“No hay forma de creerle a la autoridad”. Foto: Cuartoscuro

El asesinato de Valeria, tras haber sido secuestrada y agredida sexualmente, se ha convertido en un hecho no sólo doloroso, sino simbólico en tanto representa la descomposición de muchos de los valores que deberían ser fundantes dentro de una sociedad.

Lo primero es una imagen. Para evitar la lluvia, el padre de Valeria la subió a un microbús. Él siguió al vehículo pedaleando. No pudo hacerlo más rápido. Se escapó.

Lo segundo es una mala práctica. José Octavio N., era el conductor de la unidad. No debería serlo. Tenía antecedentes penales en la Ciudad de México. No existen mecanismos que regulen a los conductores del transporte público concesionado. Todos lo hemos visto. Si, a simple vista, se puede constatar que algunos no tienen la edad mínima requerida o la sobriedad necesaria para conducir un vehículo de ésos, mucho menos se puede tener la certeza de que los choferes han pasado pruebas psicológicas y exámenes de confianza. Y en manos de ellos ponemos nuestros destinos cotidianos.

Lo tercero es la complicidad y la desidia. Tan fácil que hubiera sido que los responsables de la ruta reportaran que el vehículo no había vuelto. Más aún, que proporcionaran el teléfono del conductor para, primero, llamarle y, más tarde, localizarlo tecnológicamente. Ni siquiera es que se exija que todas las unidades tengan aparatos de geolocalización. Algo que, por otra parte, no suena descabellado.

Lo cuarto es la criminalización de la víctima. La madre de Valeria fue al Ministerio Público. Ella sabía lo sucedido: un hombre, el conductor de una unidad de transporte, se había llevado a su hija. Su esposo era testigo de ello. Aun así le contestaron que de seguro se había ido con su novio. ¿Y si así hubiera sido? El que una madre preocupada porque su hija de once años no aparece debería ser razón suficiente para emprender una búsqueda. Sobre todo, teniendo tanta información disponible. Pero no, al parecer, las autoridades prefieren echarle la culpa a la víctima. Tal vez piensan que es una forma de quitarse el problema de encima. Y en una de ésas tienen razón. Hay quien ha criticado al padre a lo largo de esta semana por permitir que su hija se subiera sola al microbús. Como si lo normal no fuera que cualquiera, quien sea, niño, niña, joven o anciano, se subiera a un transporte público sin miedo.

Lo quinto es la negligencia. Las autoridades, amparadas en el asunto de las 36, 48 o 72 horas de una desaparición, fueron capaces de decirle a la madre que regresara luego. Insisto: incluso con toda la información en la mano. Es altamente probable que, de haber actuado de manera expedita, se hubiera hallado a Valeria con vida.

Lo sexto es la falta de confianza. José Octavio N fue encontrado muerto en la celda en donde estaba. Aquí las versiones se disparan. Desde quienes piensan que fue un suicidio producto de la culpa, hasta quienes dicen que fue un violentísimo ajusticiamiento de parte de otros presos. Lo cierto es que José Octavio N no pagará sus crímenes. La corrupción dentro de las cárceles es mucho peor que afuera de ellas. No hay forma de creerle a la autoridad.

Lo séptimo es la repetición. En esta misma semana se han presentado, al menos, otros seis feminicidios en el Estado de México. Y es cuando se nota que cada uno de los vicios y fallas de nuestro sistema y sociedad se repiten. De nueva cuenta, se criminaliza a las víctimas, se dilatan las órdenes de búsqueda, se hace caso omiso de la prevención, se detiene a chivos expiatorios, se quedan sin resolver cientos de casos. El dato no es preciso pero, al parecer, en este país se condena sólo al 3% de los responsables por homicidios dolosos. Sí, tres de cada cien. De ahí que el caso de Valeria sea tan único y, tristemente, tan común.

Lo octavo es una vuelta al principio. Es imposible desvanecer la imagen del padre desesperado, impotente, pedaleando hasta el límite de sus fuerzas para dar alcance a un vehículo que, poco a poco, se va alejando de él.