Un púlsar, observado por primera vez en 1967, es un “cadáver estelar”, testigo y vestigio de una estrella que colapsó bajo su propia gravedad y estalló como supernova. En cierta forma, la poesía es así: condensa el lenguaje, lo mantiene en rotación hacia nuevas interpretaciones.

Cada poema es un nuevo faro espacial, un nuevo púlsar que ilumina y expande nuestro universo. En esta experiencia, Vicencio invita a un viaje de las formas místicas, tanto occidentales como orientales, donde el “yo” poético se construye a partir del abandono del espacio que habita.

Por Itzel Patricia Ortega Hernández

Ciudad de México, 28 de diciembre (SinEmbargo).- Un púlsar fue observado por primera vez el 28 de noviembre de 1967. La frecuencia estelar de sus emisiones descartaba la posibilidad de ser interferencia por parte de aparatos humanos; su regularidad, de ser cualquier cuerpo celeste conocido. Un pensamiento cruzó por la mente de la primera en observar: señales de otra civilización. Por supuesto que nada se dijo de esto y las lentes de otros equipos telescópicos ubicaron el origen de la radiación electromagnética: un “cadáver estelar”, compacto, rotatorio. Un púlsar es algo así como un faro espacial. Son los testigos y vestigios de una estrella que colapsó bajo su propia gravedad y estalló en forma de supernova.

En cierta forma, la poesía reúne estas características. La poesía condensa el lenguaje, lo mantiene en rotación hacia nuevas interpretaciones. Con disciplina, lectura constante y, algo de azar, logramos que su luz nos apunte directamente… cada poema es una nueva vuelta del faro, cada libro es un nuevo púlsar descubierto que contribuye a iluminar y expandir nuestro universo.

A diferencia de un púlsar, las señales que emite la poesía sí provienen de otra inteligencia consciente: la del poeta que a partir del lenguaje configura por diferentes métodos y con diferentes intenciones una experiencia determinada que también sucumbe ante su propio peso.

La experiencia que nos propone Aldo Vicencio en su libro Púlsar (Ediciones Camelot América, 2019), y como él mismo acepta, gravita entre lo confesional y lo hermético. Se trata de un viaje vitalista de las formas místicas, tanto occidentales como orientales, donde el “yo” poético se construye a partir del abandono del espacio que habita; espacio que, paradójicamente, lo va habitando durante las tres secciones que componen el libro.

La primera sección “{en estática, el lenguaje sin cuerpo}”, que es la más larga, encarna la paradoja mística del cuerpo como terreno de renuncia y, al mismo tiempo, como aquello que debe renunciarse. El poeta pretende despojar al lenguaje, mediante un acto de escritura, de su cuerpo: la escritura. El deseo de ascensión mística es patente en esta primera parte, sin embargo, esta no se cumple.

En la segunda sección, “{el tiempo de lo nombrado: el fin}” la voz lírica acepta al yo, como la única posibilidad que tiene para experimentar el mundo. El deseo de ascenso presente en la primera parte, lo lleva a una disolución del mundo exterior con el interno, presente en el símbolo de la casa como cuerpo que refleja el interior de quien la habita.

En este viaje que nos plantea el poeta, que intenta la ascensión pero que parece desplazarse de forma más bien horizontal, podemos encontrar versos de gran fuerza como “el cuerpo lánguido del aire”, “estos nombres que gravitan sin cuerpo”, “la belleza es poder leer el aíre” y otros más que van dando forma escritural al deseo de encontrarse con un lenguaje prístino, no sometido a las formas.

La tercera parte, llamada “{pertenecer al silencio, lo único}” da cierre a este viaje de representaciones corporales/espaciales con dos poemas íntimos que le permiten al poeta dar una resolución muy humana y válida a su libro: los hechos fácticos y sustanciales que aborda, transformados en poemas le permiten liberar la tensión que ha ido tejiendo durante el resto de su obra.

El poema que cierra este segundo libro de Aldo Vicencio es dual; omisión y símbolo. Plantea una postura y un aprendizaje de ese oficio del desamparo que es la mística y mantiene la paradoja indisoluble del placer y el padecer que vibra e ilumina con sus pulsaciones electromagnéticas, que somete a sí todo el peso de la imposibilidad comunicativa y que mantiene al lenguaje girando en la oscuridad del silencio.


Itzel Patricia Ortega Hernández, Ciudad de México, 1992. Hispanista por la UAM-Iztapalapa. Artículos de investigación, ensayos y poemas suyos se han publicado en revistas nacionales e internacionales. Ha colaborado en proyectos editoriales para la Academia Mexicana de la Lengua, La Universidad de Alicante, entre otros.