El escritor y crítico literario Rafael Lemus traza en su más reciente obra, Breve Historia de nuestro neoliberalismo (Debate 2021), el modo en el que neoliberalismo sacudió todos los órdenes del país: la economía, el Estado y particularmente el campo cultural.

Ciudad de México, 29 de mayo (SinEmbargo).– ¿Cómo y cuándo arribó el fantasma del neoliberalismo en México? ¿Cuáles han sido las secuelas que ha propagado este modelo —aún sigue vigente— a lo largo del país? La respuesta a estas cuestiones son abordadas por el escritor y crítico literario Rafael Lemus en su más reciente obra Breve historia de nuestro neoliberalismo (Debate 2021).

Se trata de un ensayo histórico que se centra en la historia cultural del neoliberalismo en México y la manera en la que ciertos intelectuales, escritores y agentes culturales contribuyeron con la imposición de este nuevo orden. La trama que se traza a lo largo de las líneas es alimentada por la figura de Octavio Paz. No el Paz —señala Lemus—  que fue “el vibrante escritor de los años sesenta” sino el que a su regreso a México, en los años ochenta, “asume abiertamente una función política y participa […] en frecuentes disputas coyunturales”.

En las páginas también figuran Gabriel Zaid, Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín y la manera en la que emplearon una narrativa que abrazó al modelo neoliberalista y lo afianzó en la cotidianidad del México moderno. 

“Lo que intento hacer en el libro es estudiar la radical transformación del país a partir de los años 80 hasta el presente. El modo en el que neoliberalismo sacudió todos los órdenes del país: la economía, el Estado, la ciudad, las universidades, el hogar, los cuerpos y me concentro, sobre todo, en el campo cultural mexicano”, comentó el propio Lemús en entrevista con Alejandro Páez Varela y Álvaro Delgado para el programa Los Periodista de SinEmbargo Al Aire.

Lemus compartió que en este amplio ensayo intenta “perforar las leyendas que se han creado alrededor de Paz, Krauze y Aguilar Camín. Por ejemplo, la de Paz como un poeta al margen de la vida material o como la de un intelectual que participa siempre desde la distancia crítica, y la de Enrique Krauze y Aguilar Camín como adalides de la democracia mexicana, como grandes figuras de la transición democrática”.

En ese sentido, desentraña las “alianzas con distintos grupos de poder, funcionarios y empresarios” de estos últimos dos y la manera en el que ese otro Paz, en el que se centra el libro, “se deja consentir” por Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo para ayudarles a “naturalizar la razón neoliberal en el país”.

A continuación, SinEmbargo comparte para sus lectores, el primer capítulo íntegro de Breve historia de nuestro neoliberalismo (Debate 2021), titulado “Editando neoliberalismo: Vuelta en los años ochenta”, una cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Breve Historia de nuestro neoliberalismo (Debate 2021).

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EDITANDO NEOLIBERALISMO: VUELTA EN LOS AÑOS OCHENTA

La historia de Vuelta empieza cinco años antes de Vuelta. En octubre de 1971 aparece, entre las páginas del diario Excélsior, el primer número de la revista Plural, fundada y dirigida por Octavio Paz. La revista, de acuerdo con el propio Paz, es un “centro de convergencia de los escritores independientes de México”, apenas emparentados por “la común adhesión a la autonomía del pensamiento y la afición a la literatura no como prédica sino como búsqueda y exploración, ya sea del lenguaje o del hombre, de la sociedad o del individuo”.

Cincuenta y siete números más tarde ese centro se cierra. Se conoce la historia: en julio de 1976, instigados por el gobierno del presidente Luis Echeverría Álvarez, un grupo de periodistas y trabajadores toma el control de la cooperativa de Excélsior —entonces el periódico de mayor circulación en el país y el único que ejerce una crítica constante de la administración echeverrista— y destituye al consejo directivo encabezado por Julio Scherer. También se sabe: tras el golpe al diario, Scherer y su equipo de reporteros, columnistas y caricaturistas fundan el semanario Proceso. Paz vuelve, en diciembre de ese mismo año, con Vuelta.

Sobre la portada blanca, verde y roja del primer número de Vuelta se lee una única frase: “estamos de Vuelta”. En el texto de presentación Paz remacha el mismo mensaje (“Vuelta, como su nombre lo dice, no es un comienzo sino un retorno”) y la página legal presume el mismo consejo de redacción que Plural: José de la Colina, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Alejandro Rossi, Kazuya Sakai, Tomás Segovia y Gabriel Zaid.

Vuelta no es Plural, sin embargo. Es, desde el principio, una publicación más polémica, más combativa, ideológicamente más definida. Como ha estudiado John King, ya desde los primeros números es posible observar una “tendencia de la revista a distanciarse cada vez más del modelo ‘plural’ en favor de una confrontación claramente definida”. En los términos del propio Paz, se transita de la “confusión Plural” —en la que cabían, a veces en un mismo dossier, autores de distinto signo político— a la “trinchera Vuelta”, sólida, compacta, ferozmente anticomunista y antipopulista. Parte de la contienda es interna: escritores de izquierda alguna vez cercanos a Plural —como Julio Cortázar y Carlos fuentes— son cuestionados en las páginas de Vuelta y, tarde o temprano, expulsados del círculo cercano. En paralelo con esa suerte de purga, el núcleo duro de la revista —constituido en los años que nos ocupan sobre todo por Paz, Gabriel Zaid, Enrique Krauze, de manera intermitente Mario Vargas Llosa y, más tarde, Jaime Sánchez Susarrey— redefine la postura ideológica de la publicación y dirige su batería crítica, número tras número, contra sus dos enemigos declarados: el Estado burocrático, no sólo en su versión mexicana, y el socialismo, tanto el “realmente existente” como la “doctrina” que —en términos de Paz, tan dado a metáforas clíni- cas— “intoxica” a buena parte de los intelectuales latinoamericanos. 

La relevancia de Vuelta en el campo cultural mexicano, desde su lanzamiento en 1976 hasta su desaparición en 1998, es incuestionable. En el plano literario, la revista es el punto de reunión de una amplia gama de poetas y narradores mexicanos (además de los reunidos en el consejo fundador, Jorge Ibargüengoitia, Jaime García Terrés, Julieta Campos, Eduardo Lizalde, Ulalume González de León…), latinoamericanos (Mario Vargas Llosa, Gonzalo Rojas, Ida Vitale, Jorge Edwards, Severo Sarduy…), europeos (Juan Goytisolo, Pere Gimferrer, Hans Magnus Enzensberger, Joseph Brodsky…) y estadounidenses (John Ashbery, Mark Strand, Charles Tomlinson…). Es también —como se verá en el tercer capítulo— un bastión de cierta idea del canon literario, impugnado en esas décadas lo mismo por la noción de la literatura comprometida que por los estudios culturales y las derivas posmodernas. En el plano político, su importancia no es menor. Célebremente, Vuelta es una de las publicaciones que ejerce de manera más sistemática la crítica del comunismo en Europa del este y que acompaña con más entusiasmo los procesos de deshielo y transición política de los años ochenta y noventa. De modo muy notorio, practica también, y con la misma vehemencia, la crítica de las guerrillas y los socialismos latinoamericanos. En el caso del debate político mexicano, Vuelta es mucho más que una mera publicación literaria: es un actor protagónico de ese debate, un grupo cultural que interviene permanentemente en la discusión pública, critica y acompaña a las administraciones en turno y produce discurso para los gobiernos que se empeñan en la reconversión neoliberal del país.

Ésa es la dimensión de Vuelta que importa aquí: su intervención política en el México de los años ochenta. Esto es lo que se quiere: trazar en cámara lenta el vuelco ideológico —el giro neoliberal— que tiene lugar en las páginas de la revista durante esa década.

1 CONTRA El OGRO FILANTRÓPICO

Ocho años antes de la aparición del primer número de Vuelta, el movimiento estudiantil de 1968 coloca en el centro de la vida política mexicana un signo: democracia. Es sólo hasta entonces, con las masivas protestas universitarias y la brutal represión gubernamental que les sigue, que se rompe con la idea de que el régimen priista es, a pesar de todo, una “democracia social” y se torna ya irrebatible que se trata de un régimen no democrático. Como ha notado Javier Contreras Alcántara, son varios los intentos que durante la década de los setenta se realizan por caracterizar al gobierno mexicano, los cuales irán desde “régimen de partido de Estado” hasta “dictadura” y “monarquía sexenal hereditaria”.

