Once heroínas ilustradas por Luisa Castellanos destacan la importancia de hablar de feminismos, una resistencia urgente. Feminismo no debería ser una “mala palabra”, tendría que ser un concepto inspirador para las nuevas generaciones que continuarán con la lucha que muchas mujeres y algunos hombres han hecho por décadas.

“Nos dicen que si somos feministas vamos a ser feas, indeseables, difíciles y nos vamos a quedar solas. Lo peor es que es mentira: no tenemos que escoger entre el amor y los derechos”, dice Catalina, periodista especializada en perspectiva de género y derechos humanos.

Ciudad de México, 26 de octubre (SinEmbargo).- Este libro es una invitación a participar activamente en una conversación que está más vigente que nunca: el feminismo. La autora recorre un camino que aborda el cuerpo, el poder, la violencia, el sexo, la lucha activista y el amor. A su vez, once heroínas bellamente retratadas por Luisa Castellanos, evidencian la importancia de hablar de feminismos, como una resistencia urgente.

“Es necesario que feminismo deje de ser una ‘mala palabra’. Es importante que sea algo aspiracional e inspirador para las nuevas generaciones que tienen que continuar con el trabajo que muchas valientes mujeres y algunos hombres llevan haciendo desde hace décadas […] Si algo me ha dado a mí el feminismo es amor, y del bueno, es decir, en condiciones de igualdad“, expresa el texto.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento del libro Las mujeres que luchan, se encuentran. Manual de feminismo pop latinoamericano, realizado por la periodista especializada perspectiva de género y derechos humanos, Catalina Ruiz-Navarro; con prólogo de Plaqueta e ilustraciones de Luisa Castellanos. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grijalbo.

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INTRODUCCIÓN

La idea de este libro sale de un TEDx Talk que di en Bogotá, Colombia, en noviembre de 2016 sobre feminismos. Llevo varios años trabajando en el tema: cómo hacer que esas grandes ideas del feminismo, tan liberadoras y tan sensatas, sean vistas por encima de una densa capa de prejuicios que se ha construido a su alrededor a través de los años, para que puedan ser apropiadas por más mujeres y personas.

Para hacerlo presento una serie de ideas y argumentos que espero sean una carta de navegación sobre algunos de los debates contemporáneos que me parecen claves sobre los feminismos, pensados desde una perspectiva latinoamericana. La pretensión es que sean un punto de partida para que cada uno profundice en lo que más le interesa,pero también que sea una sistematización de mi camino personal en el feminismo, las preguntas que me he hecho y las respuestas que he encontrado. Cabe anotar también que “feminismo” es un término sombrilla que cubre muchas praxis y teorías con un punto común; cuandouso el singular es para hacer énfasis en esa convergencia, y cuando uso el plural es para hacer énfasis en su inmensa y cambiante diversidad.

Unos seis meses luego del TEDx Talk, Martín Rodríguez Pellercer, director y fundador del medio independiente guatemalteco Nómada, me buscó para proponerme que fuera la editora de una revista feminista latinoamericana que sería un micrositio de Nómada. La idea de la revista fue de la subdirectora institucional de Nómada, Andrea K’om, y el nombre de la revista, Volcánica, se le ocurrió a la diseñadora de Nómada, Loren Giordano, y en seguida nos gustó a todas, pues queríamos algo que claramente hiciera referencia a las mujeres latinoamericanas sin tener que usar esas palabras de forma directa. La fuerza de los múltiples feminismos latinoamericanos corre bajo tierra a través de esas cadenas montañosas que son las redes feministas, hasta que se concentra en un punto, o en muchos puntos, y explota.

