La obra de Élmer Mendoza, narrador y dramaturgo mexicano nacido en Culiacán, Sinaloa, esta ligada al tema del narcotráfico. Él mismo ha dicho que desde niño ha escuchado hablar sobre ese tema: “He oído cosas buenas, cosas malas, los mitos; he visto que es parte de los sueños de los jóvenes, que es parte de las preocupaciones de los viejos, que es parte del placer de los policía, es decir, me pone en un contexto. El tema me busca”.

Aunque se le califica como “escritor del narco”, a él no le molesta, más bien le tiene sin cuidado. Para Mendoza, quien es profesor en la Universidad Autónoma de Sinaloa y creador de un curso de formación de escritores, lo importante expresar las cosas que le rodean, su “realidad real”.

En el quinto y último Cuento de Navidad que SinEmbargo.mx le presenta en el día de la Natividad, el autor destaca, con una excelente prosa, la solidaridad y el amor que despiertan estas fechas, aún frente a la apatía.

El texto es parte del libro EL ÚLTIMO ÁRBOL, Cuentos de Navidad, que circula por estos días bajo el sello Planeta. La selección y el prólogo son de Mónica Maristain, escritora, periodista, agente literario.

Otros autores de este libro, que es también una excelente opción para estos días de asueto, son:

Héctor Abad Faciolince – Federico Andahazi – Edgardo Cozarinsky – Álvaro Enrigue – Rodrigo Fresán – Santiago Gamboa – Ana García Bergua – Francisco Hinojosa – Mónica Lavín – Norma Lazo – Elvira Lindo – Élmer Mendoza – Andrés Neuman – José Ovejero – Alejandro Páez Varela – Pedro Ángel Palou – Santiago Roncagliolo – Alberto Ruy Sánchez – Antonio Ungar – Juan Pablo Villalobos

 

———————

Lo rojo

Por Élmer Mendoza

El 24 de diciembre de 1968 me pidieron un extraño favor. Te hablan, prorrumpió mi madre quitándome la cobija para despertarme. Debía de ser tarde, me había desvelado leyendo El conde de Montecristo y deseaba seguir dormido. Y pobre de ti que esta noche te pierdas con tus amigotes, esos vagos sin oficio ni beneficio. ¿Qué hora es? Cenaremos todos en casa de los abuelos y ni tú puedes faltar, ¿oíste? Y levántate, te habla el hijo de la Toya, el mariguano ese; tus amigos son unos indeseables, unos buenos para nada igual que tú; Dios los hace y ellos se juntan. ¿Lo pasaste? Ni loca, a esta casa solo entra gente decente.

Salí. Nublado. La Col Pop tranquila.

No me vas a creer cabrón, tengo un bato en mi cantón, ni siquiera sé cómo se llama, que lo busca la poli. ¿Y? Está desayunando. ¿Cómo llegó contigo? Lo trajo el Cheras y me pide que le hagamos un paro. Que chingue a su madre el Cheras, ¿cree que ya se me olvidó que me bajó a la Flaca? El bato viene huyendo, según entendí, participó en el movimiento estudiantil en la ciudad de México, desde octubre estuvo escondido pero ya no la hace; un amigo del Cheras lo trajo hasta aquí y le pidió que lo lleve a Tijuana, pero el Cheras no puede, es padrino de boda de su hermana que se casa mañana. Pero, ¿cuál es el pedo, por qué no se va en camión? Porque al bato lo siguen, como que era líder del movimiento y mandarlo en camión es como entregarlo. Que lo lleve después de la boda. Al bato le arreglaron pasar al otro lado, pero hoy 24, en la noche, y si no llega, se chinga. Hay cena en familia, bato, si no voy me cuelgan. El Cheras consiguió una nave que deberías ver, es una cuatro por cuatro que nomás tienta, se la prestó un amigo de Tierra Blanca. Entiendo, pero no, mi mamá me amenazó con meterme a su matriz si desaparezco esta noche. Mira cabrón, a mí tampoco me interesa, pero el bato me da lástima, está flaco, ojeroso y tiene delirio de persecución, y nadie conoce ese desierto como tú. No digas pendejadas, ¿buscaste al Monky? Se fue con sus papás a Jalisco. ¿Y el Chuyín? No sé qué onda con él, pero wacha bato, nadie maneja como tú, así que no le hagas al loco. ¿Quién es el amigo del Cheras? No lo conozco, le dicen el Lenín. ¿Y esta poca madre la troca? Por fuera no, pero tiene un motor de miedo, el Cheras me dejó ochocientos dólares; hay que dejar al bato en el monumento a Lincoln, ahí lo va a estar esperando una raza que lo va a pasar. Dile al bato que le hago el jale si me devuelve a la Flaca. No chingues, cabrón, ¿cómo le voy a decir eso? Bien que viniste a despertarme con tu pinche salivero, ahora ve con él. Se van a casar, cabrón, no seas gacho. Me vale verga, quiere que lleve a ese morro, pues que se moche con la vieja, que además ya fue mía. Estás cabrón. Ya me dirás qué pedo, voy a desayunar.

