Su talante ha sido demoledor, pero los planos de su proyecto constructivo son meros esbozos y trazos gruesos, sin coherencia. Foto: Presidencia.

Hace dos años, muchos mexicanos celebraban con optimismo el triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales. No solo había ganado con mayoría absoluta sobrada, sino que su partido con sus aliados tendría una representación sólida en el Congreso –la cual se convertiría, con artimañas, también en mayoría absoluta, a pesar de que los legisladores de la coalición partidista que lo apoyó recibieron sustancialmente menos votos que él–, por lo que el mandato quedaba claro: el nuevo Presidente tendría la fuerza política y la legitimidad suficiente para emprender su proyecto transformador.

La ilusión de la mayoría se enfrentaba al escepticismo de quienes durante la campaña habíamos visto con preocupación las fórmulas simplonas, las frases hechas, con las que el candidato delineaba su programa de Gobierno, en el mismo estilo con el que había construido su carrera política, basada en la lógica schmittiana de amigo–enemigo, convencido de su razón como verdad incontrovertible, aferrado a sus intuiciones y desdeñoso de toda evidencia que pudiera contradecirlas, decidido a cumplir con su misión. Su superficialidad y su ignorancia, sin embargo, no fueron advertidas por muchos votantes, incluso entre las capas medias educadas, que decidieron apostar por la ilusión de un cambio de raíz, ante el fracaso repetido de las fuerzas en las que se había sustentado el arreglo político surgido del pacto de 1996.

Mucho se ha dicho de las razones del arrastre electoral de López Obrador. Sin dejar de lado su porfía ni su astucia para aprovechar los errores y las debilidades de sus adversarios, ni su gran habilidad para conectar con los sectores más pobres del electorado –con una imagen de hombre común, que habla su propio lenguaje– la ola electoral que hizo desde el principio de la campaña inevitable su triunfo fue producto de lo cansino de sus oponentes, de su falta de credibilidad, de lo gastado de sus argumentos. Sin adversario de talla al frente, su ruta hacia la Presidencia fue un paseo en caballo de hacienda. Atrás quedó su desprestigio por su empecinamiento al no aceptar la derrota en 2006, empeñado en la narrativa del fraude que hoy se ha convertido en historia oficial. Su necedad y su desprecio por las reglas con las que él mismo jugaba dejaron de ser un defecto para convertirse en virtud.

Las elecciones de hace dos años fueron un auténtico cataclismo político que derruyó o dejó muy maltrechos a los partidos que habían pactado el tránsito del monopolio político del PRI a una poliarquía limitada y contrahecha que, con todo, significó un avance enorme en la construcción de un orden democrático y pluralista en México. Pero el terremoto de 2018 dejó ver que los cimientos sobre los que se había construido la incipiente democracia eran superficiales y se anclaban en las ruinas de un Estado sin legitimidad, en un orden tambaleante basado en la corrupción, la venta de protecciones particulares, los privilegios, la reciprocidad clientelista y el reparto del botín del empleo público.

Así, el discurso de López Obrador y su crítica radical a todo los construido durante las dos décadas previas encontró eco en una sociedad harte de fracasos y mediocridades económicas y sociales. Tres décadas de estancamiento y década y media de violencia desmedida se reflejaron en una oleada de apoyo a quien prometía encabezar la gran transformación.

A dos años de aquella sacudida el paisaje es desolador. Empeñado en refundar la patria, el Presidente se ha dedicado a socavar incluso las estructuras endebles sobre las que se podría comenzar la construcción de una nueva edificación estatal basada en un orden jurídico legítimo y consensado. Su talante ha sido demoledor, pero los planos de su proyecto constructivo son meros esbozos y trazos gruesos, sin coherencia. La inepcia propia y la de su equipo se tratan de encubrir en la grandilocuencia de sus frases y la verborrea de sus arengas matinales. Un predicador iluminado que se pretende estadista. Incapaz de entender la magnitud de la tarea de reconstrucción estatal que requiere México, imposible sin grandes acuerdos amplios, se dedica cotidianamente a descalificar a sus críticos y a alimentar las teorías de conspiraciones en su contra ante cada uno de sus tropiezos.

La rigidez de sus ideas le ha impedido enfrentar con creatividad la pandemia. Sigue negando la realidad sobrevenida por el desastre natural. Su cantaleta de “primero los pobres” se ha visto desmentida por su insensibilidad ante el desempleo masivo y la desesperación de quienes se han quedado sin ingresos de supervivencia. En su obcecación, sus programas de transferencias de efectivo serán la panacea, sin necesidad de rectificación alguna. Sus proyectos delirantes van porque van, aunque para ello sea necesario dejar a la administración pública en la inoperancia.

Mientras, la epidemia crece sin control, aunque el encargado de la política de contención sanitaria haga malabares retóricos cotidianos para enmascarar la tragedia, con datos construidos a modo, como una tasa de contagios descendente en la medida en la que se hacen cada vez menos pruebas. La muerte, empero, no se puede ocultar y pronto veremos, cuando se conozca el crecimiento de la tasa de mortalidad de los últimos meses, la verdadera magnitud del desastre provocado por el negacionismo presidencial y la obsecuencia de sus empleados.

Ayer el Presidente celebró su triunfo arrollador y nos anunció que ya vamos llegando a Jauja. Por su discurso me parece claro que está cegado por un espejismo.