El paso siguiente fue conformar un equipo de columnistas feministas que pudiesen hablar de todos esos debates contemporáneos que se están dando en la región, para empezar a plantear conversaciones regionales. Entre noviembre de 2017 y noviembre de 2018 en Volcánica publicaron Tamara de Anda, Andrea Bolívar Ivich, Tania Tagle, María José Evia, Cynthia Hijar, Marion Reimers, Siobhan Guerrero Mc Manus, Rosa Marina Flores Cruz, Jessica Marjane, Chantal Flores, Mariel García, Gabriela Nava y Marisol Armenta, y Mariana Díaz, de México; María del Mar Ramón, Andrea Sañudo Taborda, Juliana Abaunza, Sher Herrera y Natalia Mera, de Colombia; Mariana Iácono,Florencia Alcaraz y Georgina Orellano, de Argentia; Virginia Lemus,de El Salvador; Andrea Ixchíu, de Guatemala; Manoela Miklos, de Brasil; Diana Michelle García, de Perú; María Fernanda Ampuero, de Ecuador; y Florencia Goldsman, de Uruguay. Hemos hablado de temas tan variados como las relaciones con nuestros cuerpos, la maternidad, el maquillaje, el humor, los deportes, la tecnología, el aborto, el periodismo feminista, el trabajo sexual, los derechos de las mujeres que viven con discapacidad, los derechos de las personas con vih, maternidades feministas, transfeminismos, afrofeminismo, feminismos indígenas, los derechos de la diversidad sexual, la violencia de género y la violencia sexual. Son discursos que se nutren de la teoría pero que parten de la experiencia personal de cada una de las columnistas. Editarlas a todas ha marcado de forma irreversible mi práctica y mi comprensión del feminismo y este libro no habría sido posible sin el trabajo de todas ellas.

Decir que lo personal es político significa decir que nuestrasexperiencias personales y nuestra vida privada no son vivencias aisladas sino parte de un sistema político. Esta guía de feminismo es un ir y venir entre mi experiencia (sesgada, subjetiva, limitada, vivida desde un cuerpo particular) y las teorías feministas que he estudiado durante mi carrera profesional, y que también tienen limitaciones,especialmente para llegar a las personas ajenas a la academia o al activismo. También se nutre de diez años escribiendo en caliente sobre feminismo para los medios de comunicación. Por eso, muchos de los capítulos de este libro se inspiran en columnas que, aunque ya fueron publicadas, han venido creciendo, cambiando, y ahora echan raíces en estas páginas para dar cuenta de la conversación entre la Catalina de ayer y la de hoy. Es decir, en este libro hay muchos debates internos que considero inacabados. Este libro también trata de aterrizar algunos de los conceptos teóricos que durante años mujeres brillantes han construido desde el feminismo, y todas esas conversaciones que hemos tenido con tantas amigas en los últimos años, en la vida práctica y cotidiana de las mujeres jóvenes urbanas latinoamericanas.

Esta guía está dividida en seis capítulos: Cuerpo, Poder, Violencia, Sexo, Amor y Activismo, y también cuenta con once retratos de un panteón de heroínas latinoamericanas (una lista que fue muy difícil de delimitar) realizados por la ilustradora feminista Luisa Castellanos. Además de mi editora en Penguin Random House Colombia, Laura Gómez, me gustaría agradecerles a todas las amigas feministas(mi mamá incluida) que leyeron y comentaron el manuscrito y me retaron a mejorarlo (son muchas, entre ellas Virginia, Andrea, Diana, Marcela, Matilde, María del Mar y Leonor). También le agradezco a mi esposo Ricardo, y a mis animalas de compañía, Policarpa, Odisea y Cumbia, por su apoyo y compañía en el largo trabajo que ha sido escribir este libro y, por supuesto, a mi mamá, Marta Beatriz Navarro, por la paciencia y la fe que ha puesto en mí desde siempre, y por darme la libertad, el impulso y las condiciones materiales para que yo me dedicara a un oficio tan poco práctico como la escritora.

Las mujeres que luchan se encuentran es un libro inspirado por mis ancestras: mi bisabuela Carlota García y mi abuela Martha Restrepo de Navarro, quienes me dieron un ejemplo de fortaleza y me sembraron la idea de ser feminista; y está dedicado puntualmente a las hijas de mis amigas: Noha, Priscila, Antonia y Malika, y en general a las feministas latinoamericanas más jóvenes, pues ellas, ustedes, son el futuro de esta revolución.

Las mujeres que luchan se encuentran es una apuesta política a favor de los derechos humanos, de la diversidad de género y de la diversidadsexual, a favor del derecho de todas las personas a elegir sobre sus cuerpos, a favor del reconocimiento del aborto como un derecho, del reconocimiento del trabajo sexual como un trabajo. Es consciente de que el racismo es un legado colonial que está vivo y que nos impide ver nuestra realidad regional, y tiene la intención deliberada de pensarnos latinoamericanas. Ser feminista no es sencillo, implica muchas batallas y contradicciones internas y externas, pero yo estoy convencida de que es la mejor carta de navegación en un mundodesigual e injusto, pues plantea unas preguntas que nos ayudan a todos y todas a ser mejores personas. Ser feminista es muy difícil, porque implica darnos cuenta de que el patriarcado se expresa en todo, pero también es fácil: es entender y defender que todas, todos y todes somos iguales.