Es sólo en las páginas de Vuelta, sin embargo, donde esa crítica adquiere hacia finales de la década una nueva dimensión: ya no nada más crítica del sistema político mexicano sino también, y sobre todo, de lo que Michel Foucault llamaba “el principio de la razón de Estado”, esa lógica política según la cual gobernar significa ante todo “actuar de tal modo que el Estado pueda llegar a ser sólido”, obrar de tal manera que la acción del Estado tenga como principal efecto el fortalecimiento del Estado mismo. Dicho en otros términos: a la crítica, ya no tan infrecuente en el país, del presidencialismo, el centralismo, la corrupción, la burocracia y el corporativismo del régimen priista se le suma en Vuelta otra distinta y más severa —la de la primacía del Estado, la de su pretendida “preeminencia ontológica” sobre el mercado y la sociedad civil—. Son, sobre todo, dos las obras en las que esa operación tiene lugar: “El ogro filantrópico” (1978), acaso el ensayo político más conocido de Paz, y El progreso improductivo (1979), el libro en el que Zaid recoge los artículos sobre economía que había venido publicando desde Plural.

Se acostumbra leer “El ogro filantrópico” como un análisis del sistema político mexicano. Es eso y algo más: una crítica de la idea del Estado. Ya en las primeras líneas del ensayo Paz apunta que “nuestros especialistas”, “obsesionados con el tema de la dependencia y el subdesarrollo”, han olvidado estudiar la realidad “ambigua, contradictoria y, en cierto modo, fascinante” del Estado en América Latina —falla que él, desde luego, se propone reparar—. En México el Estado ha adoptado una forma peculiar: la de un “ogro filantrópico”, a la vez temible y dadivoso, autoritario y clientelista, que alberga “tres órdenes o formaciones distintas en su interior” —la burocracia administrativa, la clase política priista y “el conglomerado heterogéneo de amigos, favoritos, familiares, privados y protegidos” del presidente en turno—. En otras naciones son otras sus formas pero no menor su peso y relevancia: lejos de ser superestructura, el Estado es en todas partes “el modelo de las organizaciones económicas”; antes que servir a la sociedad, termina por absorberla: “fuera del Estado no hay nada ni nadie”. Al final es una, y terrible, su “naturaleza” en todas partes: “el Estado en el siglo XX se ha revelado como una fuerza más poderosa que los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina”.

Los ensayos reunidos en El progreso improductivo practican la crítica del sistema político mexicano y del principio de la razón de Estado desde otro ámbito: la economía. En un primer plano, el libro es una refutación de las políticas económicas (“populistas”) de las administraciones de Luis Echeverría y de José López Portillo. En otro, es una impugnación de la idea de progreso (industrial, urbano, burocrático) fomentada por los regímenes priistas, de Miguel Alemán en adelante. En otro más, es una condena —aún más severa que la de Paz— del aparato estatal, el cual ya no aparece aquí disfrazado de amo terrible y desalmado sino de operador torpe e improductivo, secuestrado por la burocracia y por la tecnocracia universitaria y enemigo tanto de los saberes tradicionales como de la iniciativa privada. Así funciona, someramente, la lógica de Zaid: el Estado, lo mismo en México que en el resto del mundo, actúa “como si fuera una persona: como un fin en sí mismo, como alguien cuyo verdadero fin fuera existir, crecer, multiplicarse, entregado a su vocación, que es la totalidad”; por lo mismo, su acción tiene, en todos los casos, consecuencias negativas: beneficia al Estado y a sus empleados pero perjudica a la gran mayoría que se gana la vida fuera de la burocracia. Da lo mismo si el Estado pretende favorecer, con servicios y subsidios, a la población: los ganadores son los universitarios y burócratas que diseñan y aplican los programas; los perdedores, los hombres y mujeres que, fuera de la nómina gubernamental o lejos de las urbes donde se concentran los servicios y obras públicas, no pueden cobrar su tajada, ni utilizar el puente apenas construido, ni atender la universidad financiada con dinero público. 

El neoliberalismo, se ha visto, no es sólo un proceso destructivo. A la vez que desmantela una racionalidad política, construye otra; antes que pretender desaparecer al Estado, lo reorganiza de acuerdo con criterios propios de las empresas; al tiempo que desalienta ciertas relaciones sociales, promueve nuevas, normalmente bajo el principio de la competencia, y se obstina en crear sujetos que, una vez desincorporados de las redes materiales del Estado de bienestar, se conciban a sí mismos como empresarios encargados de invertir, antes que cualquier otra cosa, su propio “capital humano”. Es más o menos fácil detectar aquí, tanto en “El ogro filantrópico” como en El progreso improductivo, la potencia negativa, destructiva, de una cierta racionalidad neoliberal. Aquí está la crítica del principio de la razón de Estado, de las relaciones sociales que produce y de algunas de sus subjetividades más representativas (el burócrata y el sujeto corporativizado, por ejemplo). Ahora, ¿es también visible la parte creativa, positiva? ¿Se encuentran ya aquí, en estos ensayos de finales de los años setenta, tropos de la racionalidad neoliberal que habrá de volverse hegemónica apenas algunos años más tarde?

No en Paz, no todavía. Aunque su análisis del sistema político es ya de corte liberal y su crítica del Estado raya a veces con el anatema (“un amo sin rostro, desalmado”), no plantea como alternativa una serie de medidas asociables al programa económico neoliberal que entonces empezaba a popularizarse en universidades estadounidenses y think tanks latinoamericanos. Dicho de otro modo: no propone —no todavía— poner en marcha un proceso de liberalización económica, y menos aún transformar al Estado en una suerte de empresa eficiente y productiva. A decir verdad, se opone enfáticamente a esto último: “el Estado —escribe— no es una empresa . las ganancias y las pérdidas de una nación se calculan de una manera distinta a la que nos enseñan las reglas de contabilidad”. Si al final hay una propuesta en “El ogro filantrópico”, es la misma que Paz venía planteando, sin precisión pero con regularidad, desde El laberinto de la soledad (1950): en vez de incorporarse a modernidades “exógenas”, el país debe crear su “propia” modernidad . así lo formula en esta oportunidad: 

No predico el regreso a un pasado, imaginario como todos los pasados, ni pretendo volver al encierro de una tradición que nos ahogaba. Creo que, como los otros países de América Latina, México debe encontrar su propia modernidad. En cierto sentido debe inventarla. Pero inventarla a partir de las formas de vivir y morir, producir y gastar, trabajar y gozar que ha creado nuestro pueblo.

El caso de Zaid es más complejo. Como Paz, Zaid está lejos de proponer un temprano paquete de medidas de liberalización económica. Aún más que Paz, es explícito en su rechazo al poder y las dinámicas de las grandes empresas privadas —nacionales o trasnacionales—, a las que en ese momento observa como “un nuevo recurso del Estado para someter a la sociedad”, para “bloquear el desarrollo” de los ciudadanos por su cuenta. A diferencia de Paz, sin embargo, Zaid realiza un par de operaciones en las que ya despunta otra gubernamentalidad: limitar radicalmente la capacidad económica del Estado y reconocer como agente económico básico al individuo, concebido como un empresario sometido a partes iguales por las grandes empresas y las estructuras estatales. Por una parte, y dado que, de acuerdo con él, el mayor y casi único beneficiario de las acciones del Estado es el estado mismo, propone desconcentrar la iniciativa económica: arrebatársela a la burocracia y devolvérsela a los individuos. Por la otra, y dado que, según su lógica, “[l]os mexicanos más pobres [son] empresarios oprimidos”, sugiere dotar a los ciudadanos ya no tanto de servicios y prestaciones como de herramientas e incentivos capaces de fomentar su pretendido emprendurismo. Ése es el sujeto que Zaid celebra y coloca en el centro de su obra: no el trabajador, y mucho menos el burócrata, sino el pequeño empresario que, lejos de empeñarse en la construcción de un régimen de derechos sociales universales, opera en solitario, se sabe dueño de un cierto “capital humano” y está listo para arriesgarlo en diferentes transacciones comerciales. Apenas si es necesario decir que aquí se asoma ya el homo economicus que años más tarde el orden neoliberal se obstinará en producir.

2. 1988: CRISIS Y DEMOCRACIA

Es justo entonces, justo cuando Vuelta termina de afinar su crítica al principio de la razón de Estado, que el Estado mexicano entra en una de sus crisis más severas. En el transcurso de 1982 la moneda se devalúa de 22 a 70 pesos por dólar, la inflación crece a una tasa de más de 100 por ciento anual, la deuda externa rebasa los 80 mil millones de dólares y la ilusión petrolera, alentada por el gobierno a lo largo de todo el sexenio (“tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”), se desvanece. El 1o de septiembre, en su último informe de gobierno, el presidente José López Portillo achaca la crisis a la especulación financiera (“apostar contra el peso se convirtió en el mejor de los negocios”), responsabiliza a los banqueros (“en las mismas ventanillas […] se aconsejaba y apoyaba la dolarización”), acusa a la burguesía nacional (“tenemos datos de que las cuentas bancarias recientes de mexicanos en el exterior ascienden, por lo menos, a 14 mil millones de dólares”) y anuncia, con el argumento de que sólo así se interrumpirá la fuga de capitales, la nacionalización de la banca. “Ya nos saquearon —exclama—. México no se ha acabado. No nos volverán a saquear.” 

