En estos días aciagos, una fortuna, un funeral, para despedirse. Foto: Rogelio Morales, Cuartoscuro.

Este domingo, en la mañana, mi padre perdió la batalla contra el cáncer que padeció hace más de un año y del cual se había recuperado, tras una cruenta operación. A principios de este año fue dado de alta, tras recibir un tratamiento de quimioterapia. Recién se había recuperado cuando llegó la pandemia a encerrarlo en su casa y a debilitar la entereza con la que se aferró a la vida, heroicamente. Sus malestares empezaron en mayo y se agudizaron en junio, pero el centro hospitalario estaba “cerrado” para la atención de los pacientes que en él solían atenderse, porque fue reconvertido en hospital COVID, desde que comenzó la epidemia. Reinaba la desinformación por lo que era imposible localizar a sus médicos de manera expedita, como se hubiera hecho normalmente en casos onocológicos y como suele suceder en el sistema público de salud.

Mi padre, como muchos adultos mayores o enfermos crónicos, fue una víctima más de estos tiempos oscuros en los que vivimos, en medio de la tragedia de muchos, ocasionada por una estrategia equivocada, ciega y sorda, ante las pérdidas de vidas.

Tras el debilitamiento de su salud decidimos consultar a un médico externo que inmeditamente mandó a hacer análisis que fueron enviados a su médico oncólogo en el hospital, donde estaba su expediente clínico. Se le citó para hacerle otros exámenes y poco tiempo después se le dio una cita en un área que acababan de reabrir: no había ya nada que hacer, el cáncer había vuelto y había colonizado partes de sus órganos. Demasiado tarde para intentar combatirlo, le quedaban semanas de vida. Apenas en abril lo habían dado de alta, pero llegó el coronavirus a llevárselo todo. Nuestras esperanzas, nuestros proyectos, nuestros afectos, nuestra cotidianeidad. Llegó para embozarnos, desfigurarnos el rostro, cerrar nuestras puertas y nuestras ventanas, sentados frente a una pantalla que retrasa nuestras voces, nos congela en una imagen borrosa, incapaces de tocar las voces familiares. Llegó para dejarnos lavando los trastes mientras lloramos a los que no podemos ver ni abrazar, meses enteros. Hasta que se enfermaron, hasta que hubo que salir, con escafandras, a ver los rostros amados que se estaban yendo. Llorar detrás de un cubrebocas, llorar detrás de una careta, llorar dentro de los lentes. No poder besar, no poder abrazar, llorando. Meses, con los nuestros enfermos, meses sin poder sentarnos a la mesa sin saber si estamos celebrando la vida o a la muerte, hasta que se están muriendo, hasta que ya no importa, recuperas algo de lo que te quitó la amenaza. Esperar la muerte afortunada aunque maligna: la muerte que te regala tiempo para decirse todo, escucharlo todo, despedirse muchas veces, hacer promesas, decirlo nuevamente. Una y otra vez, amar lo que se pierde, se está perdiendo, desvaneciéndose en el aire. Prepararse para lo que viene, aunque de la muerte no pueda uno nunca protegerse, no haya caretas, cubrebocas ni armaduras: su herida sea implacable, un rayo que te encuentra inerme, desvalido, cae, con precisión brutal, en el centro de tu corazón. Una muerte, afortunada, sin embargo, porque se anuncia, trágica y sutil, con el paso de los días, va formando una nueva imagen de la vida y de los tuyos que lentamente desaparecen, decaen, se transforman. Una muerte que agradeces, por su excepcionalidad, que era, hasta hace unos meses, normal: morir al lado de los nuestros, tomándoles las manos, en una habitación familiar.

En estos días aciagos, una fortuna, un funeral, para despedirse, que los demás no tienen. Aunque lloremos ataviados en nuestros trajes, no logremos reconocer las muecas ni los ojos, nos toquemos con el codo, nos alejemos metros para decirnos, asustados, que lo lamentamos, nuestro dolor se se vuelva un extraño. Aunque los demás manden condolencias, seamos apenas los más cercanos, en la sala, sentados alejados. Una fortuna inmensa no habernos separado del cuerpo de los que amamos aún cuando la muerte los retiraba de nuestros brazos, nos los había arrebatado.

La brutalidad de la muerte que se sabe perseguida por la muerte, como nunca antes. La consciencia de que las tragedias, en estos tiempos oscuros, pueden extenderse como la pólvora. Recordar el cubrebocas, no tocarse la cara, no respirar fuera de él, no limpiarse las lágrimas. Limpiarse las manos con alcohol, lavárselas más de una vez, vigilar a los hijos, medir la distancia con que hablan, vigilar que no se retiren el cubrebocas, rendirse a abrazarse, porque somos un clan que sufre en medio de la tragedia, la tragedia.

No tener palabras ya para lo que ocurre. No tenerlas para la tragedia que diariamente, desde marzo, se cierne sobre nosotros, enluta a miles de familias en México que no pueden encontrar la más humana de las reacciones en los otros; el consuelo de despedirse de los suyos, o morir de la mano de su seres queridos.

Terrible, terrible y aciago este tiempo que enluta nuestras vidas, se lleva a los que amamos.