El tlacuache es un animal que muchas veces es rechazado por su aspecto, sin embargo, protagoniza uno de los mitos que forman parte de nuestra cultura, en el que este habilidoso animal consigue el fuego y el mezcal para compartirlo con los que no los tienen.

Por Fernando Rubí León

A Guillermo

Ciudad de México, 4 de diciembre (SinEmbargo).- El mundo del mezcal esta lleno de mitos y leyendas, muchos relacionados con los pueblos originarios, lo que nos hace inferir que el mezcal ya era una bebida en tiempos de Mesoamérica.

Un mito, en particular me provoca especial cariño porque captura esa cosmovisión donde los animales, los dioses o sabios y demonios comparten espacio y dimensión, el protagonista tiene fama de lascivo, borracho, pendenciero y burlón, al mismo tiempo es símbolo de astucia y héroe fundador, pero que es aborrecido por su aspecto, hoy sería parte de la narrativa del marginal, del raro, el ñoño, el loco soñador, es señalado y excluido solo por su apariencia.

Existen tantas versiones del mito del Tlacuache que varia de acuerdo a la región, comunidad y hasta narrador, que al escucharlo nos permite encontrarle el sabor al relato y valor a esta tradición oral que se niega a perecer en muchos poblados de nuestros país y nos acerca a las personas mediante la palabra. Este singular ladrón  tiene referencias con el juego de pelota, la decapitación, el alba y la diosa Tonantzin, este particular mamífero nativo de nuestro país que a muchos les causa terror por su aspecto despeinado, la mayoría no sabe apreciar su belleza única.

En las comunidades aún se cuenta cómo fue el tlacuache quien robo el fuego de los dioses, este prometo de pequeño tamaño e inteligencia poco valorada. En las tertulias del mezcal se recuerda este mito porque la hazaña del tlacuatzin no fue solo traernos el fuego sino también el mezcal.

Una de las versiones del mito señala que los dioses no celebraban sus fiestas porque no tenían qué tomar, qué fumar ni luz que les alumbrara para conversar, ellos no tenían fuego. Sin embargo, en la casa de los demonios se escuchaba ruido de baile y fiesta, los gritos y las voces se escapaban hasta la oscuridad. A los dioses les causaba curiosidad saber cómo hacían para tener todo lo que había en aquella casa, preguntaron a todos sus amigos y a todos los animales hasta que, de repente, un pequeño y valiente alzó la voz, era el tlacuche, que dijo: “Yo puedo ayudar, voy a traer todo lo que ocupan allá, para tenerlo aquí también”. Los dioses lo miraron y dijeron –”Esta bien, ve pues”.

El tlacuache se dirigió a la casa de los demonios, al llegar ahí, entró y se ubicó en una esquina de la casa donde estaba la fiesta, los demonios que al mirarlo solo en un rincón dijeron: “Vamos a invitar al viejito”, lo hicieron pasar y sentarse a la mesa donde departían. Le invitaron una copa de mezcal y tras el primer trago, el tlacuache dijo: “con una sola no me es suficiente, necesito tomar más para emborracharme”. Entonces los demonios le dieron más mezcal y cigarros, ellos creían que el tlacuache estaba bebiendo, pero todo lo que le daban lo guardaba en su bolsa, ahí fue echando los cigarros y el mezcal que le regalaban, una vez llena su bolsa, el tlacuache se puso de pie y dijo: “Ya me siento borracho, ya me voy”, se tambaleaba de lado al lado sin poderse detener, los demonios se reían de él al verlo tropezar y caer y le propusieron llevarlo a su casa a lo que el tlacuache se negó, aseguró que él podría llegar solo hasta su madriguera. De repente, el tlacuche caminó hasta donde estaba el fuego y cayó encima, se le prendió el pelo con el fuego, esperó hasta sentir el calor quemante y salió corriendo llevando consigo el mezcal y los cigarros, corrió y corrió por el camino para alcanzar la casa de los dioses pero el fuego quemante lo hizo acercarse a un tronco seco donde se restregó hasta prenderlo.

El tlacuache llegó adonde lo estaban esperando los dioses y dijo: “Ya vine, traje todo lo que ocupan en la fiesta, nada más me faltó traer el fuego, porque no pude aguantar el calor; pero lo dejé a mitad del camino”. Al oír esto los dioses mandaron traer la lumbre.

Esta paráfrasis está basada en el cuento Origen del fuego, el mezcal y el tabaco de Elisa Ramírez, pero hay otras versiones en las que el fuego le pertenece a los dioses, a los ancianos, los sabios, de donde el tlacuche roba el fuego de una braza con su cola y se lo da a la humanidad que no lo conocía, por lo que no podía ni calentarse ni cocinar. Las peripecias que tuvo que enfrentar el tlacuche para robarse el fuego varían al igual que los efectos en su cuerpo, pero su astucia siempre está presente. Este Prometeo que nos hace este regalo de luz, nos trajo el mezcal para compartir.

Así que quedó la costumbre de muchas comunidades, donde hay fiesta siempre puede uno encontrar: fuego (pirotecnia) y luz para poder conversar. En las comunidades cuando un invitado llega es recibido con mezcal y cigarros. Es gracias al tlacuache, que no compra cachivaches, que es estigmatizado por su aspecto y poco valorado que tenemos el mezcal, si lo ves no le des de comer basura ni lo agredas, es parte de esta cosmovisión de animales divinos del mezcal, aprecia al marsupial de México y los pocos que hay en América.

Quien bebe mezcal nunca estará solo siempre estará acompañado por el astuto tlacuache al que le debemos habernos regalado este elixir celestial, pero si abusas de su ingesta sentirás el ardor del fuego que también nos dejó para recordarnos que lo divino se valora, no se desperdicia.

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