La alianza con el PES es meramente electoral y no ideológica. Foto: Cuartoscuro

Esta semana, el virtual candidato presidencial de Morena cometió un grave error de cuyas consecuencias electorales nadie más es responsable. Si bien los ímpetus de autodestrucción de Andrés Manuel López Obrador son de sobra conocidos, esta tendencia casi siempre ha sido capitalizada por sus adversarios a través de la guerra sucia o de las campañas negativas en su contra. Pero la reacción adversa tras el anuncio del maridaje de Morena con el conservador Partido Encuentro Social (PES) en 2018 no es uno de esos casos.

La alianza concretada el pasado miércoles puede ser abordada desde dos vertientes. La primera, aunque reveladora y trascendental, es electoralmente poco significativa: de acuerdo con el periódico Reforma, el PES es un partido estrechamente vinculado a priistas como Miguel Ángel Osorio Chong y a Jesús Murillo Karam; integrantes del PES tienen o tuvieron relaciones profesionales o personales con éstos y otros integrantes del PRI.

Pero, si este fuera el caso, no tendría nada de novedoso que algunos priistas decidieran mudarse a Morena. Tampoco sería noticia que Morena los reciba y los “perdone” sin pagar un costo político significativo por ello. Para muestra basta con recordar que, de cualquier forma, Morena ya iba en alianza con el PT sin mayor problema. Dado el desprestigio de sus contrincantes, y considerando la ventaja que López Obrador le saca a sus adversarios, la alianza con otro partido enano desprestigiado probablemente no sólo (a) no representa mayor problema para Morena, sino que (b) le ha llevado a regentar clientelas, recursos y, en una de esas, hasta a Cuauhtémoc Blanco. Si algo parece haber aprendido AMLO es que el “haiga sido como haiga sido” puede ser electoralmente redituable.

Sin embargo, si la alianza con el PES ha resultado escandalosa es exclusivamente debido a una complicación imprevista: no hay forma en que un partido que se dice progresista pueda matizar su maridaje con otro declaradamente ultraconservador, fundado en bases y preceptos religiosos y naturalmente opuesto a algunas causas más identificadas con la izquierda. Para ser concretos, el PES se proclama, de raíz y por principios, enemigo del matrimonio igualitario y ha sido parte de esfuerzos, como los del FNF y Confamilia, que insistan al odio contra los mexicanos LGTB+, a quienes buscan privar de sus derechos. Apenas en noviembre del año pasado, por citar tan sólo un ejemplo, una Diputada del PES rechazó el matrimonio igualitario al equipararlo con el matrimonio entre un ser humano con “un delfín o con una laptop”.

Dada la magnitud de la explosión adversa generada en Facebook y Twitter, es sensato concluir que Morena no supo medir las repercusiones que generaría una decisión de esta naturaleza. Y es que, a partir de su firma, cientos de usuarios de redes sociales, muchos de ellos simpatizantes de Morena, incluidos activistas, defensores de derechos humanos, o periodistas, han manifestado públicamente su repudio a esta alianza. Probablemente como nunca desde 2006, fieles seguidores de AMLO han comenzado a darle la espalda. La revista Proceso incluso informó de una “rebelión” al interior de Morena, donde un grupo de 60 personas, que encabezan defensores de derechos humanos y de la diversidad han calificado la alianza como “incongruente” y han advertido que ésta “deja ver a amplios sectores de la sociedad que Morena está privilegiando la consecución de votos a costa de sus valores”.

La sangría interna puede ser contenible y limitada. Sin embargo, me parece que la más sensible repercusión de esta decisión no se producirá entre los militantes de Morena, sino entre sus simpatizantes. Por principio de cuentas, al aliarse con un partido de esta naturaleza, López Obrador, de un plumazo, ha dejado en la orfandad política a miles de individuos, empezando por [email protected] [email protected] LGTB+. Algunos activistas de esta comunidad han apoyado a Morena con la esperanza de ser, finalmente, dignamente [email protected] Cito, a manera de ejemplo, un tweet de @Alex_ Orue, director ejecutivo de @ItGetsBetterMx y columnista en el sitio http://soyhomosensual.com :

Pero el golpe moral de esta alianza no sólo ha sido sentido la comunidad LGTB+. La oleada de tweets y mensajes de Facebook recriminando a Morena incluye a muchos otros progresistas que no han dudado en externar que esta ha sido la gota que ha derramado el vaso –un vaso que se ha venido llenando gracias a recientes decisiones de Morena-, y que este partido ha perdido su voto. Esto no significa que necesariamente vayan a votar por el PRI o por el Frente, sólo que no votarán por el partido por el que, hasta antes del miércoles pasado, pensaban hacerlo. Y esto, junto con la inercia que ha generado, podría suficiente para mermar sensiblemente las posibilidades de victoria de Morena.

