Bajo la corteza. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

“Mientras los muertos no sean tus muertos,
no entenderás la gravedad de lo que estamos viviendo”.
María del Carmen Galeana,
enfermera fallecida el 31 de mayo  en Chilpancingo, Guerrero.
Revista Proceso. Junio 1, 2020

Estos dos meses serán los más difíciles para el país. Muchas personas se sienten solas y con miedo. La clase política y las élites económicas se han refugiado en sí mismas, atrincheradas han preferido las certezas de sus credos e intereses, no se han atrevido a dar un paso adelante con imaginación y generosidad para abrazar al país y sembrar la esperanza en el corazón de la nación.

Atrapados en su lenguajes y credos no advierten del carácter de estos tiempos que exigen una actitud, una disposición a escucharse y encontrar los acuerdos necesarios para lograr disminuir el dolor colectivo que implica la profunda incertidumbre que invade la vida cotidiana de millones.

Es más fácil insultar y descalificar que edificar en común un camino; donde todos, en sus diversos ámbitos, puedan recorrer con la seguridad de estar acompañados, un camino que permita solventar las difíciles condiciones que afectan la vida de la República.

La clase política y las élites económicas se preparan para la guerra, ya lo decidieron y creen que el frágil andamiaje político permitirá evitar la tragedia que se cierne sobre el país, por la incapacidad y mezquindad de una cultura política atrapada en la falacia de sus ideologías.

Las nuevas generaciones deben romper los diques del pasado que impiden un lenguaje abierto y luminoso que facilite la travesía de la nación en estos días de emergencia. Cuando la historia se convierte en el veneno del presente, es más que necesario recuperar un mañana que se oculta en esa fatalidad. Los lenguajes erosionados de la obstinación ideológica, el peso muerto de sus historias, impiden dinamizar las nuevas construcciones sociales, en la era de una conectividad avasalladora que nos exige más que nunca comprensión y compasión, conocimiento y camaradería.

La fuerza destructiva, como método de cualquier poder, impide reconocernos, el diccionario político gira en torno al miedo, la amenaza, la paranoia, al verbo que no termina de conjugarse y se hunde bajo los adjetivos de una ilusión justiciera. La pandemia también es una interrogante, en oriente se le nombra koan, darle la espalda, no comprenderla, no advertir las zonas oscuras de nuestra condición que alumbra y desnuda, es fomentar la inanición y ahondar en la fractura sistémica que nos define hoy como sociedad.

El país no está dividido en dos, el país está fragmentado social, regional y culturalmente. El lenguaje político solo vino a exacerbar esas divisiones. Todo apunta a que la lógica del poder hará del proceso electoral del 2021 el centro de gravedad de la mayor parte de las acciones de Gobierno.

La fuga hacia el sur, no es tal, plantea reforzar el control del territorio, y desde ahí marchar más adelante para fortalecer las bases electorales que garanticen la continuidad frente a la amenaza creciente de una amorfa fuerza, que se aglutina para impedir que la llamada 4T mantenga el dominio político del país.

Esta batalla que ya comenzó se dará y proseguirá sobre miles de cadáveres que la COVID-19 arroja en el tablero de las estadísticas de cada atardecer. La crueldad sistémica es una de las recientes evidencias que asumimos como nueva normalidad; en realidad profundiza la violencia que el crimen ha esparcido a lo largo y ancho del llamado territorio nacional. Miles de asesinados, miles de desaparecidos y ahora miles de muertes por el contagio del virus.

La atmósfera política se descompone velozmente, la desarticulación es uno de sus síntomas y México no es inmune a una guerra civil como ha sucedido y sucede en otras latitudes, nada nos garantiza que un desastre humano e histórico de esa magnitud no nos pueda suceder; hay signos que advierten su posibilidad; y el contexto internacional hoy en día no es nada halagüeño, se puede sumar a una catástrofe que creemos lejana y ajena.

Lo entenderán los principales actores políticos y económicos, incluyendo a los narcos, que ya controlan parte del territorio y la economía, y el Congreso de la Unión y el Poder Judicial, lo perciben como un riesgo (o pensarán que es demasiado descabellado porque las instituciones de la República son fuertes); y el Presidente creerá que la familia mexicana es indestructible, cuando ya incluso no pueden sentarse todos sus miembros en la misma mesa porque políticamente ya no se soportan y están hechos, valga la expresión, un desmadre a manera de fractal del aún nombrado sistema político mexicano, un legado que se resiste y que nadie sabe a ciencia cierta que sea, en estos días que apuntan al más allá y sus vientos huracanados.