“¿Qué hacemos ante el aterrador nivel de violencia hacia las mujeres que estamos viviendo?”. Foto: Cuartoscuro

1.

Dicen que son diez cada día.

Diez mujeres.

Asesinadas.

(Descuartizadas. Desolladas.)

Las que se pueden contar en este México nuestro.

¿Cuántas que no sabemos, que nadie denuncia, que no se conocen, que han perdido nombre y apellido?

¿Cuántas que dejaron a sus hijos o a sus padres en algún pueblo de Honduras, de Guatemala, de Oaxaca?

¿Cuántas que caminaban por Tláhuac, o por Ecatepec?

¿Cuántas que reían con amigas en Veracruz?

“Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía”, seguimos cantando las mujeres de todo el mundo.

“Canten, canten, pichoncitas, hasta la próxima zanja con sus restos.”

“No sean exageradas”, dicen. “Respeten las paredes y las puertas”, reclaman.

“¿Cómo se atreven a pintarlas?”

“¿Cómo se atreven a estar tan enojadas? ¿A gritar? ¿A exigir?”

“Calladitas se ven más bonitas. ¿Lo han olvidado?”

No. “Olvidar” es una palabra que no conocemos. No olvidamos:

Ni al hombre que nos siguió una noche.

Ni al vecino mano larga.

Ni al chavo del camión que nos arrinconaba.

Ni al que violó a la niña de primer grado.

Ni al que manoseaba a la enferma.

Ni al que disparó porque sí.

Dicen que son diez.

Pero no cuentan a las que viven la pesadilla cada día.

Los golpes. Las ofensas. Los insultos.

“Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía”.

Fátima, 7 años.

Ingrid, 24.

Y otras diez.

Y otras.

Y otras más.

Cada día.

 

2.

¿Qué hacemos ante el aterrador nivel de violencia hacia las mujeres que estamos viviendo? ¿Qué debemos hacer ante la misoginia expresada en espacios de poder político y en medios de comunicación? ¿Cómo podemos actuar ante esa misma misoginia llevada al extremo de la violación, la tortura y el asesinato?

¿De qué modo se desarman los mecanismos patriarcales de dominación y control del cuerpo femenino?

Necesitamos pensar y sentir –pensar sintiendo y sentir pensando- más allá de las denuncias y la indignación de coyuntura. No creo ser la única que se siente enferma en estos días: enferma de impotencia, enferma de dolor, enferma de furia y a veces también de miedo. Ante este malestar que parece íntimo, individual, pero que realmente es colectivo y social, debemos tratar de entender lo que sucede, lo que está en la base de este horror.

Salgo a la calle, miro, escucho, veo a las más jóvenes, aprendo, acompaño, y leo, leo, leo sin parar, artículos periodísticos, ensayos, novelas, poemas. Vuelvo a la canción de “Las Tesis”, al cabaret feminista de “Las reinas chulas”, a las voces insumisas de “Batallones femeninos”, a las instalaciones y performances de Mónica Mayer y de Lorena Wolfer, a las investigaciones de Lydiette Carrión, de Lydia Cacho, de Frida Guerrera; a las reflexiones de Francesca Gargallo, de Karen Villeda, de Isabel Zapata, de Gabriela Jáuregui; a los poemas de Carla Faesler, de María Rivera; a las textos de Rosario Castellanos, de Alaíde Foppa, de Marta Lamas, porque tenemos memoria, porque sabemos que sin quienes abrieron brecha hoy las chavas más jóvenes no podrían salir a las calles a gritar su furia (y nosotras con ellas). Y estoy nombrando sólo a unas pocas pensadoras y creadoras mexicanas. Son más, muchas más. Y a ellas vuelvo, volvemos para entender, para analizar, para pensar.

Lectura de cabecera en este momento de nuestra vida Rita Segato, por supuesto:

“Llamo pedagogías de la crueldad a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, estas pedagogías enseñan algo que va mucho más allá del matar, enseñan a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. (…)El ataque y la explotación sexuales de las mujeres son hoy actos de rapiña y consumición del cuerpo que constituyen el lenguaje más preciso con que la cosificación de la vida se expresa. Sus deyectos no van a cementerios, van a basurales.” (1)

Ante las pedagogías de la crueldad y la cosificación de la vida, con sus rituales narcisistas, sólo la construcción de redes solidarias, sororas, comunitarias puede permitir una transformación.

A las marchas de mujeres, a los paros, a los desplegados, urge que sumemos espacios de encuentro, de intercambio de ideas, de creación colectiva; también de abrazos y de contención. Con todas: con las creadoras y pensadoras, con las activistas, con las trabajadoras, con las indígenas, con las trans.

Las feministas debemos exigir políticas públicas que funcionen, que se hagan cargo del machismo y la misoginia, que condenen la apología de la violencia, que generen leyes que castiguen a los responsables, que articulen políticas educativas que propicien un cambio cultural.

Al mismo tiempo debemos pensar horizontalmente en la construcción de discursos, estrategias, obras que transformen las pedagogías de la crueldad, en pedagogías basadas en los vínculos, en el cuidado, en la empatía. Una pedagogía ética y solidaria.

En 2019 hubo 3 mil feminicidios en México. En lo que va de 2020 llevamos 265.

Hay cadáveres, como escribía Perlongher, en esta patria / matria nuestra.

Llueve sobre los cuerpos sembrados en la tierra dolida.

¿Qué nace en una tierra sembrada de cuerpos mancillados, quebrados?

Oscuridad de pieles rasgadas. De rostros arrancados.

Yo escarbo el purgatorio con mis uñas
y me quedan lodosas
llenas de tierra de las tumbas camino del infierno. (2)

Con uñas lodosas, con el corazón dolido y la furia en llamas, somos cada vez más en esta lucha desigual, pero imparable.

Por las que están. Por las que ya no están.

 

Por las diez que morirán hoy.

(1) Rita Laura Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, Buenos Aires, Prometeo, 2018.
(2) Minerva Margarita Villarreal, Vike: Un animal dentro de mí, Monterrey, An.alfa.beta, 2018.