Los que saben del tema aconsejan tomar diversas medidas para eliminar o al menos reducir las condiciones que atraen la atención de las ratas y otros roedores. Foto: Margarito Pérez, Cuartoscuro.

Apareció de pronto. Estaba ahí, muy oronda, a la mitad del patio y a pleno día. La descubrí con asombro y ella me miró con arrogancia.  No se espantó siquiera. Por el contrario, hasta pareció retarme. Y el asustado fui yo.

La verdad es que hacía semanas que la esperaba. Desde que leí en algún periódico que la fracción parlamentaria del PAN en el Congreso de Ciudad de México, con base en investigaciones de especialistas de la UNAM, alertaban sobre la proliferación de ratas y otros roedores en las calles de la capital, debido a la escasa afluencia de personas y el cierre de restaurantes y mercados durante la pandemia.

Se advertía que el problema es más delicado en las inmediaciones de parques públicos y terrenos baldíos, donde de por sí abundan esos animales, que en su búsqueda de alimento salen a las calles aledañas y entran en edificios y casas habitación en búsqueda de alimento. 

Yo vivo justo enfrente de un parque.

Lo peor no es por supuesto su desagradable presencia. Las ratas y otros roedores pueden propagar enfermedades graves, inclusive mortales. Entre ellas, los investigadores universitarios identifican una serie de afecciones con nombre absolutamente incomprensibles, como leptospirosis, toxoplasmosis, hantavirus, o tularemia. Entre ellas están también la salmonelosis y la famosa peste bubónica o peste negra, que suena terrible. 

Otro elemento de alarma son los cambios en la conducta de esos animales, generalmente huidizos ante la presencia del ser humano. Ahora se tornan agresivos y retadores. Me consta. Además, es frecuente que se peleen entre ellos por la posesión del alimento. También es común que formen especies de pandillas que se enfrentan ferozmente unas con otras. A muerte. Bueno, eso dicen los veterinarios.

A diferencia de las ratas de alcantarilla, la que se me presentó en mi patio tiene una apariencia más silvestre y menos repugnante. Su color no es gris, sino café claro medio pardoso. Y su tamaño, ¡enorme! O cuando menos así la vi. Me consuela un tanto pensar que se trata de una rata de campo, mucho menos repulsivas (y peligrosas, pienso yo) que las que viven en las fétidas cañerías de la ciudad; aunque no tengo mayor certeza al respecto.

Claro que el fenómeno de las ratas hambrientas no es privativo de nuestra ciudad. Ocurre en todas y en todos los países. Leo que los Centros para el Control y Prevenciones de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) han informado sobre comportamientos inusuales y agresivos desarrollados por las ratas durante la pandemia de coronavirus en aquel país.

Según el organismo, las causas son las mismas: la escasez de alimento por el cierre de establecimientos y la ausencia de paseantes en los parques. Los desechos de unos y otros son sustento normal para la fauna que habita en esos jardines públicos y los roedores buscan otras fuentes de comida. Efectivamente, las ratas empiezan a entrar a lugares donde antes no se atrevían. 

A las casas aledañas, por ejemplo. Gulp.

Tal atrevimiento no es el único cambio observado en el comportamiento de estos animales. Varias ciudades de EU informaron sobre ratas que salen a buscar comida durante el día, lo que antes no hacían. Cierto. Incluso están migrando en masa, aunque normalmente esta especie no suele realizar viajes largos. 

“No se descarta que al agudizarse la escasez de alimento por la prolongación de la cuarentena, ocurran invasiones masivas a casas y edificios”, leo aterrado. E imagino los cuatro pisos del  condominio donde vivo –pasillos, pretiles, escaleras– tomados por legiones de ratas hambrientas. 

Ocurre también en Reino Unido. La Asociación Nacional de Técnicos de Plagas de la Gran Bretaña advirtió desde a principios de abril que el cierre de escuelas, pubs, restaurantes, hoteles, atracciones turísticas y otros lugares públicos para hacer cumplir el distanciamiento social “tendrá consecuencias no deseadas“. En la madre.

El especialista en plagas Robert Corrigan dijo a la BBC que las ratas hambrientas pueden deambular bastante y terminar en un vecindario completamente diferente que no tenía ratas antes. Aseguró  que estos roedores son “mamíferos formidables”, muy buenos para detectar fuentes de alimentos y que sus poderosos dientes pueden hacer que las barreras como puertas, plásticos o redes no sirvan de mucho. “Están en todas partes, y no llegarían a ser completamente globales si no fueran muy hábiles para adaptarse“, indicó.

Los que saben del tema aconsejan tomar diversas medidas para eliminar o al menos reducir las condiciones que atraen la atención de las ratas y otros roedores. Entre las recomendaciones se encuentran sellar las entradas de casas y negocios, mantener la basura en contenedores cerrados y no dejar comida para aves en los patios. 

¡Mi caso!

La rata que se apersonó en la zotehuela, efectivamente, comía en ese momento  las semillas que cotidianamente coloco como alimento para los gorriones que afortunadamente me visitan. Ahora en lugar de alpiste suelo ponerles semillas de nabo, que les encantan. Y por lo visto también a las ratas.

Mi primer impulso al ver a la intrusa fue, clásico, agarrar una escoba; pero su impavidez ante mi amago me dejó frío. Luego pensé correr en busca del paquete de veneno para ratas que desde hace años tengo arrumbado en algún rincón del closet y que en realidad nunca he usado. Me contuve. Resolví que semejante y drástico remedio resultaría inútil, porque de nada serviría liquidar a un animal, cuando en dos o tres semanas pueden llegar decenas. 

Decidí, acorde con las recomendaciones de expertos como el doctor Juan Garza Ramos, investigador de la Facultad de Veterinaria de la UNAM, suspender temporalmente el suministro de alimento a mis pajaritos, ni modo. Al colibrí le mantengo su embriagante brebaje. Otras medidas son cuidar la basura con especial esmero, mantener cerrada la puerta y las ventilas de las ventanas y conseguirme un Detente para ratas. 

Lo cierto es que han pasado ya ocho días desde la fugaz aparición de mi rata y ni ella ni ninguna otra de su especie se ha presentado, que yo sepa. No bajo la guardia, por supuesto. Mantengo estrictamente los protocolos indicados. Ahora, ya entre nos, puedo confesarles que el dichoso animal me causó no solo un  susto mayor, sino también un poco de compasión. Válgame.

@fopinchetti