En su retrato descarnado del protagonista, y su prosa inconfundiblemente caribeña, Rita Indiana demuestra por qué es una de las voces más atractivas de la literatura latinoamericana de hoy. Aquí un adelanto de Hecho en Saturno

Ciudad de México, 6 de abril (SinEmbargo).– Argenis Luna carga sobre los hombros el mundo entero. La figura gigantesca de su padre, un héroe de la guerrilla urbana dominicana cuyo éxito ha sido más mítico que real. La promesa trunca de su propia carrera de pintor. Los estragos de una adicción que lo define al menor asomo de responsabilidad o de culpa.

Tras un viaje obligado a Cuba en pos de un tratamiento de desintoxicación, Argenis vuelve a una cruel Santo Domingo que lo espera con la misma rabia, las mismas contradicciones, la misma codicia que lleva a traicionar todos los sueños e ideales. Vástago de una revolución que devora a sus hijos, tendrá que sobrevivir la tensión doble que el desarraigo y la sed de pertenencia ejercen sin tregua sobre él. En su retrato descarnado del protagonista y su prosa inconfundiblemente caribeña, Rita Indiana demuestra por qué es una de las voces más atractivas de la literatura latinoamericana de hoy.

Fragmento del libro Hecho en Saturno: copyright: 2019, Rita Indiana. Cortesía otorgada bajo el permiso de Océano.

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Luz de oficina, de consultorio. Luz aguada en una capota de nubes pareja que hundía los hombros del horizonte. Luz blanda, como los zapatos ortopédicos del doctor Bengoa. Blando también el folder en el que el doctor había escrito el nombre de su nuevo paciente, Argenis Luna, quien bajaba de un avión de Cubana de Aviación chorreando un sudor pastoso y frío. Bengoa lo esperaba en la pista, en su arrugada guayabera color champán, con ambas manos en el letrero de tipos bold que había rellenado impecablemente. Al identificar a Argenis se acercó a tomarle el pulso a la vez que miraba su reloj de pulsera, y mientras caminaban por la pista para ir a buscar las maletas se lo presentó a un joven militar que los escoltaba como «el hijo de José Alfredo Luna». Contra el fondo gris de la nublazón las palmas retaban al rayo y la centella; a pesar del malestar Argenis pensó que era hermoso. El aire estaba cargado y respiraba con dificultad, la nariz le goteaba como una llave abierta. Ya frente a la correa del equipaje, Bengoa añadió, dirigiéndose al militar, «mi compadre José Alfredo es un héroe de la guerrilla urbana dominicana y un alumno del profesor Juan Bosch».

Las maletas se asomaron por el redondel de la correa al mismo tiempo que Bosch en la conversación y dieron una vuelta completa sin que Argenis se animara a identificarlas, sin que se animara a interrumpir a Bengoa. Los atributos heroicos que el doctor Bengoa enumeraba orbitaban desde siempre en torno a la leyenda de su padre, y Argenis con ellos, otro satélite más, como las maletas de tela roja en la correa. No tenía fuerzas para cogerlas, repletas como estaban con las cosas que su madre había comprado para equipar su desintoxicación en Cuba. Las señaló con el dedo y se subió la capucha del jaquet para combatir el aire acondicionado y la vergüenza que le daba su obvia debilidad. Llevaba meses viviendo en los sofás de los amigos que todavía lo toleraban; su única propiedad era una mochila Eastpak verde donde llevaba las jeringuillas, la cuchara y un Caselogic con sus cedés. Su madre había echado toda la parafernalia a la basura, excepto los cedés y la mochila en la que ahora llevaba una botella de Ron Barceló Imperial de regalo para el doctor Bengoa y una caja grande de Zucaritas.

El joven militar los ayudó con las maletas hasta el carro. Los músculos de sus antebrazos apenas se contraían por el peso del equipaje. Fingía entusiasmo por el tema que Bengoa desarrollaba y miraba a Argenis de reojo, como si intentara hallar algo del heroico padre en las ciento veinte libras que aquella primavera sumaban los pellejos del hijo.

De lejos, el Lada color ladrillo del doctor Bengoa parecía nuevo; ya dentro, y presa de un escalofrío de los que preceden a la diarrea, Argenis calculó la verdadera edad del carro en las grietas del tablero. Llevaba cuarenta y ocho horas sin heroína y había vomitado en el avión, las azafatas cubanas, con sus uniformes y peinados anacrónicos, lucían tan absurdas como las tabletas de Alka-Seltzer que le ofrecían para aliviarlo. El doctor Bengoa abrió la guantera del carro con un golpecito y de allí extrajo una jeringuilla desechable, algodón, un pedazo de goma y una tira de ampolletas color ámbar que decían «Temgesic 3 mg». La tira cayó sobre el regazo de Argenis y éste notó por primera vez el sucio acumulado en sus jeans. Eran los mismos que llevaba cuando, hacía poco menos de un mes, se mudara a la casa de Rambo, su pusher.

