El viernes 21 de marzo de 2003, justo el día que iniciaba la guerra en Irak, tres jóvenes estadounidenses iniciaron una travesía por África. Ellos no lo sabían, pero ese viaje sería el principio de un movimiento social y pacífico en la Unión Americana del que ellos serían los creadores. Con una cámara de video en mano y con ganas de “contar historias”, estos documentalistas amateurs llegaron “por casualidad” al norte de Uganda. Su encuentro con los “caminantes de la noche” y una guerra peleada por niños, los llevaría a crear Invisible Children, una organización con alcances internacionales para ayudar a los niños invisibles de Uganda… Niños que, para sobrevivir, aprendieron muy pronto a no llorar. Esta es la historia detrás del video más visto de los últimos tiempos, el behind the scene de: Kony 2012, el documental que en apenas unos días, fue visitado por millones de internautas y recibió más de 500 mil comentarios.

“Uno de los niños que conozco me dice que le duele la cabeza si no ve sangre (…) todos aquí están dañados: físicamente, la gran mayoría, y psicológicamente, todos (…) ellos no son como los niños de otras partes del mundo. Nuestros niños no son normales”.

Una mujer habla frente a una cámara y, por encima de su voz, la pantalla muestra imágenes de fieros niños soldados, o bien de niños brutalmente torturados hasta la muerte. La mujer de esta voz se llama Jolly Okot, vive en el norte de Uganda, y habla para la lente de tres jóvenes estadunidenses que llegaron a su pueblo casi por casualidad. Tres jóvenes estudiantes que, armados con una cámara de video, habrían de cambiar la historia de esta región ugandesa.

Bobby Bailey, Laren Poole, y Jason Russell son los fundadores de un movimiento pacífico y social que comenzó como una diversión entre amigos en busca de “aventuras” y –en palabras de Laren– “de conocer el mundo real y no el que les mostraba la televisión”. Estos tres estudiantes de San Diego decidieron un día viajar a África. En realidad estaban atraídos por países como Kenia o Sudán, lugares a fin de cuentas exóticos para el norteamericano promedio, y de alguna forma, los más mencionados por los medios de comunicación, a veces por sus safaris y paisajes trepidantes, a veces por sus incomprensibles conflictos… también trepidantes.

“La verdad es que todo empezó como una aventura… y cada uno de nosotros tenía al principio una motivación distinta para hacer ese primer viaje, un viaje que nos cambió el corazón, la forma en que veíamos el mundo; por eso, cuando regresamos sabíamos que íbamos a volver… O tal vez, ahora que lo pienso, lo cierto es que nunca nos fuimos de ahí”, dice en entrevista, Laren Poole, un joven que hoy tiene 31 años, nueve de ellos, dedicados a un país a donde nunca planearon llegar: Uganda… y más específicamente a una región en el norte de Uganda, la región Acholi, donde se adentrarían a un grave problema: la guerra de los niños soldado.

Hay quien dice que nada es casualidad. En todo caso, la travesía de Bobby, Jason y Laren comenzó con un presagio, pues su vuelo rumbo a África partió el viernes 21 de marzo del 2003: justo el mismo día en que comenzaba la guerra en Irak.

Ellos todavía no sabían que el suyo sería un viaje pacífico y que su única arma, una cámara de video, sería el detonante en cadena de un movimiento social que, a su manera, también cimbraría las conciencias de millones de jóvenes estadounidenses, cambiando con sus acciones el destino de miles de niños de una –hasta entonces lejana– tribu norugandesa.

 

LOS NIÑOS INVISIBLES NO LLORAN; HUYEN… SI PUEDEN

En casi todas las culturas, los niños suelen temer a la oscuridad y a las apariciones nocturnas. Pero en la región ugandesa de Acholi, situada en la frontera sur de Sudán, estos temores infantiles distan mucho de ser una fantasía.

Muy por el contrario, se trata de una espantosa realidad: los niños acholi tienen un miedo atroz a que durante su sueño, lleguen hasta su cama otros niños: los niños-soldado del Ejército de Resistencia del Señor (Lord’s Resistance Army –LRA–) que han sido entrenados para ser una verdadera pesadilla. Una pesadilla mortal. Una pesadilla de entre 7 y 14 años, armada con machetes y AK-47. Una pesadilla infantil de uniformes guangos y cuerpos minúsculos, que viene a llevarse a otros niños a un lugar donde deberán elegir entre morir o matar. Entre torturar o ser torturados. Una pesadilla que se repite y se recrea a sí misma cada noche… desde hace más de 25 años. Una pesadilla que se ha robado el sueño de la infancia de miles de niños ugandeses, que se cuentan entre 20 mil y 50 mil.

