En cada capítulo, Euphoria es capaz de hacernos vivir la juventud como un infierno tormentoso, sin salida. Foto: HBO.

Hace muchos años que dejé atrás la palabra joven aplicada a mi persona. Vivo en una era en la que la mercadotecnia afirma que ser joven no solo es lo de hoy, si no que además es lo único permitido. Las mil fórmulas para tener la piel lozana, menos arrugas, más boca, mejores dientes, pechos turgentes, más cintura, nalgas paradas, pelo espectacular, uñas increíbles; han llevado a las mujeres de mi edad a verse ridículas y querer conquistar lo imposible: unos años menos a costa de volverse anomalías circulantes. Forever young, les dicen a las mujeres que no se comportan de acuerdo a lo que se entiende por “señora respetable”. Pero lo que no revela la publicidad es que ser joven no solo una apariencia, puede ser algo muy jodido. Sinceramente, me es difícil recordar con gusto una etapa en la que viví malos momentos. A pesar de que como todos los jóvenes me divertí, evadí responsabilidades y experimenté sin parar, también me vi expuesta a muchos peligros: la inseguridad en mi misma, el acoso, el libertinaje, el fracaso sentimental y de mis metas, me causaron muchos y muy malos momentos. Seamos honestos, ser joven es un problema. Es frustrante dejar atrás el pequeño paraíso de la niñez, a pesar de que esta no siempre es fácil, y tener que entrar al mundo intermedio en el que no eres lo suficientemente experimentado para ser adulto, pero ya no puedes hacer niñerías.

Entre tanta basura y lugares comunes para la televisión, acabo de ver en HBO Euphoria, una serie que no puede pasar inadvertida para nosotros los adultos que presumimos ser ejemplo para las nuevas generaciones, pero que no tenemos idea del mundo al que se enfrentan nuestros hijos. En cada capítulo, Euphoria es capaz de hacernos vivir la juventud como un infierno tormentoso, sin salida. Literalmente, te mete en la basura, la hueles y la palpas al mismo tiempo que te lleva a experimentar estados de exaltación que solo se pueden vivir cuando eres joven. Los temas que podrían ser lugares comunes de güeva de cualquier serie para adolescentes, se transforman en espacios de intimidad y de atroz empatía. La adicción de Rue (protagonista de la historia), junto con los problemas de Jules y su indefinición de género, Nat y la exigencia de ser perfecto, McKay y el fracaso, junto con los otros personajes que viven un montón de conflictos, nos afectan, fascinan y espeluznan con la misma intensidad. La obvia inmadurez de esta etapa de la vida se combina con una libertad sexual apabullante, con las más sofisticadas drogas, con la falta de oportunidades, con la incomprensión de los que fueron jóvenes y ahora van de adultos ejemplares, ocultando sus faltas, disfunciones y estupidez y colocándose como referente moral. Ser joven, por definición, supone probar y eso significa estar expuesto a cometer todas las pendejadas posibles sin ser consciente de los límites.

La historia de los entrañables personajes que habitan en Euphoria ocurre en un suburbio de Los Ángeles, pero, ¡ojo!, es también lo que está ocurriendo en México. El que sean gringos no hace que representen a una sociedad muy distinta, los peligros que vive un adolescente son similares en todo el planeta. El acierto de la serie es que se enfoca a una clase media americana, muy parecida a la nuestra, en la que los chicos y chicas viven expuestos todo el tiempo. Cada uno de ellos tendrá que vivir su propia hazaña para salir adelante o hundirse más en un mundo que les fue heredado por las generaciones anteriores.

En el desarrollo de la trama queda claro que la familia como institución está en crisis. Llena de mentiras, de secretos inconfesables, de realidades ocultas que preferimos esconder para “proteger” para “no lastimar”, para no ser criticados ni juzgados por los vecinos, por los padres de familia de la escuela, por los miembros del club. Porque esa es otra calamidad de ser joven, implica querer ser aceptado, anhelar el amor, pertenecer al grupo de los y las exitosos que califican y descalifican a los demás. Las pruebas para ser parte de, y en eso las redes sociales han aumentado la cuota, puede costar desde una falta de respeto hasta entrar en un mundo en el que el sexo, las drogas y el desmadre de una vida vacía son la consecuencia inevitable.

En nuestro país estamos rebasados por la inseguridad, la violencia, la falta de oportunidades. Por un lado, los chicos y chicas de la clase alta viven entre guaruras y autos de lujo que los encierran en una burbuja que parece sana pero que no lo es porque sobreprotege, vulnerando las opciones y ocultando una cantidad enorme de disfunciones. Por otro lado, un joven de la clase media, apenas ha dejado de ser niño cuando ya tiene que hacerse cargo de sí mismo, debe aportar económicamente y, si puede, seguir estudiando. Cada salida a la calle, no solo para las mujeres, para los hombres también, es un trayecto que puede terminar mal. Por cierto, cada 13 de agosto se celebra el día de la juventud, gran ironía; según la ONU la intención es “garantizar una educación de calidad, inclusiva y equitativa, y promover oportunidades de aprendizaje a lo largo de la vida para todos”, “poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo”. Sin importar la época los jóvenes sean artistas, deportistas, talentosos o no, bellos o feos, viven una etapa que es de permanente euforia, de subidas y bajadas. Es también la etapa en la que amamos con pasión, en la que más nos entregamos, en la que soñamos y somos locos; es cuando nos creemos capaces de cualquier cosa por conseguir un permiso para salir, un beso, un amigo, por probar y demostrar que somos lo máximo.

Euphoria es un espejo terrible de nuestra sociedad, penetra en las delgadas capas de la dolorosa transición, indefinición, riesgo de un periodo que difícilmente se puede transitar sin daños mayores y que una vez dejado atrás se vuelve un canto de las sirenas que hipnotiza y, paradójicamente, es recuperada por la memoria -y la publicidad- como el momento más atractivo de la vida. Es también una radiografía que deja en claro que la juventud es mucho más que una apariencia: sin duda, lo mejor y lo peor que nos pudo pasar en la vida.

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