Mientras amarraba la goma en el brazo izquierdo de Argenis para hacer saltar la vena, el doctor Bengoa le explicó los detalles de su estadía, y luego, al meter la jeringuilla en la ampolleta le dijo «es Buprenorfina, una morfina sintética que se usa para sanar la adicción». Lo inyectó allí mismo, en el estacionamiento del aeropuerto José Martí, con la tranquilidad y legalidad que su profesión le permitía y Argenis se dejó hacer como una enamorada mientras taxistas en Cadillacs de otra era iban y venían con turistas de la nostalgia. Argenis había intuido que su cura sería de dolor y abstinencia; sin embargo, allí estaba, aliviado por completo de sus síntomas, sintiendo cómo el químico hacía que las ideas y las cosas perdieran sus aristas, sus filos incómodos, rumbo a La Pradera, una clínica para los turistas de la salud que llegaban a Cuba de todas partes del mundo.

El complejo lucía, por lo menos desde fuera, como un económico resort todo-incluido, de esos que se llenan de familias de clase media en Semana Santa en Puerto Plata. Las paredes del camino hacia la recepción estaban decoradas con afiches de solidaridad comunista; Argenis trató sin éxito de imaginar un hotel como éste en Dominicana. Coloridas serigrafías con mapas y banderas de distintos pueblos del mundo homenajeaban el trabajo médico como un baluarte de la Revolución. En uno, el líquido de una inmensa inyección anaranjada entraba en un mapa de Latinoamérica, Haití era la afortunada vena; en otro momento Argenis hubiera hecho un chiste.

Frente al afiche de la inyección, una señora mayor con acento argentino pedía información a una enfermera sobre la heladería Coppelia y, a su lado, otra mujer más joven, en silla de ruedas, que se le parecía, intentaba ocultar bajo una gorrita de Mickey Mouse la calvicie provocada por la quimioterapia. Haydee, como decía el carnet que la enfermera llevaba pinchado en la camisa, no iba uniformada, pero tenía puestos esos zapatos de goma que sólo llevan los jardineros y los profesionales de la salud. Unos mocasines a prueba de todo que habían venido de fuera, producto de una noche con un europeo o del agradecimiento de un paciente satisfecho.

La enfermera miraba con complicidad sonriente a Bengoa mientras ofrecía detalles históricos de la famosa heladería a las mujeres. Se sacó un pesado llavero de madera del bolsillo con el número diecinueve pintado y se lo extendió al doctor diciéndole «la cerradura tiene un truco» antes de acompañar a las argentinas a abordar un taxi.

El nuevo químico entraba en Argenis al atropellado ritmo de la conversación de Bengoa; un torrente de fechas emblemáticas de la lucha antiimperialista, recetas para batidas profilácticas, trozos de canciones de Silvio, Amaury Pérez y Los Guaraguaos, economía china y estadísticas de béisbol. Tenía la boca seca y las pupilas tan dilatadas que todo a su alrededor lucía como una foto en alto contraste. Se aferró al brazo del doctor para caminar y bordearon la piscina hasta la habitación 19. La habitación, que Bengoa había llamado «un privilegio», tenía vista a la piscina y una puerta corrediza de cristal, frente a la cual, en una mesita de hierro adornada con flores de plástico, dos hombres descalzos, uno en pijama y el otro en traje de baño, jugaban a las cartas. El doctor luchó con la cerradura sin dar con el truco que Haydee les había anunciado mientras Argenis, a través del cristal, hacía un inventario del mobiliario de su nueva habitación. Un abanico de techo, una cama twin y una mesita de noche.

La puerta de Rambo, su pusher, también tenía su truco, para abrirla había que halar al mismo tiempo que se metía la llave. «Déjame intentar», pidió a Bengoa, y éste se hizo a un lado satisfecho con la notable mejoría de su nuevo paciente. Argenis intentó una, dos veces, meneando la llave en el bombín como el rabo de un perro alegre hasta que la puerta cedió y el olor a cloro de las sábanas limpias les dio de frente.

Privilegio; sentía la palabra en su boca, que hacía los mismos movimientos para la ele y la ge que para saborear y tragar una cucharada de frosting. La decía cada mañana tras lavarse los dientes y la cara mientras se ponía el pequeño traje de baño Speedo que su madre había elegido. Luego nadaba un poco, sin mucho atletismo, y daba un par de vueltas en estilo pecho. Bengoa se lo había indicado para estimular el apetito y estaba dando resultados. Hacia las ocho Haydee le traía una bandeja con huevos fritos, pan tostado y café que engullía en su habitación sin poder evitar pensar que fuera de la clínica la mayoría de la gente desayunaba un café aguado hecho de chícharos y borra vieja.

