“Fausto”. Foto: Sofía Guerra (@soufiee)

Me tiendo en el suelo y mi cabeza comienza a buscar el norte. Me quedo quietecita y el aire se me cuela fresco, por cómo huele sé que anuncia dos cosas: lluvia y cambio. Me quedo boca arriba un buen rato y experimento, con tremendo placer, la misma sensación de cuando niña: todo me importa un carajo. De pronto soy una pulguita inmamable otra vez, he de tener unos nueve años, llego corriendo a casa después de la escuela, aviento la mochila –cómo me encantaba aventar los libros de texto porque siempre me parecieron tremenda bola de pelos y de mentiras– y voy a treparme en la barda que nos separaba de la otra realidad que se vivía afuera de las casas de clase media. Como decía, es mi momento favorito del día porque veo las nubes nítidas, como dibujadas por los gigantes que viven del otro lado del cielo y me emociona sentir que he descubierto algo que está a punto de nacer. Pero mi madre grita que la sopa está servida y otras cosas que gritan todas las madres del mundo. Yo no quiero ir a comer aún y mi madre, que no sabe que algo está pasando allá arriba –algo de verdad–, sale, me mira y me advierte, con cuchara en mano, que contará hasta diez. Dejo que llegue al nueve y medio (ya cuando va a llegar al diez, ella alarga la matemática para hacer más dramática la cosa) y bajo la barda de un salto. Por cierto, que aquellos nueve segundos y algo han sido los más largos de su vida, dice, pero eso pueden preguntárselo a ella. Y de paso que les hable de sus tácticas de karateka, que no son distintas a las que desarrollan todas las mamás del mundo. Así que, como decía, de mala gana me siento en la mesa y, después de un par de bocados, perdono a mi madre porque ella qué culpa de que los adultos no sepan otra cosa que no sea comedia. Soy niña y de pronto todo es, de nuevo, algo hermoso y amorfo. Entonces una brisa muy gentil me alborota la cara: es la lluvia. Abro los ojos. Aún no sé bien cuándo comenzaron a cambiar mis sensaciones y mis sueños, pero pudo ser cualquier perro día: aquel donde la vecina nos obligó a comer hígado que porque ponía remono el cabello; aquel otro donde mi padre me dio un bofetón y me dijo altanera desobediente; aquel de mi primera borrachera (tenía quince, la adolescencia bien entallada y mis obsesiones se dividían entre la Revolución Cubana, el montón de libros sobre el maldito imperio yanqui, la tapizada de mi habitación con posters del EZLN y el culero de Jorge que iba un grado más arriba y que nunca me hizo caso); aquel de mi primer sangrado; aquel donde dejé de creer en el dios de mi madre y sus obras de teatro de Semana Santa y sus monjas desabridas. Pudo haber sido cualquier perro día. Pudo ser lo mismo el día que escuché por primera vez a Shakira, o mi primer beso que fue un desastre –y que, por cierto, siempre cuento otra historia porque una puede hacer con sus ficciones lo que le venga en gana–. Pudo ser cuando enterramos a la abuela porque ahí lloré como si así pudiera devolverle la vida. Pudo ser cuando, a punto de matricularme, mandé a la mierda Física, escogí algo de humanidades y terminé escribiendo autoficciones. Pudo ser cualquier droga dura, los tacones que no pude caminar, o cuando a una muchacha le dije que mejor no, que mejor otro día. Pudo ser el día que aprendí a hacer empanadas. Pudo ser en mi primer día de universidad que, al llegar a casa, me subí a la misma barda de siempre y muriéndome de tristeza porque me dio por pensar que una iba a la escuela a convertirse en el pecado del otro, en algún amor no correspondido o en el bote de basura de los baby boomers. De verdad que una vuelve a casa sin haber entendido un rábano y termina la profesión igual, eh, no hay que escarbarle tanto para darse cuenta de que nos tomamos la foto con el título siendo una papa cruda que apenas puede recitar de qué va la vida. No sé bien cuándo dio vuelta el tablero y no importa tanto, la verdad, pero no soy la mujer que soñé cuando era niña. Soy otra. Una distinta.