El Presidente Andrés Manuel López Obrador.

“La argumentación presidencial pasó por la misma receta que hemos oído cansadamente en ‘las mañaneras’ diarias desde hace 600 días”. Foto: Presidencia, Cuartoscuro

López Obrador ha resucitado, en la práctica, la frase de Reyes Heroles de que “la forma es fondo”.

En dos años de Gobierno ha hilado diariamente para reconstruir la arquitectura de un poder presidencial concentrado en una sola figura en donde convergen todos los símbolos.

Apenas hace unos 25 años esos símbolos, impuestos por el modelo presidencialista del PRI, habían comenzado a cambiar. El fortalecimiento de las fuerzas democráticas hacía obligatorio la adecuación de rituales desde el poder, y apuntaban hacia la irrelevancia de las formas, siempre y cuando el fondo fueran los buenos resultados.

En la presente administración, al igual que antaño, los resultados no se miden por métricas, sino por la demagogia de un líder que ha logrado posicionar exitosamente en las mentes de los ciudadanos la irrelevancia de los hechos y la relevancia de las promesas.

Vivimos en una confrontación permanente con el pasado que ha nublado la posibilidad de acceder al futuro que se ha vuelto un espejismo muy borroso a los ojos de muchos. Pareciera que no saldremos de esa lógica hasta que subsanemos el pasado, o al menos, hasta que el líder de este movimiento revisionista haga las paces con esos años.

Por eso en el Segundo Informe de Gobierno vimos pocas cifras y mucha grandilocuencia, muchas pausas, y resultados que, si no estaban cifrados, parecen vagos o pocos.

La narrativa ha consumido mucho tiempo, y está consumiendo las posibilidades reales de hacer la historia que se prometió en campaña. Se está perdiendo la energía social que vigorizó un movimiento de transformación a favor del cambio de prácticas, pero sobre todo del rescate de todos.

Porque si algo se hizo bien en la campaña presidencial de Morena en 2018 fue plantear con claridad el México dispar en que vivimos. El mismo México que creó un modelo de diferencias sociales que incentivó el colonialismo y que se ha consolidado con los años.

Pero de ese avance y de un reporte extenuante sobre los resultados de las políticas públicas para reducir la brecha de desigualdad en nuestro país escuchamos menos que nada el pasado 1 de septiembre.

La argumentación presidencial pasó por la misma receta que hemos oído cansadamente en “las mañaneras” diarias desde hace 600 días.

Habló de un México mágico que no se palpa, que no se siente. Dijo que en su México habían desaparecido las masacres y, más pronto que tarde, Adrián Le Barón respondió con una interrogante del tamaño de todo el reporte presidencial.

Habló de que se acabó la corrupción, pero el 43 por ciento de los entrevistados apenas en marzo pasado por Reforma-MCCI consideran que ésta va en aumento.

Expresó que el coronavirus ha dejado penurias y dolor, pero que ha fortalecido el amor entre las familias mexicanas. Que si bien hemos perdido a personal médico en el combate a la pandemia la fraternidad del pueblo mexicano se ha consolidado.

Y así creó un continuo de alegorías sobre el crecimiento de un espíritu mexicano como nunca antes. Habló de solidaridad, de humanismo, de nuestra bella nación. Toda una biblioteca de atributos poco cuantificables. Pocas cifras sobre los ciudadanos que hoy viven mejor como resultado de sus estrategias de mejora.

Aplaudimos la excelente retórica, no excusamos la falta de un reporte claro, oportuno, conciso y exhaustivo, sobre los resultados generados por la presente administración.

En el fondo, no hubo fondo. Sólo forma.