Diana tenía 11 años cuando fue asesinada a puñaladas en Monclova, Coahuila, por su novio, otro niño de 13 años, quien quedó libre, pero a petición de sus padres fue enviado al centro de salud mental. El problema ahora es salvaguardar la vida de la familia por las amenazas de gente ajena al caso que está dispuesta a lastimarlos por el crimen que cometió el menor: un grupo de personas han amenazado a la madre con matarla y “echarla al río” por haber criado a un delincuente.

Diana tenía 11 años cuando le fue arrebatada la vida. Imagen: Vanguardia

Diana tenía 11 años cuando le fue arrebatada la vida. Imagen: Vanguardia

Texto y Fotos: Nadia Betancourt. Edición: Kowanin Silva. Diseño: Edgar de la Garza

Ciudad de México, 15 de mayo (SinEmbargo/Vanguardia).– Parecía una tarde cualquiera en la colonia Lucrecia Solano, había sol y niños jugando entre calles de piedra y tierra. Javier estaba sentado bajo la sombra un árbol, tranquilo, sonriente, con la ropa limpia, entusiasmado por reparar su bicicleta. Nadie sospechó que momentos antes había matado a su ex novia de 11 años de 30 puñaladas.

Ese jueves 21 de abril a las 17:00 horas, la señora “Mely” salió a la calle, vio al joven de 13 años frente a su casa batallando con una llanta ponchada y aprovechó para preguntarle si le gustaría acompañarla al templo.

“Sí está bien, ahorita la acompaño”, respondió Javier Olaguer ‘sin dejar de hacer lo que estaba haciendo’. Siempre le decía que sí a la vecina pero nunca iba.

Minutos después terminó de reparar su bicicleta, se subió y empezó a pedalear hasta la esquina de su casa cuando se topó con una patrulla de Seguridad Pública de Monclova. Lo estaban buscando.

Un policía que iba a bordo de la unidad -sin imaginar que lo tenía frente a él- le preguntó que si conocía al muchacho apodado el “Demonio” y trató de averiguar su dirección.

Con un pie sobre el piso y el otro en el pedal, Javier contestó rápido y sin titubeos que no, que no había escuchado de él; luego se alejó.

Pese al intento de ocultar su identidad, uno de los tantos niños de entre 5 y 10 años que a esa hora jugaban en la calle lo delató. Le dijo a los elementos que el “Demonio” era justamente el muchacho de la bicicleta blanca que habían interrogado. Fue así como lo atraparon.

Los policías lo alcanzaron, lo bajaron de la bicicleta, lo esposaron y lo subieron a la unidad.

“Vimos muchas patrullas, la autoridad llegó a la casa de Javier, su mamá también iba llegando en ese momento y le pidieron que los dejara entrar porque sino iba a ser peor, que se iba a meter en problemas”, comentaron las vecinas de la Lucrecia Solano.

Relatan que la señora Alicia Hernández, sin tener idea de lo ocurría, los dejó pasar para que buscaran alguna evidencia relacionada con la muerte de una pequeña: ropa con sangre o el arma homicida.

Dicen que no encontraron nada porque Javier tuvo tiempo para deshacerse de las pruebas que lo incriminaban antes de sentarse bajo la sombra de un árbol a reparar su bicicleta.

La señora lloraba mientras trataba de asimilar que su hijo, el mayor, era el principal sospechoso del homicidio de una niña que ni conocía, que nunca había oído hablar de ella.

Esa tarde Alicia estuvo en la Casa Meced, justamente fue a preguntarle a las maestras si Javier acudía regularmente a clases o si “le estaba viendo la cara” -platican las vecinas- pues lo habían inscrito en la escuela abierta para que finalmente terminara sus estudios porque lo corrieron de dos escuelas.

Sabía que a su hijo no le gustaba estudiar, que era un muchacho rebelde, que discutía con él, pero nunca tuvo el presentimiento que su alma de casi niño se desvanecería en alguna parte, en un momento, para dar lugar al horror más insidioso que pudiera imaginar.

Javier, aunque tenía su ropa limpia, ya había confesado.

El último adiós a Diana. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

El último adiós a Diana. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

LA NIÑA

A Javier Olaguer lo acusaron de matar a Diana Lizeth, su ex novia de 11 años de edad que vivía con su madre Blanca Estrada y su padrastro, en la colonia Guerrero, muy cerca de la Lucrecia Solano.

Diana era una mujercita morena, delgada, de nariz prominente, cabello negro, grueso y largo y ojos un tanto tristes que contrastaban con su sonrisa perfecta. Estudiaba el quinto grado de primaria en la escuela Manuel Acuña, a un par de cuadras de su casa.