A la larga ese anuncio será interpretado repetidamente como el canto de cisne del modelo de desarrollo estatista. A la larga, también, terminará por formarse una suerte de consenso liberal contra la medida. Lo cierto es que en el momento, como ha mostrado Claudio lomnitz, la mayor parte de los intelectuales coincide con el diagnóstico de López Portillo (la crisis se debe sobre todo a la trai- ción de los sacadólares) y aprueba —con más o menos entusiasmo— la decisión presidencial de nacionalizar la banca. En la revista Nexos, por ejemplo, Héctor Aguilar Camín celebra la medida como una atinada vuelta a los principios del nacionalismo revolucionario: “la nacionalización de la banca —escribe— implica para los mexicanos un auténtico regreso de la historia, la inesperada actualización de las poderosas tradiciones políticas y jurídicas”. En otras publicaciones periodistas e intelectuales proceden más o menos del mismo modo, replicando la dicotomía propuesta por López Portillo y alineándose, en el acto, con los nacionalistas y contra los traidores, los sacadólares, previamente vapuleados en el informe de gobierno.

Ejemplo de ello es “El timón y la tormenta”, el artículo que Enrique Krauze —entonces ya subdirector de la revista— publica en octubre de ese año en Vuelta. “Lo que México vivió en este sexenio no fue un saqueo: fue una deserción nacional”, escribe Krauze líneas antes de lanzarse, previsiblemente, contra los sacadólares —o contra los metecos, como prefiere llamarlos repitiendo una expresión de José Vasconcelos—. Aunque critica la “ilusión petrolera” creada y fomentada por el gobierno —así como “la improductividad de las inversiones, su origen crediticio, el ritmo con que se ejercieron y el destino al que se aplicaron”—, no deja de concederle el beneficio de la duda a la determinación de nacionalizar la banca: “es imposible saber ahora si las decisiones anunciadas el 1o de septiembre serán la palanca que el país requiere para superar la crisis económica” . Sorprendentemente Krauze reserva las críticas más severas no a López Portillo sino al expresidente Miguel Alemán, no a las políticas económicas estatistas practicadas entre 1970 y 1982 sino al modelo de desarrollo industrial implementado en el país desde el sexenio alemanista (1946-1952). En sintonía con las ideas económicas de Zaid —opuestas, como ya se vio, a la modernización operada en el país a partir de los años cuarenta—, anota Krauze: “el gran vuelco en la historia mexicana, la verdadera pérdida de paso, ocurrió en 1946. En ese año México comenzó a desandar. Nadie como Frank Tannenbaum entendió la apuesta equivocada de aquel régimen, la creación de una casta —una alianza— urbana de empresarios, burócratas y —hay que decirlo— obreros, que prosperarían a costa del México rural”. Consecuentemente, lo que propone no es —no todavía— acelerar la modernización liberal sino “replantear el modelo de desarrollo” para forjar así, citando a Tannenbaum, un México “modesto pero equilibrado, sano y feliz, que viva a tercias partes de su industria, su agricultura y su minería”. Más aún, sugiere —ahora en sintonía con Paz— una suerte de vuelta al pasado, de algún modo guiada por una imprecisa sabiduría popular: 

en una crisis como ésta deberíamos volver naturalmente [al pasado]. Es nuestra fuente de sabiduría. Si sabemos reconocerlo, lo hallaremos hoy mismo en la calle, en la cultura e identidad de los millones de mexicanos que no tienen voz. Nada firme construiremos sin contar con ellos, sin escucharlos. De allí que nuestra única alternativa de reconstrucción deba partir de la sociedad civil que atesora el pasado. 

Si un discurso representa a la revista Vuelta de finales de los años setenta, principios de los ochenta, es éste: esta combinación de las tesis económicas de Zaid y del relato histórico-cultural de Paz. De un lado, la crítica al modelo de desarrollo económico de los regímenes posrevolucionarios, modelo que, de acuerdo con Zaid, oprime a los pobres y campesinos y premia a los burócratas y universitarios que lo administran. Del otro, la idea, tan cara a Paz, de que México ocupa un espacio excéntrico en Occidente y precisa, por lo tanto, de una modernidad propia, no exógena, abierta lo mismo al presente que a la tradición. A veces Paz encuentra indicios de esa modernidad alternativa en la experiencia zapatista, a veces en el populismo cardenista. En “El timón y la tormenta” la referencia de Krauze, ya se vio, es el sociólogo estadounidense Frank Tannenbaum y su ideal —expuesto en Mexico: The Struggle for Peace and Bread (1950)— de una nación tripartita, minera, agraria e industrial a partes iguales. Un par de meses más tarde, en el número de diciembre, Zaid ilustrará de otro modo, ahora con palabras de Ramón López Velarde, la misma idea: 

López Velarde ve el peligro de un nuevo triunfalismo, de una patria “pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”, como el porfirismo. Siente que “Han sido precisos los años de sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa” […] López Velarde no vivió para ver el nuevo porfiriato, la nueva patria pomposa y multimillonaria que hoy está en quiebra. Pero, hace poco, Octavio Paz le dio una nueva expresión al teorema de López Velarde: necesitamos un proyecto nacional más humilde.

Entre este discurso y el discurso liberal que la revista blandirá unos pocos años más tarde media una distancia enorme. El texto que empieza a recortar esa distancia, y que de algún modo sirve a manera de puente entre las dos orillas, es “Por una democracia sin adjetivos”, también de Krauze. Publicado en el número de enero de 1984, este ensayo es importante en, por lo menos, dos sentidos. En principio, es el primero que ofrece un relato liberal sobre la crisis económica del 82, ya lejos de la narrativa nacionalista ofrecida por López Portillo. Después, es el texto que coloca la categoría democracia en el centro del discurso político de Vuelta, desplazando de ahí la idea de una “modernidad propia”, a partir de entonces ya poco procurada en las páginas de la revista.

“Por una democracia sin adjetivos” ofrece un dictamen de la crisis muy distinto al que ofrecía, apenas unos meses antes,“el timón y la tormenta”. Aquí la crisis ya no es sólo económica: es una crisis sistémica. Primero, porque el ogro filantrópico, saqueado y endeudado,“no puede cumplir ya su proverbial función de dar”. Segundo, porque, junto con el ogro, se desgasta la ideología que lo acompañaba: “Todo por servir se acaba: hasta la ideología de la Revolución Mexicana”. Lo que Krauze parece observar aquí es un país al borde de una situación poshegemónica: el discurso del nacionalismo revolucionario no produce ya consentimiento, como tampoco lo hace el —de acuerdo con él— plausible pero insuficiente discurso de austeridad y honestidad que la nueva administración de Miguel de la Madrid promueve. Además, severamente limitados sus fondos, el Estado es ya incapaz de apagar el disenso incorporando a los opositores en su seno. Es un escenario insólito para México: el gobierno no cuenta, por primera vez desde la fundación de Partido Nacional Revolucionario en 1929, con los recursos materiales ni culturales necesarios para reproducir su hegemonía.

