Después de todo, los museos, esos viejos enormes y aburridos edificios, son nuestros mejores amigos. Foto: British Museum.

Este texto es parte de una conferencia que impartí en el Instituto La Paz. Cómo motivar el entusiasmo a los niños y jóvenes por los museos, fue el motivo de esta reflexión.

Suelen ser los espacios más aburridos del mundo, parecen cementerios. Retacados de viejos armatrostes, nos obligan a permanecer en silencio. Para colmo, al lado de las obras nos zampan no sé cuántos rollos que, si no leemos, no entendemos nada. Cada año ante la euforia de construcción de los centros comerciales, los museos pierden visitantes. Y es que un mall, como lo llamamos, es un monumento de consumo concentrado: comprar, comer, ir al cine, pasear, todo puede ocurrir ahí dentro. Para el consumidor adicto, el compromiso que implica un museo es cada vez menos atractivo.

Sin embargo, bien mirado, los museos no son ese espacio aburrido y anquilosado que aparentan. Al contrario, a través de sus pasillos, en cada sala, en sus muros cuelga lo mejor del ser humano. El arte es la expresión que nos ha acompañado siempre y nos ha permitido luchar contra las peores adversidades; es también nuestra voz de protesta, lo que nos permite mostrar emociones, sentimientos y transmitir el gozo que experimentamos en ciertos momentos que solo son nuestros. Es el espacio que abriga el alma de muchos creadores que ya no están aquí, pero que siguen vivos a través de sus obras.

Si logramos entender que un museo es un espacio vivo en el que las obras están llenas de vida y están cargadas de significados, es muy probable que nos volvamos adictos a ellos y en nuestra próxima visita los incluyamos como parte de nuestra diversión. Porque, por increíble que parezca, los museos también son sitios muy divertidos. No es lo mismo aprender en la televisión o en una clase que lanzarnos a vivir la experiencia que habita dentro de ellos.

En la escuela aprendimos que los primeros museos surgieron en Grecia, que eran una especie de templos llamados tresorum, en los que se guardaban las ofrendas dedicadas a los dioses y los objetos ganados en las guerras; que más adelante, los romanos se encargaron de aquilatar esos objetos y retacar sus mansiones, convirtiéndose en verdaderos coleccionistas. Sabemos también que la Edad Media volvió centros de tesoros invaluables a los monasterios. Que durante el Renacimiento comenzó a utilizarse la palaba “museo” para designar a las galerías de los castillos con grandes muros en los que se podían colgar las alegorías y las hazañas de los grandes señores creadas por los artistas. Por esta razón es común concebir un museo como un espacio aislado y solemne.

Pero una revisión más profunda nos mostrará que su existencia puede remontarse a miles de años atrás. Probablemente haya sido desde que el ser humano cobró consciencia de su identidad; empezó a observarlo todo y se dio cuenta de que debía cubrir una serie de necesidades. Los primeros pasos fueron, además de alimentarse, protegerse de sus depredadores y resguardarse de la inclemente naturaleza. Por esta razón penetró en las cuevas. Ahí encontró un espacio que le permitió atesorar sus objetos (los primeros utensilios construidos precariamente y los restos de animales, carne para alimentarse, huesos que volvió herramientas, pieles con las que se vistió). Al hacerlos suyos y marcarlos con su impronta, había logrado diferenciarlos. Con esos mismos objetos y sin aún poder nombrar lo que sentía, plasmó sus miedos y sus alegrías en los muros usando la sangre de los animales mezclada con arena. Poco a poco todos los demás ansiaron “esos” objetos y esas cuevas y aquel hombre ancestral tuvo que proteger lo que consideraba suyo y de nadie más.

Luchando por apropiarse los objetos, la historia transcurrió. Los reyes absolutistas y sus imperios acaudalaron todo lo que encontraban a su paso y lo depositaron en sus castillos o palacios. Para el periodo neoclásico, que se ligó con las revoluciones antimonárquicas, las grandes colecciones privadas se expropiaron y dieron lugar a los espacios públicos que hoy conocemos como museos. Lo mejor de estas colecciones fueron los Gabinetes de las Curiosidades, espacios a capricho en los que se podía encontrar de todo. Los exploradores y viajeros por el mundo eran los encargados de importar las más bellas y extrañas piezas para su señor: fósiles, animales exóticos, plantas y minerales misteriosos, antigüedades de culturas ancestrales, todo podía caber en esos, extravagantes espacios. Quien los poseía se consideraba un ser único cuya capacidad de adquirir era ilimitada. Toda esta colección privé pasó a formar parte de los museos públicos.

La gran apoteosis de estos sitios se dio cuando las potencias saquearon el patrimonio de otras tierras y decidieron exhibirlos para ostentar su poder. Si no, ¿por qué los frisos del Partenón se encuentran en una de las salas del British Museum?, ¿o la gran puerta de Ishtar y el templo de Pergamo en un museo de Berlín? Lo cierto es que, si no fuera por la intención de exhibir y preservar, hoy muchos de los objetos valiosos de nuestra historia no existirían o estarían encerrados en las casas de rapases compradores.

La historia puede ser contada con un montón de mentiras. Los políticos, en acuerdo con los historiadores, suelen manipular y alterar los acontecimientos a su conveniencia. Es verdad la famosa frase que se atribuye a diversos autores, “la historia la escriben los vencedores”. Prefiero pensar que procede del gran filósofo alemán Walter Benjamin, quien creyó profundamente en la cultura del mundo y sabía que los “datos duros”, muchas veces, mienten. Pero cuando nos encontramos delante de la obra de un artista, lo que se expresa ahí es lo más auténtico y honesto, una mirada que por lo general es aguda y necesaria para todos nosotros. Aún cuando existan muchos artistas que trabajen por encargo, sus obras se han convertido en testimonios enmascarados; parecieran halagar pero en el fondo denuncian. Podemos verlo claramente en los retratos que Goya pintó para la Corte de España. A pesar del oropel que los envuelve, los Borbón lucen sus taras y cretinismos causados por la consagueinidad y la necedad de permanecer como familia reinante.

La próxima vez que pensemos en ir a un centro comercial, cambiemos la mentalidad y vayamos a un museo. Foto: worldartfoundations.com

Delante de muchas imágenes que alabaron a los imperios, surge la obra de uno de los más grandes artistas contemporáneos, Kader Attia. Con una sola de sus obras podemos percibir el horror y la devastación en que los imperios dejaron a sus colonias. El rostro de un nativo ha sido transfigurado con la noción de belleza que posee su propia tribu. A su lado, un soldado francés, exhibe las deformaciones causadas por los gases mostaza y las bombas durante la guerra. Dos estéticas que nos hacen reflexionar sobre la crueldad y el desprecio que sentimos por las culturas que desconocemos y al mismo tiempo la desgracia en la que quedaron condenados los soldados franceses cuando las colonias fueron abandonadas.

La próxima vez que pensemos en ir a un centro comercial, cambiemos la mentalidad y vayamos a un museo. Recordemos que ese sitio es la materialización de muchos siglos de sueños, de viajes, de guerras, de dolor y de alegría. Todos los saqueos, la memoria de la humanidad, las gestas, la vida y la muerte, las penas y la frustración, el gozo de ser humanos, lo ha depositado ahí alguien como nosotros. Cuidemos esa relación con ellos como cuidamos la de un buen amigo, con el que tenemos en común un montón de historias, que sabe nuestros secretos porque nos ha acompañado siempre. Después de todo, los museos, esos viejos enormes y aburridos edificios, son nuestros mejores amigos.