“Subí a la furgoneta que esperaba en la esquina con el motor encendido. Así inició mi historia, palpando fragmentos del mundo con la yema de mis dedos temblorosos”, escribe Isaí Moreno en Orange Road. 

Ciudad de México, 16 de marzo (SinEmbargo).– Orange Road ganó el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2016.

El libro fue publicado por Nitro/Press y la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán, 2018.

Isaí Moreno, el autor, nació en la Ciudad de México. Es novelista y autor de relatos que suelen aparecer en suplementos culturales, revistas literarias, blogs, etcétera. Ha incursionado también en el género de la crónica y es profesor en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, donde imparte cursos en la carrera de Creación Literaria.

Algunos de sus reconocimientos son el Premio «Juan Rulfo» de Primera Novela y el Premio Nacional de Novela Corta «Juan García Ponce». En 2012 recibió la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Entre su obra están las novelas Adicción y El suicidio de una mariposa, además del libro de relatos Café Sarajevo. Orange Road es su cuarta novela.

SinEmbargo comparte con sus lectores un fragmento de Orange Road, de Isaí Moreno. Cortesía otorgada por Nitro/Press.

Orange Road ganó el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2016. Foto: Twitter de Isaí Moreno.

***

Ya que el mundo adopta un curso delirante,

debemos adoptar sobre él un punto de vista delirante.

Jean Baudrillard

Nadie está nunca preparado para Orange Road.

Esa sentencia de Truman aumentó mi intriga por la carretera de la que tanto escuché a puerta cerrada. Sabía que se internaba en el desierto bajo el sol ardiente. Orange Road es recta, leí una vez, con un sólo punto de fuga hacia el misterio. Sin embargo Truman agregó que quienes se inquietasen por definir la idea, el ello en la idea de la línea recta —ídem del avance— se perderían mucho antes de llegar ahí.

Ya me había preparado para el ello, para el punto de fuga, cuando tocaron a mi puerta esa tarde sofocante. Luis, a partir de hoy se dedicará de tiempo completo a su nueva misión, dejará mujer y posesiones. Quienes me hablaron portaban en la solapa el dije con el ícono naranja que une a la hermandad. El bochorno de aquella hora me asfixiaba y el sólo hecho de ver el símbolo me infundió sosiego. Desde años atrás los esperé sin perder la ansiedad, esta pulsión persistente bajo mi vientre, hasta que llegó el telegrama cuyas breves líneas me anticiparon la visita: su último renglón me indicaba desecharlo, no enterar ni siquiera a mi esposa. Era, por fin, la aquiescencia de los mandos para hacerme partícipe en el proyecto, de suerte tal que sólo restaba mi partida. Tomé la maleta preparada con disimulo semanas antes, despidiéndome con apenas un beso en la mejilla de la que, a partir de entonces, ya no sería mi mujer. En su mirada percibí la interrogante: ¿Es para siempre? Asentí con la mirada esquiva de quien traiciona. Al verla por vez postrera, mientras seguía los pasos de mis acompañantes, ya la iba olvidando…

Subí a la furgoneta que esperaba en la esquina con el motor encendido. Así inició mi historia, palpando fragmentos del mundo con la yema de mis dedos temblorosos.

Saludé con una inclinación de cabeza a los hermanos que esperaban en sus asientos. Imitaron mi gesto sin pronunciar palabra, serenos e inexpresivos, hasta que uno de ellos me sonrió cual si me conociese de mucho antes, cuando éramos tierra y musgo. Clarence. El vehículo arrancó tan luego me acomodé el cinturón de seguridad.

Si estaban ahí era porque habían superado también el escrutinio para ser parte del proyecto. Imposible renunciar a don tan vasto. Si bien, de modo tangencial participé en operaciones anteriores, prácticamente cediendo mis posesiones y salario, aquélla iba a ser riesgosa y era comprensible su alto carácter confidencial. Pero una vez que has dejado de temer al resplandor —pensé para mí— ¿por qué te asustarías de su espectro? Gracias a nuestra misión el mundo dejaría de estar anestesiado.

¡Amén de que planearíamos todo con meticulosidad, se nos prometió que el mismo guiador de mentes nos revelaría el secreto final de Orange Road! ¿Qué cosa habría a su término? ¿El vacío? ¿El Éter?

El mundo es hiperbólico y vertical, escuchamos en el estéreo de la furgoneta en marcha. (Sí, era la voz de nuestro amado guía).

