«Cada quien tiene sus penurias, y la mía es tener que huir siempre de algo», afirma la protagonista de esta novela, una mujer en busca de una paz imposible, jaloneada por encuentros que la sumergen en realidades que parecen sueños.

Te compartimos un fragmento de La noche en el espejo, de la poeta y narradora Claudina Domingo, ganadora del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer 2012 y del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2016.

Ciudad de México, 1 de octubre (SinEmbargo).- «Cada quien tiene sus penurias, y la mía es tener que huir siempre de algo», afirma la protagonista de esta novela, una mujer en busca de una paz imposible jaloneada por encuentros que la sumergen en realidades cavernosas que parecen sueños. Vemos desfilar frente a ella personajes asombrosos, grotescos o simplemente sin esperanza.

Casi siempre se trata de encuentros fugaces, que tienen la peculiar naturaleza mágica de los encuentros sin una segunda oportunidad. La protagonista no rehúye ninguno, porque cada uno puede ser el que pondrá fin a su huida, y esa plena disponibilidad, de tan acendrada, la torna casi incorpórea.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de La noche en el espejo, de la poeta y narradora Claudina Domingo, nombrada “escritora emergente del año” por la revista La Tempestad en 2011, y ganadora del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2012 y del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2016. Cortesía otorgada bajo el permiso de Sexto Piso.

***

1. LA EXPOSICIÓN

El cielo se ve desde el fondo de la estación. Su azul cobalto tiene profundas inclusiones grises. Subo los escalones de dos en dos con la carpeta de acuarelas en la mano. Hay un mechón amarillo brillante arrumbado junto a las nubes: quizá no sea tan tarde. La taquicardia hace una pausa, pero la cantidad de gente y autos, lo pesado que se mueve el metrobús me hacen pensar que son por lo menos las 6:30. Al fin se pone el rojo en el semáforo. Cruzo la avenida. La forma más rápida de atravesar el parque hacia el sur es en diagonal. Así llegaré pronto a mi casa por los marcos, colocaré las acuarelas y saldré corriendo a la galería cortando, de nuevo por el césped, en dirección al este.

Las nubes abren sus cortinas a un cielo azul zafiro. El parque bulle de personas que descansan o se divierten. Por un lado juegan futbol y bajo un grupo de árboles las parejas descansan. No les preocupa la inminencia de la lluvia. La velocidad con la que las nubes se separan es amenazante. Unas viajan hacia el sur mientras otra, casi negra, se aproxima desde el oeste. Las manos me sudan. Ni para qué mirar el reloj. Las zapatillas me van a hacer ampollas. Ya me imagino la escena que haré a la entrada de la galería: en la puerta, respirando con dificultad, con el pelo apelmazado en la frente por el sudor.

Las personas me mirarán con reproche mientras cuelgo los cuadros en los sitios vacíos en la pared y me disculpo por interrumpir el discurso de inauguración. Siento una punzada de rabia en el estómago. Nunca voy a llegar a este ritmo. Desanudo las correas de los zapatos. Al menos en el pasto avanzaré más rápido descalza. Ya se ve el seto de helechos al final del parque. Una enredadera con flores amarillas trepa por un fresno alto. Un trueno se desbarata en el aire. Si quiero llegar a casa con las acuarelas secas debo correr.

Al bajar las escaleras el aroma de la enredadera se acrecienta. Corto una flor amarilla (me recuerda a una campana) pero cuando voy a prendérmela en el pelo recuerdo la prisa que llevo. Sólo faltan dos cuadras y dar la vuelta a la derecha. Mi casa me estará presintiendo: prepara la alineación de sus tabiques, perfila el color oscuro de su puerta y lo oblicuo de su cristal en ella; pule el verde de los cinco escalones cubiertos de pasto artificial. Detrás de la puerta está la mesa desarreglada donde seguro quedará un traste del desayuno, lápices, la computadora, un sombrero o un suéter. Tras la mesa, el gastado sofá frente a la tele. Entraré con el pulso a toda carrera. La puerta se azotará tras de mí y el fólder caerá sobre la mesa. La bolsita del hombro planeará sobre alguna silla y caerá en algún lugar de la sala mientras me desabrocho el pantalón y me bajo los calzones aún antes de entrar al baño. Las piernas me duelen conforme doy zancadas. Doblo en la segunda cuadra a la derecha. Las casas, iguales a las anteriores, están cubiertas de troncos y sus techos, de tejas rojas.

