Salvarse sacrificando a otros. Es la suerte del traidor. Foto: Guillermo Perea, Cuartoscuro.

Ser traidor, delator, es quemar las naves de las relaciones políticamente correctas, es perder afectos, lealtades, confianza. Es salir de la sala de los privilegios para poner en entredicho la casa de millones de dólares; es ponerse lejos de aquellas cumbres con los jeques árabes o los líderes de la OPEP.

Es acabar con la seguridad que da el sentido de pertenencia a una familia, un partido, un grupo de poder, una mafia. Es quedar abandonado en una suerte de desierto o mar abierto sin asideros, a la buena de dios. Es volver a lo básico, lo esencial, así sea en un hospital de alta gama con los servicios de gente VIP a la simple y llana incertidumbre, de quedar despojado o terminar con un tiro en la cabeza.

Así, esté o no enfermo del esófago, o tenga o no una anemia desfalleciente, su estado es frágil pues depende de la generosidad de sus enemigos. Que ahora es lo de menos cuando se está en el territorio del estrés, esa intranquilidad que baja las pilas y resta horas al sueño. Son esas noches largas mirando el techo limpio de telarañas y donde ya eres capaz de reconocer las ligeras fisuras que pudo haber dejado el último temblor en la Ciudad de México.

Es estar buscando armar una estrategia en el filo de la navaja. Salomónica, esperanzadora, de manera que dentro de lo perdido lleve a aceptar lo que aparezca. Y es que ya no se trata de salvar esa verdad esgrimida durante los años de jauja, cuando se decía que en México todo iba bien y a mejor, sino salvar años de vida en libertad y volver a beber tranquilamente un vino de la Borgoña mirando el lago Bodensee en la Constanza alemana.

Que, además, alcance esa tranquilidad propia a otros miembros de la familia Lozoya. Cómplices solidarios, o cómplices completos, según señalen las pesquisas judiciales. Sean de Alemania, España o México. Y la ruta de salida es clara, delatar, delatar, aquellos que con él se beneficiaron y acumularon fortunas con los negocios de Odebrecht, Altos Hornos o el huachicol de Pemex.

Aquellos que hoy salen a pedir ¡pruebas, pruebas!, ¡el que acusa está obligado a demostrar!, a curarse en salud con una auto expiación de culpas que llama a recordar aquellos días risueños que han vuelto en forma de tempestad y que traen carga de intimidación y suenan a temor, huelen a una larga temporada de cárcel. Que esa expiación de culpas nada tiene que ver con la justicia sino buscan modular la resonancia de la opinión pública.

Una opinión pública irritada por el cinismo y la desvergüenza de quienes hoy están sentados en una tertulia de televisión, o radio, de una portada del diario Reforma o el New York Times. Que irá sumando en la medida que salgan la evidencia que Lozoya dice tener bajo buen resguardo, qué es su tabla de salvación y qué le permite hoy llevar su pena en una habitación hospitalaria VIP.

Y, para haberlo logrado, seguramente enseñó algo a la Fiscalía General y está buscara administrar con criterio jurídico, pero sin duda con consecuencias políticas. Sea en el terreno de los contrapesos mediáticos y a mediano plazo en el terreno electoral.

Así es la política en todas partes, porque esta es juego es suma cero. La oposición partidista está desarmada sin necesidad de esperar el juicio final porque la gente ya decidió quien es el culpable y por eso llama a risa Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, que sale a decir seguro, con la contundencia de un soplo de aire: “Lozoya nunca ha sido militante del PRI”.

O, mejor, quienes son los culpables del desfalco, el anti-México de cuello blanco, los que añoran los buenos ayeres y atizan para un pronto regreso a los negocios generosos de la política mexicana. Esos que nutren el principio bíblico priista de Hank González: “Político pobre, pobre político” y, que subsume, este nuevo escándalo político de la elite corrupta, ladrona de esperanza, asesina de futuro nacional.

Lozoya, entonces, es un nuevo capítulo de ese escándalo continuado que empezó en la FIL de Guadalajara en 2011, cuando el candidato Peña Nieto no pudo mencionar los tres libros que habían marcado su vida de político y continuó con la Estafa Maestra, hasta llegar a julio 2018, cuando llegó el mensajero a cobrar la factura y llevó a la Presidencia a López Obrador, al archienemigo de todos ellos.

Y, claro, si los escándalos sirven para ganar elecciones habrá que doblar la apuesta, la dosis en este año especialmente complicado y antesala del año donde estará en juego la mayoría de la Cámara de Diputados.

Al fin y al cabo, hay varios políticos haciendo cola, viviendo la incertidumbre mientras otros hacen maletas y vacían sus cuentas bancarias. Están en capilla Genaro García Luna, Tomás Zerón, César Duarte y ahora a ese escaparate de la ignominia pública se suman Enrique Peña Nieto, Ricardo Anaya, José Antonio Meade, Ernesto Cordero y Luis Videgaray. Y el miedo tiene aterrorizados a Vicente Fox y a Felipe Calderón.

¿Qué la lucha contra la corrupción podría llevar a Morena a volver a ganar las elecciones? Es impredecible en un momento tan dramático como el que estamos viviendo, sin embargo, tarde que temprano la gente va a buscar culpables de su situación personal, familiar, la caída cómo país, pero sin duda el tema podría ser un factor decisivo siempre y cuando se armen bien los expedientes y veamos a la Fiscalía ir haciendo detenciones que muestren que la ruina nacional tiene nombre y apellido.

Ese es el capital que AMLO y Morena tienen para explotar de aquí al verano de 2021 y si la gente percibe que es puro fuego de artificio podría empezar el final de la 4T. Ahí está como un adelanto el alto número de indecisos en las encuestas de intención de voto en la Ciudad de México.

Quizá, por eso, AMLO es el más interesado que suceda y tomar la foto de ingreso a penales federales de la primera remesa de delincuentes de cuello blanco. ¿Habrá suficiente material documental sobre los delitos y sobornos? ¿Será suficiente lo que pueda acreditar Lozoya Austin o tendrá otra parte, propia, la Fiscalía? ¿Será que la estrategia de Baltazar Garzón terminará poniendo a su cliente en la calle y por rebote a los que serán acusados por el propio Lozoya?

Son las grandes interrogantes que muchos observadores se están haciendo mientras Lozoya sigue viendo el techo de su habitación y aspira los aromas y humores de la clínica hospitalaria. Sabe que su suerte y la de su familia depende de la calidad de información, de su capacidad para documentar lo que hasta el diario Reforma pone a ocho columnas, pues de no satisfacer al Juez podría terminar siendo el chivo expiatorio de toda esta trama de corruptelas que han tenido un alto costo para las finanzas de nuestro país.

El traidor, el delator, el chivato de cuello blanco, sobre el que muchos están atentos a lo que pueda estar aportando, diciendo para integrar el expediente criminal.

En definitiva, cómo escribirían Denis Jeambar e Yves Roucaute, autores del libro excepcional Elogio de la Traición, que nadie se sorprenda con la negación pues es parte del quehacer en política. Salvarse sacrificando a otros. Es la suerte del traidor.