“Yo ahora, tengo suerte. Puedo llorar, puedo sentir (…) pero hay miles de niños allí que no pueden hacerlo”, afirma China Keitetsi, una joven que logró huir de las filas del LRA y que recibió tratamiento especial en Dinamarca durante años, antes de poder reincorporarse a “la vida normal”.

Autora de un libro donde relata sus experiencias en las filas de este ejército conformado en 90% por soldados menores de 15 años, China afirma que ahí dentro el entrenamiento es tan despiadado como eficaz: los niños aprenden rápido y bien que no deben “tener” miedo… deben “dar” miedo. Entre ellos, el único juego permitido es matar y sólo hay un castigo para la desobediencia: morir. Casi siempre de una forma lenta. Es parte del adoctrinamiento.

Esta tragedia humanitaria que parece un mal sueño es, sin embargo, la realidad de toda una generación en esta zona de Uganda. Cada día, al caer el sol, los niños uniformados salen en busca de otros niños, porque “la guerra del Señor contra el gobierno” debe continuar. Deambulan por los poblados, irrumpen en las casas, amedrentan o asesinan a los adultos y secuestran a los niños.

Y la pesadilla infantil es un interminable círculo vicioso para todos. Los que secuestran no quieren hacerlo y los secuestrados no quieren unirse al ejército, pero todos aquí, soldados y civiles, tienen miedo. Todos “deben” obedecer si quieren seguir viviendo. Aquí el llanto –especialmente el llanto, un gesto tan primario en el ser humano–, está prohibido porque es la manifestación externa del temor. Nadie llora porque de cualquier forma, de nada sirve.

Estos niños, los niños ugandeses de Acholi, aprenden muy pronto que llorar no sirve de nada, si acaso, para morir más rápido a manos de quienes podrían ser sus compañeros de juego y que están –además– casi tan asustados como ellos.

SANTUARIOS NOCTURNOS DE PAZ: HISTORIA PARA CONTAR Y CAMBIAR

Sólo en los últimos años, el LRA secuestró para sus filas unos 30 mil niños con edades comprendidas entre los 7 y los 14 años, aunque diversas organizaciones internacionales afirman que la cifra negra fuera de las estadísticas oficiales es tan alta, que el número podría ascender hasta 50 mil infantes. Nada más y nada menos que 10% de todos los niños-soldado que hay en el mundo: la Organizació  de las Naciones Unidas y la ONG internacional Save the Children aventuran en 500 mil niños militares repartidos en diversos países .

Paradójicamente, Uganda, con sus 30 millones de habitantes, es “un país de niños”: la mitad de su población no sobrepasa los 18 años,  y la región conocida como “Acholiland” representa al 4% de este tesoro infantil, miles y miles de infantes que han sido convertidos en adultos precoces, en soldados y militares. En niños-combatientes.

Hoy Acholi es una zona que apenas supera al millón de habitantes (un milón 200 mil). La guerra se ha cobrado más de 130 mil vidas y gran parte de su población actual está sumida en la pobreza. Unas 150 mil personas de esta etnia viven aún en campos de refugiados en las inmediaciones del sur de Sudán, (aunque llegaron a ser 2 millones) y el distrito de Gulu ha sido uno de los más golpeados por el VIH-Sida (6.7% en todo el país); otra de sus provincias, Kitgum, es tristemente célebre internacionalmente por el feroz brote de ébola ocurrido también en 2003.

Ese mismo año, y en total desconocimiento de esta realidad, tres jovencitos venidos de un contexto muy distinto, llegaron por casualidad a esta región norugandesa: Bobby, Jason y Laren venían de Estados Unidos. Tenían una cámara. Arrastraban un frustrado viaje a Sudán. Y sobre todo: buscaban una historia para contar en Norteamérica, una historia –afirman– distinta a lo que estaban habituados a ver en la televisión de su país.

Encontraron a Jolly Okot en un campo de refugiados. Esta mujer les habló “de esos niños enfermos de sangre”. Ella los llevó a Gulu y les dijo: “Tienen que ver esto”. Bobby, Jason y Laren, conocieron entonces a los “caminantes de la noche”. Hordas de niños y jóvenes que cada atardecer, huían de la pesadilla del ejército de infantes que venían con una sola orden: reclutarlos o matarlos.

