Sandra Gutiérrez es una enfermera que no dudó en auxiliar a la gente afectada por el sismo del pasado 19 de septiembre. Ese y los siguientes días regaló sus madrugadas, tardes y noches para liderar uno de los campamentos en la periferia del Colegio Enrique Rébsamen.

Hoy, confiesa, siente miedo de un nuevo sismo.

“Habemos más personas, cada vez hay más edificios. No hay un control en ese tipo de construcciones y el próximo sismo que se presente, mucho más fuerte que el de 1985 y de este 2017, va a ser mucho peor. Y más con un pinche Gobierno al que le vale…”.

Ciudad de México, 26 de diciembre (SinEmbargo).- “Los primeros rescatistas no fueron los topos, no fue la Marina, fueron los chavos de la Prepa 5, fueron civiles que corrieron, que sacaron a los niños. Empezaron a quitar escombros. Hubo gente que comenzó a llevar garrafones de agua, botellitas, todo para enjuagar a los niños, a la gente que estaba ahí, en el Rébsamen”.

Así lo recuerda Sandra Gutiérrez, una joven enfermera, quien desde el primer instante sintió la necesidad de auxiliar a la gente afectada por el sismo del pasado 19 de septiembre. Y así lo hizo el mismo martes 19, y el miércoles 20, y el jueves 21, y el 22, 23, 24, 25… Madrugadas, tardes y noches la vieron comandar uno de los campamentos en la periferia del Colegio Enrique Rébsamen, en la Delegación Tlalpan, donde menores de edad quedaron sepultados.

A tres meses del sismo, la zona cero del Colegio Enrique Rébsamen dejó de ser un búnker infranqueable. La seguridad se redujo. Ya no hay gritos, gente corriendo de un lado al otro, sólo silencio.

En el amanecer de este diciembre, la Interpol emitió una ficha roja para localizar a Mónica García Villegas, dueña y directora de la institución educativa privada. En 190 países es buscada la mujer señalada por su probable responsabilidad en el homicidio de los menores.

La mañana del 19 de septiembre, niños y niñas fueron acompañados por sus familiares hasta la puerta de la institución educativa. Llegaron desde Acoxpa o Calzada del Hueso, se encaminaron por División del Norte y doblaron en las esquinas de Brujas y Rancho Piomo, sin imaginar que era un día de tragedia.

Y dieron las 13:14 horas en la colonia Nueva Oriental Coapa y la alerta sísmica sonó cuando ya los edificios del Enrique Rébsamen crujían. Sí, la mayoría de las personas salieron en el momento, pero decenas quedaron atrapados bajo los salones y el mármol del departamento García Villegas.

La sangre comenzó a circular entre las ruinas. Polvo, descontrol, gente corriendo y gritando. El terror se apoderó de la zona. Se convirtió en un microcosmos del dolor.

“¡Se quedó gente abajo! ¡Están gritando! ¡Doblen la varilla para que puedan salir!’’, gritaba un hombre junto a la estructura que acaba de vencerse. De un agujero en la pared, sobre la calle de Rancho Pio, se asomó un pequeño uniformado, pantalón rojo con cuadros y suéter con el escudo del CER. Estaba llorando. Entre las ranuras que dejó el movimiento telúrico fue rescatado junto a una de sus compañeras, como puede observarse en el video de un héroe que arriesgó su vida para intentar salvar otras.

El Colegio Rébsamen ya era noticia minutos después del sismo de 7.1 grados. Los testigos y los voluntarios que arribaron al lugar adoptaron, de inmediato, un lenguaje ahora ya conocido: Puño cerrado es igual a “silencio”, palma equivale a “nadie se mueva”, dedo significa “seguimos trabajando” y las manos arriba son para pedir agua.

Así corrieron los momentos y el sudor. Así se rescató a 11 personas en 24 horas. Y así, también, se localizaron los cadáveres de 21 niños y cinco adultos.

Sandra narra a SinEmbargo el día en que la tragedia del 19 de septiembre la convirtió en líder brigadista:

Sandra ayudó durante noches y días a las labores de rescate en el Colegio Enrique Rébsamen. Foto: Facebook.

Todo el mundo se quedó paralizado. A mí no me dan miedo los temblores, yo viví un tiempo en Guerrero, entre Acapulco y Zihuatanejo, una zona sísmica, pero este sí me causó mucho temor.

Una chica traía a su bebé y cayó en una crisis de nervios espantosa. Empezó a gritar, se desmayó. Fue algo tremendo. No tenía contacto con nadie.

Me trasladé a la Calzada de Las Brujas, a una cuadra de Acoxpa, en Tlalpan, y junto a otros voluntarios comenzamos a recibir las herramientas, los víveres, todo lo que se requería para continuar con las labores de rescate.

Había dos personas que estaban encargadas, pero tenían un desmadre. Y ya en la mañana (del miércoles 20 de septiembre), como a las 7, estaba (la periferia del Rébsamen) a reventar de cosas, comencé a dar las indicaciones. Me colgué el chaleco de empezar a mover, no podían seguir las cosas así: “Tú te encargas del agua, tú de los medicamentos, tú de la ropa. Hagan un fila, y conforme van llegando las donaciones las bajan rápido y las ponen en el lugar en el que van”. Pensé: “¿en qué me metí?”, pero lo estaba haciendo con mucho gusto.

