En una República bananera que se acusaba de ser de primer mundo, un nutrido grupo de votantes había decidido contra el sentido común votar por un chivo. Por supuesto que los más entendidos en el asunto habían predicho que no era asunto menor, este el de decidir que fuese un animal el que gobernase los destinos de la nación, tan rica en recursos como generosa con sus ladrones.

Por supuesto que el Partido de los ladrones había convencido a los habitantes de la bananera República que las cualidades del chivo eran únicas a la hora de gobernar, por lo que desarrollaron una campaña en la cual todos los defectos del chivo serían minimizados.

Los berridos del chivo solo eran emitidos en ambientes controlados y diseñados por un publicista que se había hecho cargo de los destinos del chivo desde que este era solo un chivito.

Todos aplaudían sus berridos y hasta sobraban los periodistas que explicaban el sentido de estos. Mire usted, decían, cuando dice ¡beeee!, significa que de ahora en adelante, los destinos de la república serán gloriosos. Por supuesto que gracias a la traducción simultánea de la televisión, los berridos sonaban a: no subiré los impuestos, tu familia vivirá mejor y un largo rosario de promesas fantásticas.

Hubo un excelente control de daños cuando en una Feria del libro se comió los libros en vez de presentarlos.

En las ferias del voto, el Partido de los ladrones lo paseaba atado de una cuerda y le permitían al público acariciarle los cuernos. ¡Que cuernos más bonitos! Decían, ¡para ser chivo no huele como tal! Luego lo subían al estrado y la gente acarreada aplaudía a rabiar después de cada ¡beeeeeeee!

Después de las votaciones y gracias a la compra masiva de votos, el chivo se erguiría triunfante, la maquinaria electoral del Partido de los ladrones había prevalecido. Las protestas pronto fueron acalladas. El público de la República bananera tenía cosas más importantes que pensar.

Los primeros meses del chivo en el gobierno fueron excelentes. Pudo con sus berridos, hacer un pacto que permitiría al Partido de los ladrones, en contubernio con los otros partidos, ampliar sus atribuciones para robar.

Pero el chivo tenía un problema. El palacio en el que vivía era de cristal. Al principio, el partido de los ladrones le puso esponjas en las patas y en los cuernos. El mundo miraba maravillado al chivo que caminaba por un palacio totalmente de cristal sin quebrar nada, por lo que sus cercanos colaboradores decidieron que no era bueno para su imagen que el chivo usara esponjas.

Pero un chivo es fiel a su naturaleza. Si tiene cuernos, hace ¡beeeeee! Y tira topes, es en definitiva un chivo. Pronto empezó a arremeter contra todo lo que había en el palacio. No había cosa que no quebrara. Los sonidos de los cristales rotos llegaban hasta el exterior. Su equipo de trabajo decía que había una conspiración para acusar al chivo de todo lo que rompía, pero el chivo no era un ser inteligente, ¡era un chivo! No se podía esperar que actuara de manera diferente.

En las giras por el país arremetía contra todo lo que pareciese cristal. Vitrinas, los frentes de los negocios, hasta los lentes de sus invitados eran suficiente motivo para que se aventara un tope.

La economía se desplomaba, la criminalidad se disparaba y el chivo solo decía ¡beeeee! Aquellos que acusaban al chivo de solo decir ¡beeeeee!, eran descalificados de manera inmediata, acusados de ser conspiradores para que a la Patria le fuera mal, mientras los que se desgarraban las vestiduras compraban casas nuevas y sacaban el dinero del país.

Pero mientras la gente pensase que un chivo pudiese gobernar los destinos de un país, no había lucha. Los otros partidos habían entendido también y se aprestaban a buscar en el zoológico algún animal que fuese atractivo.

Y la gente decepcionada decía que cualquier animal por el que votaran sería igual. Después de todo, el Partido de los ladrones y los otros partidos habían cambiado la Constitución para que solo animales gobernaran.

No entendían que no había necesidad de un animal en el gobierno. El chivo podría terminar su periodo sin consecuencias, y el Partido de los ladrones y los otros partidos creían que ese era el camino. Después de todo vivían en una República bananera. Y a la mayoría de la gente le importaba un carajo su destino. Mientras tuviesen  entretenimiento, y el chivo les daba bastante.