Y si no cae parado, ya no importa. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

En la mañana tenía dolor de cabeza. Hace unos días, una breve tos seca. Hace dos semanas, cuerpo cortado. Ayer me tomé la temperatura de la frente con la palma de la mano e hice movimientos con los brazos para checar si tenía cuerpo cortado. Ni temperatura ni cuerpo cortado. Pensé: me he cuidado bien. Me tomé una aspirina. Pensé: quizás son padecimientos de asintomático (que, como sabemos ahora, sí contagian a otros). No, no son síntomas de nada; es mi hipocondría que se divierte.

Estaba en la ventana de mi departamento, que da a otras ventanas y a la copa de los árboles, y escuché una marimba:

“¡Ay!, sandunga.
Sandunga, mamá por Dios.
Sandunga, no seas ingrata,
mamá de mi corazón”.

Un hombre gritó: “¡Algo para la marimba!”. Corrí por la cartera, saqué un billetito y lo puse en una bolsa que desinfecté con alcohol. Un hombre con un güiro recogía la buena voluntad de los de la calle. La señora de las quesadillas, que sigue vendiendo, le extendió la mano con unas monedas. Dani y yo le lanzamos la bolsa por la ventana. “¡Gracias!”, gritó el del güiro.

Pensé en la sana distancia de los que siguen en la calle: el que barre, la familia de quesadilleros, los de la marimba. ¿Cómo se van a quedar en casa? ¿De dónde sale para comer, si no se arriesgan?

También pensé que todos esos que están afuera siguen pagando –como todos los demás–, con sus impuestos –incluso impuesto al consumo–, la deuda que dejó Ernesto Zedillo Ponce de León hace 20 años. Que no son pobres por nada. Que siguen pagando el Fobaproa porque el Gobierno mexicano decidió, entonces, rescatar a lo bancos, el rancho de Vicente Fox y miles de empresarios poderosos más. No a ellos, los que están en las calles en plena pandemia. No a sus padres o a sus abuelos. Por eso andan allí, sin más protección.

Y pensé que ellos no saben que entre todos seguimos pagando una deuda inconsciente y que esos empresarios rescatados entonces seguramente reciben sus alimentos en cama durante este encierro obligatorio, mientras todos los demás o sufrimos cada día al ver cómo el mundo se desmorona ante nuestro espanto, o salimos a enfrentarnos con tapabocas (en el mejor de los casos) a la calle, en plena pandemia.

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Las encuestas nunca han sabido leer a López Obrador. Corrijo: las encuestas siempre han tratado con la punta del pie al líder de izquierda. No corrijo, mejor aclaro que son ambas cosas: las encuestas han maltratado y –por lo tanto– no han medido con precisión a López Obrador durante años. Si yo me hubiera equivocado tantas veces en mi vida de periodista como lo han hecho los que encuestan (y cobran por ello), estaría desempleado. O me habría empleado, pero poniéndome a los pies de los poderes más oscuros. Como las encuestadoras, pues. Sólo así se entiende que con tantos yerros sigan por allí.

Escribo lo anterior antes de detallar el momento que vive AMLO, de acuerdo al promedio de las encuestadoras. Y lo escribo para que cada quien dé a esos datos el valor que considere. Dibujaré una pólaroid, una foto de momento. Para empezar, todos los ejercicios demoscópicos indican que el Presidente cae fuerte en la aceptación mientras le crecen los inconformes. Pero si alcanzó 80 por ciento de popularidad en febrero 2019 y ahora promedia un 37 por ciento de rechazo a marzo 2020, hay inconformes y también hay desencantados. 17 por ciento de ese 37 por ciento sería de los desencantados. A marzo 2020, insisto. Sigue abril, que será durísimo. El ponderado de encuestas que realiza Oráculus en México dice que 58 por ciento aprueba a AMLO. Son 58 a favor, 37 en contra.

