“Dicen que todos somos migrantes. Y sí. De alguna u otra forma, en un tiempo o en otro, cada quien tendrá que echarse al andar y llegar a nuevos puntos geográficos para establecerse temporal o permanentemente. Habrá quien lo haga por voluntad o porque tuvo la obligación de hacerlo”, escribe Isabel Sánchez en Rostros en la oscuridad: Migrantes.

Ciudad de México, 29 de marzo (SinEmbargo).– Rostros en la oscuridad lleva en el título su antítesis. Las pamboleras, los pacientes de hospitales, las víctimas de la violencia, los migrantes… todos encuentran un poco de luz en las páginas.

El proyecto editorial nació con “punch” y arrojo. Ahora es una realidad: más de una decena de libros respaldan el trabajo de Melchor López Hernández, Karla Santamaría y Adán Magaña. El más reciente es Migrantes.

Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte la presentación y el primer capítulo de Rostros en la oscuridad: Migrantes, coordinado por Isabel Sánchez y Karla Santamaría.

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PRESENTACIÓN

Comenzaré por decir que celebro la existencia de Rostros en la oscuridad, trabajo colectivo y autogestivo que nos ha permitido a muchas y muchos estudiantes iniciarnos en el mundo de la escritura. Pero no sólo eso. También es el medio por el que cientos de relatos de vidas están ahora ahí, narrados en cada libro, compartidos, alejados de la oscuridad que los mantenía invisibles. Cada una de estas historias tiene un rostro específico, una voz particular que no conocemos y tal vez por ello pueden parecernos ajenas. Sin embargo, estas realidades conforman nuestra sociedad y por eso es preciso y conveniente saber de ellas para (re)conocernos.

Hoy queremos hablar de migrantes. Dicen que todos somos migrantes. Y sí. De alguna u otra forma, en un tiempo o en otro, cada quien tendrá que echarse al andar y llegar a nuevos puntos geográficos para establecerse temporal o permanentemente. Habrá quien lo haga por voluntad o porque tuvo la obligación de hacerlo.

Como sea, el hecho de migrar representa un acto de subsistencia física, emocional, económica, social que va construyendo-escribiendo nuestra historia. En este libro se cuentan y se encuentran algunas de esas experiencias.

La migración es un componente esencial en la historia de la humanidad y es también parte de su cotidianidad, de ahí que parecería poco interesante conocer las narraciones de algo tan común y tan frecuente. Sin embargo, en la actualidad el fenómeno migratorio es un tema que ha atraído la atención a nivel mundial de los medios de comunicación, las entidades académicas, los gobiernos y la sociedad civil debido a las causas, los efectos y las reacciones que provoca. Todos han abordado desde su particular posición la coyuntura migratoria.

Pero más allá de lo que se dice sobre la migración, considero que el acto de acercarse a alguien que ha vivido una experiencia como las que se cuentan en este libro, de escucharle, de imaginar esos escenarios y situaciones narrados, de mirar cómo se expresa su rostro, cómo las emociones le brotan, nos sacude inevitablemente.

Este libro trata de acercarnos a esas vidas, a esos andares, cruces de fronteras, ires y venires, para comprender cómo el hecho de migrar reconfigura no sólo la vida de quien lo hace, sino de quienes se quedan.

La intención de dedicar Rostros en la oscuridad a los relatos de migrantes surge también de mi experiencia como voluntaria en el albergue Casa Tochan, ubicado en la Ciudad de México, en donde se reciben de manera temporal a migrantes y solicitantes de refugio, que provienen principalmente de Centroamérica, en específico de Honduras, Guatemala y El Salvador; y en menor cantidad de otros países del continente americano y africano. Este albergue es un micromundo donde confluyen cientos de historias, tan distintas y a la vez tan similares. En él no existen las fronteras, pero sí un conjunto de voluntades para terminar con aquellas.

La convivencia con migrantes y refugiados me permite asegurar que no se trata sólo de decir que tienen derecho a migrar, sino que deberían tener derecho a no hacerlo de manera forzada, pues ¿quién quiere dejar a su familia, su lugar de origen, sus puntos de referencia cotidianos porque su vida está amenazada? Les he escuchado y por esa razón considero necesario que sus testimonios trasciendan.

