CUENTOS DE NAVIDAD (3): Fábula de Navidad

Por: - diciembre 23 de 2011 - 0:00
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Francisco Hinojosa es un de los autores mexicanos más importantes de la actualidad. Ha publicado dos libros de poesía, cinco de cuentos, dos de crónica de viaje, uno de periodismo cultural y, en particular, ha destacado como un prolífico autor de literatura infantil, con más de 20 libros en este renglón.

El tercer cuento de esta serie, preparada por SinEmbargo.mx, en el marco de las fiestas navideñas, muestra que Hinojosa no sólo es sólo el autor de textos fantásticos para los niños, sino un ácido crítico del poder.

El texto es parte del libro EL ÚLTIMO ÁRBOL, Cuentos de Navidad, que circula por estos días bajo el sello Planeta. La selección y el prólogo son de Mónica Maristain, escritora, periodista, agente literario.

Otros autores de este libro, que es también una excelente opción para estos días de asueto, son:

Héctor Abad Faciolince – Federico Andahazi – Edgardo Cozarinsky – Álvaro Enrigue – Rodrigo Fresán – Santiago Gamboa – Ana García Bergua – Francisco Hinojosa – Mónica Lavín – Norma Lazo – Elvira Lindo – Élmer Mendoza – Andrés Neuman – José Ovejero – Alejandro Páez Varela – Pedro Ángel Palou – Santiago Roncagliolo – Alberto Ruy Sánchez – Antonio Ungar – Juan Pablo Villalobos

 

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Fábula de Navidad

Por Francisco Hinojosa

A los pocos meses de haber asumido el poder, gracias a un certero golpe de Estado, la Hiena convocó a su gabinete y sus allegados para anunciar que ese año celebrarían la Navidad en su residencia.

—Y no quiero intercambio de regalos, salvo los que ustedes quieran darme a mí, que soy su líder.

En la mesa había manjares para todos los animales: una cebra viva que había caído presa para los carnívoros; hormigas y termitas para los mirmecófagos; cochinillas y mariposas para los insectívoros; un búfalo muerto en batalla la semana anterior para los carroñeros, incluido el Presidente y la Primera Dama; sandías, castañas y perejil para los herbívoros, y ostras para el que quisiera. Se contrató a un grupo de gacelas para hacer una coreografía, al tiempo que la orquesta de primates estaría a cargo de interpretar dulces melodías.

Los primeros en llegar fueron dos parejas: el Grillo, Ministro de Economía, y el Pato, Procurador de Justicia, ambos con sus señoras. Bajo el arbolito de Navidad, con más esferitas que medallas pendían del saco del Presidente, dejaron los paquetes que llevaban consigo. Le siguieron, entre otros, los secretarios de Turismo, Ecología, Patrimonio y Tesoro, respectivamente: el Cerdo, el Buitre, el Oso Hormiguero y la Cucaracha, con sus parejas. El último en llegar fue el Gorila, solito, ya que no estaba casado, era gay y fungía como senador vitalicio.

El arbolito de Navidad estaba lleno y reinaba la algarabía. El diputado Burro contó tres chistes que amenizaron el convivio.

Luego del ágape, que incluyó una gran cantidad de bebidas embriagantes, se pasó a la ceremonia de apertura de regalos para el Presidente. El primer turno le tocó al Pato, que le entregó un sobre en cuyo interior había una tarjeta: vale por una camioneta Bump, cinco puertas, blindada, con estéreo y rines de magnesio.

—¿Tiene quemacocos, asientos de piel, servibar, vidrios polarizados? ¿Huele a vainillina? —preguntó la Primera Dama.

—No.

—¡Qué chafa!

Un gran silencio reinó en el salón, interrumpido solo por un eructo que se echó el Tigre. El Presidente miró fijamente a los ojos al Pato y rompió la tarjeta por la mitad.

—¿Tienes alguna excusa para la afrenta que nos has hecho?

—Cuac.

—Nos vemos el lunes en mi oficina. Puedes retirarte. Pasó al frente el Ministro de Turismo y con gran sonrisa le dio en la mano los presentes que le llevaba a su jefe: una moderna ensaladera de cristal cortado, con vivos en los bordes color fucsia, y un tenedor y una cuchara de plata de Taxco. Junto a ellos un peluche de tamaño natural de un guajolote con los ojos de diamante de Zaire.

La señora Hiena abrazó de inmediato al peluche y le plantó sendos besos en las mejillas. Luego le arrancó los ojos, se los echó bajo el brasier y lanzó el pavo a la chimenea.