Iglesias, estaciones de autobús, hospitales, una calle transitada… cualquier lugar medianamente iluminado o mejor aún, resguardado y cerrado, se convertía cotidianamente en el refugio temporal de unos 45 mil niños salidos de todas partes, que caminaban kilómetros y kilómetros sólo para pasar la noche y asegurarse de que al menos durante esa madrugada, quizá, no serían obligados a matar o morir.

En aquel 2003, cuando otra guerra más inmediata, la de Irak, era de la que hablaba todo el mundo, ninguno de estos tres jóvenes norteamericanos que buscaban una historia en África era mayor de 25 años, y lo que vieron en Gulu, los dejó en shock. Y lo único que atinaron hacer fue filmarlo.

“Esa noche nos cambió para siempre la vida. Nos mirábamos entre nosotros y pensamos: ‘esto jamás pasaría en América’ y nos preguntábamos ¿Por qué aquí sí? ¿Sólo porque esto es África?”, afirma la voz en off de Laren Poole mientras la cámara muestra una imagen sobrecogedora: una alfombra humana de cientos de niños acholi amontonados, semidesnudos y descalzos, dormidos en un casi total hacinamiento. Hermanados por un único deseo: que al menos durante esa noche, su sueño no sea interrumpido por la pesadilla de tener que convertirse en soldados.

“Encontramos nuestra historia”, dice la voz de Laren en el documental Invisible Children (Niños invisibles), filmado por tres estudiantes amateur sin experiencia previa. Un documental que hoy ha sido visto por millones de personas en 200 ciudades del mundo, y que se convirtió en la piedra angular de todo un movimiento social en Estados Unidos, así como en una ONG que le ha cambiado la vida de miles de niños y jóvenes en el Norte de Uganda al hacerlos “visibles”.


TRAGEDIA HUMANITARIA A RITMO DE MTV

Imágenes urgentes. Música vertiginosa. Encuadres ingeniosos. Risas y tragedia, alegría y drama perfectamente mezcladas. Diálogos dinámicos. Personajes que tocan la pantalla. Un guión impecable. Un documental de una hora pensado para un público muy específico: los jóvenes.

“Pensamos en hacer algo que pudiera tocar a gente de nuestra generación, jóvenes con cierto nivel de educación, que supieran cosas del mundo y pudieran interesarse en esta situación en Uganda, que pudieran ‘conectar’ con esta realidad (…) al principio, como teníamos tanto material pensamos en subir videos a internet, pero luego nos decidimos por este otro formato (…) un modelo donde además de poder proyectar el video, pudiéramos estar en contacto con quienes lo vieran, porque al regresar de Gulu, lo que buscábamos realmente era que la gente se movilizara… queríamos ayudar a detener este desastre y sacar a los niños de esa oscura noche de temor y sangre”, dice en entrevista Laren Poole.

A su manera, y salvando todas las distancias, los creadores de Invisible Children contrarrestaron los efectos malignos del ejército del LRA reclutando a otro tipo de milicia: cientos de jóvenes voluntarios que tras ver el documental se adhirieron a la causa para salvar a los “niños-soldado” de Uganda, y comenzaron a trabajar de forma gratuita en diversas localidades de Estados Unidos y Latinoamérica.

Entre 2007 y 2009, Invisible Children había logrado recaudar unos 4 millones de dólares para estos proyectos; la mayoría, sólo con la ayuda de grupos de voluntarios que organizaban proyecciones del documental en sus escuelas, con el fin de ayudar a las escuelas norugandesas. Otros se han dedicado a crear lobbies –grupos de presión– para comprometer a políticos y figuras públicas estadounidenses, y lograr que se involucren en el frágil proceso de paz que actualmente enfrenta la región Acholi.

“Creo sinceramente que la gente joven de Estados Unidos tiene un perfil distinto a lo que normalmente se piensa de los norteamericanos (…) que no estamos interesados o informados sobre lo que ocurre en otras partes del mundo (…) eso está cambiando, porque ahora pensamos más globalmente y también debemos actuar así. A mí, Invisible Children me abrió los ojos y el corazón. Me permitió no sólo ser testigo sino involucrarme con estos niños en Uganda”, dice Adam Finck, un espectador del documental que luego vivió casi dos años en el país africano trabajando para Invisible Children.