“Era una niña muy tranquila, muy seria, tenía pocas amigas”, describió así a la pequeña el director Arturo Fuentes Hernández.

No tenía problemas con su comportamiento pero se le dificultaba encajar en el salón, no era la mejor de su clase pero se esforzaba como cualquiera de sus compañeros por obtener mejores calificaciones.

A su corta edad era muy “noviera”, prefería pasar su tiempo con los chicos y no con las niñas del salón, con ellas siempre discutía porque era víctima de bullying, se burlaban de su nariz.

Pasó los últimos meses de su vida deprimida y enfrentando problemas emocionales. Estaba enamorada de un joven menor de edad y describía muy bien sus sentimientos a través de su cuenta personal de Facebook.

“Estoy triste porque mi novio se enojó y no me quiere hablar porque su hermano y él se pelearon, simplemente se pelearon y defendí a su hermano, ahora está enojado y no me quiere hablar”, fue el último mensaje que escribió el 23 de marzo.

A esta publicación su madre Blanca Estrada respondió: “¿Novio? primero aprende a escribir bien tu nombre, ponte a estudiar, no eches a perder tu vida, no quieras caminar cuando todavía no sabes ni gatear”. Su hermana mayor Paloma también le aconsejó: “Sí Diana primero es el estudio, yo me he equivocado mucho, por favor no sigas mis pasos ni de nadie, sé mejor que yo, sabes que te quiero hermanita”.

Pero Diana no las escuchó. Continuó alimentando sus sentimientos para reforzar lazos con la persona que creía era el amor de su vida. Trataba de destacar, de mantener a un “huerco” a su lado, como casi todos, deseaba querer y sentirse querida.

La pequeña pasaba mucho tiempo sola, salía de la escuela y caminaba hasta su casa a esperar a su madre, quien trabaja en una tienda de autoservicio “Oxxo” que se encuentra en el centro de la ciudad.

Además de su soledad y las malas compañías, porque se juntaba con muchachos de mala reputación, sentía que era una niña fea y continuamente expresaba que estaba harta por distintas situaciones que se presentaban en su vida.

Pero ese jueves 21 de abril parecía una tarde normal en la colonia Guerrero. Nadie presintió que un crimen por celos fuera cometido a plena luz del día en la casita humilde de la esquina, la que está sin pintar, con las puertas cayéndose de viejas en las calles 39 con 4.

Blanca Estrada terminó su turno y llegó a su casa después de las 16:00 horas. Abrió la puerta principal y lo primero que sus ojos alcanzaron a ver fue el cuerpo de su hija, boca abajo sobre un charco de sangre.

Tal vez pensó que era una pesadilla y que pronto despertaría en esta realidad, pero no hubo nada más cierto que tocar el cuerpo frío de su pequeña, la sangre, los cortes que tenía en su cuerpo, sobre todo en su cuello y rostro.

Los gritos se escucharon a varias calles a la redonda. Blanca estaba desesperada por regresarle la vida a su hija, por retroceder el tiempo. “Era un llanto que te estremecía, de esos que recordarás siempre”, mencionó un vecino que trató de ayudarla.

Pronto las calles 39 y 4 estaban llenas de gente, de niños y ancianos curiosos que serían testigos de un episodio terrible que marcaría para siempre la colonia Guerrero de Monclova.

La policía llegó y acordonó el lugar con cinta amarilla la escena del crimen. Blanca se sentó en una banqueta afuera de la casa que aún albergaba el cuerpo de su hija y se recargó en la pared. Tapó su rostro con sus manos mientras era consolada por su pareja sentimental y custodiada por un elemento policiaco.

El padre biológico Jesús Ramírez también estaba en el lugar, sostenía una de las cintas amarillas que se interponían entre él y esa casa que sería un testigo silencioso del delito. No habló, sólo observó detrás de la línea de seguridad cómo se iniciaba la investigación policial, la manera en que protegían el lugar de los hechos, el escenario.

Sabía que nada podía hacer, sabía que no volvería a ver a Diana.

El abuelo de Diana pide justicia para su nieta, ya que su crimen quedó impune porque el asesino es menor de edad. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

El abuelo de Diana pide justicia para su nieta, ya que su crimen quedó impune porque el asesino es menor de edad. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

EL DEMONIO

Diez años atrás, en un cuarto de la colonia Lucrecia Solano se ahorcó Juan de Dios Martínez apodado “El Diablo”. Su hermana Mely vendió esa casa y un año más tarde la compró la señora Alicia Hernández, madre de Javier.