—¿Una ensaladera, pinche marrano? —se enojó el Mandamás.

—Oink.

—Con un poquito de imaginación habrías pensado que era mejor darme un poco de lengua, chicharrón, cueritos, buche, maciza, manitas o trompa.

—Oink.

—¡Ensaladas a mí!

La Hiena hizo sonar una campanita para que su capitán de meseros, el Cocodrilo, se llevara al cochino directamente al rastro.

El Gorila levantó su copa de mezcal para brindar por la sabia decisión del Ejecutivo y pasó a darle su regalo: aún calientes y con sangre que manaba de a poquito, le entregó las cabezas de dos leones. Al señor Presidente se le salió una ligera baba del hocico: le encantaba comer león.

—Son las cabezas de los dos senadores que se oponían a que asumiera el cargo, Su Excelencia.

—¿Y por qué tienen esa expresión de terror?

—Es que les dimos toques en los huevos.

—Eso les echa a perder el sabor, ¿lo sabías? Como que se vuelven más pastosos. —Grrrrr.

—Si quieres seguir al frente de los senadores, recupera todo lo que haya de arrachera de los leones, ¿entendido? Y te pido que la traigas ya marinada.

La Primera Dama pidió que, antes de seguir abriendo los regalos, se cantara un villancico y se levantaran las copas para brindar por la Navidad. El Toro de Lidia bufó, pero al fin terminó uniéndose al coro al ver que su patrón clavaba en él sus ojos inyectados de sangre.

La Cucaracha se animó a entregar su regalo: era un sobre tamaño carta del cual extrajo una hoja que leyó a conti- nuación con su diminuta voz: “Por este conducto renuncio al cargo que usted, señor Presidente, me ha confiado como Secretario del Tesoro para que pueda al fin poner en mi puesto a su sobrina que, aunque todos estamos seguros de que es incapaz de saber manejar el cargo que yo usurpo, tendrá de Su Excelencia mayor apoyo”.

Apenas terminó de leer su mensaje la Cucaracha, los aplausos de la concurrencia se hicieron oír. El Presidente le acarició dos veces sus suaves alas, antes de dejar caer sobre ella una de sus pezuñas.

—Aún está viva —dijo el Hipopótamo, antes de clavar su hipopo-humanidad sobre el insecto rastrero. Crash.

El Sapo no dejó pasar la oportunidad y se tragó los restos mortales de la exministra del Tesoro.

En platitos y vasos desechables empezó a circular el frut cake y la sidra, para todos los invitados, así como algunas entrañas y el champagne, para la pareja presidencial. El Loro prefirió servirse un plato con semillas de girasol y el Buitre dos tacos de carroña con miel de maple, para que pareciera postre.

Tocó su turno a la Arañita, que hacía las veces de Vocera de la Presidencia y que era la querida de su patrón: le dio un calzoncillo tejido por ella misma con finísimos hilos de araña. El Presidente se desvistió de inmediato y se calzó la transparente prenda ante el azoro de sus comensales.

—Qué buen falo tiene nuestro líder —dijo la esposa del Zorrillo a la esposa del Tapir.

—Un súper pito, sin hablar de los huevos —recalcó la Primera Dama.

El Hombre que conducía la nación tomó delicadamente al arácnido y se lo puso en el cuello para dejar que lo reco-rriera a su contentillo. Luego le besó tiernamente una de sus patas intermedias.

—¿Y tú, pinche Oso Hormiguero, qué me trajiste?

Lleno de sí, bastante ahíto y situado en su gorda epidermis, el Oso se acercó al arbolito, reconoció el regalo que había llevado y se lo puso en las manos al eminente tirano.

—¿Yestoqués?

—Ábralo, mi Pre, solo así se enterará.

Y el Pre desgarró el voluminoso envoltorio. —¿Yestoqués? ¿Una alacancía?

—Es una urna embarazada.

—¿Y por qué piensas que va a haber elecciones? —Puede servir para una consulta.

—Yo no consulto con nadie, ni con ustedes que se creen indispensables, bola de mantenidos.

El Lobo, representante de los empresarios y comerciantes, entregó sendos paquetes a la pareja presidencial. A él le dio una corbata y a ella una caperuza roja. Al hacerlo paseó su húmeda lengua a lo largo del hocico. El Presidente y su señora no entendieron nunca el mensaje ya que no conocían el cuento. Sin embargo se mostraron agradecidos con el Lobo, tanto por su corbata como porque se hubiera acordado de dar un regalo a ambos. Ella se puso la prenda. Él no.