Numerosos intelectuales han aprovechado coyunturas como ésta para atender los conflictos políticos y sociales que se develan una vez que el relato ideológico que intentaba suprimirlos empieza a venirse abajo. Otros tantos han llamado a ocupar el vacío de pronto abierto con relatos populares, insurgentes. La postura de Krauze es otra: hay que construir un nuevo relato hegemónico cuanto antes, y hay que construirlo desde el poder ya constituido. Lo apremiante es cerrar la fractura, no mirar a través de ella ni mucho menos agrandarla. Lo fundamental es asegurar la estabilidad política, garantizar la capacidad de gobernar de quienes ya gobiernan, y para ello, propone Krauze, el gobierno debe hacer dos cosas: reformar (democratizar”) algunas de sus prácticas e instituciones y formular una nueva narrativa de legitimación, que ya él mismo esboza. Éste es un punto decisivo en la historia de Vuelta: el momento en que la revista empieza a operar menos como crítica del Estado que como productora de signos y discurso para las administraciones federales en turno, el instante en que este grupo intelectual asume como una de sus tareas principales la de colaborar en la fabricación de esa nueva narrativa. Así, después de trazar un perfil bastante favorable de De la Madrid (“representa una posibilidad de desagravio y democratización”), Krauze aconseja de este modo al presidente y sus ministros: 

El presidente ha logrado transmitir una imagen de reciedumbre, sinceridad y limpieza. Se diría que se ve en la figura de un cirujano obligado a practicar una operación dolorosa […] [Pero] el mensaje no puede consistir solo en la frase de Séneca: “soporta y renuncia.” La gente, más responsable y adulta de lo que los políticos suelen creer, necesita horizontes. La carga de la crisis sería mucho más llevadera si el presidente y sus ministros suministrasen con calor, con claridad y sin tecnicismo una amplia información: causas de la crisis, errores cometidos, proyectos, restricciones, perspectivas, plazos, comparaciones con otros países y recursos, sobre todo recursos: materiales, humanos, históricos. Pero además de la información, una mayor presencia. La sensación de que el Presidente no solo dice compartir sino que, en efecto, comparte los enormes sacrificios del pueblo. El mensaje de De la Madrid ha sido fundamentalmente estoico, pero el mexicano, desde hace siglos, alimenta su estoicismo con un poco de fe. Nada se puede sin creencias.

Esas nuevas “creencias” —que el gobierno necesita proveer a una ciudadanía “adulta” pero crédula— no deben ser ya, no pueden ser ya, las del nacionalismo revolucionario: ya no igualdad y justicia, o seguridad social, o el gastado mito de la excepcionalidad mexicana, sino democracia, definida aquí en términos estrictamente procedimentales: 

El gobierno tiene un as en la manga olvidado desde la presidencia de Madero: la democracia. Ha sido un ideal revolucionario relegado para otros fines, igualmente válidos pero distintos: el bienestar económico, la justicia social, la afirmación nacional, la paz y la estabilidad. Siempre existen argumentos para limitar, posponer o desvirtuar a la democracia […] sin embargo, la lección histórica es clara. Las sociedades más diversas y las estructuras más autoritarias descubren, sobre todo en los momentos de crisis, que el progreso político es un fin en sí mismo. Confiar en la gente, compartir y redistribuir el poder, es la forma más elevada y natural de desagravio.

Aunque Krauze nombra aquí a Madero y presenta la democracia como un “ideal revolucionario”, no es la Revolución mexicana la referencia histórica más relevante en el texto. Junto con el nacionalismo revolucionario, atrás quedan las figuras de Zapata, Cárdenas y Tannenbaum, tan importantes poco antes en el discurso político de Vuelta. Los nuevos héroes son los liberales del siglo XIX, y el “horizonte”, la República Restaurada, reivindicada años antes por Daniel Cosío Villegas y descrita así por Krauze:

Por diez años (1867-1876), bajo las presidencias de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, México ensayó una vida política a la altura de los países avanzados de Europa o de Estados Unidos. No había partidos sino facciones dentro del grupo liberal, pero existía una verdadera división de poderes, un respeto fanático —¿y qué otro cabe?— por la ley, soberanía plena de los estados, elecciones sin sombra de fraude, magistrados independientes, y una absoluta libertad de opinión que se traducía, hasta en los más remotos pueblos del país, en una prensa ágil, inteligente y combativa. Los hombres amaban la libertad política. Los definía más el patriotismo que el nacionalismo. No eran indiferentes a los males económicos o sociales pero desconfiaban de las soluciones autoritarias para aliviarlos.

En el relato histórico que Krauze continúa construyendo no es sólo Porfirio Díaz el responsable de haber destruido esa “arcadia republicana”; también lo es la Revolución, que, aunque animada por la “chispa liberal” de Madero, no pudo ni quiso restaurar el orden político de los liberales del XIX. En vez de ello, los líderes revolucionarios inventaron un peculiar sistema político, contraliberal y antidemocrático, cuyos vicios y excesos condujeron, finalmente, a la gran crisis del 82. Como ha notado lomnitz, lo que Krauze realiza aquí no es una suerte menor: ofrece, por primera vez, una “interpretación de la crisis que sitúa el principio de la caída de México en la construcción del Estado revolucionario” y propone, casi por carambola, una “vuelta a una idealizada República Restaurada”. Para decirlo de otro modo: localiza el problema en el nacionalismo revolucionario y presenta como solución el liberalismo, ahora mostrado en términos políticos pero pronto también en términos económicos. Otro punto de inflexión: a partir de este momento Vuelta ya no sólo realiza la crítica del principio de la razón de estado; empieza a construir una narrativa liberal que rima bien con la racionalidad neoliberal dentro la cual el gobierno de Miguel de la Madrid ya comienza a operar.

Cosa curiosa: el ensayo, que desde su título promueve la democracia, apenas si define qué entiende por ella. En alguna parte se cita el conocido aforismo de Churchill: “la democracia es un mal sistema salvo en un sentido: todos los demás son peores”. En otra se advierte que “la democracia no es la solución de todos los problemas sino un mecanismo —el menos malo, el menos injusto— para resolverlos”. En una más se recurre a un “espejo remoto y aleccionador”, la Inglaterra del siglo XVIII, para observar allí un proceso ejemplar de democratización y un modelo de democracia. Ésa, está claro, es la fuente democrática que Krauze elige: la Inglaterra liberal y no, digamos, la Atenas clásica, la Revolución francesa o alguna efímera experiencia comunitaria. Ése es el tipo de democracia que suscribe: la democracia liberal —los procedimientos de gobernanza de la democracia liberal— y no otras formas democráticas más igualitarias, más horizontales, más radicales. Así, cuando Krauze apremia a democratizar el sistema político, llama en realidad a hacer tres cosas, de cualquier modo no menores en el autoritario contexto mexicano: limitar el poder del presidente, garantizar elecciones limpias y fomentar una prensa crítica. De cierto modo, lo más interesante aquí no es el concepto de democracia —bastante restringido— que Krauze emplea sino su afán de hacer pasar esa democracia por la verdadera democracia, la democracia en Estado puro, sin adjetivos.

Al término democracia se le suelen dar dos usos contradictorios —la “paradoja democrática” de la que ha hablado Jacques Rancière—. Democracia es, en un sentido, un conjunto de instituciones y procedimientos, una forma de gobierno en la que políticos y tecnócratas, en parte electos a través del voto popular, trabajan por el bien común. Democracia es, en otro sentido, una forma de vida social, un Estado de antagonismo permanente en el que —a diferencia de lo que ocurre en las aristocracias, las oligarquías o las gerontocracias— ningún gobierno puede fijarse sólidamente puesto que nadie goza de privilegio alguno para gobernar sobre los otros. De un lado —y para emplear los términos de Rancière—, democracia como police, como una cierta distribución de lo sensible; del otro, democracia como política, como una continua impugnación de toda distribución de lo sensible. Una democracia atenta contra la otra: la democracia como forma de gobierno está siempre amenazada por la democracia como forma de vida social, y la segunda deja de existir si la primera se establece. Para prevalecer, la democracia como forma de gobierno debe reprimir, y hasta suprimir, la política; para existir, la democracia como forma de vida social debe antagonizar incesantemente con la police

En este momento Krauze reivindica vehementemente el primer uso: democracia como forma de gobierno. Apenas unos años más tarde, cuando el conflicto social se extienda por el país y una combativa “sociedad civil” emerja como protagonista en el escenario, él y otros autores de Vuelta militarán activamente contra la segunda: contra la democracia como forma de vida social. 

3. 1985: SISMO Y SOCIEDAD CIVIL

Uno de los lugares comunes que acompaña al giro neoliberal, lo mismo en México que en otros países, es el que afirma que el Estado destruye las virtudes (honestidad, esfuerzo personal, satisfacción por el trabajo bien hecho) de la sociedad civil. Esta idea, ya se vio, está en la base del pensamiento de Zaid y su reivindicación de la iniciativa empresarial, en teoría oprimida por la casta de burócratas y universitarios que administran el Estado. Está también de algún modo en Paz y su noción, un tanto esotérica, de que el pueblo mexicano conserva, en alguna parte de su intrahistoria, hábitos democráticos heredados desde la Colonia. Está, por último, en Krauze y su llamado a que el régimen comparta el poder con la gente, “más responsable y adulta de lo que los políticos suelen creer”.

