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Jorge Alberto Gudiño Hernández

11/02/2024 - 12:01 am

Los tacos de mi hermano

Resulta un tanto ridículo que en un país como el nuestro los productos y servicios sean más caros que en Canadá. Sobre todo, porque estamos lejos, muy lejos, de la seguridad social que se proporciona allá.

“Y es probable que, cuando bajen del avión, intenten ir por tacos o comer toda esa comida que extrañan”. Foto: Crisanta Espinosa, Cuartoscuro

Mi hermano migró hace dos años a Canadá. Iban él y su esposa embarazada. Mi sobrino nació allá y han aprendido a vivir con el clima extremo, la falta de familia y los trabajos eventuales. Ahora ya han comenzado a estabilizarse. Hace un par de semanas vinieron a México por primera vez.

Haciendo uso del más común de los lugares, en cuanto dejaron las cosas en casa de mi madre, fueron a comer tacos. Una de las taquerías de siempre. Imagino que, desde que planearon el viaje, imaginaron ese banquete consistente en tortillas, carne y salsas. Así que ordenaron lo habitual y, quizá, un poco más, pues los antojos suelen tener una catadura mayor a la de los estómagos. Comieron bien y contentos. Hasta que llegó la cuenta.

La sorpresa fue mayúscula, pues comer tacos siempre había sido una opción, si no barata, accesible. Los sorprendió la cuenta. Era bastante elevada. La experiencia se repitió en varias reuniones con sus amigos y la familia. En cuanto llegaba la cuenta, algo les parecía que estaba mal. Los precios resultaban exagerados, incluso considerando que ellos ya ganaban en dólares canadienses.

No exageran al decir que, en algunos casos, las cuentas eran de casi el doble de lo que recordaban. Algo similar ocurrió en el súper, a donde fueron a surtirse de pañales y nuevos antojos. Caro, todo estaba muy caro. No podían comparar el costo de los pañales con el de hace dos años, pues aún no había nacido mi sobrino. Sin embargo, sí podían compararlo con el costo de los mismos en Canadá. Todo está caro, muy caro.

Tal vez el impacto para ellos es mayor que para todos nosotros. Al menos en términos de percepción. Incluso el esquite de la esquina cuesta el doble o más de lo que costaba cuando se fueron. Sabemos bien que la inflación ha sido constante, pero ese 7 por ciento anual no correspondía con sus recuerdos. Si los que vivimos aquí nos quejamos, para ellos resultaba escandaloso. Sobre todo, porque comparaban con lo que podían obtener allá, a cuatro o cinco mil kilómetros de distancia, donde los salarios son mayores, donde los precios no parecen seguir las reglas del abuso. Y sí, a nosotros la vida nos parece que se ha encarecido, pero vamos aceptando los costos porque no se puede hacer mucho al respecto.

Esos dos años de ausencia golpean en las comparaciones. No es el precio que sube cada semana sino el acumulado. El ejercicio fue claro: recordaban sus sueldos cuando se fueron, también el costo de la renta que pagaban. Ahora les alcanzaría para mucho menos aun con los aumentos anuales.

Prometen volver pronto, con una mayor frecuencia. No quieren dejar pasar otros dos años; quizá sólo uno, venir anualmente. Y es probable que, cuando bajen del avión, intenten ir por tacos o comer toda esa comida que extrañan. Sin embargo, ahora están ciertos de que, cuando vuelvan, los precios habrán subido aún más, más de lo que dice la inflación.

Resulta un tanto ridículo que en un país como el nuestro los productos y servicios sean más caros que en Canadá. Sobre todo, porque estamos lejos, muy lejos, de la seguridad social que se proporciona allá. Ojalá, al menos, haya disfrutado mucho satisfaciendo sus antojos.

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Jorge Alberto Gudiño Hernández es escritor. Recientemente ha publicado la serie policiaca del excomandante Zuzunaga: “Tus dos muertos”, “Siete son tus razones” y “La velocidad de tu sombra”. Estas novelas se suman a “Los trenes nunca van hacia el este”, “Con amor, tu hija”, “Instrucciones para mudar un pueblo” y “Justo después del miedo”.
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