«Cómetelo todo, Argenis», le pedía Haydee con ternura, y se llevaba la bolsa llena de papeles del zafacón del baño para botarla. Argenis se preguntaba si Haydee vivía en La Pradera o si por la noche se llevaba las sobras de los pacientes a su casa. Sus zapatos de goma eran tan higiénicos como discretos y no dejaban ver mucho más allá de la labor que facilitaban. Jamás iban a revelarle lo que Haydee pensaba de los extranjeros con dólares con acceso a lugares y atenciones con los que los cubanos no podían ni soñar. Según Bengoa, Argenis no estaba en La Pradera por los dólares que su papá le había hecho llegar en una de sus valijas en el vuelo de Cubana, sino por los méritos revolucionarios de su padre, la carrera política de su padre, la órbita en expansión de sus atributos.

Tras el desayuno leía un poco, sentado a la mesita de hierro, de una copia sin portada de Fundación e Imperio de Asimov que Bengoa le había traído y media hora más tarde estaba de nuevo en el agua. Con los brazos en cruz, de espaldas al borde de la piscina, hacía la bicicleta con las piernas y veía cómo, poco a poco, el hospital se despertaba, cómo los enfermos surgían de sus habitaciones con pies perezosos. Solía divertirse pensando que aquel hotel era una vieja película que él proyectaba con el movimiento de sus piernas bajo el agua y desaceleraba la bicicleta como si de una manivela se tratara para que las escenas fluyesen a cámara lenta. Siempre lograba el efecto deseado, todos en La Pradera se movían despacio.

Si hacía buen sol, para las diez de la mañana la piscina estaba llena y Argenis se salía con miedo a contagiarse de alguna extraña enfermedad, otra enfermedad, porque Bengoa le había hecho ver que estaba enfermo, que la adicción era una condición y que estaba allí para curarse. Iba a curarse del consumo, porque la adicción como tal no tenía cura. «Tu cerebro siempre va a sentir esa hambre, esa sed de alivio», le había dicho entregándole una cajetilla de cigarrillos. Almorzaban juntos todos los días y fumaban antes y después de la comida, en la mesita de hierro, mientras veían cómo a esa hora le daban terapia acuática a un muchacho rubio con síndrome de Down. Discutían sobre los síntomas de Argenis y luego el doctor regresaba al centro gravitacional de todas sus conversaciones, la Revolución cubana. Bengoa había estado en la sierra con Fidel y había conocido al padre de Argenis durante la Conferencia Latinoamericana de Solidaridad, en el 67. Hablaba de estos eventos con la solemnidad de un predicador, haciendo hincapié en fechas y nombres de parajes perdidos en los que había curado las heridas, las fiebres, las infecciones y el asma de la carne revolucionaria. Cada día, Bengoa extraía una muestra del saco sin fondo de sus anécdotas. La porción de estas memorias era tan precisa como la dosis de Buprenorfina de Argenis, y era evidente que lo llenaban del mismo sosiego que a su paciente su medicina. El recuerdo de aquellos eventos y el recuerdo que de ellos tenían sus sentidos le dilataba las pupilas, le aceleraba el pulso; luego venía el inevitable bajón, que le hacía mirar el agua de la piscina y tirar una última línea, por lo general trágica, con la que disminuir lo forzoso de su aterrizaje.

«Cuando tu papá vino conocí a Caamaño, que estaba entrenándose aquí, para luego inmolarse en Dominicana.» Argenis imaginaba la palabra inmolación latiendo en las venas de Caamaño y de sus compañeros, la oscura euforia que los había hecho desembarcar en un lodazal playero del norte de República Dominicana a tumbar el gobierno de Balaguer en el 73 con sólo nueve hombres. Tremenda nota.

Tras el desahogo histórico diario de Bengoa solían faltar minutos para las cuatro en punto de la tarde, hora en que sin falta inyectaba a Argenis en su habitación. Podía hacerlo frente a la piscina pero éste prefería relajarse en la cama un rato, mirar el abanico de techo o fijar la vista en una calcomanía con la bandera argentina que alguien había pegado en la puerta corrediza de vidrio. Argenis pensaba que la bandera aludía al Che Guevara, pero Bengoa le explicó orgulloso que Maradona había estado en aquella clínica y le mostró la calcomanía como prueba fehaciente de la pasada presencia del astro. La calcomanía se había empezado a despegar y los bordes transparentes habían adquirido, gracias a la suciedad del ambiente, el mismo color ambarino de las ampolletas de Temgesic.