“Javier llegó chiquitito, así (trata de mostrar la altura del niño con su mano derecha)”, detalló Mely, “Siempre fue muy amable conmigo como vecina, iba a los mandados y nunca tuvimos quejas de él, por eso cuando me enteré dije ‘no puede ser’, dije entre mí, a lo mejor lo están acusando, pero después su mamá me dijo que él se había declarado culpable”.

Desde pequeño Javier pidió que lo llamaran “El Demonio”, quería que la gente lo identificara con ese seudónimo. “Apoco quieres que te digamos como a mi hermano el que se ahorcó en tu casa”, preguntó Mely, pero el muchacho lo negó.

Fue así como desarrolló dos personalidades: Javier el niño bueno, educado y amable que hacía los mandados a los vecinos y al que su mamá le decía “mi amor”. Es un amante de los animales, tiene en casa cinco perros chihuahueños.

El otro era el Demonio, el niño que empezó a tomar alcohol, a drogarse con resistol y mariguana, el que se juntaba con un amigo apodado “La Bestia”, el que se “volaba” las clases y que peleaba con su madre y padre de crianza.

Alicia Hernández reconocía las diversas personalidades de su hijo y pidió ayuda. En medio de los problemas llamaba a la policía para tratar de asustarlo, mostrarle que sus actos tenían consecuencias.

“La vecina estuvo pidiendo ayuda para que lo detuvieran porque últimamente presentaba agresividad ahí dentro de su casa, quería que lo encerraran pero no se lo podían llevar porque es un muchacho, nunca encontró ayuda y mire a lo que llegó”, cuenta Mely, como tratando de descifrar por qué el cambio de actitud, el motivo que lo empujó a la maldad.

Las señoras que lo vieron bajo el árbol, como siempre batallando con su bicicleta destartalada, tampoco adivinaron lo que acababa de hacer. “Le decimos a su mamá que a Javier no le notamos nada, se miraba igual, bien normal a pesar de lo que dicen que ya había hecho a esas horas, no presentaba nerviosismo ni desesperación, ni angustia, ¿no sentiría el dolor?”.

Cuando los policías lo alcanzaron ese jueves 21 de abril, Javier dijo tener 14 años de edad. Después las autoridades descubrirían que el joven había mentido, que tenía 13 y que estaba a días de festejar su cumpleaños.

Su madre no daba crédito a esa escena que pasó como un rodaje desacelerado de imágenes: patrullas, Javier esposado, policías entrando a su casa y revolviendo ropa, objetos. Tampoco vio en los ojos de su hijo indicios del crimen, pero sí noto que traía ropa limpia, que no era con la que había salido por la mañana.

A casa de Javier han llegado mensajes que amenazan con lincharlo si lo ven. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

A casa de Javier han llegado mensajes que amenazan con lincharlo si lo ven. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

EL JUICIO

Las autoridades de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) de la Región Centro trataron de mantener reservada la información del caso por estar involucrados dos menores de edad.

Pero en una entrevista, la señora Blanca Estrada detalló que su hija recibió más de 30 puñaladas en el cuerpo y que la mayoría de los cortes lo recibió a la altura del cuello. Por ello convocó a la comunidad de Monclova a realizar una protesta en el primer cuadro de la ciudad, la cual se llevó a cabo el domingo 24 de abril, justo cuando se realizaba la audiencia inicial por el homicidio de Diana en el Centro de Justicia Penal de Frontera.

La maratónica audiencia que inició a las 11:00 y terminó después de las 17:00 horas en la Sala 1 fue presidida por el juez especializado en materia de adolescentes, Homero Salinas.

El abogado Santos Vázquez, ex delegado de la PGJE en la Región Centro, declaró que el muchacho por tener 13 años sí puede ser juzgado pero no internado en un centro de reclusión para adolescentes.

La Ley del Sistema Integral de Justicia para los Adolescentes del Estado de Coahuila señala en el artículo 125 fracción VIII de las Medidas Cautelares: “La detención preventiva, si la conducta de que se trate admite la internación de conformidad con esta ley y el adolescente es mayor de catorce años de edad”.

Por su parte, uno de los licenciados que ha estado al pendiente del caso, Gilberto Lizágarra Castillo, indicó que el artículo 172 del Tratamiento de Internación Definitiva habla de la internación que consiste en la privación de la libertad, que se debe cumplir exclusivamente en los Centros de Internación de los que podrán salir los adolescentes sólo mediante orden escrita de autoridad judicial, salvo casos urgentes a juicio del titular del propio Centro. Esta medida sólo se impone en conductas tipificadas como delitos graves por las leyes penales y en el caso del supuesto previsto en el artículo 167, a quienes tengan o hayan tenido, al momento de realizarlas, una edad de entre catorce años cumplidos y menos de dieciocho años de edad.

