Sátiro en el museo de Louvre. Foto: Óscar de la Borbolla.

Hay dos estaciones -no en el tiempo real, sino en la fantasía- a las que no puede llegarse: las cosas que no fueron y las que no serán nunca. Sabemos de ellas únicamente por la imaginación, las visitamos con menuda frecuencia y, aunque las recreamos una y otra vez, no pasan de fantasmagorías, de escenas ilusorias cuya consistencia es tan nula que cada vez comprendemos, con mayor seguridad, que jamás serán nuestras. Unas tendemos a ubicarlas en el pasado, ahí las tuvimos cerca, pero no fueron posibles, no sucedieron. Las otras se empotran en el futuro, pero tan en lo profundo que entendemos que están completa y rotundamente vedadas para nosotros.

Entre las cosas que no fueron (cada quien tendrá su propia lista) a mí me falta, por citar un ejemplo, la motocicleta roja que ansié en mi pubertad. Su anhelo me lo vendió una marca de chocolates, cuyas envolturas con mi nombre jamás ganaron pese a que recogí docenas de ellas en los basureros de las tiendas y esmeradamente las envié al concurso. Cada semana miraba entristecido el nombre de otro, una y otra vez el triunfador era otro. Y, aunque nunca tuve esa soñada moto y ni siquiera pude tocarla, recorrí subido en ella las calles aledañas a mi secundaria ante la mirada envidiosa de mis compañeros y los ojos de amor de aquella niña… aquella niña que, en la realidad, jamás se dignó a verme.

Sátiro en el museo de Louvre. Foto: Óscar de la Borbolla.

Son tantas las cosas que no fueron, tantas y tantas, que el abismo de lo faltante casi me persuade de que no tuve nada. Aunque, por supuesto, lo que sí conseguí, lo tuve a manos llenas. Hoy, sin embargo, quiero asomarme a esos vacíos, enumerar mis huecos y escribir también, ¿por qué no?, de lo que no será, pues me siento sitiado no solo por la nada que precedió a mi nacimiento y encerrará a mi vida, sino impregnado por esas pequeñas nadas definidas y concretas que tampoco podré solventar en el tiempo que me resta: sitiado entre mi nacimiento y mi muerte, constato que el durante tampoco fue pleno.

No sé la causa que me impele a ubicar en el porvenir lo que no será. Tal vez la culpa sea del lenguaje que me obliga a referirme a estas imposibilidades conjugando el verbo en futuro: “no serán”, digo, aunque comprendo que esas cosas no estarán mañana ni pasado mañana ni nunca y, sin embargo, hablo de ellas como si estuvieran adelante. Porque, efectivamente, nunca tendré todas las vidas que he deseado tener ni todo aquello de lo que me siento despojado; no se materializarán mis sueños ni podré hablar con los que ya no están.

Cada quien sabe lo que no tuvo y lo que no tendrá. Estaciones he llamado a estas faltas. Cada quien sabe en qué andenes no pudo descender ni podrá apearse, y esto, claro, lo sabemos ahora al sentir la nostalgia por lo que no es.

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