Se necesita ser un verdadero apasionado de un oficio para ejercerlo consistentemente aunque no represente ganancias tangibles. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro

Inicié esta serie de textos en torno a la industria editorial, la escritura y la lectura este año. Como no expliqué gran cosa en la primera entrega, ahora lo hago. Tengo la intención de orientar más mis colaboraciones a la literatura. Para ello, partiré de diversas ópticas. A veces hablaré de un solo libro, otras de fenómenos literarios que pueden ser abarcados en diferentes temáticas, unas más, de reflexiones en torno a lo literario desde diferentes perspectivas. Es en este último compartimento donde tienen cabida los Apuntes literarios.

En la entrega anterior, planteé un panorama sintético de la industria editorial. Varias veces me topé con la idea del autor profesional. He seguido dándole vueltas con el fin de concretar una idea basada en la sospecha de que, hoy en día, la industria editorial está plagada de autores que, en realidad, no son profesionales. Al contrario, se aprovechan de su fama en otros contextos para publicar libros que, a la larga, resultan mucho más rentables y exitosos que los de un autor profesional.

¿Qué es, entonces, un autor profesional? Para dar algo aproximado a una respuesta, aclaro que no busco romantizar el oficio. Es decir, no invocaré a ciertas imágenes que nos conducen al autor atormentado que busca exorcizar sus propios demonios a partir de la escritura y del alcohol, por supuesto. Busco, entonces, una aproximación mucho más contemporánea de la profesionalización de un oficio del que se reniega tanto como se procura.

Es una percepción generalizada que la diferencia entre un profesional y quien no lo es radica en que el primero cobra por su trabajo mientras que el segundo no. Sospecho que esta distinción es producto del deporte, donde lo amateur y lo profesional se diferencian por el tamaño de los cheques que reciben unos y otros. Aunque es un buen punto de partida, de poco sirve a la hora de detectar invasores dentro de la industria. Básicamente, porque los ingresos promedio de los escritores literarios comunes (no pensemos en bestsellers, por favor) son relativamente bajos (también hablaré de ello en otra entrega) y, en algunos casos, bien podrían ser nulos. Si se establece una relación entre el tiempo que toma escribir determinado libro y la remuneración que este trabajo genera, se puede llegar a conclusiones por demás deprimentes. Además, muchos de estos autores que aprovecharon su éxito como actores, influencers, deportistas y demás, cobrarán regalías mucho mayores por las ventas de sus libros que otros autores sin que esto los vuelva más profesionales.

Una segunda aproximación indica que un autor profesional se puede definir como tal cuando es la escritura la labor que realiza primordialmente como actividad productiva. Aquí el problema se relaciona con el del párrafo anterior. Si aceptamos que ser autor no siempre es suficiente para sobrevivir (en la enorme mayoría de los casos no es así), los escritores literarios suelen emplearse en otras actividades. Muchas de ellas relacionadas con la literatura (clases, conferencias, periodismo cultural y demás) pero no siempre sucede de esta forma. Esta diferenciación trae a cuento, además, polémicas como la entrega del Premio Nobel a Aleksievich (de quien se dijo que sus libros son periodismo) o a Dylan (porque aunque sus canciones sean muy buenas las presentaba como un producto diferente al literario).

¿Qué hace entonces a un autor profesional? Supongo (y esto es tan intuitivo como aspiracional) que un trabajo consistente en el campo de la escritura. Incluso, pese a los fracasos y al pésimo negocio que puede representar. Se necesita ser un verdadero apasionado de un oficio para ejercerlo consistentemente aunque no represente ganancias tangibles. Y sí, quizá lo esté romantizando un poco, pero se me ocurre que un escritor profesional es aquél que, al margen de la enorme fila de entusiastas que quieren una firma en su libro sobre el tema que sea, ya está pensando en su próximo texto. No digo que no desee ganar mucho con ése, pero lo escribiría de cualquier modo aunque no hubiera una beca, regalías exorbitantes o ventas masivas que justificaran el esfuerzo.

Sí, me temo que un escritor profesional es el que, si no vive de eso, vive para eso.