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Susan Crowley

02/12/2023 - 12:04 am

El gran músico que no lo fue

Por lo que se puede observar en la única imagen que existe, Rott era un ser frágil, pero de mirada aguda e inteligente. Bruckner se sorprendió con su capacidad para improvisar y la sensible y majestuosa forma de componer.

¿Puede una sola obra hablar de la genialidad de su autor? Talentosos artistas que murieron jóvenes malogrando sus carreras nos llevan a la pregunta. Algunos ejemplos: en la literatura, Raymond Radiguet (1903-1923), Artur Rimbaud (1854-1891); en el cine Ciryl Collard (1957-1993); en la música, Amy Winehouse (1983-2011), Jim Morrison (1943-1971); entre los clásicos, Franz Schubert (1797-1828) o W.A. Mozart (1756-1791), ¿qué hubiera sido de ellos de vivir más y poder completar su obra?

Un caso extremo, menos conocido, Hans Rott (Viena, 1858- 1884), la respuesta es, sí. Una sola obra, su Sinfonía no. 1 en re menor nos muestra la genialidad de su autor. El músico vienés tuvo una vida corta, demasiado corta para poder mostrar lo mucho que era capaz de crear. En los estantes de su humilde habitación quedaron bosquejos de obras, ideas garabateadas, pasajes que podrían haber completado una obra potente, incluso colosal, como la de Gustav Mahler. Pero Hans Rott no logró pasar de los veinticinco años. Su condición de vida fue la de muchos artistas que pertenecían al imperio austrohúngaro y que vieron frustradas sus ambiciones y sueños debido a la rígida educación académica.

Mientras la aristocracia se paseaba por los elegantes parques y cafés degustando la alta cultura, las nuevas generaciones, en su mayoría empobrecidas y sin oportunidades, fueron las víctimas de un sistema creado en la rigidez y la incomprensión. Muy pocos lograron librar la crítica, las descalificaciones e incluso humillaciones a las que eran sometidos. Sin poder rebelarse, muchos desistieron. Otros, más sensibles, sufrieron el duro trato hasta quebrarse emocionalmente y terminar en asilos y manicomios, incluso optaron por el suicidio como única salida. Un capítulo en la historia de la educación que rebasa a cualquier comprensión humana. El imperio se perdió en la guerra. Por dentro, en sus afamadas instituciones, el derrumbe había iniciado hacía mucho tiempo.

Rott, destacado estudiante del conservatorio de música de Viena tuvo como compañero a Gustav Mahler y de maestro al compositor Anton Bruckner que descubrió su talento y lo protegió. El mismo Bruckner había pasado años tratando de convencer a los académicos de que su obra merecía un lugar en la historia. No importaba las veces que tuviera que reescribir sus sinfonías con tal de ser aceptado. Logró completar ocho de las más bellas obras orquestales que existen, una novena inacabada y un legado de música sacra y corales que hoy se consideran obras maestras. Su exagerada timidez e inseguridad lo aislaron y, a pesar de terminar sus días siendo un artista reconocido, tuvo que soportar el maltrato de la élite musical vienesa.

A diferencia de Rott, Gustav Mahler, su compañero de estudios, fue un verdadero sobreviviente. El orgullo y la convicción de saberse un genio, lo ayudaron a bregar contra la implacable crítica, de entrada, antisemita. A pesar de recibir la humillante descalificación de su obra, Mahler tuvo el carácter, o se pude decir el mal carácter para defenderse. Una y otra vez logró levantarse de los ataques y menosprecio a su trabajo. Como director de orquesta, ganó una enorme reputación. A él se debe el ordenamiento y la profesionalización del gran espectáculo musical: cantantes, producciones y orquestas terminaron por someterse a su rigor.

Rott no corrió con la misma suerte. De un talento extraordinario del que el mismo Mahler se expresó con admiración: “Lo que la música ha perdido con él es inconmensurable: su genio se elevaba a tal altura, ya en esa primera sinfonía que escribió con apenas 20 años, no exagero al decir que él fue el fundador de la Nueva Sinfonía, tal y como yo la entiendo”, fue víctima de una enfermedad nerviosa detectada demasiado tarde, “locura alucinatoria, manía persecutoria obsesiva”,  que se agudizó por el rechazo y mal trato recibidos por parte de sus maestros. Lo poco estimulante del sistema lo llevó a la crisis que terminó en la reclusión en un asilo para enfermos mentales, varios intentos de suicidio y, al final, una tuberculosis que lo mató.

Por lo que se puede observar en la única imagen que existe, Rott era un ser frágil, pero de mirada aguda e inteligente. Bruckner se sorprendió con su capacidad para improvisar y la sensible y majestuosa forma de componer. En su sinfonía encontramos ecos de Brahms, uno de sus más destructivos críticos, a quien admiraba, y al que mostró su trabajo, pero del que jamás recibió más que descalificaciones. En momentos podríamos estar escuchando alguna de las primeras sinfonías de Mahler, pero también sentimos las sinfonías de Schumann y al mismo Bruckner. Es innegable la presencia de Wagner a quien, como muchos jóvenes Rott adoró. El Holandés errante y del Anillo de nibelungo aparecen en algunos pasajes. La sinfonía es tan grande que extralimita lo conocido a pesar de sus muchos referentes. Al escucharla no se puede más que añorar lo que hubiera sido de Rott de haber vivido lo suficiente para completar su obra.

Aquí viene la parte más triste, de la que Brahms es considerado responsable. Al escuchar la sinfonía se burló de Rott e incluso lo acusó de plagio, aludiendo a que una obra de esa magnitud no podía ser de su autoría. Con esto precipitó el desenlace fatal. A los pocos días el joven estudiante de música, viajando en un tren, sacó una pistola y gritó que Brahms había llenado de dinamita el andén. Por esta razón fue recluido en un manicomio. Después de varios intentos de suicidio, murió a los veintiséis años de tuberculosis.

A pesar de la admiración que genera la obra totémica de Brahms, de su cercanía con Robert y Clara Schumann y la protección que le brindó a sus hijos, duele pensar en un él avejentado prematuramente, frustrado y dogmático, rabioso en contra del cambio, intolerante con jóvenes virtuosos como Rott. A fin de cuentas, estamos hablando de otra víctima más de la recalcitrante educación.

Recomiendo que escuchen esta sinfonía que ha sido rescatada por el director de orquesta Paavo Järvi

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.
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