexual porque las pruebas no arrojan evidencia de líquido seminal en las ropas de mi hermano ni en las de Edith.

Los presuntos responsables fueron llevados a la Fiscalía General de Justicia. Luego quedaron en manos del Juez José Guadalupe Sigala Andrade, quien prácticamente se convirtió en el defensor de las acusadas, según afirman Palma Acosta y su madre, Lorena Angélica Acosta.

Familiares acusan al Juez José Guadalupe Sigala Andrade de “tomar partido” en el caso. Foto: Especial.

Explican que la necropsia practicada al cuerpo de Jonathan Palma es contundente en sus conclusiones: Expone que la causa de la muerte es traumatismo craneoencefálico con maniobras de estrangulamiento.

Al respecto, dice Marco Antonio Palma: “El cuerpo de mi hermano tenía golpes con puños; su espalda estaba saturada de hematomas, la cabeza destrozada, igual que sus genitales. Su cara se veía despedazada y en todo su cuerpo eran visibles los golpes propinados con la cadena que servía para sujetar al perro de la casa.

Los detenidos, sin embargo, no tenían golpes, sólo lesiones en sus manos, evidencia que demuestra que usaron sus puños para golpear a Jonathan; la televisión de la casa, dijo Marco Antonio Palma, quedó apostillada “porque seguramente también la usaron para golpearlo”, dice. Y cuando finalmente lo asesinaron se les ocurrió enrollarle la cadena del perro en el cuello para aparentar que aquello había sido un suicidio. Pero el caso se fue desmenuzando en el juzgado a favor de las personas detenidas, pese a las evidencias en su contra. El comportamiento del Juez sorprendió a los familiares de Jonathan: afirman que en la audiencia el juzgador se comportaba tan extraño que “parecía el abogado defensor de estos asesinos”.

La primera audiencia del caso para desahogar pruebas y determinar la responsabilidad de los detenidos se efectuó el pasado 14 de septiembre. Ahí se ventiló que era legal la detención de las tres personas por homicidio doloso con premeditación, alevosía y traición, según determinó el Juez. Los presuntos responsables solicitaron 144 horas para presentar pruebas de descargo. Se las concedieron. La segunda audiencia se realizó cinco días después y ésta vez la inclinación del Juez en favor de los presuntos criminales fue aún mayor.

Ahí, los familiares de Jonathan Palma, en particular su hermano Marco Antonio y la madre de ambos, Lorena Angélica Acosta, notaron que el Juez seguía actuando a favor de los acusados. Los detenidos presentaron como pruebas a su favor testimonios de familiares suyos que aseguraron que eran personas buenas y que no habían hecho nada de lo que se les acusaba. En resumen, avalaban su buen comportamiento que el Juez aceptó como verdad.

Otro testigo resultó ser un amigo virtual de Edith Márquez, quien se prestó para aportar videos, publicados en Instagram, en el que los detenidos aparecen con ropas diferentes a las que usaron el día del asesinato de Jonathan. Esta prueba también fue aceptada en forma irrefutable por el juzgador.

Sin guardar las formas, Cecilia Navarrete Quiñones, abogada de los inculpados, se pasó largo rato “mensajeándose” con el Juez en plena audiencia. No sólo eso. Los familiares del occiso afirman que también le llamaba por teléfono. Hubo un momento en que el juzgador recibió una llamada y sólo respondió: “Espérame”.

Durante la audiencia los presuntos responsables dieron su versión y reiteraron que Jonathan se suicidó; también hablaron del presunto abuso sexual por parte de Jonathan hacia Edith Márquez, su concuña; después, el hermano de Gisela, Raúl Omar, se autoinculpó: Aceptó que él mató a Jonathan. Confesó que estaba cenando y que Jonathan ya se veía muy borracho; que les dijo que se iba a su cuarto, pero lo encontraron en la habitación donde ya descansaba Edith, quien también estaba pasada de copas. Ahí quiso abusar de ella, expuso.

Este hecho, según dijeron, fue el detonante de la bronca, pues relataron que Jonathan empezó a soltar golpes –sabía artes marciales, medía 1.80 metros y pesaba cien kilos–. Raúl Omar Cervantes confesó que él ahorcó a Jonathan con el brazo y lo golpeó; también dijo que Gisela y Edtih no participaron más que para separarlos, lo que no lograron.

Y en el momento en que observaron que Jonathan ya no respiraba, procedieron a enrollarle la cadena del perro en el cuello “para que pareciera un suicidio”.

Edith declaró que Jonathan estaba muy borracho, que lo subieron a dormir. Eso mismo declaró Gisela. De acuerdo con la reconstrucción de los hechos, todo este evento trágico ocurrió en un lapso de 15 minutos.