Los muslos me tiemblan. Aflojo la marcha. A derecha e izquierda, la sucesión de tejas rojas en los techos no sólo llega al final de la cuadra sino que se prolonga a la siguiente. ¿Cómo pude equivocarme de escalera? A lo lejos, ninguna de las cuadras muestra los tejados grises de dos aguas que tienen casas como la mía. Sigo una cuarta cuadra y doy vuelta a la izquierda para corregir hacia el este mi error. Pinos altos y gruesos alargan sus ramas hacia el árbol vecino, creando una sensación boscosa en el andador. El camino hacia el oeste tiene el verde claro de los pinos recién sembrados. Mi casa debe estar en la dirección opuesta, donde el cielo no es perturbado por la atmósfera boscosa y apenas se divisan las copas de unos árboles jóvenes. Camino hacia allí con paso rápido.

Dos personas caminan por el pasillo de la galería. Su puerta principal da a un muro de granito y por el pasillo veo a la gente que rodea el edificio. Ahí viene el pintor con el que expondría. La gente se echa a sus brazos felicitándolo. Tengo una gran facilidad para echarme a perder la vida… Una mano rapaz se prende de mi antebrazo. Es la directora de la galería.

—Si vas a engañar a tu novio, por lo menos no destruyas tu incipiente carrera artística en el proceso. Antes de que pueda responder, la mujer da media vuelta y se marcha.
—Mi amor —una voz grave y una manaza me hacen voltear—, vamos a tomar un café con Arreola y su novia.

Mi mirada se deshace frente al sujeto: un hombre como una montaña (al menos, tan alto que su cabeza cubre la luz de una lámpara en el techo) mueve con gran trabajo los labios: el inferior, tan grueso como una rebanada de pan, blanquecino y húmedo, pugna contra unos largos dientes superiores. En contraste con la boca casi feroz, los ojos (bastante separados y con las comisuras externas caídas) reflejan una mansedumbre casi vacuna. La poderosa nariz con crestas y gibas busca dar un retrato heroico al rostro, pero no sólo ojos y boca lo impiden, sino que la frente, abultada y verdeante de venas saltonas, hace de la cara una canasta de verdulería.

Su bocaza se abre encima de mi cara, dejándome inmersa en su aliento de golosinas. Me toma la mano y, bamboleando las caderas, se abre paso entre la multitud.
El pintor y su novia están sentados bajo la copa frondosa de un árbol iluminado.

—Gabriel, Gaby —el pintor se sube a la mesa, sonriente y con los ojos chispeantes—, cuéntale de la broma que hice a la galerista.
—Ay, Arreola, ni fue tan graciosa —dice Gabriel, haciendo salir con esfuerzo las palabras por la boca que de perfil es idéntica al hocico de un pez abisal—. ¡Mesero! ¡Mesero! ¿Dónde están estos imbéciles cuando se les necesita?

Sentada a la mesa, bajo las lamparitas de colores, con las acuarelas sobre las piernas, siento por fin el cansancio de las piernas. La frustración me teje espinas en las rodillas. Tengo ganas de aovillarme y llorar. Qué día tan frustrante. Hubiera sido mejor dirigirme a la galería desde un principio. Allí tendrían marcos para las acuarelas y, aunque hubiera sido bochornoso, al menos habría expuesto… ¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones de sentido común?

—Lo siento —digo, con voz tembleque—. Salí del metro tarde y las acuarelas… creí que si cortaba por el parque en vez de tomar el metrobús, llegaría a mi casa, podría enmarcarlas y luego correr a la galería. Lo siento de veras. Deben estar enojados y decepcionados… tienen razón.
Tengo tres pares de ojos desconcertados frente a mí.
—¿De qué habla? —le pregunta en voz muy baja la rubia al pintor, acercando su rostro perfecto al oído de éste sin dejar de mirarme.
—Las acuarelas que no pude montar en la exposición… —explico, más seria y recompuesta—. Sé que fue un terrible error. ¿Creen que haya manera de que las monte en otro lado?
El gordo toma con delicadeza mi mano derecha, se la acerca al rostro y deja un beso inesperadamente terso.
—No te pongas así, no, no, no, nena. Ni valía la pena estar ahí. Estaba llenísimo y el vino era horripilante. Tus acuarelas están bien, están seguras allí.
—Son óleos —lo interrumpe el pintor, con tono enérgico.
—Ah, sí, óleos, óleos. Soy un ignorante.
—Un ignorante y medio —dicen al unísono el pintor y su novia.
—No, son acuarelas —digo, enfática— y están aquí. —Saco de abajo de la mesa el cartapacio y lo acomodo sobre ella.
—¿Y sus óleos de la galería, Arreola? —la rubia vuelve a acercar su rostro al pintor—. Yo nunca entiendo nada, debe ser porque soy estúpida. —La rubia recarga la frente sobre la mesa y comienza a sollozar.
—Por favor, no llores —le digo abochornada—. Yo tampoco entiendo y no soy estúpida. —La rubia me mira con un gesto bastante estúpido—. Yo tampoco entiendo: ¿hay óleos míos en la galería, colgados? Porque yo pensé… por eso iba a casa… que iba a exponer estas acuarelas.
—¿Pero cómo se te ocurre? —el pintor me echa encima su rostro encendido—, ¡unas acuarelas entre óleos! ¡No puedes hacer eso! Qué insolencia. Allí están tus óleos, desde ayer.
—Antier —lo corrige la rubia.
—Es lo mismo —dice el pintor—. Ahí están y nada tienen que hacer ahí unas acuarelas —Arreola baja la vista hacia la carpeta—. ¿De qué son?