Lo hiperbólico ocurre en todos los sentidos de la vida y el desastre, en el odio, en el amor y en el reino artificial. Cada guerra y catástrofe, cada epidemia, son hechos hiperbólicos. La aceleración en el ritmo del mundo, sin freno ni amortiguadores, es también hiperbólica. Asimismo es hiperbólico el calentamiento global. Urge que la Humanidad asuma su naturaleza hiperbólica para despertar. El mundo desciende, desciende, desciende.

Tenemos asimismo la verticalidad. Sólo puede comprenderse en dirección de la vertical la caída del hombre, como en vertical será su ascenso. Existe la verticalidad del derrumbe, la verticalidad de las jerarquías, la verticalidad de los elegidos. La manzana original cayó en vertical hacia Eva y hacia Newton, atrayendo ambos la maldición al mundo: una mediante la duda, el otro mediante la ciencia. Empero, Dios y el Éter son un hecho eterno. (Hasta aquí me es dado revelar. Consérvame cerca de ti, silencio).

Imaginé que el vehículo se encaminaría al complejo de edificios vítreos desde donde operaba el que todo lo conoce. Antes bien, nos dirigimos a su hangar privado y se nos señaló un avión mediano con los reactores encendidos. Volví a saludar una vez dentro. Ahí conocí a otros compañeros de misión, incluidas mujeres consagradas al Éter como las hermanas San Juan y Edgar. Esta última oraba encogiendo los hombros frágiles, del color de la miel, con una mano sobre su pelo castaño. Íbamos aún pasmados por nuestra elección. ¿Cómo renombrar al azoro? Ocupé mi asiento y Clarence lo hizo al lado. Ya en fotografías había visto al hermano: exhibía la pureza de los niños, delgado como tallo y de piel delicada cuya blancura me sorprendió. Al instante me percaté de que rozaba la santidad.

Bien sé de la esfericidad de la Tierra, como la del sol ardiendo en su órbita. Su resquemor daba contra mi cara desde el cristal de la ventanilla. El horizonte también ardía. Sobrevolamos una hora el territorio bajo nosotros. Luego del aterrizaje en un terraplén baldío arribamos a otros vehículos listos para partir. Los conductores se internaron por tramos de tierra primero roja, a continuación anaranjada, todo en silencio. ¿Adónde íbamos? A ese lugar apartado del que he olvidado latitud y longitud… el sitio entre la extensión desértica que bordea las inmediaciones espaciosas del Gran Cañón, donde las agencias federales de investigación recogieron después, en papeles dispersos por el viento, algunos de nuestros detalles logísticos.

No entiendo por qué no había puesto atención en el conductor meditabundo de nuestro vehículo, uno de quienes presenciaron nuestro arribo en la pista de aterrizaje. Al escuchar que se llamaba Truman me descubrí estremecido por la sonoridad in crescendo de su nombre, como los objetos que ascienden. Era un asignado al resplandor. De cabeza afeitada, alta estatura y mirada afable, me escrutaba sonriente desde el retrovisor del vehículo. Sin dejar de concentrarse en el camino, con una mano al volante y la otra sobre el regazo, nos invitó a presentarnos. Uno a uno fuimos haciéndolo hasta tocarme el turno. Tan luego pronuncié mi nombre, me preguntó si me sentía listo para lo que venía. No me siento del todo preparado para Orange Road, le confesé. Entonces, con la mirada encendida desde el espejo retrovisor, me dirigió aquellas palabras que habría yo de repetirme cuando la duda me consumió: Nadie está nunca preparado para Orange Road.

Los demás tripulantes de la furgoneta cerraron los ojos para que el polvo arenoso del desierto no los irritase. Seríamos alrededor de once. El interior era caliente, también el exterior, saturado de sol. Contemplé espejismos sobre la arena lejana. Dunas fueron lo que vi, y por la cabeza me pasó la imagen de mi mujer, a quien extrañé por un momento. Pero tanto había esperado por eso y nada era tan poderoso como el deseo de la realización. Sólo pensaba en que era doble mi encomienda, doble mi privilegio. Imaginé el esplendor naranja de la inmensidad, mismo que acompañó mi introversión hasta que, ante la vista de todos, apareció el fuselaje de un avión estrellado y los vehículos se detuvieron.