Edith añadió en su declaración que fue víctima de un abuso, pero nunca lo denunció ante sus familiares. Lo extraño de todo es que el Juez Sigala Andrade desestimó las pruebas objetivas y tomó como verdad absoluta sólo la versión de los inculpados.

En su valoración de los hechos, el Juez desestimó la confesión de Raúl Omar, pues concluyó que las marcas que los tres tienen en las manos son producto de los intentos de separar a Omar y a Jonathan; las huellas de la estrangulación que revela la autopsia, así como el testimonio de Omar, para el Juez no corresponde a un brazo y no se usó cadena… “El Juez parecía el abogado de las inculpadas”, expresa Palma. Luego, el juzgador procedió a reclasificar el homicidio: pasó de doloso a simple.

La señora Lorena Angélica Acosta explicó en entrevista telefónica que el Juez creyó más en la versión fantaciosa de las inculpadas que en los datos objetivos, como el dictamen de los hechos, la necropsia y las declaraciones de las presuntas implicadas, quienes dijeron que usaron la cadena para estrangularlo y hacer perecer aquello como un suicidio. Para el Juez nada de esto constituyen elementos de prueba. Incluso, el mismo Juez les ayudaba a declarar, les daba tips respeto de qué decir y cómo exponerlo. Después el juzgador pidió un receso para dar su veredicto.

Cuenta la madre del occiso que el Juez dijo que se retiraría unos minutos para ir al baño a resolver el caso. ¡Imagínese usted que un homicidio se tenga que resolver en el baño! Se tomó como cuarenta minutos, luego regresó y reclasificó el delito a homicidio simple. Dejó en libertad a Edith y a Gisela, en tanto que Raúl Omar quedó vinculado a proceso con el delito reclasificado.

–¿Cuál es el móvil del homicidio? –se le pegunta a la señora  Lorena Angélica Acosta?

–Ella -se refiere a Gisela Cervantes, la novia de Jonathan- era muy celosa, posesiva y agresiva con mi hijo. A ella no le parecía que él saliera a sus reuniones y cenas de negocios. Siempre estaba controlándolo. Yo le dije a ella: ¿Quieres tener a un amo de casa o a un empresario como él? Los empresarios tienen que salir a sus reuniones.

“Gisela no sabía controlar el licor. Y ella lo sabe. Llevaban dos años de relación, en diciembre iban a cumplir tres”.

–¿Por qué Gisela fue tan agresiva con Jonathan? –se le pregunta.

–Ella no había tenido una relación con alguien que la apoyara y la amara como lo hizo mi hijo. Él fue bueno con ella: la impulsó a que sacara una carrera, apoyaba a su mamá, a su hermano menor, los cuidaba a todos. Mi hijo pagaba todo.

–¿Cree que hubo un plan debidamente maquinado para asesinar a su hijo?

–En ese momento, dentro de la borrachera, se le removió todo. Ahí fue. Sacó todo su odio porque él no la incorporaba a sus negocios y a sus proyectos. Ella utilizó a su hermano como arma. A mi hijo le pagaron con traición y muerte. Las pruebas son claras, pero desgraciadamente el Juez no es imparcial: está a favor de las inculpadas.

Y sobre el Juez Sigala Andrade, dice:

“Es un vendido. Les creyó a las inculpadas con una versión fantasiosa, pasó por alto el peritaje y la necropsia, elementos objetivos, y se basó en una historia inventada. Se atrevió a decir que todo esto era parte de la cultura mexicana y que entendía al homicida. Lo verdaderamente asqueroso del Juez fue que pidió un tiempo para resolver y dijo que se iba al baño. ¿Cómo un homicidio se va a resolver en un baño?

“El Juez y los responsables están ligados. Todos ellos son de la ciudad de Tecate y todo indica que los une una amistad muy fuerte o algo más”.

–¿Hubo corrupción? –se le inquiere.

–No lo dudo para nada, este juez se convirtió en el abogado de unos asesinos.

Ricardo Ravelo
Ricardo Ravelo Galó es periodista desde hace 30 años y se ha especializado en temas relacionados con el crimen organizado y la seguridad nacional. Fue premio nacional de periodismo en 2008 por sus reportajes sobre narcotráfico en el semanario Proceso, donde cubrió la fuente policiaca durante quince años. En 2013 recibió el premio Rodolfo Walsh durante la Semana Negra de Guijón, España, por su libro de no ficción Narcomex. Es autor, entre otros libros, de Los Narcoabogados, Osiel: vida y tragedia de un capo, Los Zetas: la franquicia criminal y En manos del narco.
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