Esa sociedad civil elogiada por Zaid, Paz y Krauze irrumpe, de golpe, el jueves 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México. Se sabe: a las 7:19 de la mañana un terremoto de 8 .1 grados Richter sacude la ciudad, derrumba casas y multifamiliares y provoca la muerte de miles de personas. También se sabe: ese mismo día miles de ciudadanos salen a las calles y se organizan para asistir a los heridos y rescatar cuerpos y sobrevivientes de entre los escombros. Casi de inmediato, esos ciudadanos se vuelven símbolo de la “sociedad civil” de la que se había venido hablando. También casi de inmediato escritores y periodistas de distinto signo político se apuran a incorporar los sucesos en sus relatos ideológicos previamente armados. En un primer momento los intelectuales de Vuelta parecen coincidir en su apreciación de los hechos con intelectuales de izquierda como Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska: también ellos aplauden los esfuerzos ciudadanos, también ellos vinculan esos esfuerzos con la emergencia de una democratizante “sociedad civil”. Con el paso del tiempo, sin embargo, divergirán radicalmente las posturas: unos y otros hablarán de distintas “sociedades civiles”, unos y otros encargarán distintas funciones a la ciudadanía.

“Los temblores del 19 y el 20 de septiembre —escribe Paz en ‘escombros y semillas’— nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio .” “Acaso la revelación mayor —añade Krauze en ‘Revelación entre ruinas’— fue la actitud pronta, fraternal y solidaria de la ciudadanía sin distinción de clases .” Remata Paz:

La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay —enterrados, pero vivos— muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas, quiero decir, no nacieron con una filosofía moderna, sea la de la Ilustración, el liberalismo o las doctrinas revolucionarias de nuestro siglo. Son más antiguas, y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México . son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia. Kropotkin y santo Tomás, suárez y Rousseau, suspendiendo por un momento sus disputas, habrían aprobado con una sonrisa conmovida la conducta del pueblo. Las raíces comunitarias del México tradicional están intactas. La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales. No fue una rebelión, un levantamiento o un movimiento político: fue una marea social que demostró, pacíficamente, la realidad verdadera, la realidad histórica de México. O, más exactamente: la realidad intrahistórica de la nación. La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad.

A primera vista, los textos de Paz y Krauze coinciden, en su dictamen y entusiasmo, con las crónicas que Monsiváis publicó en aquellos meses y que, ya recogidas en el libro Entrada libre: crónicas de la sociedad que se organiza (1987), terminarían por convertirse, junto con Nada, nadie: las voces del temblor (1988) de Elena Poniatowska, en el relato más influyente sobre el sismo y sus efectos. Hay, sin embargo, diferencias capitales. Primero: para Monsiváis —al revés de para Paz y Krauze— la movilización ciudadana que sigue al terremoto, en vez de ser una anomalía, se inscribe en un continuo de movimientos y protestas populares, de la huelga ferrocarrilera de 1959 al movimiento estudiantil de 1968 a —más tarde— la disidencia magisterial de la CNTE o el paro universitario de 1987. Segundo: de acuerdo con Monsiváis, esa movilización ciudadana, antes que muestra de una “actitud pronta, fraternal y solidaria”, exhibe un conflicto político y es, en rigor, un acto de desobediencia civil. Tercero: si para Paz y Krauze la lección del terremoto es que la sociedad mexicana es democrática y solidaria y por lo mismo el gobierno debe adelgazar y devolverle “a la sociedad lo que es de la sociedad”, para Monsiváis la enseñanza es que la sociedad civil, potente y antagonista, sólo forzará la democratización mediante lo que él mismo llama la “estrategia de la movilización permanente”: “plantones, marchas, mítines, asambleas, exigencia de diálogo con las autoridades correspondientes, boteo, volanteo, pintas, ocasionales huelgas de hambre, arduos viajes a la capital para instalar campamentos de la Dignidad”.

Dos concepciones de la sociedad civil se oponen a partir de entonces (y, de algún modo, hasta el presente): la de aquellos que, como Monsiváis, sostienen que la sociedad civil es un sujeto beligerante que actúa siempre en una “zona de antagonismo”45 y cuya estrategia es el enfrentamiento permanente, y la de aquellos otros que, como Krauze, Paz y Zaid, apuntan que la sociedad civil está conformada por grupos de “mexicanos que no son revoltosos ni dejados” que actúan con objetivos específicos y que vuelven a y se dispersan en la esfera privada una vez que han conseguido sus objetivos o manifestado su preciso desacuerdo en la esfera pública. Allá, sociedad civil como disenso y política; acá, como una pieza más en la “caja de herramientas de la gubernamentalidad liberal”, como un concepto blando y acotado que funciona ante todo para excluir, para sancionar como antidemocráticas todas las prácticas que la rebasan.

Tras el sismo Monsiváis encontrará distintas representaciones de su sociedad civil en la misma Ciudad de México: en la huelga universitaria de 1987, en distintas acciones barriales del “movimiento popular urbano”, en las manifestaciones que en 1994 y 1995 acompañan la emergencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y reclaman el cese de la campaña militar en su contra. Los autores de Vuelta, por el contrario, tendrán que ir a buscarla a otra parte, ya no en la capital, y menos en el sur del país, sino en el norte, liderado por empresarios y con una fuerte presencia del conservador Partido Acción Nacional (PAN). En junio de 1986, casi un año después del temblor y unos meses antes de las elecciones locales allí, Krauze publica “Chihuahua: ida y vuelta”, una suerte de soterrada réplica a las crónicas defeñas de Monsiváis. Lejos de la desordenada multitud de la Ciudad de México, los protagonistas de la crónica de Krauze son empresarios, candidatos panistas, historiadores empeñados en trazar una genealogía liberal del norte, sacerdotes que “no traducen, como Hidalgo, a Racine ni leen a Voltaire pero transmiten una impresión de liberalidad”48 y, al fondo, sin voz, una sociedad dispersa que participa sólo a través de los partidos políticos . en el avión que lo lleva de vuelta a la Ciudad de México, Krauze —“chilango pecador”— concluye: Chihuahua, y no la Ciudad de México, “vive hoy la revolución de la democracia”; Chihuahua, y no la Ciudad de México, “puede ser la cuna de los nuevos tiempos”.

Con el paso de los años se intensificarán en Vuelta los elogios al norte del país y no escasearán las condenas a la Ciudad de México, la que a la primera oportunidad votará al izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD) y funcionará, en la imaginación liberal, como un peligro permanente, como “una caldera que —en palabras de Paz— contiene esos elementos inflamables que son las masas urbanas, especialmente las de los jóvenes”. En algún momento, ofuscado por el avance de la izquierda en el centro y sur del país, Krauze incluso llamará al norte a dar un simbólico “Grito de Independencia”. Varios años después, con motivo de la muerte de su amigo y socio el empresario regiomontano Lorenzo Zambrano, director general de Cemex, el mismo Krauze reconocerá que aquella coincidencia entre Vuelta y los empresarios norteños en los años ochenta terminaría por convertirse, décadas más tarde y ya en Letras Libres, en algo más sólido e íntimo: una “familia”.

4. 1988: ELECCIONES Y ESTABILIDAD

La “revolución de la democracia” no vendrá, sin embargo, del norte ni tendrá los colores del PAN. El 30 de septiembre de 1986, apenas tres meses después de la publicación de aquella crónica de Krauze, el michoacano Cuauhtémoc Cárdenas —hijo del expresidente Lázaro Cárdenas— y el defeño Porfirio Muñoz Ledo anuncian la creación de la Corriente Democrática al interior del PRI. El 14 de octubre de 1987, una vez que De la Madrid designa como candidato oficial a Carlos Salinas de Gortari, Cárdenas acepta la candidatura de un pequeño partido opositor, el Partido auténtico de la Revolución Mexicana (PARM). En cuestión de unos meses se constituye, con la suma de organizaciones de izquierda y de priistas “nacionalistas” desplazados en su partido por los “tecnócratas”, el frente Democrático Nacional, con Cárdenas como candidato a la presidencia. Se conoce el resto de la historia: el 6 de julio de 1988 se celebran elecciones; después de una demora a causa de una pretendida “caída del sistema” de cómputo, el gobierno declara ganador con apenas poco más de 50 por ciento de los votos a Salinas de Gortari; la oposición desconoce los resultados y alega fraude; un largo e intenso conflicto poselectoral estalla.