¡HABLEMOS DE FEMINISMOS!

Si ustedes me buscan en internet, me van a encontrar como @Catalinapordios. El nombre viene de un regaño repetido por años y años desde que era una niña. ¿Qué era eso tan raro, o tan rebelde, o tan disruptivo que yo hacía para que me regañaran?

En realidad, nada.

Fui criada por tres mujeres autónomas e independientes; cada una de ellas empujó un poquito su techo de cristal. Yo las creía capaces de hacer todo y nunca me imaginé que hubiese algo que yo no pudiera hacer. Me dejaban hablar y opinar, valoraban mis comentarios. Pero todo cambiaba cuando yo salía de la casa. Cuando opinaba, si interrumpía, si corría, si me subía a los árboles o me ensuciaba la ropa, me ganaba un “¡Catalina, por Dios!”. Y me demoré mucho en entender que esto tenía que ver con el género,porque el “Catalinapordiós” aparecía cuando yo hacía cosas que no eran “de una señorita” o de una niña “dócil” o “buena”. Y es una cuestión de género porque si hubiese sido un niño me habríandicho “¡Catalino, qué asertivo!”, “¡Catalino, qué líder!”, “¡Catalino,qué atractiva rebeldía!”. Ese “Por Dios” que solía acompañar mi nombre me dejó claros los límites de lo que podía hacer y decir y lo que no. A punta de repetición y palmaditas en la mano (cuando no son golpes) aprendemos a ser mujeres.

Para mí, el feminismo, los feminismos, han sido un lente que me ha dado muchas respuestas y me ha ayudado a desprogramar muchos comportamientos que además de ser nocivos para mí, fomentan una desigualdad que nos afecta a todos, pero especialmente a todas. El feminismo puede ser algo tan sencillo (o profundo) como una lucha social para que todas las personas tengamos derechos humanos. Es importante recordar eso: no todas las personas tienen garantizados todos los derechos, a veces por su género, o por su raza, o por su orientación sexual o por todas juntas. Por eso también hay muchos feminismos: no todas las mujeres tienen las mismas necesidades, decir “derechos para todas” siempre implica una multiplicidad de realidades y puntos de vista –que no siempre ni necesariamente congenian entre sí–.

Pero, muchas veces, los privilegios que tenemos nos hacen pensar que esa desigualdad no existe. Es que el mundo alrededor está hecho para que no nos demos cuenta de unas injusticias y normalicemos otras. Por eso (a las mujeres mestizas de apariencia blanca y clase media) nos parece “normal” que cualquiera comente nuestro cuerpo o nos diga qué hacer con nuestras vidas, o llegamos a pensar que los derechos que tenemos, como el derecho a la propiedad, al voto, a la autonomía reproductiva, son obvios, normales, de toda la vida. Y no.

Mi mayor influencia en la vida ha sido mi bisabuela, que nació en 1900 en una pequeña finca cafetera. Ella se dio cuenta de que su lugar en el mundo era parir trabajadores para la finca y luego hacerlesde comer. Nunca iba a heredar, ni le iban a enseñar a leer y escribir. Así que se escapó a Medellín, en donde trabajó como obrera en una fábrica de telas y participó en una de las primeras huelgas de mujeres. En 1919, lo que exigían eran que las dejaran ir a trabajar calzadas. Mi bisabuela también militó con las sufragistas y, así liberal4, con sus ideas políticas encendidas, se tuvo que atragantar el voto hasta los 57 años, porque solo hasta 1957 las mujeres en Colombia pudimos votar. Han pasado apenas 61 años. Esto me lo recordaba cuandome llevaba con ella a acompañarla a votar. Entre las audacias de mi bisabuela estuvo aprender a leer y escribir de manera autodidactacon el periódico local de Medellín, El Espectador. Y tres generaciones después yo tengo una columna en ese mismo periódico con el que ella aprendió a leer.

