DESAPARECIDOS-MÉXICO

En México suman 79 mil desaparecidos desde que empezó la llamada guerra contra al narcotráfico el entonces Presidente Felipe Calderón. Foto: Cuartoscuro.

A fines de los años 70s un grupo de madres empezaron a dar vueltas en la Plaza de Mayo, a las faldas de la Casa Rosada del gobierno argentino. Su motivación era única: Tener razón de sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar. A la vuelta de los años forjaron la historia épica que sería conocida por el mundo como la lucha de Las Madres de la Plaza de Mayo. Varios elementos lo explican. Su persistencia a los golpes y amenazas recibidos como única respuesta. Su arrojo para superar el temor a ser desaparecidas ellas mismas –como lo fue su primer dirigente, Azucena Villaflor.

Las zapetas de sus hijos amarradas como pañoletas a sus cabezas para recordar al mundo entero por qué estaban ahí. Su infatigable desfilar cada jueves para circundar una y mil veces la Plaza. Todo ello y más se agregó para convertirlas en un icono que rememora hasta dónde puede llegar la pulsación materna por encontrar al ser que se ama con incondicionalidad plena.

Las Madres de la Plaza de Mayo llegaron a habitar nuestra historia contemporánea por otra razón poderosa. Esta es la de la alerta del horror que significan 30 mil desaparecidos.

En México suman 79 mil desaparecidos desde que empezó la llamada guerra contra al narcotráfico el entonces Presidente Felipe Calderón. Es una cifra en ascenso que hace del horror de las madres mexicanas una zaga de terror interminable. En América entera no ha habido una crisis de desaparecidos similar o comparable nunca. Colombia es el único caso cercano al mexicano, con sus listas también interminables de desaparecidos, desplazados, enterrados y abatidos en fosas comunes y desconocidas. Pero los 84 mil desaparecidos de ese país se vienen sumando desde sus guerras intestinas por más de medio siglo.

Las autoridades del país están rebasadas, mientras una docena de nuevos desaparecidos se suman día con día, apilándose sobre los 41 mil muertos por homicidios dolosos registrados como récord histórico en medio de la pandemia del 2020. 125 vidas pérdidas diariamente, para cifrar el colapso del país frontera tras frontera, comunidad tras comunidad. Por eso la orfandad de las familias mexicanas se torna doble. En el pasado se hizo extensivo que cada familia mexicana podía dar cuenta del desprendimiento de al menos uno de sus miembros, sumado a la diáspora de migrantes allende el Rio Bravo. Ahora se va haciendo extensivo que cada familia tenga que masticar la pena de perder al menos alguno de sus miembros en manos del crimen.

No todas las familias se conforman con digerir su pena. Esto es particularmente cierto en tratándose de ese movimiento creciente de madres “buscadoras”, “rastreadoras” o “excavadoras” para dar con los desaparecidos. Sus hijos desaparecidos. El movimiento se expande a la par que la incapacidad de las autoridades para contener la violencia y evitar el crimen se patentiza. Las madres horadan tierras lo mismo en los desiertos áridos de Sonora que en los campos entomatados de Sinaloa, lo mismo en lo suelos arenosos y fértiles de Baja California que en los suelos rocosos calizos de Tamaulipas. Y lo mismo se confunden escarbando en las selvas de Chiapas y Quintana Ro que con la Caravana de Madres Centroamericanas que cruza México para dar con sus hijos desaparecidos, pertrechadas todas en fotos y recortes de periódicos de los suyos, esgrimidos como escapularios de fe.

Los colectivos de madres buscadoras se cuentan ahora por docenas –de cinco a siete en el país. En Sonora destacan por su repentino brotar en los puntos neurálgicos del estado conforme la violencia escala fuera de control: En la fronteriza Nogales, en los valles de Cajeme, en la porteña Guaymas, en el rielero Empalme, en la inacabada capital de Hermosillo. Su proceder es el mismo. Madres solas organizadas en brigadas que con palas, picos y cubetas se van a remover tierras, peñascos y cascajos con la esperanza de encontrar alguna pista (un cráneo, un fémur, una mano, un diente, una costilla, o una simple tira de la ropa o de bolso) del destino final de sus [email protected]

Siguen llamadas anónimas y fosas descubiertas (se estima que hay 3 mil 24 fosas clandestinas en el país), en unos casos. En otros, siguen su maternal y llano instinto para encajar sus varillas rastreadoras donde hay tierra suelta, olor a crimen impune, aroma de hijo perdido. Se apoyan en su férrea determinación de no descansar un solo día hasta dar con el paradero de sus vástagos. Parte de una promesa al cielo por cumplir a pesar de la canícula solar, cercana a los 50 grados Celsius, que se prodiga en los veranos quemantes de la entidad que derriten los zapatos. O a pesar del frío extremo de los inviernos de las sierras norteñas que carcome los huesos.

Es que para ellas no hay opción. Su vida se detuvo el día fatídico que los suyos desaparecieron sin dejar huella. Y su punto de retorno, si es que acaso llega, ocurrirá en el momento en que puedan encontrar, rezar y sepultar los restos de sus seres amados. Cualquiera que esos restos sean. Entonces cerrarán el duelo.

En Guaymas, como en otras jurisdicciones del país, la autoridad ha optado por regalarles palas y botes, acompañarlas en sus manifestaciones, o vigilarlas con patrullas. Es un gesto revelador tanto de solidaridad como del hecho desolador de que las madres pueden hacer más que ellas mismas.

Las madres guerreras de Sonora lo confirman. Suman 211 cadáveres localizados, y si bien son pocas las veces que han correspondido al del [email protected] buscado, para ellas son hallazgos que degustan igual como un triunfo. Es el mismo que décadas atrás degustaron y enseñaron las Madres de la Plaza de Mayo. El triunfo de saber que otra madre podrá dejar de llorar y descansar al fin abrazada al recuerdo de su [email protected]