Pasé ahí la noche del 19, todo el 20, y hasta las 3 de la mañana del 21 fui a mi casa, se bañó, vi a mi bebé  y volví al mediodía a la zona del Rébsamen.

Hicimos una red, en WhatsApp, con todos los centros de acopio que estaban aquí cerca. Los electricistas, los de Brujas, los de Tlalpan. Fue muy padre, pero hubo muchas fallas por parte del Gobierno.

Yo a la [ex] Delegada de Tlalpan la conocí el día 24. La trajeron a la fuerza para que viera un edificio que está dañado. Se acercó a pedirme guantes de carnaza, ¿cómo es posible? Es [era] la Delegada. Está cabrón, ¿no?

La gente estaba más organizada, cuando llegó la Marina es cuando se perdió el control. Ellos quisieron controlar a su modo cuando nosotros lo estábamos haciendo bien. Los primeros rescatistas no fueron los topos, no fue la Marina, fueron los chavos de la Prepa 5, fueron civiles que corrieron, que sacaron a los niños. Empezaron a quitar escombros. Hubo gente que comenzó a llevar garrafones de agua, botellitas, todo para enjuagar a los niños, a la gente que estaba ahí, en le Rébsamen.

Los chavos pasaban corriendo y ahí, en la casa que fue nuestro botiquín (señala un domicilio sobre División del Norte), la señora les permitió dejar las mochilas. Y en chinga se iban corriendo a ver en qué ayudaban. Los chavos de la Prepa, mis respetos, y los que no están estudiando, también. Son los que más se movieron a todo, a todo.

Los primeros rescatistas no fueron los topos, no fue la Marina. Foto: Cuartoscuro.

Yo creo que la sociedad civil se organizó de una manera tan padre… El gobierno no tiene una idea, de verdad, no tenemos límites. Es algo bien padrísimo. La gente comenzó a llegar con comida, con tortas, con café. Hasta el más mínimo detalle. Nos critican tanto por nuestro gobierno, pero nosotros somos bien unidos, la verdad.

Tuvimos muchísimo control de las cosas, de todo lo que se iba, de todo lo que llegaba. Dimos a los que realmente lo necesitaban.

En casa me dijeron que ya le parara, pero no podía. Hubo un día en que me traje a mi bebé y nos dormimos en una casa de campaña. Aquí estuve, aquí estuve. Y a veces ni comía. Tenía la conciencia de que no sólo era la escuela, hubo muchos lugares que terminaron realmente dañados: Jojutla, Morelos, Puebla…Hubo muchos daños.

–¿Qué pasó cuando se enteraron de que Frida Sofía no existía? ¿Cayó el ánimo?

–No, para nosotros no, para la sociedad sí, recibimos menos ayuda. La gente venía bien desanimada. “¿Para qué dono?”, decían. Nosotros hicimos nuestra labor. Había mucha gente que lo necesitaba, no sólo era Rébsamen. Hubo una persona que se tomó el tiempo para hacer unas hojas en la que detallaban hora, fecha, cantidad de lo que se llevaban, placas del carro, color del carro, número de credencial de lector, nombre, el sitio de destino y el nombre del que recibía. Además recibían fotografías del lugar al que iba a parar la ayuda. Yo estaba sorprendida, llegaban y te dejaban las cosas. ¿Cómo es posible? Mucho material fue a la clínica 32, a Centro Médico, al Hospital de Zacatepec, en Morelos, a Jojutla, albergues… El Gobierno, cero. Nada. Muy mal. La sociedad rebasó al Gobierno completamente.

Por las ruinas del Colegio Rébsamen desfilaron diversos funcionarios. En la foto, el Presidente Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Mancera, Jefe de Gobierno de la Ciudad de México Foto: Cuartoscuro.

Todavía, a veces, suena una alarma y siento miedo. Aún siento ese hueco en el estómago. Yo decía [antes del 19 de septiembre]: el día en que vuelva a temblar en México va a a ser devastador, y fue devastador.

Habemos más personas, cada vez hay más edificios. No hay un control en ese tipo de construcciones y el próximo sismo que haya mucho más fuerte que el del 85 y del 2017, va a ser mucho peor. Y más con un pinche Gobierno al que le vale. La pregunta ahora es: ¿dónde están las donaciones? ¿Por qué van a dar créditos que tienen que pagar durante 20 años?

Creo que la vida te va enseñando. No puedes ser indiferente a las necesidades de otras personas. Por ejemplo, ahorita, la gente en situación de calle. Yo paso frío en mi casa, imagínate los que están en las calles. Se mueren. Hay muchos que se mueren. Da lo que puedas, eso no te hace mejor ni peor persona. Simplemente dalo. No pidas nada a cambio.

Por eso me gusta ayudar, porque hay gente que lo necesita, más que yo. Nada más.

Definitivamente hay un antes el 19 de septiembre y hay un después. Me he vuelto un poco más sensible, siempre lo he sido, pero ahora más. He valorado más la vida en todos los sentidos y sobre todo te das cuenta que tienes la magnitud. No todo en la vida es malo.