Ya antes de las elecciones Vuelta concentra sus críticas en Cárdenas y en el frente Democrático Nacional apenas formado. Jaime Sánchez Susarrey —ganador de un concurso de ensayo político convocado por la revista y de ahí en adelante uno de sus analistas políticos de cabecera— advierte, días antes de los comicios, por ejemplo, que “la cultura política de izquierda carece de una tradición democrática”, sentencia que “de Cárdenas a los leninistas y trotskistas existe el acuerdo ‘esencial’ de que la democracia, para ser democracia, debe ser adjetivada” y desliza la idea de que la izquierda mexicana, justo en el momento en que “el sistema político se moderniza y se abre al juego con otras fuentes y proyectos”, es “una suerte de emisario del pasado”.Esta noción —la de la izquierda como un fantasma del pasado— se cuela en prácticamente todos los textos que los autores de Vuelta dedican al conflicto poselectoral —y los acompañará desentonces, lo mismo cuando cuestionen al EZLN que cuando antagonicen, ya entrado el siglo XXI, con el líder de izquierda Andrés Manuel lópez Obrador. Aquí un radical giro ideológico ha concluido en la revista: si a principios de esa década Paz, Zaid y Krauze prescribían —cada uno a su manera— una cierta vuelta al pasado, en 1988 ya acusan a la izquierda de pretender precisamente eso. Es ahora otro su adversario: no más la modernización liberal conducida por los gobiernos priistas —a la que en algún momento concibieron como exógena, burocrática, elitista, alemanista y contraproducente—, sino las fuerzas políticas y sociales que se oponen, justamente, a la modernización neoliberal conducida por los gobiernos priistas.

Es a partir de este momento que la revista empieza a dedicar la mayor parte de sus textos de opinión política a una misma tarea: representar a la izquierda mexicana —entonces todavía sin experiencia alguna de gobierno— como una amenaza para la democracia; democracia, por otra parte, todavía inexistente en México bajo cualquier criterio. En los artículos que preceden, acompañan y siguen a las elecciones del 6 de julio la izquierda partidista mexicana será descrita indistintamente como nostálgica (Sánchez Susarrey: “el movimiento cardenista enarbola la vuelta al modelo anterior como la solución de todos los problemas”), violenta (Sánchez Susarrey: “una vocación revolucionaria que no teme hacer uso de la violencia para defenderse de un gobierno antipopular y antinacional”),57 irracional (Sánchez Susarrey: “la historia de la izquierda mexicana, particularmente la de los marxistas-leninistas, bien puede definirse como la de un desencuentro con la realidad nacional”), fundamentalista (Krauze: “el fundamentalismo cardenista [triunfó] en la ciudad de México y en el mapa biográfico del general Cárdenas: Michoacán, Morelos, buena parte de Guerrero, la zona petrolera”) y, ya de plano, como fatal, genéticamente antidemocrática (Krauze: “no sin dolor sostengo la impopularísima opinión de que la izquierda mexicana, espina intelectual del cardenismo, no es ni será ya nunca democrática”).

Una vez construido, ese enemigo antidemocrático, nostálgico y populista cumple distintas funciones en beneficio de la revista . Para empezar, de algún modo justifica las nuevas alianzas intelectuales y materiales del grupo, lo mismo con el empresariado regiomontano y sectores del PAN que con buena parte de los escritores de Nexos: si coincidimos y nos aliamos con ellos —es el argumento— es porque debemos dejar las diferencias de lado para hacerle frente al peligro que representa la izquierda. También sirve para justificar la cercanía y el apoyo —a veces explícito— de la revista a las administraciones federales en curso: si coincidimos y avalamos, en lo general, sus políticas —continúa el argumento— es sobre todo porque la otra opción, la izquierda mexicana, es temible. La presencia de ese enemigo reporta, asimismo, un beneficio capital para los gobiernos neoliberales, tanto en México como fuera de México. Hay una contradicción en el liberalismo que el neoliberalismo hereda: de acuerdo con la racionalidad liberal, el Estado debería actuar lo menos posible, y sin embargo actúa y vigila y ordena y disciplina y reprime y hace la guerra. En los regímenes neoliberales la paradoja se intensifica: a un mismo tiempo se expresa la necesidad de adelgazar y de fortalecer al Estado, de reducir sus funciones económicas y de robustecer su aparato de seguridad puesto que, se dice, son muchas y poderosas las amenazas. Al final, como apunta Foucault, “no hay liberalismo sin cultura del peligro”;  el Estado liberal necesita de un monstruo siempre acechante, siempre a punto de emerger de debajo de la cama, para justificar su propia acción. En otras partes del mundo gobiernos y grupos intelectuales neoliberales gastan buena parte de los ochenta y noventa en la construcción de una amenaza fundamentalista. En México el monstruo —formado en buena parte con el esfuerzo de Vuelta— será casi exclusivamente la Izquierda —al menos hasta que, ya en el siglo XXI, emerja como competencia el Narco.

De regreso a 1988: mientras el frente Democrático Nacional y numerosos intelectuales de izquierda sospechan de los resultados electorales y exigen un recuento de las actas, la constante entre los autores de Vuelta es —como ha visto Carlos Illades— “evadir la discusión acerca de la inequidad de la contienda, la opacidad informativa y la manipulación de las cifras electorales” así como invitar a “mirar hacia el futuro, asumiendo que el gran derrotado de la jornada había sido el corporativismo y el indiscutible ganador el ciudadano… Salinas” . Otra constante en los textos que publican entonces es la del tópico de la inestabilidad. En las últimas líneas de “Por una democracia sin adjetivos” Krauze llamaba a “no hacer un dios absoluto de la estabilidad” y, más aún, a pagar “el posible precio de inestabilidad” que la transición a la democracia podría implicar. Cinco años más tarde, a la mitad del conflicto poselectoral, la consigna es precisamente la contraria: asegurar la estabilidad, incluso si eso supone posponer, o hasta sacrificar, la “democracia sin adjetivos” tantas veces defendida y reclamada en las páginas de la revista. Tal como se esfuerzan en presentarla los autores de Vuelta, la coyuntura no es tanto un conflicto poselectoral —el cual podría resolverse, como la oposición demanda, con el recuento de los votos— como un estado de emergencia, una disyuntiva entre orden o caos, paz o violencia.

“Ante un presente incierto” es el título de los tres artículos que Paz publica, entre el 10 y 12 de agosto, en el diario La Jornada. Después de dedicar el primero de ellos a repasar algunas de sus tesis sobre la historia política de México, Paz reproduce en el segundo la distinción ya trazada en Vuelta entre modernos y antimodernos. En un extremo, la izquierda cardenista: “el neocardenismo no es un movimiento político moderno, aunque sea otras muchas cosas, unas valiosas, otras deleznables y nocivas: descontento popular, aspiración a la democracia, desatada ambición de varios líderes, demagogia y populismo, adoración al padre terrible, el Estado, y, en fin, nostalgia por una tradición histórica respetable, pero que treinta años de incienso del PRI y los gobiernos han embalsamado en una leyenda piadosa: Lázaro Cárdenas”. En el extremo contrario, el priismo tecnocrático: “Puede definirse a la modernización, sumaria y esencialmente, como una tentativa para devolver a la sociedad la iniciativa que le fue arrebatada y así romper la inmovilidad forzada a que nos ha condenado el patrimonialismo estatal […] una fracción del grupo dirigente —la más joven, inteligente y dinámica— se decidió por la modernización […] hay que continuarla, extenderla y profundizarla”.

Dividido de ese modo el escenario, el tercero de los artículos dibuja la disyuntiva a la que el país pretendidamente se enfrenta: no ya entre un partido u otro, entre una u otra opción política, sino entre modernidad o tradición, futuro o pasado, “transición pacífica a la democracia” o “la doble violencia que ha ensombrecido nuestra historia, la de los partidos y los gobiernos”. Bajo esa luz, los candidatos de los partidos opositores (Cárdenas y el panista Manuel Clouthier) aparecen menos como eso que como agentes de un cierto radicalismo revolucionario: “lo que piden los dos candidatos, en verdad, es la rendición incondicional de sus adversarios. En un abrir y cerrar de ojos quieren desmantelar al PRI y poner de rodillas al gobierno. Otra vez: todo o nada. Poseídos por los fantasmas de nuestro pasado, los líderes de la oposición buscan la derrota total, la aniquilación política de sus antagonistas. No son partidarios de una transición —o sea: una evolución gradual y pacífica, como pedimos algunos desde 1969— sino de un cambio brusco, instantáneo” . Contrario a ello, Paz prescribe moderación y prudencia: “todos exigimos que el colegio electoral examine cada caso con el mayor rigor, con la máxima limpidez y ante los ojos de la opinión pública. No es imposible que la oposición haya ganado en más distritos de los que hasta ahora se le han reconocido. Pero una cosa es formular estas legítimas reservas y reclamaciones, otra exigir la anulación de las elecciones o autoproclamarse presidente electo”.

