Maradona, quien murió hoy a los 60 años de edad, visitó México en marzo de 2002 y se hospedo en un hotel de Ixtapan de la Sal para participar en el partido homenaje a Carlos Hermosillo. Su estancia mostró los gastos y lujos que acostumbraba, pero también dio muestra de su personalidad cambiante.

Ciudad de México, 25 de noviembre (SinEmbargo).– Siendo un dios, hasta las más ínfimas circunstancias terminaron por complacer a Maradona. El hotel que lo hospedó durante una semana en Ixtapan de la Sal, llevaba sin querer su nombre: Rancho San Diego.

La logística de la visita de Maradona –a mediados de marzo de 2002– fue supervisada por Alejandro Bocardo, el entonces vicepresidente del Necaxa, quien tenía una buena relación con el astro argentino y su equipo, entre los que se cuentan el abogado Diego Maser, su amigo Leo Sucar y Matías Macluskey, todos ellos bajo las órdenes de Guillermo Cóppola, quien era representante de Maradona.

Una noche con estrellas en el cielo, al dios se le ocurrió ir al campo de tiro a distraerse con las 100 pelotas de golf que a las prisas depositarían en sus manos los bells boys del hotel.

Pero había un inconveniente. La escasa luz que proyectaba una anoréxica luna a las 11 de la noche apenas dejaba ver las siluetas de los viejos y enormes sabinos, y las formas caprichosas de algunas jacarandas.

Entonces, sin velas para iluminar las canchas de tiro, se armó tremendo revuelo entre el personal del hotel. ¿Cómo complacer a Maradona, que deseaba jugar golf casi a la medianoche sobre un extenso llano sólo adecuado para utilizarse con la luz del sol?

Alarmados, preocupados, nerviosos, sin saber qué hacer, más de 10 personas del Rancho San Diego –incluyendo el dueño del hotel, por supuesto–, se movilizaron para encontrar una solución.

Diego Armando Maradona llegó la tarde del 10 de marzo del 2002 a México, procedente de la isla de Cuba para el partido de despedida del futbolista mexicano Carlos Hermosillo. FOTO: Pedro Mera, Cuartoscuro.

Y dieron con ella, justo en los instantes en que Diego amenazaba con explotar de cólera.

Rápidamente se encendieron los motores de varios autos en el estacionamiento, y en fila india sus conductores tomaron la misma vereda. ¡Funcionó! Al poco rato, los faros de los coches iluminaban el campo de golf, y por fin Diego, el último genio del futbol, lanzó lo más lejos posible cada pelota de golf que depositaban en sus manos.

Pegaba tan fuerte, que extravió más de 40 pelotas, lo que parecía no importarle en ese momento, sino hasta el otro día, cuando se ponía furioso por no tener el número suficiente de bolas. “Yo las pago”, llegó a decir…”.

“¿Qué sientes de ir cargando la maleta de Maradona?”, preguntaba el rey Diego, ufano, presuntuoso, seguro de sí mismo, a su ayudante de turno.

Cabizbajo, con la maleta de bastones al hombro, un miembro del séquito trataba de sonreír. “Cargar mi mochila es algo que nunca olvidarás”, repetía Diego varios pasos por delante de quienes le acompañaban.

EL CAMPITO DEL HOTEL

Oscurecía también, es que al ídolo argentino le daba por vivir más de noche que de día. O más bien a deshoras. Algunos huéspedes del hotel no alcanzaban a creerlo. En la pequeña cancha de tierra de futbol del hotel, con desniveles que parecían hormigueros, Maradona y su séquito pateaban la pelota. Y cosas del destino, solicitaban jugadores para echar la cascarita.

Obeso, muy gordo él, “una bola”, lo describiría con cierta ingenuidad y a primera vista un chiquillo. Allí estaba frente a todos, Diego Armando Maradona, el Picasso del Mundial 86, con su prominente vientre y esa figura parecida a la de un Buda.

El Jugador del Siglo cojeaba, cada 100 metros de trote reventaba de dolor, era una exhibición patética de un mito decadente. Apenas y podía correr. Admirados, extasiados por la celebridad, los jugadores de los dos equipos se apartaban en un gesto de amabilidad más que de competencia, hacían a un lado sus cuerpos para que Maradona pasara entre una valla humana como un Moisés con el balón en sus botines. La portería franca, las redes una tentación.

“Goooool…”. El exnúmero 10 de la Albiceleste volvía a anotar y festejaba con la misma alegría de un gol conseguido en una Copa del Mundo. Repartía besos, se dejaba caer como un niño de espaldas contra la portería. Era un mito juguetón, alucinante, en declive.