Sin embargo, no todo está dicho. Todavía faltan más de seis meses para las elecciones. ¿Cómo podría Morena atajar una reacción de esta naturaleza? (1) Una primera opción es desestimándola. Esto es lo que, al menos inicialmente, parece hacer el académico John Ackerman, quien apenas un día después de haber sido severamente criticado por exaltar su fervor guadalupano en Twitter, reaccionó así:

John Ackerman estaría perdiendo de vista que el “problema” no es que en Morena “quepan” lo mismo evangélicos que cristianos; el verdadero problema surge de una combinación entre (a) el hecho de que Morena ha dado cabida, sin mayor explicación, a grupos que han exaltado el odio y la discriminación, y (b) que López Obrador no ha dicho dicho, abierta y públicamente, que como parte de su proyecto protegerá los derechos de los mexicanos LGTB+, incluido el matrimonio. Mientras eso no ocurra, su alianza con los que desprecian y buscan privar a miles de sus derechos tiene que oler muy mal. Y desestimar el problema equivale a hacerlo más grave.

(2) La segunda posibilidad para Morena es argumentar, como algunos de sus militantes lo han hecho, que la alianza con el PES es meramente electoral y no ideológica. Pero este argumento no puede ser convincente por tres motivos: (a) López Obrador ha dicho explícitamente que la alianza con el PES le permitirá a Morena buscar “el bienestar del alma” a través de los valores culturales, morales y espirituales de ese partido. Dado que los “valores” del PES pasan medularmente por su defensa de la familia tradicional, es difícil ver cómo una alianza de esta naturaleza puede no tener un fuerte componente ideológico. Tal parece que Morena ha optado por cambiar al bienestar general del ser humano, entendido como ser físicamente existente, por el cuidado de las “almas”. Pero aun si suponemos por un momento hay “almas” y aceptamos que un partido político debe cuidar su bienestar, si el “alma” se alimenta de los “valores” que el PES promueve, algunos preferimos vivir y morir en un mundo “desalmado”.

Pero (b) aún si aceptamos como buena la premisa de que alianza será meramente electoral, no podemos dejar de ver que una consecuencia inevitable de su existencia es que el PES logrará colocar a sus militantes en posiciones de poder, incluyendo curules en el Congreso. Si la alianza es “meramente electoral”, esto significa que los legisladores del PES podrán votar en su momento contra el matrimonio igualitario o contra otras causas progresistas. ¿Por qué debería un progresista estar conforme con semejante escenario? Además, (c) si queremos un ejemplo de que los aliados ideológicamente indeseables no son insignificantes y pueden representar un peligro real, sólo tenemos que voltear a ver a nuestro vecino del norte. En cualquier caso, el argumento de que los ímpetus reaccionarios del PES serían contenidos no se sostiene.

(3) La tercera posibilidad es que Morena escuche el grito de los progresistas inconformes y que recapacite; es decir, que eche abajo su alianza con el PES. Esta ruptura no estaría exenta de algún costo político, pero con ello Morena regresaría a su barco a muchos de los que desde el pasado miércoles lo han abandonado. Adicionalmente, este partido se mostraría como una fuerza política verdaderamente sensible a las opiniones de sus simpatizantes. Si se impone la cordura, esta tendría que ser la decisión de Morena. De no ser el caso, López Obrador podría estar abriendo el camino hacia su tercera derrota.

Andrés Manuel López Obrador se equivoca si piensa que no habrá platos rotos o que la falta de alternativas llevará a los votantes más jóvenes a seguirlo automáticamente y a pesar de todo. El problema para AMLO es que la elección del próximo año será decidida por los votantes millennials que, más que cualquier otro sector de la población, rechazan los valores tradicionales, y respaldan el matrimonio igualitario y otras causas progresistas. Es decir, justo en la era de Donald Trump y cuando una generación más progresista que cualquiera que hayamos visto en décadas está lista para salir a votar, a Morena se le ha ocurrido incorporar a sus filas a los representantes más radicales del medievo.

Para ser claro, Morena no sería derrotado únicamente debido a los votos que ha perdido esta semana, sino porque, a cambio de estructuras, de recursos o de un genuino interés en cuidar nuestras “almas”, ha renunciado a defender de ideales que decía representar. A este ritmo, en una de esas, Ricardo Anaya, un pragmático radical que desde la derecha ha prometido renta básica universal y no ha dudado en afirmar que tiene como prioridad convencer los votantes millennials, podría terminar por ser percibido como el candidato más progresista en 2018.

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