Si hoy las mujeres –y no todas– podemos ejercer una ciudadanía completa, es gracias al esfuerzo y las luchas de muchas mujeres antes que nosotras. Para mí es un orgullo llamarme feminista, porque es un reconocimiento al trabajo de todas estas mujeres. Cada derecho que se da por sentado hoy es una prueba de la eficacia del feminismo. El feminismo muchas veces es un tema difícil porque denuncia cosas como la explotación y la violencia, y porque aún nos queda mucho camino por delante. Pero a pesar de eso, a mí el feminismo me llena de esperanza, porque hemos logrado tanto en tan poco tiempo. El feminismo es la revolución social más eficiente y eficaz de todo el siglo xx, y a comienzos del siglo xxi vive un poderoso renacimiento (a la vez que una igualmente poderosa reacción contraria).

Y, si el feminismo nos ha dado tanto, ¿por qué nos produce tanta resistencia? Una razón es que la desigualdad está tan naturalizada que no la vemos. Naturalizado quiere decir que una idea es tan popular que nos parece “natural”. Para ahorrar tiempo, nuestro cerebro se vale de asociaciones, ideas, imágenes y conceptos. Así que hagamos un ejercicio sobre cómo funcionan nuestras ideas, nuestras asociacionesy nuestros prejuicios. Les voy a dar una palabra y ustedes observen cuál es la imagen que primero les viene a la mente. No tienen que quedar bien, sean honestos con ustedes mismos. La palabra es:

HUMANO

¿Qué se imaginaron? Voy a hacer un truco de prestidigitadora y voy a adivinar que la mayoría de ustedes se imaginó un cuerpo de un hombre, de piel blanca, de pelo relativamente corto. ¿No?

Pero los hombres son menos de la mitad de las personas en el mundo y los hombres blancos son hasta una minoría. ¿Y qué quiere decir esto? Que cuando decimos una palabra como “humano”, que debería incluir a todas las personas, en realidad solo pensamos en un tipo de cuerpo muy (muy) específico. Y ¿por qué? Porque se cree que los hombres blancoshistóricamente han producido todo el conocimiento (habrá que problematizar luego quién decide qué es el conocimiento y por qué), pues han tenido el monopolio de la creación de información y de su distribución. Desde ahí hemos construido el mundo. Un mundo que está hecho para un cuerpo muy específico. Y esto crea desigualdades reales.

Por ejemplo, los hombres pueden ir a todas partes sin miedo de que los acosen en la calle. En Bogotá, y en muchas zonas de Latinoamérica, las mujeres no tenemos espacio público después de las 10 de la noche. En 2017, el conductor de un Cabify en Puebla, México, asesinó a su clienta, María Fernanda Castilla Miranda. La prensa y el feminicida dijeron que ella se había puesto en riesgo por montarse al carro borracha. En general todos y todas tenemos esta percepción: que si una mujer se emborracha, está en riesgo. ¿Riesgo de qué? De manoseo, de violación, de feminicidio. Con frecuencia, tanto en México como en Colombia, yo veo hombres borrachos tirados durmiendo en la calle. Cuando camino junto a ellos, no se me pasa por la cabeza desvestirlos o tocarlos y muchísimo menos violarlos. Es más, me da miedo que de repente se despierten mientras paso junto a ellos. Incluso inconscientes en la madrugada, los hombres están más seguros en el espacio público que las mujeres.

Otro ejemplo: los horarios de trabajo están todos hechos para personas que no tienen que cuidar a hijos o hijas o adultos mayores. Los niños llegan del colegio a las 4 de la tarde (por tarde) y esto quiere decir que alguien debe estar en la casa. Y ese alguien suele ser una mujer. Y las que tenemos el privilegio de no hacer estas labores de cuidado las delegamos en otras mujeres. Porque además nos han dicho que no hay una desigualdad, sino que las mujeres somos “diferentes” a los hombres: más sensibles, más maternales, más suaves, más sumisas.

Y con ese cuento nos tienen haciendo labores de cuidado, procreación, crianza y trabajo emocional, sin reconocer que estas actividades son trabajo. Según datos de 2016 de la Encuesta Nacional de Usos del Tiempo (enut) en Colombia, “las mujeres en promedio realizan siete horas diarias de cuidado doméstico no remunerado y los hombres apenas alcanzan 2,9”5. Esto es 49 horas a la semana versus 20,3. Mientras las mujeres trabajan, los hombres trabajan, descansan ¡y hasta duermen! Porque esta idea de que somos diferentes luego se traduce en que como somos diferentes tendremos diferentes obligaciones, oportunidades y derechos. Pero es mentira.