Los artículos de Paz generan una inmediata controversia en las páginas del mismo diario. El 22 de agosto, por ejemplo, el historiador méxico-argentino Adolfo Gilly escribe en una carta abierta a Paz:

No es con exhortaciones ni con consejos como esa realidad podrá cambiar. Los mexicanos hemos descubierto un método muy sencillo, eminentemente legal y exquisitamente pacífico, y lo estamos poniendo en práctica con el goce de un sentimiento de amor apenas descubierto: defender en nuestro voto, en cada voto, uno por uno, nuestra ciudadanía y nuestra soberanía […] No queremos imponer nuestra verdad: queremos sencillamente que cuenten y demuestren, con las pruebas tan simples que el gobierno está obligado a dar, la veracidad de las cifras oficiales. Defendemos en cada voto, a favor de quien sea, la encarnación más elemental de nuestra condición ciudadana pisoteada y atropellada desde siempre por el poder y su partido, el PRI. ¿Por qué usted, Octavio, no nos acompaña sin reservas en algo tan sencillo, legal y transparente?

Un día después el activista superbarrio Gómez también interpela directamente a Paz: “escribí este artículo con una intención muy precisa. Tú dijiste que había que tendernos la mano. Te voy a decir cómo: ayúdanos a que nos enseñen las actas”. La respuesta de Paz llega días más tarde, en otro artículo en La Jornada, y no sin burlas: “con mucho gusto le doy la mano aunque no sé si podré ayudarlo a encontrar esas actas. ¿Por qué no le pregunta a Cuauhtémoc Cárdenas y a Porfirio Muñoz Ledo? Ellos, después de tantos años de oficiar como obispos en los concilios del PRI, deben conocer todos los escondrijos” .

El artículo que Krauze dedica al conflicto poselectoral (“Oráculos de Tocqueville”, dividido en dos partes) sigue de cerca la lógica de Paz. El dilema es el mismo: estabilidad o caos. La solución propuesta es también la misma: la resignada aceptación de los resultados oficiales, que de un modo u otro reconocen la victoria de la oposición en numerosos distritos y suponen una significativa presencia de ésta en las cámaras legislativas. “Si sabemos consolidar en México lo mucho que se ha ganado —escribe Krauze—, el 6 de julio puede ser todavía la fecha histórica de nuestro bautismo democrático. El triángulo es sinónimo de equilibrio, pero si lo tensamos demasiado podemos desgarrarlo. Hay que construir a partir de hoy la democracia. Podemos empezar a ejercer una auténtica división de poderes y un genuino federalismo. Estamos en el umbral, pero podemos volverlo un abismo.”

Quien exige con mayor claridad —casi se diría: con mayor cinismo— la inmediata claudicación de la oposición es, curiosamente, Gabriel Zaid. En un artículo publicado en la revista Proceso (“País en curva”) Zaid empieza reconociendo tanto la suciedad de las elecciones federales, “torpes y tramposas”, como la falta de credibilidad de los resultados oficiales (“es cierto que los resultados no son creíbles”).

No obstante, concluye recomendado a los partidos opositores olvidar todo ello, aceptar lo concedido y “darle una tregua al país”: 

No estaría de más saber quién ganó las elecciones, hasta por simple curiosidad. Pero una curva peligrosa no es el mejor lugar para ponerse tercos en que no nos rebase el voto presidencial. Anular las elecciones y nombrar a un presidente interino o provisional se llevaría de paso lo que queda del país, después de la maltratada que recibió en estos sexenios.

Para justificar este episodio en la historia de Vuelta, el círculo cercano a Paz ha dado con el tiempo con un argumento weberiano. Lo mismo Krauze que Christopher Domínguez Michael alegan, en sus respectivas obras sobre Paz, que la conducta de Vuelta durante el conflicto poselectoral de 1988, antes que significar una traición a los principios liberales, representó un acto ético. En esas semanas de inestabilidad política Paz y la revista habrían decidido, por el bien del país, dejar de lado momentáneamente la “ética de la convicción” y actuar conforme a una “ética de la responsabilidad”. Este argumento tiene, entre otros defectos, el de presuponer un acontecimiento, la súbita emergencia de una crisis ante la cual Paz y los demás autores del núcleo duro de Vuelta se habrían visto obligados a apurar una decisión. Lo cierto es que la decisión había sido tomada bastante tiempo antes. Lo cierto es que el fantasma de la inestabilidad era un espectro que la revista había venido construyendo desde hacía algunos años y que hace aparecer justo entonces. Lo cierto es que la alineación ideológica de Vuelta con el proyecto y la dirigencia neoliberales no empieza ni termina ese verano de 1988: lleva ya algunos años y durará hasta el fin de la revista —y aún más allá, cuando le suceda Letras Libres, ya del todo adherida al régimen neoliberal.

5. DESPUÉS DE 1988

A finales de 1988 el giro está dado . Cancelada la retórica proteccionista del nacionalismo revolucionario, la nueva administración expone ya abiertamente su estrategia neoliberal y radicaliza las políticas de liberalización económica implementadas desde la segunda mitad del sexenio de Miguel de la Madrid. Cancelado el discurso que demandaba una modernidad particular para el país, Vuelta comienza a definirse, a su vez, como una publicación de corte liberal y a priorizar, en sintonía con el gobierno, los reclamos de modernización económica sobre los de modernización política. Está claro: en el momento en que el Estado mexicano sustituye el principio de la razón de Estado por una gubernamentalidad neoliberal y Vuelta reclama como suyo el legado del liberalismo, el poder y la revista empiezan a operar dentro de una misma racionalidad política.

A partir de este momento ya no es necesario leer entre líneas para identificar aquí y allá indicios del giro neoliberal en Vuelta: los enunciados neoliberales despuntan explícita, repetidamente por todas partes. Un ejemplo entre otros: para oponerse a una fórmula de Héctor Aguilar Camín (“necesitamos más estado y más sociedad”), Krauze señala que la “mayor novedad del fin de siglo —lo mismo en la URSS que en Polonia, en Portugal que en Hungría— apunta justamente en la dirección contraria: menos estado y más sociedad civil no es una propuesta simplificadora. Es la esencia misma de la modernización ‘aquí y en China’”. En otro artículo (“América Latina: el otro milagro”) el mismo Krauze celebra el fracaso del “paradigma de la economía cerrada por la mano invisible del Estado” y aplaude a aquellas naciones que han optado por “poner sus economías en la mano invisible del mercado”: los “dragones” del este asiático, la Bolivia de Víctor Paz Estenssoro, el Chile apenas posterior a Augusto Pinochet. Incluso Paz aprovecha la inauguración del encuentro “la experiencia de la libertad” en 1990, transmitido en vivo y en cadena nacional por Televisa, para suscribir el proceso de liberalización económica impulsado por el gobierno federal y apuntar que “la democracia económica es el necesario complemento de la democracia política” y que “el mercado libre es el sistema mejor —tal vez el único— para asegurar el desarrollo económico de las sociedades y el bienestar de las mayorías”. Nadie, sin embargo, postula con mayor convicción la estrategia neoliberal en la revista que Mario Vargas Llosa, cuya presencia en Vuelta crece a la par que su involucramiento en la política peruana, primero como líder del Movimiento de la libertad y luego como candidato a la presidencia en 1990. Es Vargas Llosa el que cita ya directamente de Milton Friedman y Friedrich Hayek y el que indica: “Reconocer que si se quiere salir de la pobreza en el más corto plazo posible —en este mundo de todos los países que es el nuestro— es preciso optar clara y resueltamente por el mercado, por la empresa privada y la iniciativa individual, en contra del estatismo, el colectivismo y los populismos, es un paso imprescindible”.

Un ensayo del economista Josué Sáenz, publicado en el número de diciembre de 1989 y apenas atendido en las relecturas de la revista, exhibe con peculiar nitidez la dimensión del giro ideológico en Vuelta. Si seis años antes, en “Por una democracia sin adjetivos”, Krauze había reconocido ya agotado el relato del nacionalismo revolucionario y había sugerido reemplazarlo con el de la democracia liberal, en “Contra la economía metafísica” Sáenz considera ya ineficaz ese segundo discurso (“‘Democracia’ es un concepto bello pero no aglutina: todos podemos desearla y seguir difiriendo entre nosotros”) y urge al “estadista” a “crear y proyectar nuevas imágenes capaces de lograr la confluencia de esfuerzos del pueblo mexicano”. Lo que propone —un relato nacional, formulado en términos estrictamente económicos, que prometa un mejoramiento del nivel de vida individual y coloque como meta la completa integración comercial y financiera con Canadá y Estados Unidos— es ya abierta, resueltamente neoliberal:

Quizá sea factible tomar como aglutinante, como medio polarizante, como meta accesible, el mercomunismo —tal vez el único “comunismo” viable y atractivo en nuestra época. La meta tiene que fundarse no en el concepto machista de “insertar” a México en la economía internacional, ni en el entreguista de “abrirnos” a todo. Tiene que ser planteada como forma de expandir nuestros mercados, protegernos contra el proteccionismo externo, aumentar la inversión interna y externa para crear empleos y subir el nivel de vida de los mexicanos. La imagen y el símbolo, la bandera y los lemas, tendrán que basarse en la verdad histórica que hemos olvidado: la Revolución Mexicana fue hecha para aumentar el nivel de vida de nuestros habitantes, no para empobrecerlos. La nueva revolución será la continuación por otros medios de la original. En la disyuntiva actual tenemos que ver el mercomún norteamericano como una oportunidad y no sólo un problema. Debemos adherirnos a él no a escondidas y por la puerta trasera, sino orgullosamente por la entrada principal. La meta debe ser visible para que sirva de aglutinante y atractivo . la integración sigilosa, silenciosa no logra las mismas ventajas .