Los migrantes tienen mucho que contar, en su mayoría han padecido expresiones y actitudes discriminatorias, racistas, xenófobas, pues están estigmatizados por ser el Otro, el extraño, el extranjero, representan en el imaginario lo desconocido. Y eso es sólo una parte de lo que viven, porque muchos de ellos fueron también víctimas de delitos y sus derechos humanos fueron violados a lo largo de su camino. Esas son las circunstancias en las que frecuentemente recorren los territorios.

Para conocer y reconocernos en las y los protagonistas, presentamos estos relatos en los que se conjunta la voz de migrantes y la escritura de estudiantes, para quienes fue una experiencia inquietante, conmovedora, emocionante. Esperamos que su lectura también genere sentimientos, los que sean, pero que les lleve a sentir.

María Isabel Sánchez Reyna

Ciudad Universitaria, septiembre de 2018.

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CONCEPCIÓN

Juan de Dios Ramírez Flores

Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía, no hay nada más sencillo. Tiene sólo dos fechas, la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra todos los días son míos.

FERNANDO PESSOA

Corra, chamaco, corra!” “¡Viene la migra tras de usted!”, gritó desesperado.

Mi padre nos visitaba cada tres meses en la Ciudad de México, regularmente por las fiestas de la Inmaculada Concepción. Mis hermanas son producto de esas visitas.

Las cosas se ponían cada vez más difíciles.

—¿Cómo le ha ido apá?

—Pues bien, chamaco —me decía.

Pero no todo iba bien, cada vez nos mandaba menos dinero, es por eso que decidí dejar el bachillerato.

“Chamaco, su madre y sus hermanas ya no viven bien, necesito que me acompañe”, me dijo muy seguro, tenía un plan.

Dos manos trabajan mejor que una; y eso sucedió.

Me levanté a las tres de la mañana del 13 de julio, desperté a mi hermana Remedios, quien compartía el cuarto conmigo. Me dirigí a la cocina y vi que mi padre comía pan con leche, mientras mi madre sentada en una silla se le quedaba mirando, en sus ojos había preocupación y lágrimas.

“Que La Concepción los bendiga, que los lleve con bien y no duden en regresar”, expresó mi madre, y salimos de casa.

“Hijo, ¡apúrele!, que si no nos dejan”, pedía mi padre.

Mi padre, don Chente, sabía que nuestra vida iba mal, siendo él el único sustento en la casa. Esta vez ahorró una gran cifra de dinero para pagarle al pollero de El Lindero.

Pasamos en frente de la capilla de la comunidad. “Inmaculada Concepción, sácanos con bien de ésta, que lleguemos al cien a nuestro destino y que podamos cumplir nuestro sueño”, pedí y me persigné.

Llegamos a las canchas de El Lindero. Nos acomodamos como pudimos en la caja de un tráiler: éramos 25 personas, el calor estaba insoportable. Al principio del viaje íbamos dormidos. A mí, que iba recargado en una mochila sin poder pegar el ojo toda la noche, lo que más me preocupaba era que el pollero nos fuera a abandonar.

“Bajen, bajen”, escuché una voz. Estábamos en medio del desierto, me moría de miedo, todo oscuro y se escuchaban sonidos de animales; la gente comenzó a pagarle al pollero la mitad que les faltaba. Al momento de bajar del tráiler, unos hicieron del baño entre las ramas, otros se persignaban, lo más que podían; y los niños, entre ellos yo, esperábamos indicaciones. “Bajen la guardia, las lámparas y la luces siempre al piso, cuando amanezca avancen con la mayor cautela posible”, en resumen, eso ordenaron. “A partir de aquí corren por su cuenta. Que La Concepción los bendiga, el trato está hecho”. El tráiler dio la vuelta y se fue.

Comenzó el recorrido, era una noche fría en la que el miedo envolvía todo mi cuerpo. Escuché aves volar sobre nosotros, pero no logré identificarlas; nada era como en las películas, vivía la realidad del “sueño americano”.

