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Francisco Ortiz Pinchetti

15/09/2017 - 12:03 am

Un festejo distinto

Qué tal si ese gesto de fervor patrio nos da oportunidad para asumirnos realmente como miembros de una comunidad que tiene historia.

Qué tal si ese gesto de fervor patrio nos da oportunidad para asumirnos realmente como miembros de una comunidad que tiene historia. Foto: Luis Alberto Cruz, AP.

Qué tal si emulamos a Ángel Sánchez Santiago,el herrero juchiteco de 59 años de edad que rescató una bandera mexicana entre  las ruinas del palacio municipal de su pueblo istmeño para ponerle un asta improvisada y colocarla mero arriba de la montaña de escombros dejada por el sismo del 7 de septiembre pasado.

Qué tal si, como él, declaramos en serio que lo hacemos sin ningún fin ni interés político, económico o religioso, simplemente porque somos mexicanos y porque amamos a nuestra patria.

Qué tal si ese gesto de fervor patrio nos da oportunidad para asumirnos realmente como miembros de una comunidad que tiene historia, que tiene valores, que tiene riquezas, que tiene futuro y que sin necesidad de envolvernos en el lábaro tricolor lo honramos de a de veras con nuestro comportamiento y nuestro compromiso.

Qué tal si ponemos las cosas al revés y pensamos a México en positivo, y valoramos la encomiable capacidad de su pueblo para superar las adversidades y ponerse de pie una y otra vez frente a las catástrofes naturales, las contingencias económicas o los desatinos políticos, sin escatimas el reconocimiento de hechos positivos que abonan a la credibilidad de los mexicanos como habitantes de un país viable.

Qué tal si ponemos en un cajón por un rato esos conceptos que cotidianamente usamos en el círculo rojo para auto denostarnos, como eso de “Estado fallido”, “hartazgo ciudadano”, “crispación política”, “economía en quiebra” o “retroceso histórico”, y en lugar de solazarnos con las malas noticias, como ahora, festejamos y divulgamos las buenas nuevas.

Qué tal si dejamos de lado la crítica banal e intrascendente, los memes, las bromas y las falsas noticias y asumimos la denuncia responsable de cualquier acto de corrupción y condenamos la impunidad, que es el verdadero cáncer de nuestra sociedad.

Qué tal si por un día, dos, les creemos a las cifras del INEGI y al Coneval que nos indican una leve pero importante disminución de los índices de pobreza en nuestro país y valoramos los avances en materia de creación de nuevos empleos, crecimiento de la inversión extranjera y la repatriación de capitales, ingresos por turismo y exportación de alimentos.

Qué tal si en lugar de lamentarnos por la persistencia de los índices de inseguridad nos esforzamos  por fomentar a nuestros hijos valores y principios que sean la vacuna contra esa calamidad social y asumimos nuestra responsabilidad en la recuperación de la tranquilidad en lugar de permanecer sólo como espectadores aterrados mientras culpamos a los gobernantes.

Qué tal si creemos que, en efecto, México está a punto de dar un salto y convertirse en una potencia emergente, como lo consideran seriamente organismos internacionales que predicen el efecto positivo de las reformas estructurales logradas por el país en los últimos años y que pueden colocarnos pronto en un lugar privilegiado en el concierto mundial.

Qué tal si creemos en nuestra incipiente e imperfecta democracia y aceptamos que a diferencia de otros países aquí se realizan elecciones, se cuentan los votos y se respetan los resultados, independientemente de que a menudo los  gobernantes que escogimos luego nos resulten chafas, incapaces o rateros.

Qué tal si abandonamos nuestra cómoda apatía y en lugar de achacarle al gobierno todos nuestros males nos interesamos en conocer y examinar las propuestas de los diferentes partidos y candidatos y ahora sí participamos con nuestro voto en una decisión que incumbe a todos y que puede significar el cambio que requiere nuestro país.

Qué tal si ponemos nuestra parte en la construcción de un verdadero Estado de Derecho y en lugar de lamentarnos eternamente empezamos por cumplir  a cabalidad las normas más elementales y cotidianas de convivencia, como no tirar basura en la calle, respetar los derechos del vecino, cuidar el espacio público, hacernos cargo de nuestras mascotas, manejar con cortesía, atender a nuestras obligaciones ciudadanas.

Qué tal si dejamos de mentir a las autoridades, transar a los demás, copiar en el examen, hacer trampa para evitar la cola, pagar “brinco” en el verificentro, dar mordida al policía, falsificar documentos, abusar de los débiles, especular con las necesidades de otros, agandallar oportunidades o robar en el súper  y en cambio nos comportamos de manera digna, honesta e íntegra, que sea ejemplo en lugar de ser vergüenza.

Qué tal si, henchidos de patriotismo, le damos sentido a las luchas históricas de nuestro pueblo por la independencia, la soberanía y la democracia en nuestro día a día, con una actitud positiva, creativa, activa, que nos dé confianza en el advenimiento de una nación posible, próspera y justa.

Qué tal si en vez de sumirnos en actitudes pesimistas, rencorosas o catastrofistas y de solazarnos con nuestros propios tropiezos, recuperamos el ánimo, nos enorgullecemos de ser mexicanos, caminamos con la frente en alto y, como don Ángel el de Juchitán, levantamos otra vez nuestra bandera.

Qué tal, en fin, si nuestro fervor patriotero –se vale ponernos un sombrero de charro y un bigote de Zapata, tocar una corneta de cartón, tiramos serpentinas y confeti, cantar La rielera y gritamos todos juntos: ¡Viva México, cabrones!— lo convertimos en una nueva actitud frente al futuro, que implique una toma de conciencia respecto a lo que realmente es ser mexicano. Válgame.

 

@fopinchetti

Francisco Ortiz Pinchetti
Fue reportero de Excélsior. Fundador del semanario Proceso, donde fue reportero, editor de asuntos especiales y codirector. Es director del periódico Libre en el Sur y del sitio www.libreenelsur.mx. Autor de De pueblo en pueblo (Océano, 2000) y coautor de El Fenómeno Fox (Planeta, 2001).

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