Qué tal ese cuento de que los hombres son fuertes. No todos los hombres son fuertes, y hay mujeres que son más fuertes que muchoshombres. Como María Isabel Urrutia, la pesista colombiana que ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Sídney en el año 2000, entre otros múltiples logros deportivos. Lo que pasa es que estos estereotipos sirven para que modifiquemos nuestros comportamientos. En las mujeres está mal visto ser fuertes porque “no es femenino”, así que muchas de nosotras lo pensaremos dos veces antes de querer convertirnos en pesistas (lo cual, claro, no nos exime de cargar leña, bolsas de mercado, o niños de todas las edades). Si siempre nos celebran cuandosomos suaves, ¿cómo se nos va a ocurrir mostrar que somos fuertes?

Piensen en cómo a los niños les decimos que son valientes y a las niñas que son hermosas. Desde pequeñas nos están diciendo que valemos por nuestra apariencia física. Recuerdo una entrevista publicada en El Espectador a la hermana de Nairo Quintana, talentoso ciclista colombiano, Leidy, quien cuenta que cuando su padre se enteraba de que ambos montaban en bicicleta (bicicletas que unos vecinos les prestaban a cambio de fruta), a ella la “regañaban con mayor vehemencia, por hacer cosas que no eran de una señorita, como por ejemplo montar bicicleta. De hecho, me decía que las mujeres podían perder la virginidad con el sillín”. Quizás Leidy Quintana tenía tanto talento para el ciclismo como su hermano –de hecho, el hermano menor de ambos, Dayer Quintana, también es ciclista profesional–, pero nunca lo sabremos, porque montar en bicicleta no era cosa de señoritas.

Y entre las muchas cosas que nos dicen que no hagamos está ser feministas. Porque nos dicen que si somos feministas vamos a ser feas, indeseables, difíciles y nos vamos a quedar solas. Esta es una amenaza durísima, no tiene nada de superficial. Porque si a mí me dicen que tengo que escoger entre que me quieran y tener derechos, yo escojo que me quieran. Somos seres sociales, el amor no es algo superfluo, ser amados es necesario para nuestra supervivencia. Lo peor es que es mentira: no tenemos que escoger entre el amor y los derechos.

Si algo me ha dado a mí el feminismo es amor, y del bueno, es decir, en condiciones de igualdad. Y también me ha dado una comunidad, amigas, gente que me quiere y que está dispuesta a apoyarme, escucharme, decirme que cuando me quejo por una injusticia no estoy siendo hipersensible, exagerada, loca o la peor de todas: histérica.

Yo creo profundamente en la conversación, creo que conversar es construir conocimiento y que cambia las maneras en que percibimos el mundo. Y esto es más que importante, porque podemos pasar muchas leyes para proteger a las mujeres o garantizar la igualdad, pero mientras nuestra cultura sea machista, estas leyes no van a hacerse realidad. Por eso el cambio tiene que ser cultural. Y los cambios culturales se dan con la conversación. Además, el mundo contemporáneo presenta en internet un espacio –con problemas, pero sin precedentes– para que estas conversaciones sean potenciadas. Las luchas sociales son primero luchas de ideas.

Por eso es necesario que feminismo deje de ser una “mala palabra”. Es importante que sea algo aspiracional e inspirador para las nuevas generaciones que tienen que continuar con el trabajo que muchas valientes mujeres y algunos hombres llevan haciendo desde hace décadas.

Lo que leerán a continuación está necesariamente limitado por mi experiencia y mi identidad: latinoamericana, caribeña, cisgénero, heterosexual, migrante, feminista y todas esas categorías que para bien o para mal suscribo. Es curioso, porque al listarlas así, se siente como encuerarse. Por encima de todo, este libro es una invitación a que todas hagamos parte de la conversación de los feminismos,porque son múltiples, como las experiencias de las mujeres, y en permanente disenso, que es lo más emocionante, porque el disenso es lo que mantiene vital la conversación.

Por eso, ¡hablemos de feminismos!