Como a la media hora volvió mi compa acompañado por un morro esmirriado y alto, como jugador de básquet. Qué onda. Neta cabrón, no me animé a decirle al Cheras, lo que sí le pedí más lana y me dio quinientos varos, aquí están, y éste es el compa que te digo. Órale, pues no se hace, ya te dije; llevar a este bato a Tijuana nos llevará entre dieciocho y veinte horas, eso si no encontramos un retén, porque si están los guachos o los judis o ambos tendremos que meternos al desierto y ahí las manecillas del reloj se hacen melcocha, como las de un pintor que vi en un Life viejo. Dalí, dijo el morro alto, que escuchaba transpirando. Salvador Dalí, enseguida se hincó. Por lo que más quiera, se lo suplico, si me agarran me van a matar. Párate, que entre hombres no se piden así los favores. Se puso de pie. Jamás he visto a un bato tan jodido, peor que si hubiera visto al pinche diablo. Si lo llevaba, mi madre no me hablaría en dos meses y mi padre me retiraría el apoyo para ir al Poli, a estudiar ingeniería mecánica. Pero el bato se veía realmente mal. Dame un momento compa, y entré a la casa.

Mamá, ¿puedes salir un momento, por favor? Hay un muchacho con un problema y me pide ayuda. ¿Qué clase de ayuda puede dar un malviviente como tú? Quiere que lo lleve a un lugar. Para hablar con pelafustanes contigo basta. Salúdalo nomás. No me hagas perder tiempo, tengo que comprar algunas cosas para la cena y no me he bañado. Me va a pagar quinientos porque lo lleve en su carro. Tú no vas a ninguna parte, vamos a ir a cenar con tus abuelos, no vayas a salir con tus pendejadas, ya ves cómo se pone tu padre.

Salí de nuevo.

¿De qué huyes bato? Me miró con la cara arrugada. Dicen que traicioné al movimiento estudiantil, que tengo culpa de la matanza del dos de octubre en Tlatelolco y que denuncié a los líderes, ¿eres estudiante? Podría decirse. Entonces sabes de qué hablo. La política me vale madre y los políticos me caen gordos. Se quedó quieto, mi compa tenía la boca abierta. Está bien, expresó en voz baja. Lo voy a llevar yo. El morro sonrió brevemente. Feliz Navidad, pronunció, y me dio la mano flaca. Wacha este bato, pensé, está en el hoyo y utiliza su último aliento para expresar buenos deseos.

Me partió.

Se fueron. En la puerta del baño le dije a mi mamá que la quería mucho, que si bien hacía puras pendejadas, un día realizaría algo que la haría sentir orgullosa. No respondió. Cerró la regadera. Antes de irte prende el bóiler, dijo con firmeza, está muy fría el agua.

El desierto es cabrón, pero respeta una cuatro por cuatro y un motor de ocho con esprías abiertas. Llantas anchas. Lo digo porque la única vez que tuvimos que abandonar la carretera, se portó machín, como que se abrió para nosotros. Nos tocó un atardecer púrpura que hizo llorar al morro. Lo rojo era lo que más le gustaba de la Navidad, le traía recuerdos de niño. Sin dejar de wachar el camino entre dunas le dimos carrilla hasta que llegamos a San Luis Río Colorado, pletórico de luces rojas y gente con prisa.

La Rumorosa no nos sintió.

Diez minutos antes de las doce de la noche, llegamos al monumento a Lincoln. Dos compas fumando se acercaron. ¿Qué hay para Culiacán, morros? Puras viejas buenas. Órale, sonrieron, miraron al bato. ¿Listo, señor? El morro dijo que sí con la cabeza, temblaba, luego nos abrazó. Feliz Navidad y no se olviden que me gusta por lo rojo. Órale, no le dijimos nada.

Se fueron.

¿Y ahora? Iremos a bailar a La Estrella. Nel ni madres. ¿Qué quieres hacer? No me lo vas a creer, cabrón, pero quiero llegar a comer con mi amá. Pues no te creo. Pues sí, al recalentado. Llévale un regalo, bato. No chingues, no es para tanto.

 

-Élmer Mendoza. Culiacán, 1949. Narrador mexicano cuya obra, según el crítico Federico Campbell, recoge el efecto de la cultura del narcotráfico en su país, lo que lo ha llevado a una aguda y viva exploración lingüística de los bajos fondos mexicanos. Es autor de cinco volúmenes de cuentos: Mucho que reconocer (1978), Quiero contar las huellas de una tarde en la arena (1984), Cuentos para militantes conversos (1987), Trancapalanca (1989) y El amor es un perro sin dueño (1992) y de dos crónicas sobre el narcotráfico: Cada respiro que tomas (1992) y Buenos muchachos (1995). Su primera novela es Un asesino solitario (1999), a la que le siguió El amante de Janis Joplin (2001), con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares. Su novela Efecto tequila (2004) quedó finalista en el Premio Dashiell Hammett en el 2005. Ese año publicó Cóbraselo caro. En el 2007 ganó el iii Premio Tusquets de Novela, por decisión unánime, por Balas de Plata. Recientemente ha publicado el libro de cuentos Firmado con un klínex.