El mismo sentimiento tiene Chris Sarette, quien hoy tiene apenas 27 años y es formalmente parte del equipo financiero de la organización: “Desde que trabajo en Invisible Children me he convencido de que otro mundo es posible. Estados Unidos tiene una guerra contra el terror, pero hay otras guerras en el mundo y es tiempo de que nos involucremos, que los jóvenes pidamos cuentas y acciones a los políticos”

A siete años de su primera proyección en 2005, el documental de Invisible Children continúa su rodaje, uno que va más allá de las pantallas a través del activismo aunque, por fortuna para todos, la historia central de aquel video original ha cambiado radicalmente: hoy, unos 50 de jóvenes que apenas sobrepasan los 30 años, trabajan formalmente para esta organización estadounidense que ya tiene alcances internacionales.

Mientras tanto, en el norte de Uganda, un equipo de casi 100 personas administra los proyectos implementados por esta ONG: becas para niños y jóvenes, programas de microeconomía donde se manufacturan productos para beneficio comunitario, dormitorios infantiles y bibliotecas con libros donados por personas de todo el mundo.

“Cuando regresamos de Uganda, realmente para mí todo había cambiado y me prometí a mí mismo que no pararía hasta que las cosas para esos niños cambiaran. Hicimos un documental, no de una tragedia –aunque lo es– sino de seres humanos que pudieron haber nacido en cualquier parte del mundo. Queríamos que nuestra audiencia se sintiera asqueada de la situación en la que viven y no de ellos o de esos lugares donde hay también una inmensa alegría, fuerza y esperanza. Nuestra labor allá aún no ha terminado”, afirma Laren, cuya seguridad y pasión hacen pensar en alguien que también ha madurado precozmente… después de todo, él nació en Estados Unidos por las mismas fechas en que la guerra comenzaba en territorio Acholi, cosa de las casualidades.

“Quizá nos van a olvidar cuando vuelvan a América, pero al menos tienen el video, para recordarnos” dice al final del filme un niño de Gulu que mira fijamente a la cámara de Bobby, Jason y Laren, los creadores de este movimiento que ha visibilizado la tragedia y también la enorme resistencia de estos niños-soldado.

O quizá –como afirman otros– “nada es casualidad” y fue la historia de estos niños la que los encontró a ellos. Quizá una cámara bien usada puede ser más potente que la violencia, y tal vez, por una vez, el bombardeo de imágenes positivas pueda detener las pesadillas de guerra, para que estos niños ugandeses puedan volver a conciliar el sueño de una vida pacífica.


Niños Invisibles ha pasado a ser un fenómeno mediático del activismo cibernético global. Joseph Kony, un nombre prácticamente ignorado fuera de los confines africanos y el mundo de los tribunales internacionales, se convirtió de repente, en apenas unos minutos, en una “celebridad” mundial gracias al Internet y el poder de las redes sociales. Se trata, sin embargo, de un anti-héroe: Kony, el líder del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por su sigla en inglés) es uno de los peores y más crueles criminales de guerra de la historia reciente.

La ONG estadounidense Invisible Children logró con una fenomenal campaña cibernética lo que años de denuncias y atrocidades no pudieron: visibilizar el problema de los niños soldados en el Norte de Uganda, y las atroces prácticas para convertir a generaciones enteras de infantes en pequeños zoombies asesinos.

El último documental realizado por tres jóvenes cineastas estadounidenses, y con duración de 30 minutos, registró más de 100 millones de visitas en apenas seis días y fue comentado por más de 500 mil personas, un récord que lo convierte –hasta el momento– en el video más visto de los últimos tiempos.

Debido a esta “súbita popularidad”, tanto la organización de Invisible Children como sus propios autores fueron puestos en duda por diversos medios del globo; pero, los jóvenes cineastas afirman que después de varios años dedicados a intentar que el mundo gire la mirada hacia la abandonada infancia de Uganda y detenga las atrocidades impunes de Joseph Kony y su ejército de mercenarios, decidieron lanzar esta campaña aprovechando el exponencial crecimiento que tienen redes sociales como Facebook y Twitter, cuyos usuarios fueron sin duda los mayores promotores para que (finalmente) el rostro y la bestialidad de las acciones de Joseph Kony y sus “niños invisibles”, se convirtieran –al menos por unos días– en el foco de la atención ciudadana mundial.

En realidad, Invisible Children comenzó su activismo a través de la “denuncia cinematográfica” desde 2003 y éste no es el primer éxito mediático que cosechan, pues su primer documental fue exhibido en diversas ciudades del mundo y recabó fondos para construir albergues y escuelas para los niños ugandeses.