Las manos me sudan. Los nervios, el carácter tan fuerte del pintor, las lucecillas del árbol… Todo me confunde y no alcanzo a recordar de qué son las acuarelas. Debo tener las mejillas rojas. Volteo a mirar al Gordo, pero está distraído, buscando con la vista a un mesero.

Separo las hojas de la carpeta. Bajo la luz diamantina de los foquitos se abren párpados azules y verdosos, comisuras violetas, destellos amarillos y anaranjados a la deriva sobre un estanque que flota sobre sí mismo: suspendido del reflejo vertical de las copas alargadas, concentrado en el azul profundo del agua que baila en su quietud. El pintor se lleva una mano a la cara y endereza la espalda. Hago a un lado la cartulina.

En la siguiente, un incendio de amarillos, naranjas, mandarinas y rojos abre sus pétalos. Una ola profusa de recuerdos vagamente vegetales es atravesada, en su techo, por insinuaciones celestes; en el suelo hay una cicatriz amarilla. Verdes y violetas confieren una profundidad engañosa al cuadro: ¿se trata apenas de un estrecho pasaje de jardín o del sendero de un bosque? Fijar la vista al centro tampoco sirve de mucho: como en la cartulina anterior, la viveza arrebolada del cuadro navega por los ojos.

La siguiente composición es un poco más clara: un puente a la derecha, unos árboles de copas inclinadas al centro para remarcar, en el rincón izquierdo superior, un trozo de cielo lechoso bajo el que se abre un camino en rojos encarnados de flores difusas. El espejismo de ver con ojos miopes colores casi vivos. Otro estanque con jardín y puente. Una playa al final de un camino seco que se transforma en arena. Veleros bajo cielos recargados de livianas nubes blancas. Amarillos, carmines, verdes y ocres que lo mismo son espesuras de bosques que ramos de flores.

En el último de los cuadros, un ojo enfermo vierte su crepúsculo sobre aguas indefinidas, vítreas, donde el horizonte se escabulle y una balsita flota en las sombras.

—Esto se parece —dice la rubia, pensativa— a algo que existe pero no es, ¿cómo se le llama a eso, Arreola? No es una idea, sino una, una…
—¡Se llama arte! —exclama el pintor, golpeando la mesa y mirando hacia la copa iluminada del árbol—. Hoy hemos presenciado el nacimiento de una forma de expresión —luego
su mirada barre el último de los cuadros con tristeza—: Ojalá yo pudiera pintar algo así. Gabriel: hay que organizarle una exposición para ella sola, en el Museo de la Ciudad, con tus amigos…
El Gordo aterriza, suspirando, de una región tan abigarrada y difusa como la de los cuadros.
—Claro, claro. Será un acontecimiento. Propongo que se llame: «Samarcanda Belmontes: la artista de los pinceles difusos».
La rubia arruga la boca.
—Ay, Gaby —dice el pintor llevándose una mano a la frente—, qué bueno que no te dedicas a nada artístico. No, no, no. Se llamará: «Samarcanda Belmontes: inventora del color».

