Dentro de unos 10 días, Juan Pablo II será declarado “santo” (canonizado) por la iglesia católica romana. Será un día de gran pesar para muchos que no lo recuerdan como un enmendador de almas, sino como un encubridor de violadores de niños. Apenas el 12 de abril pasado, el actual Papa Francisco, previo a la ceremonia con la que pretenden lavar los pecados del nacido en Polonia, dijo que se sentía obligado (oh, sí, “obligado”) a “pedir perdón personalmente” por los sacerdotes que han abusado de menores; lo dijo el mismo día en el que, en México, el arzobispo de San Luis Potosí reconocía que un cura acusado por cien familias de violar a sus hijos sigue trabajando porque “ya fue juzgado” por El Vaticano; sigue “sacando algunos pendientes” como si no debiera nada.

Qué mundo más podrido, el que vivimos. Activistas y organismos a nivel internacional han demandado a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que detenga cuanto antes el proceso de canonización hasta que no se determine si Karol Józef Wojtyła es o no culpable de encubrimiento. Las familias, los abusados, los demandantes, los activistas, las organizaciones civiles, los testimonios de otros religiosos, la evidencia: todo indica que Juan Pablo II no puede ser nombrado “santo” (una distinción que reciben pocos en un siglo) porque su imagen pública debe ser pasada por los tribunales. Hay miles y miles de vidas destrozadas por su encubrimiento. Miles y miles de almas enviadas a un infierno en la tierra por su negligencia. ¿Santo? Ese hombre, Juan Pablo II, no es ni será un santo nunca; incluso si responde, en muerte, a las atrocidades cometidas por los abusadores que estuvieron bajo su responsabilidad; los títulos no hacen a los santos, no.

“Me siento obligado a responsabilizarme de todo el mal que algunos sacerdotes que han hecho por haber abusado sexualmente de niños”, dijo Francisco en una entrevista con la Radio Vaticana. “La Iglesia está al tanto de este daño; es personal, un daño moral llevado a cabo por hombres de la Iglesia, y no daremos un paso atrás respecto a cómo lidiaremos con este problema y las sanciones que deben imponerse”.

¿No daremos un paso atrás? ¿En serio? Cuántas mentiras. Francisco, como mintió Juan Pablo II. ¿Por qué no dejan de encubrir y empiezan por poner en manos de la justicia a Eduardo Córdova Bautista, sobre quien pesa el haber abusado de al menos 100 niños? ¿Por qué no dejan de interferir en las investigaciones que se llevan en todos los países en contra de cientos de sacerdotes que abusaron de niños?

La evidencia indica que las máximas autoridades religiosas y civiles en México quisieron ocultar la intensa actividad sexual de Marcial Maciel, por ejemplo, con niños y jóvenes. Hubo presiones de la Arquidiócesis para frenar las primeras denuncias en los medios, y hubo presiones desde Los Pinos, con Vicente Fox y Martha Sahagún en la Presidencia. Varios periodistas lo documentaron en su tiempo. No se puede andar por allí, sin cómplices, fundando imperios, violando menores de edad y estirando la mano a las viudas ignorantes para pagar una vida de privilegios. No se puede llevar una vida doble sin aliados: ¿cómo fundar un imperio de engaños, hacerlo crecer y conducirlo durante años sin una red de protección? Maciel la tenía, en las más altas esferas de poder. Por eso extendió su red de pederastia por todo el país y en el extranjero; por eso, con Cristo y la virgen María en la boca, saqueó ancianas de sus fortunas y usó dinero para su harem de niños (dicho sea con todo respeto para las víctimas).

La semana pasada, el arzobispo de San Luis Potosí, Carlos Cabrero Romero, le confesó al periodista Leonardo Vázquez que Eduardo Córdova Bautista, cura de oficio, fue juzgado “por El Vaticano” hace diez años, pero la institución religiosa “no instruyó removerlo”. A este tipo se le acusa de ser responsable de al menos un centenar de casos de pederastia; de acuerdo con los testimonios, este sacerdote ¡tiene 30 años violando niños! ¡Más de cien casos DENUNCIADOS de abuso sexual! Pues bien, “El Vaticano dictó una sentencia” e imaginen la sentencia: no incluyó la orden de que se retirara del servicio religioso a Eduardo Córdova. El año pasado, supuestamente fue “destituido de su cargo” –aunque sigue llevando varios asuntos, según el arzobispo–. ¿Y saben cuál era su cargo? Representante jurídico de la arquidiócesis. ¡Representante jurídico! ¿Pues qué somos idiotas, o qué? ¡Lo tenían en un puesto para que pudiera defenderse y pudiera defender el nido de pederastas! Además, este hombre podía seguir oficiando; con esa misma mano con la que abusaba de menores de edad repartía ostias, o como se llamen esas cosas. Imagínense. Penosísimo el caso pero, sobre todo, que actitud más perversa y criminal la de la iglesia católica. Qué manera de verle la cara a la feligresía.

Un imperio tan corrupto e impune merece ser demolido, piedra sobre piedra; desde sus cimientos. Pero no: parece que ese nido de impunidad se mantendrá otros mil años. Cuiden a sus hijos porque toda la evidencia indica que la iglesia está decidida a sostener a sus violadores hasta el final; cuiden a sus hijos porque hay pederastas para rato. De hecho, para confirmarlo, está por develar con letras de oro el homenaje a uno de sus encubridores. Está por canonizar a Juan Pablo II.

Millones de personas han pagado con su dinero el mantenimiento de esta cueva de abusadores. Millones de familias han pagado cientos y cientos de años el mantenimiento de una cúpula religiosa podrida: ¿Imaginan la cantidad de atropellos que han pasado inadvertidos desde su fundación?

Bien harían los feligreses en empezar su protesta callada: comiencen por no pagar el salario de pederastas; no den un centavo más a la iglesia católica. No más limosnas. No más. Sobran los pobres: allí están los que verdaderamente necesitan de todos nosotros.