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Susan Crowley

08/06/2024 - 12:04 am

Intelectuales al borde de un ataque de nervios

Los nuevos protagonistas de la cultura ya no van de “intelectuales” ni “cultos” y menos “dueños de la verdad” que “nos liberan de las cadenas”, más bien son personas sensibles y de mentes brillantes.

Los 250 intelectuales que se auto consideran la cúpula cultural, hoy tratan de explicarse el tsunami que está derribando su estatus de privilegios. Desde mi perspectiva, no es que México haya cambiado, es más bien que intenta regresar a sus raíces, a su real cultura, al valor que se diezmó a golpe de injusticia y desigualdad, de una sociedad clasista y en cierta medida racista; una cultura que abrevó de Europa, considerada universal, con criterios elitistas, que era centralista y estaba basada en un patrón binario en el que el hombre blanco e ilustrado dominaba. A lo largo de nuestra historia nuestros orígenes se consideraron una cultura del pasado, vestigio que debía encerrarse en los museos para ser admirado y no como lo que es, una cultura viva hasta hoy.

Por muchos años en México vimos a los rock stars de la cultura, tipo Carlos Fuentes y sus congéneres, aparecer en los encuentros “culturales” hablando con histrionismo decimonónico, citando nombres y haciendo alarde de su sapiensa europeizante. Nadie se hubiera atrevido a refutar a alguno de ellos. Como a los tecnócratas del priismo neoliberal siempre les faltó clase, y su escalada al poder tenía muchos momentos oscuros, extremaron los cuidados y llenaron los bolsillos de dinero y de poder a ciertos intelectuales para mantenerlos cerca y contentos. Muchos de ellos, con graciosa condescendencia, se dejaron apapachar.

El círculo se ensanchó con ciertos nombres como Héctor Aguilar Camín y sus colaboradores. La fascinación por el poder de estos grupos ya no fue solo intelectual, exigió cada vez más: privilegios, nombramientos, becas, etc. No es casual que miembros y asociados de estas cofradías ocuparan los puestos, en teoría para ciudadanos, de los nuevos organismos supuestamente autónomos (IFE, INAI, etc.).

No solo ocuparon las posiciones claves de este proceso, también se atribuyen la autoría de los cambios políticos que México vivió en las últimas décadas. Así se desprende de la reciente frase de Denise Dresser a propósito del abrumador triunfo de Morena el 2 de junio: “me entristece saber que la mayor parte de los compatriotas volvieron a colocarse las cadenas que les quitamos”.

El papel que jugaron en la transición puede ser motivo de debate, pero lo que no está en duda es que fueron sus beneficiarios. Sabiendo que las cosas no iban bien para los más pobres, lanzaban una crítica de aparente conciencia social y de inmediato la negociaban con el gobierno en turno. El final del priismo coincidió con la exhibición de las canonjías cada vez más extendidas a los advenedizos que vendían paquetes de cultura como si fueran mercancía de Elektra. Me refiero a comunicadores de pésima reputación como Andrés Roemer, el vocero de la decadente clase intelectual por televisión del nuevo siglo y su mediocre Ciudad de las Ideas.

El domingo, con el triunfo innegable de Claudia Sheinbaum, los vimos vociferar y vaticinar el desastre. No les gustó que López Obrador los hiciera a un lado y les recortara sus privilegios, pero imaginaron que se trataba más de un fenómeno pasajero y que, gracias a sus retahílas, los votantes cambiarían su voto. Nunca advirtieron que lo que consideraban una masa rezagada, un anacronismo que resolvería la modernidad, decidió hacerse protagonista de su destino a través de su voto.

Claudia Sheinbaum ha explicitado su deseo de ser reconocida como la presidenta de la educación. Con esta bandera se abordarán las políticas culturales en los próximos seis años. Una cultura que parte de las bases, a edades tempranas, para formar nuevas generaciones más plenas y preparadas, con un conocimiento técnico que se manifieste en diferentes áreas especializadas. Propiciar el acceso a la educación superior y universitaria y con ello desarrollar proyectos individuales, ya sea científicos, culturales, intelectuales, deportivos etc. Al mismo tiempo debe aprovecharse el trabajo que se llevó a cabo con Semilleros creativos y Original, dos programas del gobierno actual que han dado buenos resultados.

Hoy el mundo cultural ha dado un giro hacia las periferias. Artistas africanos, latinoamericanos, americanos del norte, australianos, y asiáticos han tomado por asalto museos, galerías, exhibiciones universales y bienales urgidas de renovarse. La “Alta Cultura” hoy es la de las periferias, las que han sido tratadas injustamente, las únicas que son capaces de salvarnos de los estragos causados por el neoliberalismo y la barbarie civilizatoria. Nuestro país es rico en ellas y tenemos la obligación de escuchar a otras voces, de adentrarnos en ellas, de aprender de ellas.

Durante siglos los pueblos originarios han pintado, esculpido, cantado y declamado en cientos de lenguas relatos de sueños, deseos, miedo, intentos de comprensión de lo invisible, intentos de apresar el misterio. La cultura no es una, y mucho menos es un conjunto de patrones, cánones y reglas dictados por unos cuantos intelectuales. No hay una cultura mejor que otra; todas son posibles cuando se habla de diversidad e inclusión.

Cultura es un taxista en Irán como en la película de Jafar Pahnani y es una familia en la colonia Roma como la describe Cuarón. Es un horizonte pintado por Rothko y es la historia que se narra en los huipiles de las mujeres en Oaxaca y Chiapas. Es la comida, cuando no es chatarra y recoge los olores y sabores de nuestros ancestros y es intervenida por un chef que es un artista. Es una sinfonía de Mahler y es un jarabe tapatío mexicano. Es el árbol de la vida de Metepec y es una pieza de luz de James Turrell. La cultura no puede ser una porque se reduciría a una sola lectura, es de todos y es manifestación pura, lo mejor del ser humano lo sabe expresar el artista.

Los nuevos protagonistas de la cultura ya no van de “intelectuales” ni “cultos” y menos “dueños de la verdad” que “nos liberan de las cadenas”, más bien son personas sensibles y de mentes brillantes. El círculo es cada vez más amplio e incluyente: compositores, escritores, músicos, actores y actrices, artistas visuales, cantantes, bailarines, gremios completos de artesanos, laudistas, coros de voces que afirman identidades cada día, nos transmiten sonidos, imágenes, ritmos, son activistas y subversivos como debe ser una mente pensante, reconocen el valor de la palabra y la utilizan para crear.

Esos intelectuales no son miembros de una élite, tampoco son los que merodean en las mesas de debate por televisión como si fueran los dueños de la razón. Gracias a su reflexión, a su capacidad de argumentar ya sea en el arte o en un artículo, crean lazos, asumen las divergencias como parte de una sociedad plural que no debe pensar de una sola manera. Son miles, me atrevo a decir millones, que imaginan todos los días una nueva forma de contar nuestra historia y que hacen que la cultura sea un sueño, un anhelo, un deseo representado. @Suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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