En marzo 2013, Enrique Peña Nieto ya le había dado vuela la tortilla: de la popularidad con que ganó, al rechazo de las mayorías; 49 por ciento lo desaprobaba, 44 por ciento lo aprobaba. En marzo 2008, Felipe Calderón tenía 65 por ciento de aprobación contra el 28 por ciento en contra. En marzo 2002, Vicente Fox tenía a 48 a favor y con 43 por ciento en contra. Y en marzo 1996, Ernesto Zedillo traía 39 por ciento de aprobación contra 53 que lo rechazaban. Eso, según el promedio histórico de encuestas de Oráculus. Pero ninguno de ellos llegó a este momento en su mandato. Ninguno tenía (visto en la historia) un reto como el que AMLO tiene enfrente, en los días, semanas y meses por venir. Zedillo, en marzo 1996, ya había cruzado por la debacle financiera: pidió miles de millones de dólares, endeudó al país de manera irracional y estaba ya en la etapa de crecer con su rescate. Nadie pensaba entonces en el futuro; sólo en salir del abismo. Ese futuro que es ahora mismo, cuando cada peso que Zedillo regaló a grandes empresas y bancos (sin sacarles un compromiso de que, al menos, dejarían el capital en México) nos hace falta para salvar vidas.

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El mensaje de ayer de López Obrador no será visto con buenos ojos por muchos. Le generará una ola de críticas orgánicas, naturales, y otras infladas. No es fácil lo que dijo ayer. Dijo: el plan era salvar a los pobres y ese sigue siendo el plan. No habrá rescate de grandes empresas; no se endeudará al país para salvar a los banqueros o a los grandes empresarios que salen en las listas de Forbes. Dijo que el Gobierno, aunque no tiene mucho de dónde cortar, esta vez será el que asuma el madrazo y se ajustará el cinturón.

Le vendrá una campaña durísima. Muchos gritarán que se equivocó terriblemente. No me extrañará, digamos, porque ese es el discurso que han usado siempre contra él: que es un peligro para México. Pero lo que hizo AMLO ayer fue darle la vuelta a la ortodoxia. No me sorprende: desde 2006 dijo que primero los pobres. Desde antes, desde Tabasco.

Ahora viene que se le vayan encima; que las encuestas que lo han maltratado (y por lo tanto no lo han medido con precisión durante años) lo maltraten más. Pero falta lo que realmente falta: que su plan sirva. Porque si no sirve, ni los pobres ni la clase media ni los grandes empresarios: todos pagaremos.

Estamos en un momento crucial. AMLO se para en una cuerda de trapecista a un kilómetro de altura y se echa una maroma para atrás. Habrá aplausos si cae parado en la cuerda. Y si no cae parado, ya no importa: caerá sobre todos los que estamos abajo, expectantes, con el Jesús en la boca por él y por nosotros (obvio está). Pero, ¿y si el plan funciona? Digo, ¿y si funciona no darle a los grandotes y repartir abajo para no dejar caer el consumo, al menos? Digo, aquello (el Fobaproa) fue regalarle dinero, pero muchísimo dinero –que todavía estamos pagando–, a un puñado. Ahora sería repartir abajo. Nunca en México se ha hecho: el reparto siempre se hace arriba. ¿Y si funciona?

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Volví a mi dolor de cabeza: había desaparecido. Recordé que había comido cacahuates y tengo alergia a la cascarita; de allí la tos seca. Mi hipocondría es mucha payasada cuando hay gente que ahora mismo no tiene de otra que salir a trabajar, expuesta a la epidemia. Yo salgo a trabajar todos los días, también. Pero voy a mis empleos en bicicleta. Me separo de todos. Traigo alcohol permanentemente en las manos. Trabajo en oficina y soy privilegiado frente a los otros. Y esos otros de abajo, caray. Esos toman monedas a mano pelona, viven de las monedas que se le caen a otros. Y no hay más.

La marimba está de acuerdo con mi súbita tristeza. Canta y parece que llora o llora y parece que canta:

“Mosquito, no mortifiques
con tus cantos malsonantes.
Si me cantas no me piques;
si me picas no me cantes”.

Miré a la ventana: la marimba seguía. Por primera vez una marimba me dibujaba notas tristes en el aire. Notas tristes para tiempos tristes. Ni modo. Es lo que hay.