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Susan Crowley

25/11/2023 - 12:04 am

Central de Abastos, el milagro de cada día

Una visita, cualquier día de la semana ofrece la posibilidad de vivir una experiencia única. Desayunar en la Ceda, desde unos tacos o hasta en alguno de los restaurantes, es un lujo. La calidad de los alimentos, la limpieza y atención es de primera, todo fresco y del día con recetas tradicionales.

Esta semana la Central de Abastos Ceda, como se le conoce, cumplió cuarenta y un años de ser el estómago de México. Pensar en 326 hectáreas destinadas únicamente al comercio de productos, en su mayoría perecederos: víveres, frutas, legumbres, hortalizas, pescados, mariscos, carnes, aves y flores, además de su área de abarrotes, resulta una tarea totémica. La Ceda es el centro de acopio y distribución más grande del mundo, aunque recientemente disputado con uno en China. Un hormiguero en el que cada uno de los miles de concurrentes pone un granito de arena para que funcione todos los días. 70 mil personas hacen el milagro diario de recibir, embodegar, administrar y distribuir gracias al desplazamiento de 52 mil vehículos, 30 mil toneladas de productos llegados cada 24 horas. Solo cierra de 4 a 6 de la tarde para hacer la limpieza indispensable; salvo eso, nunca se detiene, sin importar festividades, pandemia o temblores. Cada día es visitado por más de 300 mil personas y abastece por igual a los mercados populares de cada colonia, que a los grandes supermercados del país.

A pesar de su modernidad y logística de primer mundo, en la Ceda se respira un aire de mercado antiguo. Unas horas ahí nos trasladan a esos espacios llenos de atmósfera, cada vez más lejanos y que están por desaparecer.

 “¡Mercarán chichicuilotitos, vivos!” la voz pituda, era el llamado de la vendedora de guajolotes. Como si de un cuadro de Saturnino Herrán se tratara, aquella viejita de impecable huipil, todo almidonado, cargaba a lomo hasta cuatro animales que, de cabeza, daban la impresión de ir contando sus horas de vida. Aún me acuerdo de sus fuertes chillidos que parecían imitar el canto de su verdugo. El mercado de Tlacolula parecía salido de un relato antiguo, de esos de Bruno Traven o Mariano Azuela. Vendedores de todo tipo ofrecían sus mercancías con una alegría que contagiaba. Desde los puestos de fruta, verdaderas obras de arte, los de carnes, aves y pescados, los abarrotes más increíbles y de buena calidad, hasta artesanías y una especie de mercado de pulgas con antigüedades. Especial para los niños, juguetes de todo tipo y dulces deliciosos. Y en época navideña las piñatas y sus rellenos de colaciones, gaznates, cañas y cacahuates. Era un deleite pasearse por los pasillos donde se vendían nacimientos con sus pesebres: el niño dios, la virgen y San José bien acompañados por el burro, el toro y los borregos.

Marchantita, así le decían a mi abuela y ella contestaba igual. El mango esta retebueno, ahora no le ofrezco mamey porque llovió mucho y se pasó. Higos, mandarinas, manzanas, plátano y melón, las canastas se llenaban de colores. Súmele bien marchanta. Las cuentas salían perfectas, sin calculadora, a puro número murmurado. Mi abuela salía con la de siempre: los precios ya están por las nubes. ¿Qué quiere marchantita si ya la vida está re cara? Era 1970.

No sé si a las nuevas generaciones les tocará vivir ese tipo de experiencia más allá del Costco o el elegante City Market. Hemos reemplazado el puesto de llamativos colores por la aséptica vitrina, a la marchante por cajas registradoras automáticas, los productos perecederos por congeladores gigantes. La cantidad de alimentos importados embolsados pareciera marcar el cambio de época, no necesariamente para bien. Algo de nuestro origen se va quedando en el olvido. Los almacenes de comida son bodegas heladas que han dejado al mercado popular como un pasado remoto que pareciera irrecuperable. O no.

Acabo de visitar la Central de Abastos y, a pesar de ser tan moderna y operativamente eficaz, gracias a las personas que son las mismas de siempre, buenas, trabajadoras y alegres, reviví muchas imágenes de mi niñez. Marchantes, bodegueros, camioneros, carretilleros, diableros o cargadores, empleados de las distintas empresas, personal de seguridad. La Ceda le da de comer a toda la ciudad, a la zona conurbada y a la mayor parte de la república, principalmente el sureste. Es heredera de la Merced que data de la época colonial. En los años ochenta se asumió que este antiguo mercado era insuficiente para albergar la cantidad de puestos que aumentaban vertiginosamente. Pero su inicio fue difícil, como siempre, los pioneros la pasaron mal. Sergio, uno de los jóvenes empresarios que han continuado con el linaje familiar, me cuenta cómo su abuela Aurora Maya empezó en una esquina cerca de la Merced vendiendo tunas peladas. Tiempo después se estableció en un local dentro del mercado en el que con gran esfuerzo empezó a prosperar como negocio familiar. Cuando se creó la Central, a pesar de no contar ni con los mínimos servicios, se vio obligada a trasladarse con su pequeña empresa. Sus herederos todavía recuerdan, casi con un dejo de nostalgia, la carencia de agua luz e incluso de sanitarios.

Una visita, cualquier día de la semana ofrece la posibilidad de vivir una experiencia única. Desayunar en la Ceda, desde unos tacos o hasta en alguno de los restaurantes, es un lujo. La calidad de los alimentos, la limpieza y atención es de primera, todo fresco y del día con recetas tradicionales.

Tratar de cruzar los pasillos entre una zona y otra implica jugarse el pellejo, hay que estar a las vivas. Los cientos de carretilleros cargan a veces más de 500 kilos en sus diablitos. En los cruces llegan a encontrarse desde todas direcciones. De subida deben hacer un esfuerzo sobrehumano, pero de bajada dejan caer sobre sí todo el peso. No pueden parar porque serían aplastados por su propio vehículo. Entre los puestos, en espera de la siguiente chamba, los cargadores dedican su tiempo libre al esparcimiento. La baraja española es la favorita. “Las chicas del carrito”, son famosas entre los habitantes de esta urbe. Vestidas con atuendos provocativos, llevan a suponer que el transporte no es su único ingreso. En la parte de atrás de las bodegas esperan su turno tráileres de todos tamaños para descargar su mercancía. Miles de conductores cuentan con albergues para pasar la noche y descansar unas horas antes de embarcarse al siguiente trayecto. Con este enorme movimiento surgen temas que preocupan y deben atenderse sobre la marcha, sin dejar de funcionar todos los días. Los retos son muchos: la seguridad y condiciones justas de cada uno de los trabajadores, el agua, la luz, los servicios sanitarios, la carga administrativa, son temas que deben resolverse en horas, no hay margen de error o digamos que el error se paga de inmediato.

La central de abastos es un órgano vivo, movido por los músculos de la necesidad de todos nosotros. Comemos a diario, si es posible en las mejores condiciones tres veces al día, y rara vez nos preguntamos cómo es que todo lo que está puesto en la mesa ha llegado hasta ahí. Bien mirado, caemos en cuenta de que, si bien hay muchas cosas que no funcionan o funcionan mal en los tiempos caóticos, a ratos desenfrenados que vivimos, existe este milagro perpetrado día a día que nunca se detiene y no puede permitirse fallar. Un milagro cotidiano, mecanismo de relojería, con una dimensión de eficiencia que no renuncia a su entraña pintoresca y humana.

@Suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.
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