Con su nuevo –y demoledoramente exitoso– éxito en Internet, tal vez solamente estamos viendo el cumplimiento de la frase con la que arranca el documental: “Nada es más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo” y, sospechas aparte, lo cierto es que ahora usted y yo estamos al tanto de la existencia de Joseph Kony, pero sobre todo de la existencia de estos cientos de miles de niños forzados a ser soldados, niños que hasta ayer, nos eran invisibles.

 


El Ejército de Resistencia del Señor, el Lord’s Resistance Army (LRA) está liderado por Joseph Kony, un insurgente que se ha autoproclamado como “enviado de Dios” para derrocar al gobierno de Uganda. Es –o se dice– primo de la fallecida líder espiritual y guerrillera Alice Lakwena, quien también afirmó estar “poseída” por un espíritu que la había designado para luchar contra el gobierno.

Ella, que se hacía llamar “la Profeta de Uganda” fue la primera en crear un ejército conformado por niños a principios de 1980: el “Holy Spirit Movile Force” (HSMF) o Movimiento del Espíritu Santo. Su terrible sucesor, Joseph Kony, empeoró con mucho sus tácticas, mezclando el sincretismo de las creencias de la zona con un catolicismo exacerbado. La meta de este hombre es “refundar” una sociedad basada en su propia interpretación de los 10 mandamientos.

Los niños secuestrados para entrar en combate son sometidos a “rituales de iniciación” y se les hace creer que, untados con aceite, sus cuerpos son inmunes a las balas y las piedras que usen tendrán la potencia de granadas verdaderas.

Quienes escapaban de sus filas y eran descubiertos, debían ser literalmente despedazados por la tropa. Sus castigos “compasivos” son hoy visibles en muchos niños y hombres del norte de Uganda: les fueron cortados los labios y las orejas, la marca del LRA.

El 8 de julio de 2005, la Corte Penal Internacional cursó una orden de detención contra Joseph Kony, sobre quien pesan al menos 33 acusaciones por violar el derecho internacional humanitario. En 2006, el LRA estaba bastante debilitado y aceptó negociar la paz con el actual gobierno de ugandés, al frente de  Yoweri Kaguta Museveni, el onceavo presidente de ese país africano, quien ha estado en el poder desde 1986.

 


La situación en Uganda del Norte permaneció durante años fuera de la atención de la comunidad internacional y de los grandes medios de comunicación. Durante casi un cuarto de siglo, esta “guerra peleada por niños” arrojó cifras más espeluznantes que las del momento más álgido en la invasión de Irak.

Según las organizaciones Save the Children, Amnistía y Oxfam Internacional, estos son sólo algunos de los muchos horrores que muy pocas cámaras captaron:

–Entre 20 y 50 mil niños fueron secuestrados por el LRA durante la guerra y convertidos en combatientes.

–41 % de las muertes en los campamentos de desplazados son niños de menos de cinco años.

–250 mil niños en el norte de Uganda no reciben educación, (una cuarta parte de la población).

–Miles de niños han nacido cautivos del LRA, hijos de las niñas y jóvenes secuestradas por el ejército rebelde.

–Datos recopilados por instituciones de ayuda humanitaria estiman que unas 6 mil 500 niñas fueron reclutadas como niñas-soldado y utilizadas como esclavas sexuales del LRA, lo que constituye 33% de esa fuerza rebelde.

–Un estudio dirigido por la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, en junio de 2008, concluyó que el Norte de Uganda era el lugar del mundo con mayor incidencia de enfermedades mentales.

 


En febrero de 2002 entró en vigor el Protocolo internacional que prohíbe la utilización de menores en los conflictos armados, firmado y ratificado –en ese momento– por 86 países. Sin embargo, los organismos involucrados en esta problemática afirman que todavía hoy medio centenar de países continúan reclutando de manera legal e ilegal, a niños de niñas menores de 18 años para entrar en combate o participar de alguna manera en las labores militares, dentro y fuera del campo de batalla.

Actualmente se calcula que unos 500 mil niños siguen siendo militares, y hay algunos que no han conocido otro tipo de vida. En ciertos conflictos resueltos, se procede a la desmovilización de estos infantes (entrega de armas y reintegración a la vida normal).

La cifra mundial de ex niños-soldado hoy desmovilizados es de 300 mil, aunque hay por detrás una cifra negra de quienes nacieron y crecieron en cautiverio y posesión de los ejércitos, y carecen de documentos de identificación. Sea como fuere, las secuelas para la gran mayoría de estos niños pueden curarse, con tratamientos adecuados en un ambiente pacífico y constructivo