Ya se nos esperaba al lado del fuselaje inservible para conducirnos al dintel de un almacén discreto, de paredes laminadas, a unos cincuenta metros del aparato caído. El sitio, antes lugar de aprovisionamiento, estaba adaptado a la perfección con la finalidad de contener dormitorios, cocina, y área de reuniones. Éste es el campamento, escuchamos. Bordeando las paredes del almacén había cobertizos destinados a proteger carbón y combustible para los autos, estacionados en la parte oeste de la estructura. Observé tambos de queroseno y gasolina, algunos seguidores los acomodaban apresurados para reunirse al grupo entusiasta en derredor nuestro. Todos ellos vestían su ropa deportiva de rigor: prendas livianas de tela fosforescente. A Truman se unió otro adepto llamado Orlando, alto como él, pelirrojo y silencioso. Fueron ellos quienes nos presentaron como recientes elegidos, miembros idóneos para la misión y próximos depositarios de la benevolencia del sendero. Nos sorprendieron las miradas de admiración, los cuerpos casi prosternados. Cómo quisiéramos ser los señalados para acompañar al líder a Orange Road, exclamaron. Había, por supuesto, ojos incapaces de ocultar la decepción por ser nosotros los partícipes. De entre los restos de la aeronave desplomada (la acumulación de óxido en el fuselaje me estremeció) salió una mujer en extremo delgada, de cabello suelto y completamente blanco que parecía plateado. Sentí frío al verla. Los demás se hicieron a un lado para cederle el paso: tanto se le respetaba que se nos advirtió no preguntar su nombre. Era la madre de Clarence. El ungido se nos unirá mañana, por ahora descansen, hermanos, oren, pronunció antes de que Truman y Orlando nos condujesen a nuestros dormitorios en la parte sur del almacén. Se me bendijo al compartir con Clarence uno pequeño de paredes laminadas, provisto de litera y una mesa pequeña de metal con garrafón de agua cristalina. Fue comprensible que el lugar no resultase ostentoso, como los edificios del credo en las ciudades. Era el espacio ideal para no llamar la atención de periodistas que investigaban la posesión de compañías aéreas, bancos e industrias diversas cuyas ganancias propagaron la Hermandad del Éter, con innegable adhesión de adeptos. De todos los países se reportó la incorporación de miembros ansiosos de una nueva vida. Saciar su sed espiritual era la inquietud del líder, para luego incorporarlos a las filas de fieles que oran y van en busca de más gente a quien cimbrar la conciencia. El mismo guía lo dijo en su momento: El acto de conocer es idéntico al seísmo. Y sí, los terremotos que azotan a la Humanidad son llamados a la conciencia. Estén alertas —agregó el guiador en conferencia de prensa— los azotes telúricos de Lejano Oriente son apenas una caricia: la sacudida definitiva no ha llegado.

Orange Road… Si en aquel momento me hubiesen dado a elegir entre prenderme fuego por la hermandad o dirigirme al sendero anaranjado, habría tenido problemas. Mi apremio por recorrer Orange Road, la carretera referida en los textos, rebasaba cualquier cosa anhelada hasta entonces. Desde pequeño supe que la búsqueda del espíritu supremo guiaría mi vida. Fue un impulso incomprensible para muchos el de rastrear indicios de divinidad en cada objeto: ofrecía la vida por dialogar con Dios como lo hizo Moisés en la cima destellante de la montaña. Clamé por esa fuerza rectora hasta que unos discípulos con el ícono naranja en la solapa del traje dieron con mi paradero y orientaron sonrientes mi camino. Entonces rabiaba por conocer esa causa contradictoria, creadora y destructora de mundos, ante cuya volatilidad nos iluminamos: el Éter. ¿Cómo definir a este último? Es informe e incoloro. Insípido. Sí, también inflamable y omnipresente.

Esa sola no es la definición del Éter. Cada vez que miro al vacío de un precipicio, pienso en el Éter. A mi llegada al campamento evoqué el Éter al mirar a la madre de Clarence, esquelética por el ayuno de sus votos, casi inmaterial, casi volátil.

¡He aquí al profeta! Así exclamó otra hermana, Susie, al descender de su furgoneta el hombre que dirigía nuestras vidas. La experiencia de mirarlo en persona, a escasos metros, equivalía a un shock, mezcla de sentimientos elevados y estupefacción. No soy profeta, respondió él a Susie, tú eres la profeta y ya has vaticinado la resurrección de los muertos…