No habían pasado ni 15 minutos cuando Maradona, en medio de algunos flashes de las cámaras fotográficas de los huéspedes, anunció que terminaba el partido. Salió rengueando de la cancha luego de jugar, entre otros, con uno de los máximos funcionarios de DirecTV, quien llegó de Brasil. A duras penas caminaba seguido por su séquito. Allá iba, con el semblante duro, la expresión de ira. “Me duele la rodilla”, se alcanzó a oír.

El futbolista Diego Armando Maradona falleció este miércoles en su casa a los 60 años de edad. Foto: Cuartoscuro.

Dos niños se colgaron de sus brazos para pedirle una foto. Y cosa extraña, detuvo su paso por unos instantes. Pero el encargado de apretar el botón de la cámara, tal vez por los nervios que suscita la emoción, tardó más de 10 segundos en enfocar. “Se les acabó su tiempo”, dijo Diego apartándose bruscamente y volvió de nueva cuenta a su habitación.

Estaba en la suite presidencial 124, con alberca privada, un televisor con pantalla gigante para ver el futbol y esa parrilla, especialmente instalada para sus asados estilo argentino. Alguien todavía pretendió acercarse antes de que bajara las escaleras que llevaban a sus aposentos. Lo apartó con un grito: “No me abraces”.

EL JUGUITO DE NARANJA

Willy y Sergio sonreían. Ambos trabajadores del hotel estaban felices por ser los elegidos. Se turnaron durante varios días para sostener unas jarras de cristal con hielos y jugo de naranja. Eran como dos soldados que custodiaban a las puertas del hotel.

Cuando ellos se paraban con sus jarras en el lobby, era porque Maradona estaba a punto de regresar al hotel después de haber ido a jugar golf. Apenas veían al mito descender de una camioneta Suburban, ponían frente a su regordete rostro el jugo de naranja. Diego a veces se empinaba la jarra hasta el fondo, sin esperar a que le sirvieran en un vaso, aunque eso siempre dependía de cómo estuviera de humor.

Detrás de él, ocho o 10 de sus amigos o familiares le cuidaban las espaldas en el lobby, en los jardines, los pasillos. Permanecía todavía más alerta su fornido guardaespaldas, el mismo que exigió en el Estadio Azul durante el homenaje a Carlos Hermosillo hacer una valla de dos metros para que nadie tocara al héroe.

Así, con esa andar rápido y decidido, hastiado de la idolatría que despierta su personaje, escapaba a largas zancadas por los jardines del hotel. Casi no salía de su suite. Si necesitaba algo, para eso estaba su comitiva de amigos de la infancia, la mayoría con los brazos descubiertos para poder exhibir orgullosos el tatuaje de Diego por debajo de los hombros.

Maradona ordenaba casi siempre al cuarto, sobre todo club sándwich, y pareció quedar encantado con su postre, el ate con queso. Pero cuando el personal del hotel quiso agasajarlo en la terraza del restaurante con un asado –que para eso se habían traído cortes argentinos–, primero dijo que sí, y con todo ya listo se arrepintió.

Hizo que le llevaran el armazón de la parrilla, las bolsas de carbón y las carnes hasta su habitación para evitar ser asediado por la gente.

Se despertaba escuchando canciones del Buky y Joan Sebastian, y se dio el lujo de dejar con un palmo de narices a Jorge Muñiz y a decenas de trabajadores del programa “Al fin de semana”, quienes incluso ya habían construido una pequeña cancha de futbol rápido en los jardines del hotel. Aseguran que Diego estaba mal humorado, y que por eso decidió rehusarse a salir de su suite para ser entrevistado en televisión.

Afuera la gente le gritaba en coro “Pelusa, Pelusa…”. Sin embargo, no salió. Él desde su habitación respondía: “Boludos…”.

El COCINERO DEL 10

Es igualito a Maradona, incluso traía una arracada en el oído y hasta la imagen del Che Guevara en uno de los antebrazos. Claro, sin faltar el tatuaje con el rostro del Pelusa.

“Primero Maradona y luego dios”, comentó en voz alta el entonces cocinero del excapitán albiceleste, en alguna de aquellas tardes en Ixtapan de la Sal.

“Porque primero es el que te da de comer. Ustedes los mexicanos son tan religiosos”, pareció reprochar el catolicismo de la gente a su alrededor. Un mesero del restaurante lo miró con indiferencia.

Los fotógrafos españoles que habían llegado desde Barcelona para realizar una sesión de fotografías con Maradona, resumieron su sentimiento luego de que les llevó seis días poder realizar unas cuantas imágenes del exfutbolista: “Diego es muy gitano. Hace lo que se le antoja. Depende de cómo esté de ánimo. A retazos nos ha ido cumpliendo. Puede darte dos minutos de atención e instantes después echarte a patadas”.