La ley favoreció a Javier Olaguer por tener 13 años de edad y quedó libre. No obstante, a petición de sus padres fue enviado al centro de salud mental de Parras de la Fuente, pese a que Alicia Hernández no quería separarse de su hijo sabía que era lo mejor para él y para su familia.

PROTESTA

Justicia para Diana. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

Justicia para Diana. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

Durante la protesta que se llevó a cabo en el centro de la ciudad de Monclova y luego se extendió al Centro de Justicia Penal en Frontera, al menos 100 ciudadanos exigieron a los legisladores endurecer las sanciones para los menores de edad que cometen delitos graves: a los que matan, abusan sexualmente de otros, roban y extorsionan.

Este homicidio puso en tela de juicio el proceso que deben seguir las menores y los factores que influyeron en sus actos.

“Deben castigarlo, si castigan a una persona que se roba un desodorante, una pasta dental, por qué no castigar a una persona que mata a una niña”, mencionaron, “Los diputados son los que deben dar la cara por la comunidad, ver por la justicia”.

Afuera del edificio – donde se llevaba a cabo la audiencia inicial- gritaban: “Justicia, Justicia”, “Este crimen no puede quedar impune”, “Si tocan a una respondemos todas”.

El abuelo de Diana, José Homero Estrada, estuvo apoyando el movimiento y comentó: “Qué pasa si yo le digo a un menor de edad que mate a una persona, pues nada porque ellos no pueden ser encarcelados, por eso tienen que cambiar las leyes”.

Conocía bien a Javier porque lo encontraron en varias ocasiones dentro de la casa de su hija Blanca. Iba a ver a su “disque” novia Diana, comenta el abuelo, pero nunca estuvo de acuerdo con esa relación, eran muy chicos para jugar a las parejas.

Al término de la audiencia, la señora Blanca envió un mensaje a las personas que integraron la manifestación: “Quiero agradecer a toda la gente que me apoyó, no pude estar presente por que me citaron a una audiencia. Les informo que el ‘Demonio’ sigue detenido, no pueden darle sentencia por su edad, pero tranquilos, se quedó en un buen lugar en un hospital psiquiátrico, yo los mantendré informados mientras avance el proceso”.

Más adelante dijo sentirse decepcionada porque el asesino de su hija no pisará cárcel, “Espero justicia y si no sucede pues está la justicia divina”.

Debajo de este árbol se encontró a Javier "El Demonio" quien se encontraba reparando su bicicleta luego de haber matado a Diana. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

Debajo de este árbol se encontró a Javier “El Demonio” quien se encontraba reparando su bicicleta luego de haber matado a Diana. Foto: Nadia Betancourt, Vanguardia

AMENAZAS

A penas se podían entender las palabras de la mamá de Javier cuando salió de las salas del Centro de Justicia Penal, pero fue muy clara cuando dijo que su vida había cambiado en un segundo.

El problema ahora era salvaguardar la vida de su familia porque las amenazas llegaron como cartas a su buzón de gente extraña, ajena al caso, gente que estaba dispuesta a lastimarlos por el crimen que cometió su hijo.

El temor se apoderó de ella cuando se enteró que un grupo de ciudadanos querían hacer justicia por su propia mano, que “la querían matar y echarla al río” por haber criado a un delincuente.

Estas amenazas circulan en redes sociales, en Facebook sobre todo, la gente comenta que están dispuestos a “linchar” a Javier si se lo topan en la calle, quieren verlo muerto así como las autoridades sacrificaron al perro pitbull que mató a un niño de 5 años el pasado 16 de marzo, en la colonia Oscar Flores Tapia de Monclova.

“Las personas están comparando los casos, como a ese perro lo mataron, también dicen que mi hijo debe morir”.

Alicia Hernández decidió llevarse a su hija menor lejos de casa. Ella sólo regresa por la noche y al día siguiente se va con sus familiares.

Antes se dedicaba a trabajar en una maquiladora, después decidió vender refrescos, agua y fritos en su casa, a los vecinos más que nada para ganarse unos cuentos pesos.

Su “tiendita” ahora está cerrada y lo lamenta su vecina Mely, “Ya no asiste ni nada, cuando está aquí se la pasa llorando, le duele mucho como a todos nosotros porque los queremos mucho”.

Mely cree que el crimen de sangre fue cometido porque el niño de la bicicleta se perdió en la senda del mal, en esa impropia de la infancia y sólo reservada para el mundo adulto.

-¿Alguien le ha preguntado a Javier por qué lo hizo?

-No, sólo dice que lo hizo y se acabó.

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