Durante el recorrido me la pasé tomando agua y mi padre me regañaba: “¡Chamaco, deje de tomar, se la va a acabar!”.

Cuando descansamos lo hacíamos entre los arbustos, y la vigilancia se turnaba. En el trayecto veía varias cruces de personas que no lograron su objetivo, era una escena de película de terror.

“Concepción, ¿en qué me he metido?”, pensé.

Llevábamos siete días caminando, era una eternidad, parecía que íbamos sin rumbo, mis únicos acompañantes en el viaje eran Dios, mi padre y la Virgen de la Concepción.

Ya estábamos desgastados y aún nos faltaba mucho por recorrer; rojos por el sol, cansados por el andar y debilitados por la deshidratación, muchos ya se habían quedado en el camino.

En una de esas noches estaba a punto de dormir cuando de repente se escuchó un silbido, era la señal de alerta de que venía la migra. Todos cargamos con nuestras cosas y uno que otro se cayó en el camino, corrimos como pudimos.

“¡Corra chamaco, corra hijo!”, decía mi padre. Yo no podía con mi alma, el corazón se salía por la boca, el miedo se apoderó completamente de mí, daba gritos de coraje, los pies no me respondieron. Sentí que unos brazos me tomaron por atrás, mientras que se alejaban los demás.

“¡Apá, no me deje, ayúdeme, apá!”, gritaba desesperado. Mi padre no escuchó los gritos y se fue con el resto; escapó de la migra.

Estaba desconsolado, no paraba de llorar. Conmigo se llevaron a otro niño y a una mujer casi moribunda. Lo que más me dolía era el hecho de que mi padre no fue en mi socorro, no me quería.

El “sueño americano” había terminado.

Los de la migra me subieron a su carro y preguntaron algunas cosas en un español muy malo que no entendí, pero yo no quería hablar con ellos, estaba demasiado triste.

Después de ese suceso, desperté en un albergue donde había más gente como yo. Lo que había pasado la noche anterior era historia, lloraba por mi padre, pero la vida me hizo fuerte y sabía que donde él estuviera estaría bien.

En el albergue había muchos niños con quienes compartía cuarto, platicamos de nuestras experiencias. Todo el día pensé en mi padre, pero con la comida y el agua de la regadera se me olvidaba.

Llevaba dos días ahí, diario entraban y salían migrantes, pero yo no veía venir mi hora. Me pedían datos para localizar mi casa en Guanajuato, pensé que el resto de mi vida la pasaría ahí.

“¡Vicente!”, me llamaron. Después de ocho días de estar en el albergue llegó la hora de regresar a casa.

Me subieron a un camión, con más personas, cargué con una pequeña maleta en la que guardé las cosas que quedaban. Me gustó el viaje, ya lo conocía, pero esta vez aprecié los paisajes y dormí sin preocupaciones.

Por fin llegué de nuevo a El Lindero.

—Amá, no lo logré, mi apá se fue —le dije llorando.

—No te preocupes hijo, los del albergue me hablaron de lo sucedido, lo importante es que estás bien —dijo con una profunda calma.

—Espero que mi apá esté igual.

—Verás que sí, la Virgen de la Concepción lo ayudará. Después de tiempo, una carta le llegó a mi madre:

“Familia, no se preocupen por mí. Vicente está rumbo para México, le localicé en un albergue, las cosas se complicaron y se lo llevaron. Yo continué pensando en la vida que les podré dar, jamás quise abandonarlo, está con bien, yo igual lo estoy. Los quiero mucho y muy pronto nos volveremos a ver”.

Era una carta de mi padre, no pude evitar llorar de orgullo. Leer eso fue un abrazo en el corazón e inmediatamente me comuniqué con él.

“Gracias Dios mío, gracias Inmaculada Concepción”, dije.

Yo soy migrante, actualmente tengo 30 años y trabajo como agricultor en el municipio de Doctor Mora, Guanajuato. Intenté lograr el sueño americano a mis 16 años, junto con mi padre. Estoy agradecido con la Virgen de la Concepción que le permitió vivir sus últimos años como él quiso y conseguir un sueño que juntos forjamos y que sólo él logró.