El caminante sobre el mar de nubes

“Los alcances de la enfermedad son terribles ya. El miedo nunca, yo, al menos, lo había sentido en esta magnitud”. Foto: Especial

Estos tiempos aciagos han impulsado la comunicación incomunicada como nunca. Ante el aislamiento forzado, estamos unos encima de otros. Tan lejos, tan cerca, diría Win Wenders. Como pocas veces en mi vida, he recibido mensajes de personas que, de no estar en esta situación, no me escribirían. No lo tomaría a mal, asumiría que están en sus cosas y ellos que yo estoy en lo mío. Pero el impase que vivimos nos convierte en una extraña unidad. Los vínculos a través del ciberespacio se estrechan a la misma velocidad que nuestro deseo e incertidumbre de que todo esto quede atrás. Los chistes, fake news, información, desinformación, memes, consejos, cadenas de oración se viralizan y contagian, a veces de entusiasmo, otras de desaliento.

Los alcances de la enfermedad son terribles ya. El miedo nunca, yo, al menos, lo había sentido en esta magnitud. ¿Es la sensación de haber perdido el control de nuestro destino? Cuánto tiempo tardará el mundo en salir de esta pandemia, qué ocurrirá cuando la pesadilla termine, cómo vamos a salir adelante; los más pobres, cómo van a sobrevivir en estos tiempos y después de estos tiempos.

La fragilidad se manifiesta de una u otra forma. La grandeza del ser humano aflora, pero también una inconmensurable variedad de bajezas; la falta de sensibilidad, el egoísmo, la indiferencia, todo a flor de piel, como el virus, brota por todos lados. Después de un montón de contradicciones habremos aprendido mucho a nivel científico sobre el COVID-19: si debe o no usarse mascarilla, si deben o no hacerse tests, si el aislamiento es la única salida. De las relaciones humanas habrá que aprender también: cómo hemos sobrevivido, asumir la muerte como algo que ocurre todos los días a nuestro lado, probablemente a nuestros conocidos. Y quizá lo más importante, la clase de seres humanos que somos ante la adversidad.

La novela Ébola 76 del médico y escritor sudanés Amir Tag Elsir, narra cómo el traslado de los trabajadores de Sudán a Zaire transmite también el ébola. Tierras eternamente devastadas por el colonialismo, el hambre, las guerras, las dictaduras, los fundamentalismos religiosos son el pan de cada día. Las epidemias son una más de las calamidades que se viven en una ralentizada existencia por los climas extremosos, por la pobreza que consume. En medio de esta eterna agonía, un fin del mundo que nunca termina, los personajes de la novela frecuentan los mismos sitios, recorren el trayecto de una ciudad a otra; aman y odian, se entregan y se abandonan como si el peligro no existiera. Ante la impotencia se abstraen y viven arrojados a su cruel destino. Atrapados en la desesperanza parecen inoculados en contra de la fatalidad, por lo menos como idea.

Lejos de África, en otro tiempo, el de Thomas Mann, un grupo de pacientes privilegiados decide vivir aislado. Es el ámbito pequeño burgués del Sanatorio Internacional Berghof. No parecen tener de qué preocuparse mientras los síntomas de la tuberculosis no se hagan evidentes. Hans Castorp, “un niño mimado por la vida”, visita a su primo Joachim, honorable militar que espera sanar para enlistarse en el ejército. Al poco tiempo Hans es diagnosticado de tuberculosis. La enfermedad cobra una dimensión distinta en cada uno de los afectados, dependiendo de su visión del mundo, el nivel de consciencia, los intereses, gustos y hasta a sus pasiones. Muerte-vida, enfermedad-salud, mente-naturaleza, son los temas que Mann elige para reflexionar sobre la condición humana en su célebre Montaña Mágica. Ajenos del mundo, se entregan ociosos a largas discusiones, debaten ideas sin comprometerse; ninguno de ellos es sujeto activo delante de la historia. Finalmente, se reconocen aburridos, indiferentes al desastre que ocurre afuera: la Primera Guerra Mundial. Lejos de convertirse en héroe, Joachim muere dentro del Berghof. Es cuando Hans se descubre atrapado en su egoísmo. Su estancia en el sanatorio se convierte en una especie de viaje iniciático. Como un Parsifal en busca del Santo Grial, harto del narcisismo y la inutilidad en que se ha instalado, decide salir y jugarse la vida como soldado, «en nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos». En el epílogo de la novela, un montón de cadáveres de soldados yace en el frente de guerra, entre ellos, aún con los ojos abiertos, se encuentra Hans Castorp.

En nuestra realidad contemporánea, la del COVID-19, Jimena la  pasa fatal. Sus hijos son peor que vándalos, el espacio no parece ser suficiente, su mansión se ha convertido en un infierno. La pobre tiene que aguantar el encierro con su marido que está furioso porque tuvo que mandar a su casa sin goce de sueldo a 300 empleados de una de sus empresas. Si las cosas siguen así, ya amenazó con vender todo y largarse. Se dedica el día entero a intercambiar memes y a hablar pestes del Presidente al que apoda el Cacas. Anoche se puso una peda monumental con sus amigos en el Zoom, lo de hoy en videoconferencias. Hasta las siete de la mañana, posteó analisis económicos entre tetas y nalgas de viejas buenísimas y memes de López Gatell. Por eso en el chat de Jimena y sus amigas, está prohibida la política. Claro, al día siguiente ella es la que tiene que pararse la chinga con los escuincles. Lo peor para Jimena es que no puede ir al gym y encontrarse con David. Si su marido se larga a la casa de Miami ella se divorcia, ni loca deja a su amante; es lo único que ha valido la pena en su vida. Tuvo que pedirle a Carmelita que ya no viniera a hacer la limpieza, por aquello de evitar contagios. El encierro con su marido es peor que el COVID-19. Jimena se siente atrapada, tiene miedo de morir.

Carmelita vive atrás del Ajuzco. A pesar de que Jimena la corrió sin ningún pago, por suerte le queda la chamba en un puesto de quesadillas cerca de Santa Fe, bueno, hasta que con esto de la contingencia lo cierren. Cruzar la ciudad le lleva unas tres horas. Ahora menos. Todos los días se pone su mascarilla para entrar al metro, muchos no lo hacen. Lo último que le dijo Jimena es que se quedara en su casa para no contagiarse. Pero, ¿qué hace si no tiene más que el dinero que gana a diario para alimentar a sus tres hijos? Así que todos los días sale y los deja encargados con la vecina. Sabe que se arriesga pero, ¿cómo detenerse a pensar en el miedo a morir? El otro día se quedó atrapada en el metro, sin luz, sintió que le faltaba el aire.

Cada quien su propia disyuntiva, unos por ganarse la vida otros por no arriesgarse. Unos saben que, si no se lanzan al mundo, están en peligro de morir. Los otros tratan de sostener sus privilegios hasta que la muerte los alcance. La Montaña Mágica y Ébola 76 describen las condiciones extremas frente a la muerte. En la práctica, son dos pulsiones, una el miedo a morir, la otra la necesidad de vivir. En el caso de Carmelita y Jimena, las condicones económicas deciden por ellas. Una tiene recursos para el confinamiento, la otra no. Para quienes vivimos una situación intermedia, la naturaleza de cada cual determinará la intensidad de nuestro aislamiento. Tengo una vecina que, para tirar la basura a cinco metros de su puerta, se disfraza de astronauta a pesar de que no va a interactuar con nadie. En contraste, a través de mi ventana cuatro jóvenes platican animadamente mientras comparten un churro. Existen mil y una formas de estar atrapado, ¿cuál es la tuya?

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