Esperamos en la avenida a que pase un taxi. ¿Dónde comprarían los foquitos de cristal para el árbol del café? Con tantas cosas ocurriendo al mismo tiempo olvidé preguntarle al mesero. Se verían tan bien en el ficus que hay a la entrada de mi casa. «Samarcanda Belmontes: inventora del color». ¿Serán caros? Si están al aire libre y en tal cantidad, deben ser baratos, pero no tenían cableado; si son digitales son caros. No los había visto en ninguna tienda ni en otro sitio; quizá son importados. «Samarcanda Belmontes…». Bajo el árbol brillante y en la boca del pintor, mi nombre adquirió un halo de paisaje, pétreo e imponente.

Otro día tengo que regresar y preguntarles dónde compraron los foquitos. El pintor abre la puerta del auto gris que se detiene junto a la acera. El Gordo sube su tonelaje en el asiento del copiloto y yo, al último, cierro la puerta derecha trasera. La rubia tiene los ojos enrojecidos. Ahora que me recuesto en el asiento, me siento tan débil que me mareo. ¿Cómo puede extraviarse una persona tan cerca de su casa? No pude estar muy lejos de mi vecindario.

—¿Por qué no te gusta Suiza, Arreola? —dice la rubia mientras las lágrimas escurren hasta su barbilla.
El pintor cruza los brazos y saca la lengua.
—¿También Suiza es una rubia tonta? ¡¿Una gran rubia tonta que sólo saber hacer relojes?! —La rubia agita las manos frente a ella y echa la cabeza encima de sus rodillas, mientras llora con tanta rabia que parece que ríe.
El pintor alza una mano y la deja caer con fuerza sobre su cabeza.
—¡Ey! ¿Qué te pasa? —Intento proteger a la rubia con mis brazos, pero ella se libera de mi abrazo con fuerza.
—¡Tú no te metas! ¿Crees que tienes derecho por no ser una rubia tonta? ¡Quiero que vayamos a Suiza en Navidad!
—¡Pero yo quiero pasar el Año Nuevo aquí! —Arreola aprieta el rostro como si exprimiera un limón.
—¡No hay nada más bello que Suiza en Navidad! ¿Miento, Gaby?

El cansancio de la tarde me va subiendo por las pantorrillas mientras la disputa entre el pintor y su novia hace temblar el auto. Ella llora cada vez más fuerte. El pintor hace gestos con la cara enrojecida y se jala los cabellos. No puedo contener una carcajada, que sale llena de saliva y aire en mi intento por reprimirla. Pasan unos segundos antes de que ellos volteen a mirarme:

—Pero pueden pasar en Suiza la Navidad y el Año Nuevo aquí. Sólo tienen que comprar con tiempo los boletos de avión… —El dolor de estómago que me provoca la risa me impide explicar más.

Escurro la espalda por la puerta detrás de mí hasta que mis nalgas tocan el suelo. El fólder con las acuarelas resbala entre mis dedos. Estoy tan agotada. ¿Cómo pude confundir mi casa? ¿Cómo hace uno para recordar una casa que no es la propia con tanta nitidez: el techo de dos aguas, el pasto falso sobre los escalones? Paso saliva con fuerza. El muro de enfrente se encuentra a seis metros de la puerta de entrada. Un cuadro de dos metros por uno y medio representa un puente negro, trazado contra una tarde de invierno: un cielo lechoso con destellos mostaza.

A un lado del cuadro hay una escultura de un banco; es decir, un banco, de dos metros de alto. Más a la izquierda, en una esquina y junto a un ventanal que ocupa todo el muro, una silla cuyo respaldo llega al techo. El escultor estará marcando tendencia. Aunque de proporciones más humanas, todo lo demás es grande: los caballetes donde están los óleos en proceso: puentes negros, puentes negros desde un ángulo más amplio, una viga del puente negro, los cables del puente.

Me pongo de pie y levanto el fólder con las acuarelas. No hay comparación entre esa monótona repetición de trazos negros y las acuarelas fantasmagóricas y coloridas que iba a exponer. Hacia el norte, el departamento se estrecha. A la derecha hay dos puertas. Unas luces me deslumbran en vertical: el cielo rraso es de vidrio y por encima de él un helicóptero moscardea la ciudad. Al menos en la habitación sí hay un techo, porque de otra forma, el insomnio se cebaría sobre mí. «Samarcanda Belmontes: inventora del color».

Las acuarelas caen sobre el colchón. Entro al baño. Me bajo el pantalón y me siento sobre la porcelana fría a orinar. No puedo. He sentido ganas desde que atravesé el parque y ahora me resulta imposible. Me subo el pantalón. Me miro en el espejo del baño. «Samarcanda Belmontes». El nombre se alza como una bóveda a través de mi timbre un tanto grave y nasal.