El Buitre voló hacia el lugar en el que estaba el regalo que le haría al Presidente. Lo tomó con el pico y se lo dio en las manos, luego de besarle el anillo. Se trataba de un estuche que contenía un arma.

—Te manchaste, cabrón.

—Es de oro puro. La culata tiene incrustaciones de esmeraldas.

—¿Tiene balas? —Seis.

—Voy a ver si sirve —y le pidió al Buitre que sostuviera con una de sus garras un vaso de sidra.

El primer disparo salió muy desviado. El segundo le dio de lleno en la cabeza a su exministro de Ecología. Plumas. El Zorrillo se limpió con discreción la sangre que le salpicó la cara.

—Ahora te roca a ti sostener el vaso —señaló el Mandatario al Tigre, que era su Secretario de Educación.

El felino, con la dentadura goteando sangre ya que le acababa de dar una mordida a la cebra, se acercó sin dejar de mostrar su nerviosismo.

—¿No cree que debería tomar antes unas clases, Su Excelencia?

—¿Crees que no sé disparar, hijo de puta? Ponte el vaso sobre la cabeza.

Nuevamente el silencio se hizo en el amplio salón. El Grillo trató de esconderse para no ver con sus ojos la escena, acto que aprovechó el Oso Hormiguero para tragárselo sin que nadie se diera cuenta. El Ejecutivo, con la pistola en la mano, recorrió con la vista a todos sus invitados. A los que quedaban.

—¿Quiénes apuestan a que le doy al vaso?

Poco a poco todos levantaron la mano, menos su esposa.

—¿Cuánto apuestan?

—Dos mil —dijo la Lechuza.

—¿Dos mil? Con todo el dinero que te pago, ¿solo dos mil? Las apuestas son de veinte para arriba.

—Entonces veinte mil.

Los demás animales hicieron eco de la apuesta. Solo el Sapo, Líder del Sindicato de Depredadores, apostó veinticinco.

La Hiena apuntó hacia la cabeza del Tigre, le dirigió una leve sonrisa, tomó aire, cerró un ojo y le voló los sesos.

—¡Yupi! —gritó el Presidente y se dirigió a su esposa—. Tú ganaste, mi amor. Denle el dinero de las apuestas.

—Yo no traje efectivo —dijo la Lechuza.

Balazo. Más plumas.

—¿Alguien más que no tenga el dinero ahorita?

Uno a uno pasaron con la Primera Dama a depositar en un cofre los billetes apostados.

—Sigamos con la fiesta. Faltan algunos regalos. Hay que abrir el que me trajo el Tigre, que en paz descanse.

El Mandatario tomó el paquete y lo abrió. En su interior había una corona de oro llena de brillantes. Conmovido fue adonde estaba el cadáver del Tigre y le plantó un beso en la panza, ya que la cabeza estaba cubierta de sangre y sesos. —Te rayaste, cabrón. Te voy a extrañar en mi gabinete —y pasó a ponerse la corona—. Me queda chica —se quejó. Su esposa se la quitó delicadamente y se la puso sobre la caperuza roja. Acto seguido tomó la pistola que su marido había dejado junto al arbolito de los regalos.

—Feliz Navidad, mi amor —y le dio un plomazo en el centro de la frente.

—¿Qué tal? Ahora soy su nueva patrona.

Y todos pasaron a besarle la pezuña derecha, menos el Lobo, que simplemente se la comió.

 

MORALEJAS:

No acudas a cenas de Navidad con un tirano.

Lee cuentos de hadas.

Y no seas animal.

 

-Francisco Hinojosa. México, DF, 1954. Cursó estudios de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Antes de dedicarse a la escritura, fue editor de varias revistas y publicaciones periódicas. Ha publicado dos libros de poesía, cinco de cuentos, dos de crónica de viaje, uno de periodismo cultural y más de veinte de literatura infantil, entre los que destacan: La peor señora del mundo (1992), La fórmula del doctor Funes (1993), Una semana en Lugano (1992), A golpe de calcetín (1982), Mi hermana quiere ser una sirena (2002) y Léperas contra mocosos (2007). Ha participado en la elaboración de guiones para televisión y ópera, así como en libros de texto para educación primaria, secundaria y preparatoria. Ha obtenido varios premios y reconocimientos, entre otros: Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí (1993) y Apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte (1993-2010).


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