En esta foto del 29 de junio de 1986, Diego Maradona alza la Copa Mundial tras la victoria de Argentina 3-2 ante Alemania en la final, en el estadio Azteca de la Ciudad de México. Foto: AP

Ya con las maletas para volver a España, los fotógrafos catalanes se veían felices. Pagaron miles de dólares por la sesión con Maradona y presentarían su trabajo en el festival de música electrónica internacional llamado Zónar, y en el que Diego en teoría no encaja. “Suscitará entre la gente distintas reacciones, para unos será una leyenda mientras que para otros será esa personalidad polémica, y por qué no, hasta un bicho raro. La idea es que los muchachos que asistan al festival alucinen”.

MASAJISTA DE NOCHE

A las 10 de la noche pidió una masajista a la que tuvieron que ir a buscar corriendo al pueblo de Ixtapan. Finalmente se le consiguió. Pero Maradona, de buenas a primeras, volvió a cambiar de parecer cuando ya la especialista en masaje se presentaba en el lobby. Ahora el Pelusa exigía que le llevaran de inmediato sus calzoncillos limpios que mandó a la lavandería. Era una orden.

Al SPA, ese lugar de masaje y salud corporal, aromático, relajante, con sauna y aparatos para hacer ejercicio, Maradona acudía a las tres de la mañana. Y después, se le podía ver en el lobby del hotel comiendo spaguetti a las cuatro de la madrugada.

Ni los dos relojes que usaba en ambas muñecas pueden sobrellevar su rutina diaria. Tal vez está agobiado del personaje público que le aconseja mejor salir de noche.

Del hombre privado, lleno de rabietas, explosivo, con una personalidad afectada, basta recordar esa tarde del domingo, cuando rompió vasos de cristal contra los muros a la salida de su suite. Se veía fuera de sí, colérico, irritable, ansioso. Ni su séquito pudo hacer algo en esos momentos de descontrol de la leyenda. “¡Seguridad! ¡Seguridad!”, gritaban espantados.

Un huésped del hotel aseguró y juró que Maradona, ¿o alguien de su séquito?, le pidió 500 dólares por un autógrafo. A punto estuvo de dárselos nada más por orgullo. Lo confesó minutos antes de abordar su BMW.

NO PASA NADIE

Está claro que el ídolo regordete no quería que lo tocaran ni que se le acercaran. Incluso, una de las condiciones que puso Maradona para aceptar hospedarse en el paradisiaco Rancho San Diego, con 46 habitaciones y un río bordeado por centenarios ahuehuetes, fue que el cuarto arriba de su suite no fuera ocupado por nadie.

Utilizó seis habitaciones para él y sus acompañantes. Miles de dólares de cuenta en llamadas telefónicas de larga distancia, comida, hospedaje y que, según el trato, no se cobrarían a cambio de que Diego, siempre cambiante, diera presencia, con su imagen al hotel.

A punto estuvo de no cumplir el convenio por sus caprichos de no atender a nadie, ni a la prensa, ni a la tele, ni al Finito López ni a las esculturales damas de “La Hora Pico”. Diego cumplió con lo acordado a medias, a su manera. Y contra su voluntad, las cámaras de televisión lo tomaron caminando por los jardines del hotel, respondió más de 20 preguntas para la revista Quién y viajó al DF para el partido de homenaje de Carlos Hermosillo.

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Un hincha frente a la Clínica Olivos de Buenos Aires, donde Diego Maradona fue operado. Foto: AP Foto, Natacha Pisarenko.

Siempre enérgico, huidizo, como preso de las garras de un personaje que lo devora llamado Maradona. Por cierto, claro está, llegó 50 minutos tarde al partido de homenaje.

Días antes, al llegar por primera vez al hotel, Diego había encontrado en su suite, decenas de velas aromatizantes con esencia a naranja dulce y lima. Durmió entre ese ambiente a SPA con la finalidad de armonizar su cuerpo y sentirse a gusto. Pero se quejó de los mosquitos, de la prensa, y de toda esa gente que aún le adora.

Quizá sea el precio de ser un dios. Hace años, miles de napolitanos trajeron suspendida sobre su pecho una medalla con la imagen de Diego. El Nápoles, el club pobre del sur de Italia, gracias a Diego, que se echó en hombros al equipo, ganó por primera vez en su historia un escudetto.

En Ixtapan de la Sal, nada más faltó, que un secretario firmara por él los autógrafos, mientras otro asistente – ya lo hace–, llena recibos por los miles de dólares que cobra por sus convenios con una línea de artículos deportivos y de una empresa que fabrica artículos de gimnasio.

El rostro de Diego sonreía en los tatuajes que exhibían sus amigos del barrio de Villa Florita. Era un hombre feliz, a diferencia del búfalo con expresión de desagrado que se vio caminar por el hotel, y que emitía poderosas señales de rechazo.