Vincular la idea de la libertad con la del intercambio comercial, ofrecer una imagen del mundo como la de un solo mercado global, celebrar el saber y la iniciativa empresariales, anteponer los reclamos de modernización económica a los de democratización, colaborar en la construcción del tropo de la amenaza fundamentalista: éstas son algunas de las funciones que desempeñan los intelectuales neoliberales (self-conscious o no) en distintas partes del mundo y los escritores del núcleo duro de Vuelta en México a partir de finales de los años ochenta y a lo largo de los noventa. Estos últimos hacen algo más: apoyar directa, concretamente a las administraciones que operan la estrategia neoliberal en el país .

El caso más paradigmático —pero de ningún modo el único— es el de Paz, cuyo capital simbólico se abulta durante esos años (Premio Cervantes 1981, Premio de la Paz del Comercio librero alemán 1984, Premio Nobel 1990) y el cual él invierte, una y otra vez, en la legitimación de los presidentes en turno. Un primer episodio tiene lugar en 1984, cuando Paz acepta que el gobierno de Miguel de la Madrid lo agasaje, en su cumpleaños número 60, con un homenaje nacional al que son invitados más de 60 escritores de Europa, Estados Unidos y América Latina. El último ocurre apenas tres meses antes de su muerte, durante el anuncio de la creación de la fundación Octavio Paz, cuando frente al presidente ernesto Zedillo (2000-2006) declara que en el corazón de éste “hay una zona luminosa, generosa, solar, en la que yo me reconozco”. Pero, sin duda, la adhesión más polémica y sustantiva es la que ofrece a Salinas de Gortari, apenas tres meses y medio después de que asumiera la presidencia, cuando su legitimidad era escasa y la oposición se negaba a reconocerlo. El 2 de marzo de 1988, en la ceremonia de fundación del Fondo Nacional para la Cultura y las artes, Paz se sienta al costado de Salinas de Gortari y, en su turno al micrófono, declara:

Señor Presidente, señoras y señores: México vive un periodo de cambios. Como todas las transformaciones sociales, estos cambios son el resultado de fuerzas y tendencias, ideas y realidades, que durante los últimos veinte años, a manera de ríos y corrientes subterráneas, han agitado y conmovido el subsuelo social. Ahora, al aparecer en la superficie, nos revelan que nuestro país penetra en una nueva época de su historia. Damos los primeros pasos, no sin titubeos, por un territorio desconocido y al que debemos poblar con nuestros actos y, en cierto modo, inventar con nuestras obras. Las novedades más visibles son las de orden político y económico: pluralismo democrático y modernización económica.

[…] a la fecha no solo hemos presenciado actos de gobierno: Salinas de Gortari está creando las bases para un nuevo pacto político y social de largo alcance. Las transformaciones que se están operando son tan importantes como las que en su momento realizó Lázaro Cárdenas: tienen el sentido de actos de estado y no solo de actos de gobierno. 

Una vez que Vuelta opera dentro de la misma racionalidad política que el Estado mexicano, otra cosa muta: aspectos del sistema político que alguna vez fueron severamente criticados, como el presidencialismo y el corporativismo, empiezan a adquirir en las páginas de la revista una tonalidad menos siniestra —y de pronto son incluso defendidos—. Como ya se vio, y contrario a lo que suele afirmarse, el neoliberalismo no supone el definitivo abatimiento del Estado. Casi por el contrario: implica el desbaratamiento del sistema de seguridad social pero también el fortalecimiento del aparato de seguridad a secas —siempre alerta ante el pretendido peligro fundamentalista— y la decidida acción estatal para crear las condiciones materiales necesarias para el mantenimiento, justamente, del mercado neoliberal.

Así, con el fin de defender un estado sólido, capaz tanto de ejecutar esa transformación económica como de controlar a sus adversarios políticos, Vuelta empieza a justificar, a partir de 1988, características del régimen que años antes censuraba. Es Sánchez Susarrey el que reivindica el presidencialismo justo en el momento en que la oposición gana espacio en las cámaras legislativas: “la institución presidencial continúa siendo el corazón del sistema político mexicano; su debilitamiento repercute en la estabilidad del Estado y no sólo del gobierno”. Es Krauze el que —acaso consciente de que el proceso de liberalización económica necesita, para imponerse, el control de la clase obrera— acomete la nada sencilla tarea de justificar a la oficialista Confederación de Trabajadores de México (CTM): “Contra la opinión convencional, en términos generales la ctm y muchas otras centrales del Congreso del Trabajo han desarrollado una práctica responsable y madura, fincada en conocimientos concretos de toda índole —económicos, jurídicos, sociales, psicológicos—, no en supuestos ideológicos”.

Recapitulando: a lo largo de los años ochenta acontece un radical vuelco ideológico en la revista, vuelco que a su vez acompaña al giro neoliberal que sacude a otras esferas del país. En términos económicos, Vuelta abandona aquel discurso que, aliando las tesis económicas de Zaid y el relato cultural de Paz, exigía una modernidad propia para demandar, en sintonía con las administraciones federales, la rápida inserción del país en el mercado financiero global. En términos políticos, al final de la década ya no es el estado sino la sociedad la que aparece como peligro: el Estado, dirigido por tecnócratas, se torna de pronto racional mientras que la sociedad —supuestamente desordenada, nostálgica del populismo, débil ante la izquierda— adquiere una tonalidad amenazante. Como consecuencia, también muta la tarea intelectual que la revista se asigna. Si amediados de los ochenta Paz aún creía que una de las funciones de los intelectuales era “interpretar y dar forma a las confusas aspira- ciones populares”, a finales de la década ya ordena otra cosa: mantenerse al margen de las tendencias “populistas” de la sociedad, proteger la democracia contra el pueblo mismo, ser demócratas sin demos.

Un ensayo que se ocupara de Vuelta en los años noventa tendría que trazar ya no el vuelco neoliberal de la publicación, ocurrido, como se ha visto, en los ochenta, sino una cierta alineación ideológica de la revista con el conservadurismo —o más precisamente, con el neoconservadurismo, caracterizado, según David Harvey, por perseguir simultáneamente el éxito de la estrategia neoliberal y un efectivo control social—. Aquella reivindicación, a finales de los años ochenta, de algunos elementos autoritarios del régimen priista podría ocupar un espacio en ese ensayo. Otros elementos clave de esa investigación serían la creciente relevancia del término Estado de derecho en el discurso político de la revista (al grado de que en algún momento le disputará la centralidad a la categoría “democracia”); la decisiva cercanía de la publicación con Televisa y con ciertos grupos empresariales regiomontanos; la desvergonzada reivindicación de pensadores conservadores; la necia oposición de algunos de sus autores a la teoría crítica y los estudios culturales (concebidos como resentidos adversarios del humanismo-liberal que ellos profesan), y —ya se verá— la apasionada defensa de una literatura “difícil” y “elitista” ante la emergencia de otras escrituras.

Un episodio axial en ese ensayo sería el encuentro “la experiencia de la libertad” que la revista organiza en 1990, apenas caído el Muro de Berlín, y en el que decenas de escritores mexicanos y extranjeros coinciden en aplaudir la inevitabilidad del “libre mercado” y en advertir sobre el peligro que representan de los nacionalismos y fundamentalismos religiosos. Otro episodio mayor sería, sin duda, el de la magna muestra Mexico: Splendors of Thirty Centuries, montada y financiada por el gobierno de Salinas de Gortari y en la que Paz colabora de manera entusiasta y protagónica. Ningún acontecimiento ocuparía más espacio en ese hipotético ensayo, sin embargo, que el que estalla en Chiapas el 1o de enero de 1994. No sin razón, los autores de Vuelta observarán de inmediato en esa insurgencia indígena una amenaza a la hegemonía neoliberal que tanto habían hecho por apuntalar.