Esta semana nos sorprendió con una serie de duros golpes. La cantidad de víctimas mortales por causa de la COVID-19 se disparó en nuestro país. Explicaciones hay muchas. Foto: Crisanta Espinosa, Cuartoscuro.

Sabemos bien que el optimismo y el pesimismo no responden a la realidad sino a la actitud de quien la observa. Lo que para unos resulta trágico, para otros es parte de un proceso que les permitirá alcanzar nuevas metas. El chabacano discurso en torno a las oportunidades que se presentan a partir de duras pruebas tiene tantos adeptos como aquél basado en la conciencia plena de que no hay forma de salir de un pantano sin mácula. Es por eso que resultan especialmente reveladoras las posturas de muchos que creen ya haberle tomado la medida a la pandemia; ya sea como el reto que nos convertirá en una mejor humanidad o como la catástrofe que terminará por extinguirnos. Sin ir a esos extremos, lo cierto es que se pueden hacer varias lecturas, contrastantes, de lo que está por venir. Claro que el plano especulativo dista mucho de ser una noticia dura. Sin embargo, se adapta a las preocupaciones de quien esto escribe.

Primero, los números. Esta semana nos sorprendió con una serie de duros golpes. La cantidad de víctimas mortales por causa de la COVID-19 se disparó en nuestro país. Explicaciones hay muchas. Desde el subregistro inicial del que ya todos han dado cuenta, hasta la incorporación de casos antiguos que hacen que las observaciones entre un día y otro superen a los mil muertos (que no son muertos de un día). En realidad, poco optimista se puede ser ante números de ese tipo. Las personas que han muerto, muertas están. Y, en términos estrictos, da un poco igual si murieron ayer, la semana pasada o hace un mes. Esos casi 13 mil difuntos que tendremos reportados para cuando este texto se publique fueron personas. Personas con familiares y seres queridos a las que poco podría importarles cualquier explicación estadística o de métodos de conteo.

La contraparte es tan clara como insensible. Trece mil muertos son muchos muertos en términos de sufrimiento pero son muy pocos si se les considera como un porcentaje de la población del país. Sí, es cierto, son apenas alrededor del 0.01 por ciento. Y los contagios rondan por el 0.1 por ciento, otro número que parece insignificante si se piensa que podría ser de dos cifras enteras. Pero debemos pensar en el subregistro.

Y eso también se puede contrastar de mala forma. Nadie quiere más muertes, es cierto, pero hay quien sí preferiría que hubiera más contagios para alcanzar la inmunidad de rebaño. Si, tras casi tres meses de confinamiento en diferentes niveles, apenas se ha llegado a contagiar el 0.1 por ciento de la población, eso significa que las siguientes oleadas serán devastadoras. ¿Qué pasará, por ejemplo, cuando lleguemos apenas al 1 por ciento? Colapsará todo el sistema de salud. Y, se dice, que necesitamos más del 50 por ciento de contagios para hablar de esa inmunidad de rebaño tan deseable.

Pero, también, que apenas llevemos ese porcentaje de contagios podría indicar que, o hay muchísimas más personas contagiadas o que no todas son susceptibles de serlo. La prueba está en que hay mucha gente en las calles, que el confinamiento sólo ha sido tal para un porcentaje relativamente pequeño de la población (al menos, si consideramos el estricto), toda vez que somos muy pocos quienes podemos trabajar en casa y menos quienes tienen recursos suficientes para subsistir sin trabajo. Ésa sería la mejor de las noticias, que la letalidad del bicho o su poder de contagio no fueran tan altos como se ha anunciado.

Sin embargo, volvemos a los 12 mil muertos que son demasiados. Así que el posible consuelo es apenas una balsa inflable en medio de una tormenta a la mitad del océano. Y falta preocuparse por los asuntos económicos y financieros. Sinceramente, no se ve para dónde hacerse. Salvo que uno quiera convencerse de que las cosas no están tan mal o sea capaz de comprarse aquello de las oportunidades en medio de las crisis, la verdad es que no parece haber razones para el optimismo.