Jugar futbol es terapia para mis males del alma es uno de los relatos de Rostros en la oscuridad: Pamboleras. Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte el texto íntegro. 

Por Claudia Hernández

Ciudad de México, 6 de julio (SinEmbargo).– Mi nombre es Leticia, tengo veinticinco años, comencé a jugar futbol de una manera muy loca. Nací en Iztapalapa, acá, Barrio de la Vicente Guerrero. La neta mi vida no ha sido fácil y para qué mentir, desde chica, como a los doce años, comencé a entrarle a las drogas. Primero con la mona, luego mis amigas me dieron a probar la mota. ¿Por qué lo hice? Porque siempre mi casa fue un desmadre.

Mis papás son del barrio de Tepito, allá tienen un negocio, pero acá compraron un terreno con la disque esperanza de que sus hijos fueran personas de bien. Soy la más chica de tres hermanos, puros hombres; de los cuatro no hacemos uno.

Desde que tengo uso de razón he visto golpes, drogas, malos tratos y a mis hermanos entrando y saliendo del reclu; a mi papá todo el tiempo pegándole a la sumisa de mi mamá. Ellos pensaron que con darnos todas las comodidades y comprando nuestro amor con dinero, bastaría para que fuéramos personas de bien. Nadie terminó ni la pinche secundaría. Veía a mis hermanos salir de la escuela ya con la mona; y de grande, pues la mota y la coca.

La verdad es bien duro recordar mi vida de más morra.

La culpa por la que agarré las drogas, así bien machín, fue porque mi hermano el mayor me violó a los once años. El muy cabrón me hacía hacerle cosas bien feas. Le tenía mucho miedo. Cada que llegaba todo coco ya sabía a lo que iba, su pretexto era: “Ven a recoger mi cuarto, pinche chamaquita pendeja”. En ese tiempo no encontré otra alternativa de vida.

Así fueron varios años, hasta que un día mi otro hermano, él de en medio, llegó bien mono y se quedó dormido. A mí me acababa de violar de nuevo mi hermano mayor. Estaba llorando mucho porque aparte me había pegado bien feo. Entonces tomé la mona que aún estaba fresca y tuve los primeros pasones. A los doce años me sentí como jamás lo había estado: viva, feliz. Todos los dolores tanto físicos como sentimentales desaparecieron con esos jalones.

Después al culerito de mi hermano que lo atoran y duró en el reclu cuatro años. Fueron perfectos porque descubrí lo más bueno y lo más malo de lo que pueden ser capaces los hombres. Desde ese día mi vida cambió, según yo. Me salí de la secu, me quedé en primer año, pero mis papás creían que seguía en la escuela.

Todos los días estaba en el desmadre, tenía sexo con mis amigos más grandes. Tuve un buen de disque novios, unos bien manchados que me violaron muchas veces estando ya bien pasados con la mona, la piedra y la mota. Ahí se aprovechaban de todas las que nos juntábamos. Hacían con nuestros cuerpos lo que se le daba su pinche gana. “Al fin que ni sienten”, decían.

Así fue durante mucho tiempo, hasta que a los quince tuve mi primer aborto. Fueron varios abortos, en el último me puse bien mal, mis pinches amigas me dejaron botada en un disque hospital. Casi muero. Sólo así mis padres se dieron cuanta en todo lo que estaba metida.

Para mi mamá fue un golpe muy duro saber que su niñita estuviera en tantas cosas: robé, piqué, aborté, me prostituí por una mona, y muchas cosas culeras de las que fui capaz. Todo lo que me pasó e hice me dolió hasta el alma. Pero no hay peor dolor que mirar a tu madre llorar y sufrir por ti. Esa imagen de mi mamá con llanto al verme en tal estado ha sido lo peor que he sentido. Fue inexplicable lo que sentí. Desde ese día prometí ser otra persona, otra mujer. Tenía veinte años.

Mis jefes decidieron meterme a una clínica de rehabilitación. Duré seis meses internada. Salí, estuve bien un mes. ¡Y pum! Caí en lo mismo. Me fui de mi casa, estuve viviendo en la calle, no recuerdo cuánto tiempo. Mis padres, no sé cómo le hicieron, dieron conmigo. Vas de nuevo, pero a una granja, nada de lujos. Ahora sí, a sentirla y bien. Duré un año encerrada, sólo los veía cada mes. Les agradezco tanto a mis viejos que hayan hecho eso.

En las actividades de la granja me reconocí como mujer y supe que podía salir adelante. Las personas de ahí llegaron con varios proyectos en los que podíamos participar. Todos los de siempre, los más comunes, pero a mí no me gusta ser común. Uno de los talleres consistía en formar un equipo de futbol. Ahí sí me brillaron los ojos y sentí una gran alegría. En corto me inscribí en el equipo y comencé a jalar a las morras más alivianadas y con las que tenía mejor trato.

Así fue que formamos nuestro primer equipo dentro de la granja. El inicio del entrenamiento fue lo más bonito. Cuando toqué por primera vez el balón fue una extraña sensación, así de: “Pártele la madre a este balón como si fuera cada uno de los cabrones que te han hecho tanto daño”. Cada vez que lo pateé, lloré y grité tan fuerte que todas me vieron con cara de: “¿Qué onda con esta pinche vieja? La mona ya la dejó bien mal”.

Pero eso no importó, jugar significaba quitar de mi vida cada niño que inconscientemente aborté, cada golpe que me dieron, cada hombre que ultrajó mi cuerpo, cada lágrima que le hice derramar a mi madre. Me sentí otra.

Ahora soy capitana del equipo, estoy terminando la prepa abierta, tengo novio y llevo ya casi cuatro años sin meterme nada en el cuerpo. ¿Mi sueño? Concluir la escuela y, si es posible, entrar a un equipo de una liga mayor; casarme y tener hijos, aunque ya no puedo, después de tanto aborto quedé mal.

Pero tengo muchas cosas para luchar, por ejemplo, formar un equipo con todas las morritas de mi barrio para que no se conviertan en lo que fui, que no vivan lo que yo pasé. Simplemente para que tengan la infancia que no tuve.